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I. M. I.

 

1-1

(1) En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

(2) Por pura obediencia comienzo a escribir.

(3) Tú sabes, oh Señor, el sacrificio que me cuesta hacerlo, y que me sometería a mil muertes antes que escribir una sola línea de las cosas que han pasado entre Tú y yo. ¡Oh mi Dios! Mi naturaleza se estremece, se siente aplastada y casi deshecha al sólo pensarlo. ¡Ah, dame la fuerza, oh vida de mi vida, a fin de que pueda cumplir la santa obediencia! Tú que diste la inspiración al confesor, dame la gracia de poder cumplir lo que me es mandado.

(4) ¡Oh Jesús, oh Esposo, oh fortaleza mía! A Ti me dirijo, a Ti vengo, en tus brazos me introduzco, me abandono, me reposo. ¡Ah, consuélame en mi aflicción y no me dejes sola y abandonada! Sin tu ayuda estoy cierta que no tendré fuerza de cumplir esta obediencia que tanto me cuesta, me vencerá el enemigo y temo ser repudiada justamente por Ti por mi desobediencia. ¡Ah! Mírame y vuelve a mirarme, oh Esposo santo en estos tus brazos, mira de cuántas tinieblas estoy circundada, son tan densas que no dejan entrar ni siquiera un átomo de luz en mi alma. ¡Oh! Mi místico Sol Jesús, resplandezca esta luz en mi mente, a fin de que haga huir las tinieblas y pueda libremente recordar las gracias que has hecho a mi alma. ¡Oh! Sol Eterno, manda otro rayo de luz a lo íntimo de mi corazón y lo purifique del fango en el cual yace, lo incendie, lo consuma en tu Amor, a fin de que él, que más que todo ha probado las dulzuras de tu Amor, pueda claramente manifestarlas a quien está obligado. ¡Oh! Mi Sol Jesús, manda otro rayo de luz aun sobre mis labios para que pueda decir la pura verdad, con la única finalidad de conocer si eres verdaderamente Tú o bien ilusión del enemigo. Pero, ¡oh! Jesús, cuán escasa de luz me veo aun en estos brazos tuyos. ¡Ah! Conténtame, Tú que tanto me amas, continúa mandándome luz. ¡Oh! Mi Sol, mi bello, propiamente quiero entrar en el centro, a fin de quedar toda abismada en esta luz purísima. Haz, oh Sol Divino, que esta luz me preceda delante, me siga junto, me circunde por doquier, se introduzca en los más íntimos escondites de mi interior, a fin de que consumiendo mi ser terreno, lo transformes todo en tu Ser Divino.

(5) Virgen Santísima, Madre amable, ven en mi auxilio, obtenme de tu y mi dulce Jesús gracia y fuerza para cumplir esta obediencia.

(6) San José, amado protector mío, asísteme en esta circunstancia. Arcángel San Miguel, defiéndeme del enemigo infernal, que tantos obstáculos me pone en la mente para hacerme faltar a esta obediencia. Arcángel San Rafael y tú mi Ángel custodio, vengan a asistirme y a acompañarme, a dirigir mi mano a fin de que pueda escribir sólo la verdad.

(7) Sea todo para honor y gloria de Dios, y a mí toda la confusión. ¡Oh, Esposo Santo, ven en mi ayuda! Al considerar las tantas gracias que has hecho a mi alma, me siento toda espantada, toda llena de confusión y vergüenza al verme aún tan mala y sin corresponder a tus gracias. Pero mi amable y dulce Jesús, perdóname, no te retires de mí, continúa derramando en mí tu gracia, a fin de que puedas hacer de mí un triunfo de tu Misericordia.

Empieza su narración a los 17 años y sólo pone las primeras dos meditaciones.

 

(8) Y ahora comienzo _ Novena de la Santa Navidad. A la edad de diecisiete años, me preparé a la fiesta de la Santa Navidad practicando diferentes actos de virtud y mortificación, honrando especialmente los nueve meses que Jesús estuvo en el seno materno con nueve horas de meditación al día, referentes siempre al misterio de la Encarnación.

(9) 1º.- Como por ejemplo, en una hora me ponía con el pensamiento en el paraíso y me imaginaba a la Santísima Trinidad: Al Padre que mandaba al Hijo a la tierra, al Hijo que prontamente obedecía al Querer del Padre, y al Espíritu Santo que consentía en ello. Mi mente se confundía tanto al contemplar un misterio tan grande, un amor tan recíproco, tan igual, tan fuerte entre Ellos y hacia los hombres; y en la ingratitud de estos, especialmente la mía; que en esto me habría quedado no una hora sino todo el día, pero una voz interna me decía:

(10) “Basta, ven y mira otros excesos más grandes de mi Amor”.

(11) 2º.- Entonces mi mente se ponía en el seno materno, y quedaba estupefacta al considerar a aquel Dios tan grande en el Cielo, y ahora tan humillado, empequeñecido, restringido, que casi no podía moverse, ni siquiera respirar. La voz interior me decía:

(12) “¿Ves cuánto te he amado? ¡Ah! dame un lugar en tu corazón, quita todo lo que no es mío, porque así me darás más facilidad para poderme mover y respirar”.

(13) Mi corazón se deshacía, le pedía perdón, prometía ser toda suya, me desahogaba en llanto, sin embargo, lo digo para mi confusión, volvía a mis habituales defectos. ¡Oh! Jesús, cuán bueno has sido con esta miserable criatura.

(14) Y así pasaba la segunda hora del día, y después, poco a poco el resto, que decirlo todo sería aburrir. Y esto lo hacía a veces de rodillas y cuando era impedida a hacerlo por la familia, lo hacía aun trabajando, porque la voz interna no me daba ni tregua ni paz si no hacía lo que quería, así que el trabajo no me era impedimento para hacer lo que debía hacer. Así pasé los días de la novena, cuando llegó la víspera me sentía más que nunca encendida por un insólito fervor, estaba sola en la recámara cuando se me presenta delante el niño Jesús, todo bello, sí, pero titiritando, en actitud de quererme abrazar, yo me levanté y corrí para abrazarlo, pero en el momento en que iba a estrecharlo desapareció, esto se repitió tres veces. Quedé tan conmovida y encendida de amor, que no sé explicarlo; pero después de algún tiempo no lo tomé más en cuenta, y no se lo dije a nadie, de vez en cuando caía en las acostumbradas faltas. La voz interna no me dejó nunca más, en cada cosa me reprendía, me corregía, me animaba, en una palabra, el Señor hizo conmigo como un buen padre con un hijo que tiende a desviarse, y él usa todas las diligencias, los cuidados para mantenerlo en el recto camino, de modo de formar de él su honor, su gloria, su corona. Pero, ¡oh! Señor, demasiado ingrata te he sido.

 

Le enseña el desapego.  Desapego del mundo exterior

 

(15) Después el Divino Maestro da principio, pone su mano para desapegar mi corazón de todas las criaturas, y con voz interior me decía:

(16) “Yo soy el único que merece ser amado; mira, si tú no quitas este pequeño mundo que te rodea, esto es, pensamientos de criaturas, imaginaciones, Yo no puedo entrar libremente en tu corazón, este murmullo en tu mente es impedimento para dejarte oír más clara mi voz, para derramar mis gracias y para hacerte enamorar verdaderamente de Mí. Prométeme ser toda mía y Yo mismo pondré manos a la obra. Tú tienes razón en que no puedes nada, no temas, Yo haré todo, dame tu voluntad y eso me basta”.

(17) Y esto sucedía más frecuentemente en la Comunión; entonces le prometía ser toda suya, le pedía perdón por que hasta aquel momento no lo había sido, le decía que verdaderamente lo quería amar y le rogaba que no me dejase nunca más sola sin Él. Y la voz continuaba:

(18) “No, no, vendré junto contigo a observar todas tus acciones, movimientos y deseos”.

(19) Todo el día lo sentía sobre de mí, me reprendía de todo, como por ejemplo si me entretenía demasiado platicando con la familia de cosas indiferentes, no necesarias, la voz interna me decía:

(20) “Estas pláticas te llenan la mente de cosas que no me pertenecen a Mí, te circundan el corazón de polvo, de modo que te hace sentir débil mi Gracia, no más viva. ¡Ah! Imítame a Mí cuando estaba en la casa de Nazaret, mi mente no se ocupaba de otra cosa que de la gloria del Padre y de la salvación de las almas, mi boca no decía otra cosa que discursos santos, con mis palabras buscaba reparar las ofensas al Padre, trataba de asaetear los corazones y atraerlos a mi Amor, y primariamente a mi Madre y a San José, en una palabra, todo nombraba a Dios, todo se obraba por Dios y todo a Él se refería. ¿Por qué no podrías hacer tú otro tanto?”

(21) Yo quedaba muda, toda confundida, trataba por cuanto más podía de estarme sola, le confesaba mi debilidad, le pedía ayuda y gracia para poder hacer lo que Él quería, porque por mí sola no sabía hacer otra cosa que mal. Si durante el día mi mente se ocupaba en pensar en personas a las cuales yo quería, enseguida me reprendía diciéndome:

(22) “¿Esto es lo bien que me quieres? ¿Quién te ha amado como Yo? Mira, si tú no terminas con esto Yo te dejo”.

(23) A veces me sentía dar tales y tantos reproches amargos, que no hacía otra cosa que llorar. Especialmente una mañana, después de la Comunión me dio una luz tan clara sobre el gran amor que Él me daba y sobre la volubilidad e inconstancia de las criaturas, que mi corazón quedó tan convencido, que de ahí en adelante ya no ha sido capaz de amar a ninguna persona. Me enseñó el modo de como amar a las personas sin separarme de Él, esto es, con mirar a las criaturas como imagen de Dios, de modo que si recibía el bien de las criaturas, debía pensar que sólo Dios era el primer autor de aquél bien y que se había servido de la criatura para dármelo, entonces mi corazón se unía más a Dios. Si recibía mortificaciones debía mirarlas también como instrumentos en las manos de Dios para mi santificación, por esto mi corazón no quedaba resentido con mi prójimo. Entonces por este modo sucedía que yo miraba a las criaturas todas en Dios, por cualquier falta que viera en ellas jamás les perdía la estima, si se burlaban de mí me sentía obligada con ellas pensando que me hacían hacer nuevas adquisiciones para mi alma, si me alababan, recibía con desprecio estas alabanzas diciendo: “Hoy esto, mañana pueden odiarme, pensando en su inconstancia”. En suma, mi corazón adquirió una libertad que yo misma no sé explicar.

 

Purificación interior.  Purificación del interior de su alma.

 

Cuando el Divino Maestro me liberó del mundo externo, entonces puso mano a purificar el interior, y con voz interna me decía:

(24) “Ahora hemos quedado solos, no hay ya quien nos disturbe, ¿no estás ahora más contenta que antes que debías contentar a tantos y tantos? Mira, es más fácil contentar a uno solo, debes hacer de cuenta que Yo y tú estamos solos en el mundo, prométeme ser fiel y Yo verteré en ti tales y tantas gracias que tú misma quedarás maravillada”.

(25) Luego continuó diciéndome: “Sobre ti he hecho grandes designios, siempre y cuando tú me correspondas, quiero hacer de ti una perfecta imagen mía, comenzando desde que nací hasta que morí; Yo mismo te enseñaré un poco cada vez el modo como lo harás”.

(26) Y sucedía así: Cada mañana, después de la Comunión me decía lo que debía hacer en el día. Lo diré todo brevemente, porque después de tanto tiempo es imposible poder decirlo todo. No recuerdo bien, pero me parece que la primera cosa que me decía que era necesaria para purificar el interior de mi corazón, era el aniquilamiento de mí misma, esto es, la humildad. Y continuaba diciéndome:

(27) “Mira, para hacer que Yo derrame mis gracias en tu corazón, quiero hacerte comprender que por ti nada puedes. Yo me cuido muy bien de aquellas almas que se atribuyen a ellas mismas lo que hacen, queriéndome hacer tantos hurtos de mis gracias. En cambio con aquellas que se conocen a sí mismas, Yo soy generoso en verter a torrentes mis gracias, sabiendo muy bien que nada refieren a ellas mismas, me agradecen y tienen la estima que conviene, viven con continuo temor de que si no me corresponden puedo quitarles lo que les he dado, sabiendo que no es cosa de ellas. Todo lo contrario en los corazones que apestan de soberbia, ni siquiera puedo entrar en su corazón, porque inflado de ellos mismos no hay lugar donde poderme poner; las miserables no toman en cuenta mis gracias y van de caída en caída hasta la ruina. Por eso quiero que en este día hagas continuos actos de humildad, quiero que tú estés como un niño envuelto en pañales, que no puede mover ni un pie para dar un paso, ni una mano para obrar, sino que todo lo espera de la madre, así tú te estarás junto a Mí como un niño, rogándome siempre que te asista, que te ayude, confesándome siempre tu nada, en suma, esperando todo de Mí”.

(28) Entonces buscaba hacer cuanto más podía para contentarlo, me empequeñecía, me aniquilaba, y a veces llegaba a tanto, de sentir casi deshecho mi ser, de modo que no podía obrar, ni dar un paso, ni siquiera un respiro si Él no me sostenía. Además me veía tan mala que tenía vergüenza de dejarme ver por las personas, sabiendo que soy la más fea, como en realidad lo soy aún, así que por cuanto más podía las rehuía y decía entre mí: “¡Oh, si supieran cómo soy mala, y si pudieran ver las gracias que el Señor me está haciendo, (porque yo no decía nada a nadie) y que yo soy siempre la misma; oh, cómo me tendrían horror!”.

(29) Después, en la mañana cuando iba de nuevo a comulgar, me parecía que al venir Jesús a mí hacía fiesta por el contento que sentía al verme tan aniquilada, me decía otras cosas sobre el aniquilamiento de mí misma, pero siempre de manera diferente a la anterior, yo creo que no una, sino cientos de veces me ha hablado, y si me hubiera hablado miles de veces tendría siempre nuevos modos para hablar sobre la misma virtud, ¡oh! mi Divino Maestro, cuán sabio eres, si al menos te hubiera correspondido.

(30) Recuerdo que una mañana mientras me hablaba sobre la misma virtud, me dijo que por falta de humildad había cometido muchos pecados, y que si yo hubiera sido humilde me habría tenido más cerca a Él y no habría hecho tanto mal; me hizo entender como era feo el pecado, la afrenta que este miserable gusano había hecho a Jesucristo, la ingratitud horrenda, la impiedad enorme, el daño que le había venido a mi alma. Quedé tan espantada que no sabía qué hacer para reparar, hacía algunas mortificaciones, pedía otras al confesor, pero pocas me eran concedidas, así que todas me parecían sombras y no hacía otra cosa que pensar en mis pecados, pero siempre más estrechada a Él. Tenía tal temor de alejarme de Él y de actuar peor que antes, que yo misma no sé explicarlo. No hacía otra cosa cuando me encontraba con Él que decirle la pena que sentía por haberlo ofendido, le pedía siempre perdón, le agradecía porque había sido tan bueno conmigo, y le decía de corazón: “Mira, ¡oh! Señor el tiempo que he perdido, mientras que habría podido amarte”. Entonces no sabía decir otra cosa que el grave mal que había hecho; finalmente, un día reprendiéndome me dijo:

 

Olvido de las culpas.  Olvido de las culpas.

(31) “No quiero que pienses más en esto, porque cuando un alma se ha humillado, convencida de haber hecho mal y ha lavado su alma en el sacramento de la confesión y está dispuesta a morir antes que ofenderme, el pensar en ello es una afrenta a mi Misericordia, es un impedimento para estrecharla a mi Amor, porque siempre busca con su mente envolverse en el fango pasado y me impide hacerle tomar el vuelo hacia el Cielo, porque siempre con aquellas ideas se encierra en sí misma, si es que busca pensar en ellas. Y además, mira, Yo no recuerdo ya nada, lo he olvidado perfectamente; ¿ves tú alguna sombra de rencor de parte mía?”

(32) Y yo le decía: “No, Señor, eres tan bueno”. Pero sentía rompérseme el corazón de ternura.

(33) Y Él: “Y bien, ¿querrás mantener delante estas cosas?”

(34) Y yo: “No, no, no quiero”.

(35) Y Él: “Pensemos en amarnos y en contentarnos mutuamente”.

(36) De ahí en adelante no pensé más en eso, hacía cuanto más podía por contentarlo y le pedía que Él mismo me enseñase el modo como debía hacer para reparar el tiempo pasado. Y Él me decía:

 

Imitación de su Vida.  Imitación de la vida de Jesús.

(37) “Estoy pronto a hacer lo que tú quieres. Mira, la primera cosa que te dije que quería de ti era la imitación de mi Vida, así que veamos qué cosa te falta”.

(38) “Señor”, le decía, “me falta todo, no tengo nada”.

(39) “Y bien”, me decía: “No temas, poco a poco haremos todo, Yo mismo conozco cuán débil eres, pero es de Mí que debes tomar fuerza”. (No lo recuerdo en orden, pero como pueda lo diré) Y agregaba:

Espíritu de rectitud.

(40) “Quiero que seas siempre recta en tu obrar, con un ojo me debes mirar a Mí y con el otro debes mirar lo que estás haciendo; quiero que las criaturas te desaparezcan del todo. Si te vienen dadas ordenes no mires a las personas, no, sino debes pensar que Yo mismo quiero que tú hagas lo que te es ordenado, entonces con el ojo fijo en Mí no juzgarás a ninguno, no mirarás si la cosa te es penosa o te gusta, si puedes o no puedes hacerla, cerrando los ojos a todo esto los abrirás para mirarme sólo a Mí, me llevarás junto a ti pensando que te estoy mirando fijamente y me dirás: “Señor, sólo por Ti lo hago, sólo por Ti quiero obrar, no más esclava de las criaturas”. Así que si caminas, si obras, si hablas, en cualquier cosa que hagas, tu único fin debe ser de agradarme sólo a Mí. ¡Oh! Cuántos defectos evitarás si haces así”.

(41) Otras veces me decía: “También quiero que si las personas te mortifican, te injurian, te contradicen, la mirada también fija en Mí, pensando que con mi misma boca te digo: “Hija, soy propiamente Yo que quiero que sufras esto, no las criaturas, aleja la mirada de ellas, sino sólo Yo y tú siempre, todas las demás destrúyelas. Mira, quiero hacerte bella por medio de estos sufrimientos, te quiero enriquecer con méritos, quiero trabajar tu alma, volverte similar a Mí. Tú me harás un regalo, me agradecerás afectuosamente, serás agradecida con aquellas personas que te dan ocasión de sufrir, recompensándolas con algún beneficio. Haciendo así caminarás recta ante Mí, ninguna cosa te dará más inquietud y gozarás siempre paz”.

 

Espíritu de mortificación.

(42) Después de algún tiempo en que traté de ejercitarme en estas cosas, a veces haciendo y a veces cayendo (si bien veo claro que aun me falta este espíritu de rectitud y siempre quedo más confundida pensando en tanta ingratitud mía), Jesús me habló y me hizo entender la necesidad del espíritu de mortificación, (si bien me recuerdo que en todas estas cosas que me decía, me agregaba siempre que todo debía ser hecho por amor suyo, y que las virtudes más bellas, los sacrificios más grandes, se volvían insípidos sino tenían principio en el amor. La caridad, me decía, es una virtud que da vida y esplendor a todas las demás, de modo que sin ella todas están muertas y mis ojos no sienten ningún atractivo, y no tienen ninguna fuerza sobre mi corazón; estate pues atenta y haz que tus obras, aun las mínimas estén investidas por la caridad, esto es, en Mí, conmigo y por Mí). Ahora vayamos directamente a la mortificación.

(43) “Quiero”, me decía, “que en todas tus cosas, hasta las necesarias, sean hechas con espíritu de sacrificio. Mira, tus obras no pueden ser reconocidas por Mí como mías si no tienen la marca de la mortificación. Así como la moneda no es reconocida por los pueblos si no contiene en sí misma la imagen de su rey, es más, es despreciada y no tomada en cuenta, así es de tus obras, si no tienen el injerto con mi cruz no pueden tener ningún valor. Mira, ahora no se trata de destruir a las criaturas, sino a ti misma, de hacerte morir para vivir solamente en Mí y de mi misma Vida. Es verdad que te costará más que lo que has hecho, pero ten valor, no temas, no lo harás tú sino Yo que obraré en ti”.

(44) Entonces recibía otras luces sobre la aniquilación de mí misma y me decía:

(45) “Tú no eres otra cosa que una sombra, que mientras quieres tomarla te huye, tú eres nada”.

(46) Yo me sentía tan aniquilada que habría querido esconderme en los más profundos abismos, pero me veía imposibilitada para hacerlo, sentía tal vergüenza que quedaba muda. Mientras estaba en este reconocimiento de mi nada, Él me decía:

(47) “Ponte junto a Mí, apóyate en mi brazo, Yo te sostendré con mis manos y tú recibirás fuerza. Tú estás ciega, pero mi luz te servirá de guía. Mira, me pondré delante y tú no harás otra cosa que mirarme para imitarme”.

(48) Después me decía: “La primera cosa que quiero que mortifiques es tu voluntad, aquel “yo” se debe destruir en ti, quiero que la tengas sacrificada como víctima ante Mí, para hacer que de tu voluntad y de la mía se forme una sola. ¿No estás contenta?”

(49) Sí Señor, pero dame la Gracia, porque veo que por mí nada puedo. Y Él continuaba diciéndome:

(50) “Sí, Yo mismo te contradiré en todo, y a veces por medio de las criaturas”.

(51) Y sucedía así. Por ejemplo: Si en la mañana me despertaba y no me levantaba enseguida, la voz interna me decía: “Tú descansas, y Yo no tuve otro lecho que la cruz, pronto, pronto, no tanta satisfacción”.

(52) Si caminaba y mi vista se iba un poco lejos, pronto me reprendía: “No quiero, tu vista no la alejes de ti más allá que la distancia de un paso a otro, para hacer que no tropieces”.

(53) Si me encontraba en el campo y veía flores, árboles, me decía: “Yo todo lo he creado por amor tuyo, tú priva a tu vista de este contento por amor mío”.

(54) Aun en las cosas más inocentes y santas, como por ejemplo los ornamentos de los altares, las procesiones, me decía: “No debes tomar otro placer que en Mí solo”.

(55) Si mientras trabajaba estaba sentada, me decía: “Estás demasiado cómoda, ¿no te acuerdas que mi Vida fue un continuo penar? ¿Y tú? ¿Y tú?”.

(56) Enseguida, para contentarlo me sentaba en la mitad de la silla y la otra mitad la dejaba vacía, y algunas veces en broma le decía: “Mira, oh Señor, la mitad de la silla está vacía, ven a sentarte junto a mí”. Alguna vez me parecía que me contentaba y sentía tanto gusto que yo misma no sé decirlo. Algunas veces que estaba trabajando con lentitud y desganada me decía: “Pronto, apúrate, que el tiempo que ganarás apurándote vendrás a pasarlo junto Conmigo en la oración”.

(57) A veces Él mismo me indicaba cuánto trabajo debía hacer. Yo le pedía que viniera a ayudarme. “Sí, sí,” me respondía, “lo haremos juntos a fin de que después que hayas terminado quedemos más libres”. Y sucedía que en una hora o dos hacía lo que debía hacer en todo el día, después me iba a hacer oración y me daba tantas luces y me decía tantas cosas, que el querer decirlas sería demasiado largo. Recuerdo que mientras estaba sola trabajando, veía que no alcanzaba el hilo para completar aquel trabajo y que tendría necesidad de ir con la familia para buscarlo, entonces me dirigía a Él y le decía: “En qué aprovecha amado mío el haberme ayudado, pues ahora veo que tengo necesidad de ir a la familia, y puedo encontrar personas y me impedirán venir de nuevo, y entonces nuestra conversación terminará”. “Qué, qué,” me decía, “¿y tú tienes fe?” “Sí”. “Pues no temas, te haré terminar todo”. Y así sucedía, y luego me ponía a rezar.

(58) Si llegaba la hora de la comida y comía alguna cosa agradable, súbito me reprendía internamente diciendo: “¿Tal vez te has olvidado que Yo no tuve otro gusto que sufrir por amor tuyo, y que tú no debes tener otro gusto que el mortificarte por amor mío? Déjalo y come lo que no te agrada”. Y yo enseguida lo tomaba y lo llevaba a la persona que ayudaba en el servicio, o bien decía que ya no quería, y muchas veces me la pasaba casi en ayunas, pero cuando iba a la oración recibía tanta fuerza y sentía tal saciedad, que sentía náusea de todo lo demás.

(59) Otras veces para contradecirme, si no tenía ganas de comer, me decía: “Quiero que comas por amor mío, y mientras el alimento se une al cuerpo, pídeme que mi Amor se una con tu alma y quedarán santificadas todas las cosas”.

(60) En una palabra, sin ir más lejos, aun en las cosas más mínimas trataba de hacer morir mi voluntad, para hacer que viviera sólo para Él. Permitía que hasta el confesor me contradijera, como por ejemplo: Sentía un gran deseo de recibir la comunión, todo el día y la noche no hacía otra cosa que prepararme, mis ojos no se podían cerrar al sueño por los continuos latidos del corazón y le decía: “Señor, apresúrate porque no puedo estar sin Ti, acelera las horas, haz que surja pronto el sol porque yo no puedo más, mi corazón desfallece”. Él mismo me hacía ciertas invitaciones amorosas con las que me sentía despedazar el corazón; me decía: “Mira, Yo estoy solo, no sientas pena de que no puedes dormir, se trata de hacer compañía a tu Dios, a tu Esposo, a tu Todo, que es continuamente ofendido, ¡ah! no me niegues este consuelo, que después en tus aflicciones Yo no te dejaré”. Mientras estaba con estas disposiciones, por la mañana iba con el confesor y sin saber por qué, la primera cosa que me decía era: “No quiero que recibas la Comunión”. Digo la verdad, me resultaba tan amargo que a veces no hacía otra cosa que llorar, al confesor no me atrevía a decirle nada, porque así quería Jesús que hiciera, de otra manera me reprendía; pero yo iba con Él y le decía mi pena: “Ah Bien mío, ¿para esto la vigilia que hemos hecho esta noche, que después de tanto esperar y desear, debía quedar privada de Ti? Sé bien que debo obedecer, pero dime, ¿puedo estar sin Ti? ¿Quién me dará la fuerza? Y además, ¿cómo tendré el valor de irme de esta iglesia sin llevarte conmigo? Yo no sé qué hacer, pero Tú puedes remediar a todo”. Mientras así me desahogaba, sentía venir un fuego junto a mí, entrar una llama en el corazón y lo sentía dentro de mí, y enseguida me decía: “Cálmate, cálmate, heme aquí, estoy ya en tu corazón, ¿de qué temes ahora? No te aflijas más, Yo mismo te quiero enjugar las lágrimas, tienes razón, tú no podías estar sin Mí, ¿no es verdad?”.

(61) Yo entonces quedaba tan aniquilada en mí misma por esto, y le decía que si yo fuera buena, Él no lo habría dispuesto así, y le pedía que no me dejara más, que sin Él no quería estar.

(62) Después de estas cosas, un día, después de la Comunión lo sentía en mí todo amor, y que me amaba tanto, que yo misma quedaba maravillada, porque me veía tan mala y sin corresponder, y decía dentro de mí: “Al menos fuera buena y le correspondiera, tengo temor de que me deje (este temor de que me deje lo he tenido siempre y aún lo tengo, y a veces es tanta la pena que siento, que creo que la pena de la muerte sería menor, y si Él mismo no viene a calmarme no sé darme paz) y en cambio quiere estrecharse más íntimamente a mí”. Y mientras así me lo sentía dentro de mí, con voz interna me dijo:

 

Meditación de la Pasión de Nuestro Señor.

(63) “Amada mía, las cosas pasadas no han sido más que un preparativo, ahora quiero venir a los hechos, y para disponer tu corazón para hacer lo que quiero de ti, esto es, la imitación de mi Vida, quiero que te internes en el mar inmenso de mi Pasión, y cuando tú hayas comprendido bien la acerbidad de mis penas, el amor con el que las sufrí, quién soy Yo que tanto sufrí, y quién eres tú vilísima criatura, ah, tu corazón no osará oponerse a los golpes, a la cruz, que Yo sólo por tu bien le tengo preparada. Más bien al sólo pensar que Yo, tu maestro, he sufrido tanto, tus penas te parecerán sombras comparadas con las mías, el sufrir te será dulce y llegarás a no poder estar sin sufrimientos”.

(64) Mi naturaleza temblaba al solo pensar en los sufrimientos, le pedía que Él mismo me diera la fuerza, porque sin Él, me habría servido de sus mismos dones para ofender al donador. Entonces me puse toda a meditar la Pasión, y esto hizo tanto bien a mi alma, que creo que todo el bien me ha venido de esta fuente. Veía la Pasión de Jesucristo como un mar inmenso de luz, que con sus innumerables rayos me herían toda, esto es, rayos de paciencia, de humildad, de obediencia y de tantas otras virtudes; me veía toda rodeada por esta luz, y quedaba aniquilada al verme tan desemejante de Él. Aquellos rayos que me inundaban eran para mí otros tantos reproches que me decían:

(65) “Un Dios paciente, ¿y tú? Un Dios humilde y sometido aun a sus mismos enemigos, ¿y tú? Un Dios que sufre tanto por amor tuyo, y tus sufrimientos por amor suyo, ¿dónde están?”

(66) A veces Él mismo me narraba las penas sufridas por Él, y quedaba tan conmovida que lloraba amargamente. Un día, mientras trabajaba, estaba considerando las penas acerbísimas que sufrió mi buen Jesús, mi corazón me lo sentía tan oprimido por la pena, que me faltaba la respiración; temiendo que me sucediera algo quise distraerme asomándome al balcón, vi hacia la calle, pero, ¿qué veo? Veo la calle llena de gente, y en medio a mi amante Jesús con la cruz sobre la espalda; quien lo empujaba por un lado y quien por el otro, todo agitado, con el rostro chorreando sangre, que levantaba los ojos hacia mí en actitud de pedirme ayuda. ¿Quién podrá decir el dolor que sentí, la impresión que hizo sobre mi alma una escena tan lastimera? Rápidamente entré en mi habitación, yo misma no sabía dónde me encontraba, el corazón me lo sentía despedazar por el dolor, gritaba y llorando le decía: “¡Jesús mío, si al menos te pudiera ayudar, te pudiese liberar de esos lobos tan enfurecidos! ¡Ay! al menos quisiera sufrir esas penas en lugar tuyo para dar alivio a mi dolor. Ah, mi Bien, dame el sufrir, porque no es justo que Tú sufras tanto y yo, pecadora, esté sin sufrir”.

 

Deseo de sufrir.

(67) Desde entonces, recuerdo que se encendió en mí tanto deseo de sufrir que no se ha apagado hasta ahora. Recuerdo también que después de la Comunión le pedía ardientemente que me concediera el sufrir, y Él, a veces para contentarme me parecía que tomaba las espinas de su corona y las clavaba en mi corazón; otras veces sentía que tomaba mi corazón entre sus manos y lo estrechaba tan fuerte, que por el dolor sentía que perdía los sentidos. Cuando advertía que las personas se podrían dar cuenta de algo, y a Él dispuesto a darme estas penas, pronto le decía: “Señor, ¿qué haces? Te pido que me des el sufrir, pero que nadie se dé cuenta”. Durante algún tiempo me contentó, pero mis pecados me hicieron indigna de sufrir ocultamente, sin que nadie se diera cuenta.

(68) Recuerdo que muchas veces después de la Comunión me decía: “No podrás verdaderamente asemejarte a Mí sino por medio de los sufrimientos. Hasta ahora he estado junto a ti, ahora quiero dejarte sola un poco, sin hacerme sentir. Mira, hasta ahora te he llevado de la mano, enseñándote y corrigiéndote en todo, y tú no has hecho otra cosa que seguirme. Ahora quiero que hagas por ti misma, pero más atenta que antes, pensando que te estoy mirando fijamente, pero sin hacerme sentir, y que cuando vuelva a hacerme sentir vendré,o para premiarte si me has sido fiel, o para castigarte si has sido ingrata”.

(69) Quedaba tan espantada y abatida por esta noticia, que le decía: “Señor, mi todo y mi vida, ¿cómo podré subsistir sin Ti, quién me dará la fuerza? Cómo, después que me has hecho dejar todo, de modo que siento como si nadie existiera para mí, me quieres dejar sola y abandonada ¿Qué, te has tal vez olvidado de cuán mala soy, y que sin Ti nada puedo?” Y por esta recriminación, tomando un aspecto más serio, agregaba:

(70) “Es que te quiero hacer comprender bien quién eres tú. Mira, lo hago por tu bien, no te entristezcas, quiero preparar tu corazón a recibir las gracias que he diseñado sobre ti. Hasta ahora te he asistido sensiblemente, ahora será menos sensible, te haré tocar con la mano tu nada, te cimentaré bien en la profunda humildad para poder edificar sobre ti muros altísimos, así que en vez de afligirte, deberías alegrarte y agradecerme, pues cuanto más pronto te haga pasar el mar tempestuoso, tanto más pronto llegarás a puerto seguro, a cuantas más duras pruebas te sujetaré, tantas gracias más grandes te daré. Así que, ánimo, ánimo, y después pronto vendré”.

(71) Y al decirme esto me parecía que me bendecía y se fue. ¿Quién podrá decir la pena que sentía, el vacío que dejaba en mi interior, las amargas lágrimas que derramé? Sin embargo me resigné a su Santa Voluntad, parecía que de lejos le besaba la mano que me había bendecido diciéndole: “Adiós, oh Esposo Santo, adiós”. Veía que todo para mí había terminado, ya que sólo lo tenía a Él, y faltándome Él, no me quedaba ningún otro consuelo, sino que todo se convertía en amarguísimas penas. Más bien las mismas criaturas me recrudecían la pena, de modo que todas las cosas que veía, parecía que me decían: “Mira, somos obras de tu Amado, y Él, ¿dónde está?” Si miraba agua, fuego, flores, hasta las mismas piedras, enseguida el pensamiento me decía: “Ah, estas son obras de tu Esposo. Ellas tienen el bien de verlo y tú no lo ves”. ¡Ah! obras de mi Señor, denme noticias, díganme, ¿dónde se encuentra? Me dijo que pronto volvería, pero quién sabe cuando”.

(72) A veces llegaba a tan amarga desolación que me sentía faltar la respiración, me sentía helar toda, y sentía un escalofrío por toda mi persona. A veces se daba cuenta la familia y lo atribuían a algún mal físico y querían ponerme en tratamiento, llamar a médicos; a veces insistían tanto que lo lograban, pero yo, sin embargo, hacía cuanto más podía para quedarme sola, así que pocas veces lo advertían. Recordaba también todas las gracias, las palabras, las correcciones, las reprensiones, veía claramente que todo lo obrado hasta ahí, todo, todo había sido obra de su gracia, y que de mí no quedaba más que la pura nada y la inclinación al mal; tocaba con la mano que sin Él no sentía más el amor tan sensible, aquellas luces tan claras en la meditación, de modo que permanecía hasta dos o tres horas, hacía cuanto más podía por hacer lo que hacía cuando lo sentía, porque oía repetir aquellas palabras: “Si me eres fiel vendré para premiarte, si ingrata para castigarte”.

(73) Así pasaba a veces dos días, a veces cuatro, más o menos como a Él le agradaba, mi único consuelo era recibirlo en el Sacramento... Ah, sí, ciertamente, ahí lo encontraba, no podía dudar, y recuerdo que pocas veces no se hacía oír, porque tanto le pedía y volvía a pedir y lo importunaba, que me contentaba, pero no amoroso y amable, sino severo.

(74) Después que pasaban aquellos días en aquel estado descrito arriba, especialmente si le había sido fiel, me lo sentía regresar dentro de mí, me hablaba más claramente, y como en los días pasados no había podido concebir dentro de mí ni una palabra, ni oír nada, entonces entendí que no era mi fantasía, como muchas veces lo pensaba antes, tanto que de lo dicho hasta aquí no decía nada ni al confesor ni a ninguna otra alma viviente, sin embargo hacía cuanto más podía para corresponderle, porque de otra manera me hacía tanta guerra que no tenía paz. ¡Ah Señor, has sido tan bueno conmigo, y yo tan mala aún!

 

Modo de triunfar en las pruebas.

            (75) Siguiendo con lo que había comenzado, me lo sentía dentro de mí, lo abrazaba, me lo estrechaba, le decía: “Amado Bien, mira cuán amarga me ha resultado nuestra separación”. Y Él me decía:

(76) “Es nada lo que has pasado, prepárate a pruebas más duras; por esto he venido, para disponer tu corazón y fortalecerlo. Ahora me dirás todo lo que has pasado, tus dudas y temores, todas tus dificultades para poderte enseñar el modo de como comportarte en mi ausencia”.

(77) Entonces le hacía la narración de mis penas diciéndole: “Señor, mira, sin Ti no he podido hacer nada bien, la meditación la he hecho toda distraída, fea, tanto que no tenía ánimo de ofrecértela. En la comunión no he podido estar las horas enteras como cuando te sentía, me veía sola, no tenía con quien entenderme, me sentía toda vacía, la pena de tu ausencia me hacía probar agonías mortales, mi naturaleza quería despacharse pronto para huir de esa pena, mucho más que me parecía que no hacía otra cosa que perder el tiempo, y el temor de que al regresar Tú me castigaras por no haber sido fiel, entonces no sabía qué hacer. Además, la pena de que Tú eres continuamente ofendido, y que yo no sabiendo cuando, como antes me enseñabas, hacer esos actos de reparación, esas visitas al Santísimo Sacramento por las ofensas que Tú recibes. Entonces dime, ¿cómo debo hacer?” Y Él, instruyéndome benignamente me decía:

(78) 1º.- “Has hecho mal al estarte tan turbada, ¿no sabes tú que Yo soy Espíritu de paz?, y la primera cosa que te recomiendo es no disturbar la paz del corazón; cuando en la oración no puedes recogerte, no quiero que pienses en esto o aquello, cómo es o cómo no es, haciendo así tú misma llamas a la distracción. Más bien, cuando te encuentres en ese estado, la primera cosa es que te humilles, confesándote merecedora de esas penas, poniéndote como un humilde corderillo en manos del verdugo, que mientras lo mata le lame las manos; así tú, mientras te ves golpeada, abatida, sola, te resignarás a mis santas disposiciones, me agradecerás de todo corazón, besarás la mano que te golpea, reconociéndote indigna de esas penas, después me ofrecerás aquellas amarguras, angustias y tedios, pidiéndome que los acepte como un sacrificio de alabanza, de satisfacción por tus culpas, de reparación por las ofensas que me hacen. Haciendo así, tu oración subirá ante mi trono como incienso olorosísimo, herirá mi corazón y atraerá sobre ti nuevas gracias y nuevos carismas; el demonio viéndote humilde y resignada, toda abismada en tu nada, no tendrá fuerza de acercarse. He aquí que donde tú creías perder, harás grandes adquisiciones.

(79) 2º.- Respecto a la Comunión no quiero que te aflijas de que no sabes estar, debes saber que es una sombra de las penas que sufrí en el Getsemaní, ¿qué será cuando te haga partícipe de los flagelos, de las espinas y de los clavos? El pensamiento de las penas mayores te hará sufrir con más ánimo las penas menores, por tanto, cuando en la Comunión te encuentres sola, agonizante, piensa que te quiero un poco en mi compañía en la agonía del huerto. Por tanto ponte junto a Mí y haz una comparación entre tus penas y las mías, mira, tú sola y privada de Mí, y Yo también solo, abandonado por mis más fieles amigos que están adormilados, dejado solo hasta por mi Divino Padre, y además en medio de penas acerbísimas, rodeado de serpientes, de víboras y de perros enfurecidos, los cuales eran los pecados de los hombres, y donde estaban también los tuyos, que hacían su parte, que me parecía que me querían devorar vivo, mi corazón sintió tanta opresión que me lo sentí como si estuviera bajo una prensa, tanto que sudé viva sangre. Dime, tú ¿cuándo has llegado a sufrir tanto? Entonces, cuando te encuentres privada de Mí, afligida, vacía de todo consuelo, llena de tristezas, de afanes, de penas, ven junto a Mí, límpiame esa sangre, ofréceme esas penas como alivio de mi amarguísima agonía. Haciendo así encontrarás el modo de entretenerte Conmigo después de la Comunión; no que no sufras, porque la pena más amarga que puedo dar a mis almas queridas es el privarlas de Mí, pero tú, pensando que con tu sufrir me das consuelo, estarás contenta.

(80) 3º.- En cuanto a las visitas y actos de reparación, tú debes saber que todo lo que hice en el curso de los treinta y tres años, desde que nací hasta que morí, lo continúo en el sacramento del altar, por eso quiero que me visites treinta y tres veces al día, honrando todos mis años y uniéndote Conmigo en el Sacramento, con mis mismas intenciones, esto es, de reparación, de adoración. Esto lo harás en todos los momentos del día: El primer pensamiento de la mañana de inmediato vuele ante el sagrario donde estoy por amor tuyo, y me visites, el último pensamiento de la tarde, mientras duermes por la noche, antes y después de comer, al principio de cada acción tuya, caminando, trabajando”.

(81) Mientras así me decía, me sentía toda confundida, y no sabiendo si podría lograr hacerlo le dije: “Señor, te pido que estés junto a mí hasta que tenga la costumbre de hacerlo, porque conozco que Contigo todo puedo, pero sin Ti, ¿qué puedo hacer yo, miserable?” Y Él benignamente agregaba:

(82) “Sí, sí, te contentaré, ¿cuándo te he faltado? Quiero tu buena voluntad, y cualquier ayuda que quieras te la daré”.

(83) Y así lo hacía. Después de que hubo pasado algún tiempo, a veces con Él, a veces privada de Él, un día, después de la Comunión me sentí más íntimamente unida a Él, me hacía varias preguntas, como por ejemplo: Si lo quería, si estaba dispuesta a hacer lo que Él quería, aun el sacrificio de la vida por amor suyo; y me decía:

(84) “Y tú dime qué quieres, si tú estás pronta a hacer lo que quiero, también Yo haré lo que quieras tú”.

 

La quiere purificar de todo mínimo defecto.  Modo como la purifica del todo.

(85) Yo me sentía toda confundida, no comprendía su modo de obrar, pero con el tiempo he entendido que ese modo de obrar lo usa cuando quiere disponer al alma a nuevas y más pesadas cruces, y la sabe atraer tanto a Él con esas estratagemas, que el alma no se atreve a oponerse a lo que Él quiere. Entonces le decía: “Sí, te amo, pero dime Tú mismo, ¿puedo encontrar objeto más bello, más santo, más amable que Tú? Además, ¿por qué me preguntas si estoy dispuesta a hacer lo que quieres, si desde hace tanto tiempo te entregué mi voluntad y te pedí que no evitaras ni aun el hacerme pedazos con tal que te pudiera dar gusto? Yo me abandono en Ti. Oh Esposo Santo, obra libremente, haz de mí lo que quieras, dame tu Gracia, pues por mí nada soy y nada puedo”. Y Él me decía:

(86) “¿Verdaderamente estás dispuesta a todo lo que quiero?”.

(87) Yo entonces me sentía más confundida y anonadada, y decía: “Sí, estoy dispuesta”. Pero casi temblando, y Él compadeciéndome seguía diciendo: “No temas, seré tu fuerza, no sufrirás tú, sino seré Yo quien sufrirá y combatirá en ti. Mira, quiero purificar tu alma de todo mínimo defecto que pudiera impedir mi Amor en ti, quiero probar tu fidelidad, ¿pero cómo puedo ver si esto es verdad, si no es poniéndote en medio de la batalla? Debes saber que quiero ponerte en medio de los demonios, les daré libertad de atormentarte y de tentarte a fin de que cuando hayas combatido los vicios con las virtudes opuestas, te encontrarás ya en posesión de esas mismas virtudes que creías perder, y después, tu alma purificada, embellecida, enriquecida, será como un rey que regresa vencedor de una ferocísima guerra, que mientras creía perder lo que tenía, vuelve en cambio más glorioso y lleno de inmensas riquezas. Y entonces vendré Yo, formaré en ti mi morada, y estaremos siempre juntos. Es verdad que será doloroso tu estado, los demonios no te darán paz, ni de día ni de noche, estarán siempre en acto de hacerte ferocísima guerra, pero tú ten siempre en la mira lo que quiero hacer de ti, esto es, hacerte semejante a Mí, y que no podrás llegar a esto sino por medio de muchas y grandes tribulaciones, y así tendrás más ánimo para soportar las penas”.

(88) ¿Quién puede decir cómo quedé asustada ante tal anuncio? Me sentí helar la sangre, erizar los cabellos y mi imaginación quedó llena de negros espectros que parecía que me querían devorar viva. Me parecía que el Señor, antes de ponerme en este estado doloroso, daba libertad a todo lo que debía sufrir, y me veía rodeada por todo eso, entonces me dirigí a Él y le dije: “Señor, ¡ten piedad de mí! Ah, no me dejes sola y abandonada, veo que es tanta la rabia de los demonios, que no dejarán de mí ni siquiera el polvo, ¿cómo podré resistirles? Para Ti es bien conocida mi miseria y cuán mala soy, por eso dame nueva gracia para no ofenderte. Señor mío, la pena que más desgarra mi alma, es ver que también Tú debes dejarme. Ah, ¿a quién podré decir alguna palabra, quién me debe enseñar? Pero sea hecha siempre tu Voluntad, bendigo tu Santo Querer”. Y Él benignamente continuó diciéndome:

(89) “No te aflijas tanto, debes saber que jamás permitiré que te tienten más allá de tus fuerzas, si esto lo permito es para tu bien, jamás pongo a las almas en la batalla para hacer que perezcan, primero mido sus fuerzas, les doy mi gracia y después las introduzco, y si alguna alma se precipita, es porque no se mantiene unida a Mí con la oración, no sintiendo más la sensibilidad de mi Amor van mendigando amor de las criaturas, mientras que sólo Yo puedo saciar el corazón humano, no se dejan guiar por el camino seguro de la obediencia, creyendo más en el juicio propio que en quien las guía en mi lugar, entonces, ¿qué maravilla si se precipitan? Por eso lo que te recomiendo es la oración, aunque debieras sufrir penas de muerte, jamás debes descuidar lo que acostumbras hacer, es más, cuanto más te veas en el precipicio, tanto más invocarás la ayuda de quien puede liberarte. Además, quiero que te pongas ciegamente en las manos del confesor, sin examinar lo que te viene dicho, tú estarás circundada de tinieblas y serás como uno que no tiene ojos y que necesita de una mano que lo guíe, el ojo para ti será la voz del confesor que como luz te iluminará las tinieblas, la mano será la obediencia que te será guía y sostén para hacerte llegar a puerto seguro. La última cosa que te recomiendo es el valor, quiero que con intrepidez entres en la batalla, la cosa que más hace temer a un ejército enemigo es ver el coraje, la fortaleza, el modo con el cual desafían los más peligrosos combates, sin temer nada. Así son los demonios, nada temen más que a un alma valerosa, toda apoyada en Mí, que con ánimo fuerte va en medio a ellos no para ser herida, sino con la resolución de herirlos y exterminarlos; los demonios quedan espantados, aterrados y quisieran huir, pero no pueden, porque atados por mi Voluntad, están obligados a estarse para su mayor tormento. Así que no temas de ellos, que nada pueden hacerte sin mi Querer. Y además, cuando te vea que no puedes resistir más y estés a punto de desfallecer, si me eres fiel inmediatamente vendré y pondré a todos en fuga y te daré gracia y fortaleza. ¡Ánimo, ánimo!”.

 

Pelea con el demonio.

(90) Ahora, ¿quién puede decir el cambio que sucedió en mi interior? Todo era horror para mí, aquel amor que antes sentía en mí, ahora lo veía convertido en odio atroz, qué pena el no poderlo amar más. Me desgarraba el alma el pensar en aquel Señor que había sido tan bueno conmigo, y ahora verme obligada a aborrecerlo, a blasfemarlo como si fuese el más cruel enemigo, el no poderlo mirar ni siquiera en sus imágenes, porque al mirarlas, al tener rosarios entre las manos, al besarlos, me venían tales ímpetus de odio, y tanta fuerza en contra, que hacerlo y reducirlos a pedazos era lo mismo, y a veces hacía tanta resistencia, que mi naturaleza temblaba de pies a cabeza. ¡Oh Dios, qué pena amarguísima!” Yo creo que si en el infierno, no hubiera otras penas, la sola pena de no poder amar a Dios formaría el infierno más horrible. Muchas veces el demonio me ponía delante las gracias que el Señor me había hecho, ahora como un trabajo de mi fantasía y por eso poder llevar una vida más libre, más cómoda; y ahora como verdaderas, y me decían: “¿Esto es lo bien que te quería? Esta es la recompensa, que te ha dejado en nuestras manos, eres nuestra, eres nuestra, para ti todo ha terminado, no hay más que esperar”. Y en mi interior me sentía poner tales ímpetus de aversión contra el Señor y de desesperación, que algunas veces teniendo alguna imagen entre las manos, era tanta la fuerza del desprecio que las rompía, pero mientras esto hacía, lloraba y las besaba, pero no sé decir como era obligada a hacerlo. ¿Quién puede decir el desgarro de mi alma? Los demonios hacían fiesta y reían, unos hacían ruido desde un lugar, otros lo hacían desde otro, unos hacían estrépitos, otros me ensordecían con gritos diciendo: “Mira como eres nuestra, no nos queda otra cosa más que llevarte al infierno, alma y cuerpo, verás que lo haremos”. A veces me sentía jalar, ahora los vestidos, ahora la silla donde estaba arrodillada y tanto la movían y hacían ruido que no podía rezar, a veces era tanto el temor, que creyendo librarme me iba a acostar en la cama, (porque estos escándalos sucedían la mayor parte en la noche) pero también ahí seguían jalándome la almohada, las cobijas. ¿Pero quién puede decir el espanto, el temor que sentía? Yo misma no sabía dónde me encontraba, si en la tierra o en el infierno; era tanto el temor de que en verdad me llevaran, que mis ojos no podían cerrarse al sueño; estaba como uno que tiene un cruel enemigo que ha jurado que a cualquier costo le debe quitar la vida, y creía que esto me sucedería en cuanto cerrara los ojos; así que sentía como si alguien me pusiera algo dentro de los ojos, de modo que estaba obligada a tenerlos abiertos para ver cuando me debían llevar, tal vez podría oponerme a lo que querrían hacer, entonces me sentía erizar los cabellos sobre mi cabeza uno por uno, un sudor frío en todo mi cuerpo que me penetraba hasta los huesos y me sentía desunir los nervios y los huesos, y se agitaban juntos por el miedo. Otras veces me sentía incitar a tales tentaciones de desesperación y de suicidio, que alguna vez habiéndome encontrado cerca de un pozo, o bien de un cuchillo, me sentía jalar para conducirme dentro o bien tomar el cuchillo y matarme, y era tanta la fuerza que debía hacer para huir, que sentía penas de muerte, y mientras huía, sentía que iban junto conmigo y oía sugerirme que para mí era inútil el vivir después de haber cometido tantos pecados, que Dios me había abandonado porque no había sido fiel; es más, veía que había hecho tantas infamias, que jamás alma alguna en el mundo había cometido, que para mí no había más misericordia que esperar. En el fondo de mi alma oía repetir: “¿Cómo puedes vivir siendo enemiga de Dios? ¿Sabes tú quién es ese Dios a quien tanto has ultrajado, blasfemado, odiado? Ah, es ese Dios inmenso que por todas partes te circundaba, y tú ante sus ojos te has atrevido a ofenderlo. Ah, perdido el Dios de tu alma, ¿quién te dará paz? ¿Quién te librará de tantos enemigos?” Era tanta la pena que no hacía otra cosa que llorar; a veces me ponía a rezar, y los demonios para acrecentar mi tormento, los sentía venir encima de mí, y quien me golpeaba, quien me pinchaba, y quien me apretaba la garganta. Recuerdo que una vez mientras rezaba, me sentí jalar los pies desde abajo, abrirse la tierra y salir las llamas, y que yo caía dentro; fue tal el espanto y el dolor que quedé medio muerta, tanto que para recuperarme de aquel estado tuvo que venir Jesús y me reanimó, me hizo entender que no era verdad que había puesto la voluntad en ofenderlo, y que yo misma lo podía saber por la pena amarguísima que sentía, que el demonio era un mentiroso y que no debía hacerle caso, que por ahora debía tener paciencia en sufrir esas molestias, y que después debía venir la paz. Esto sucedía de vez en cuando, cuando llegaba a los extremos, y a veces para ponerme en más duros tormentos. En el momento de ese consuelo el alma se convencía, porque ante esa luz es imposible que el alma no aprenda la verdad, pero después cuando me encontraba en la lucha me encontraba en el mismo estado de antes.

(91) Me tentaba también a no recibir la Comunión, persuadiéndome de que después de que había cometido tantos pecados, era un atrevimiento acercarme, y que si me atrevía, no Jesucristo habría venido, sino el demonio, y que tantos tormentos me habría de dar, que me daría la muerte, pero la obediencia la vencía, es verdad que a veces sufría penas mortales, así que trabajosamente podía recuperarme después de la Comunión, pero como el confesor quería absolutamente que la recibiera, no podía hacer de otro modo. Recuerdo que varias veces no la recibí.

(92) También recuerdo que a veces mientras rezaba en la noche, me apagaban la lámpara; a veces hacían tales rugidos de dar miedo; otras veces voces débiles, como si fueran moribundos, ¿pero quién puede decir todo lo que hacían?

(93) Ahora, esta dura batalla, aunque no recuerdo muy bien, duró tres años, aunque había días o semanas de intervalo, no que cesaran del todo, sino que empezaron a disminuir.

(94) Recuerdo que después de una Comunión, el Señor me enseñó el modo como debía hacer para ponerlos en fuga, y era el despreciarlos y no prestarles ninguna atención, y que debía hacer de cuenta como si fueran tantas hormigas. Me sentí infundir tanta fuerza que no sentía más aquel temor de antes, y hacía así: Cuando hacían estrépito, rumores, les decía: “Se ve que no tenéis nada qué hacer, y que para pasar el tiempo estáis haciendo tantas tonteras; hagan, hagan, que después cuando os canséis, lo terminaréis”. A veces cesaban, otras veces se enojaban tanto que hacían ruidos más fuertes. Me los sentía junto a mí haciéndose más fuertes y hacían violencia para llevarme, olía la horrible peste, sentía el calor del fuego. Es verdad que en mi interior sentía un estremecimiento, pero me forzaba y les decía: “Mentirosos que sois, si esto fuera cierto desde el primer día lo habríais hecho, pero como es falso es que no tenéis ningún poder sobre mí, sino sólo aquél que os viene dado de lo alto, por eso digan, digan, y después cuando os canséis, reventareis”. Si emitían lamentos y gritos les decía: “Qué, ¿no os han salido las cuentas hoy?” Es decir, “¿os lamentáis porque os ha sido quitada alguna alma?” Pobrecitos, no se sienten bien, sin embargo quiero también yo haceros lamentar otro poco”. Y me ponía a rezar por los pecadores, o bien a hacer actos de reparación. A veces me reía cuando empezaban a hacer las acostumbradas cosas y les decía: “¿Cómo puedo temeros, raza vil? Si fuerais seres serios no habríais hecho tantas tonterías, ustedes mismos, ¿no os avergonzáis? No hagáis que os tome a burla”. Después, si me ponían tentaciones de blasfemar o de odio contra Dios, ofrecía aquella pena amarguísima, aquella violencia que me hacía, porque mientras veía que el Señor merecía todo el amor, todas las alabanzas, yo era forzada a hacer lo contrario, en reparación de tantos que libremente lo blasfeman y que ni siquiera se recuerdan que existe un Dios, que están obligados a amarlo. Si me incitaban a desesperación, en mi interior decía: “No pongo atención ni del paraíso ni del infierno, lo único que me apura es amar a mi Dios, este no es tiempo de pensar en otra cosa, sino que es tiempo de amar cuanto más pueda a mi buen Dios, el paraíso y el infierno los dejo en sus manos, Él, que es tan bueno me dará lo que más me conviene, y me dará un lugar donde pueda glorificarlo más”.

(95) Jesucristo me enseñó que el medio más eficaz para hacer que el alma quede libre de toda vana aprehensión, de toda duda, de todo temor, era el declarar delante al Cielo, a la tierra y ante los mismos demonios, no querer ofender a Dios, aun a costa de la propia vida, no querer consentir a cualquier tentación del demonio, y esto en cuanto el alma advierte que viene la tentación, si puede en el momento de la batalla, y apenas se empieza a sentir libre, y también durante el curso del día. Haciendo así, el alma no perderá tiempo en pensar si consintió o no, porque el sólo recordar la promesa le restituirá la calma, y si el demonio busca inquietarla, podrá responderle que si hubiera tenido intención de ofender a Dios, no habría declarado lo contrario, y así quedará libre de todo temor.

(96) Ahora, ¿quién puede decir la rabia del demonio, pues actuando de este modo todas sus astucias resultaban para su confusión, y donde creía ganar perdía, ya que de sus mismas tentaciones y artificios el alma se servía para poder hacer actos de reparación y amor a su Dios?

(97) El otro modo que me enseñó para alejar las tentaciones fue el siguiente: Si me tentaban a suicidio yo debía responder: “No tenéis ningún permiso de Dios, es más, para vuestro despecho quiero vivir para poder amar más a mi Dios”. Si me golpeaban, yo me debía humillar, arrodillarme y agradecer a mi Dios porque esto sucedía como penitencia de mis pecados, y no sólo eso, sino ofrecer todo como actos de reparación por todas las ofensas hechas a Dios en el mundo.

(98) Finalmente, una fea tentación que me duró poco, fue que debido al contacto continuo por cerca de año y medio con los tan feos demonios, yo debía quedar encinta y parir luego un pequeño demonio con cuernos. Mi fantasía crecía tanto, que yo me veía delante una confusión horrible, por lo que se habría dicho de mí por tan espantoso suceso.

(99) Después de cerca de año y medio de esta lucha, finalmente terminaron las crueldades de los demonios y comenzó una vida toda nueva, pero los demonios no dejaron de molestarme de vez en cuando, pero no eran tan frecuentes, no tan feroz la batalla, y yo me acostumbré a despreciarlos.

(100) La vida nueva que comenzó fue en la casa de campo llamada “Torre Disperata”. Un día, en que más que nunca había sido atormentada por el demonio, tanto que sentí perder las fuerzas y desmayar, por la tarde, mientras así estaba sentí venirme una cosa mortal y perdí los sentidos, en este estado vi a Jesucristo rodeado de muchos enemigos, quien lo golpeaba, quien lo abofeteaba, quien le clavaba las espinas en la cabeza, quien le rompía las piernas, quien los brazos. Después que lo redujeron casi en pedazos lo pusieron en los brazos de la Virgen, y esto sucedía un poco lejos de mí. Después que la Virgen Santísima lo tomó entre sus brazos, se acercó a mí y llorando me dijo:

(101) “Hija, mira como es tratado mi Hijo por los hombres, las horribles ofensas que cometen jamás le dan tregua, míralo como sufre”.

(102) Yo trataba de verlo y lo veía todo sangre, todo llagas, y casi despedazado, reducido a un estado mortal, sentía tales penas que hubiera querido morir mil veces antes que ver sufrir tanto a mi Señor, me avergonzaba de mis pequeños sufrimientos. La Santísima Virgen agregó, pero siempre llorando:

 

Luisa es escogida como víctima. Confesores

(103) “Acércate a besar las llagas de mi Hijo, Él te escoge como víctima, y si tantos lo ofenden, tú ofreciéndote a sufrir lo que Él sufre le darás un alivio en tanto sufrir, ¿no lo aceptas?”

(104)Yo me sentía tan aniquilada, me veía tan mala (como lo soy todavía) e indigna, que no osaba decir “sí”. Mi naturaleza temblaba, me sentía tan débil por las penas pasadas, que apenas me quedaba un hilo de vida. Además, no sé como, de lejos veía a los demonios que alborotaban tanto, hacían mucho ruido, y veía que todo lo que había visto que le habían hecho al Señor debían hacérmelo a mí si aceptaba. En mí misma sentía tales penas, dolores, estiramientos de nervios, que creí que dejaría la vida. Finalmente me acerqué y le besé las llagas, parecía que al hacerlo aquellos miembros tan lacerados se curaban, y el Señor que antes parecía casi muerto empezaba a reanimarse a nueva vida. Internamente recibía tales luces sobre las ofensas que se cometen, atracciones para aceptar ser víctima aunque debiese sufrir mil muertes, porque el Señor todo merecía, y que yo no podría oponerme a lo que Él quería. Esto sucedía mientras estábamos en silencio, pero aquellas miradas que mutuamente nos dábamos eran tantas invitaciones, tantas saetas ardientes que me traspasaban el corazón. Especialmente la Santísima Virgen me incitaba a aceptar, ¿pero quién puede decir todo lo que pasé? Finalmente el Señor mirándome benignamente me dijo:

(105) “Tú has visto cuánto me ofenden y cuántos caminan por los caminos de la iniquidad, y sin advertirlo se precipitan en el abismo. Ven a ofrecerte ante la Divina Justicia como víctima de reparación por las ofensas que se hacen y por la conversión de los pecadores, que a ojos cerrados beben en la fuente envenenada del pecado. Un inmenso campo se abre ante ti, de sufrimientos, sí, pero también de gracias; Yo no te dejaré más, vendré en ti a sufrir todo lo que me hacen los hombres, haciéndote participar de mis penas. Como ayuda y consuelo te doy a mi Madre”.

(106) Y parecía que me entregaba a Ella, y Ella me aceptaba. Yo también me ofrecí toda a Él y a la Virgen, dispuesta a hacer lo que Él quería, y así terminó la primera vez.

(107) Después de que me recobré de aquél estado, sentía tales penas, tal aniquilamiento de mí misma, que me veía como un miserable gusano que no sabía hacer más que arrastrarse por tierra, y decía al Señor: “Ayuda, tu Omnipotencia me aterra, veo que si Tú no me levantas, mi nada se deshace y va a dispersarse. Dame el sufrir, pero te ruego me des la fuerza, porque me siento morir”. Y así empezó un alternarse de visitas de Nuestro Señor y de tormentos por parte de los demonios; por cuanto más me resignaba, tanto más aumentaba su rabia.

(108) Pocos días después de lo dicho anteriormente, sentí de nuevo perder los sentidos (recuerdo que al principio, cada vez que me sucedía esto creía que debía dejar la vida). Mientras perdí los sentidos se hizo ver otra vez Nuestro Señor con la corona de espinas en la cabeza, todo chorreando sangre, y dirigiéndose a mí dijo:

(109) “Hija, mira lo que me hacen los hombres; en estos tristes tiempos es tanta su soberbia que han infestado todo el aire, y es tanta la peste que por todas partes se esparce, tanto, que ha llegado hasta mi trono en el empíreo. Hacen de tal modo que ellos mismos se cierran el Cielo; los miserables, no tienen ojos para ver la verdad porque están ofuscados por el pecado de la soberbia, con el cortejo de los demás vicios que llevan consigo. Ah, dame un alivio a tan acerbos dolores y una reparación a tantas ofensas que me hacen”.

(110) Diciendo esto se quitó la corona, que no parecía corona sino toda una madeja, de modo que ni siquiera una mínima parte de la cabeza quedaba libre, sino que toda era traspasada por aquellas espinas. Mientras se quitó la corona se acercó a mí y me preguntó si la aceptaba. Yo me sentía tan aniquilada, sentía tales penas por las ofensas que se le hacen, que me sentía destrozar el corazón y le dije: “Señor, haz de mí lo que quieras”. Y así lo hizo y me la hundió sobre mi cabeza y desapreció.

(111) ¿Quién puede decir el dolor que sentí al volver en mí misma? A cada movimiento de la cabeza creía expirar, tantos eran los dolores, las pinchaduras que sentía en la cabeza, en los ojos, en las orejas, detrás en la nuca, aquellas espinas me las sentía penetrar hasta en la boca, y ésta se me apretaba de tal modo que no podía abrirla para tomar el alimento, y estaba a veces dos y a veces tres días sin poder tomar nada. Cuando de algún modo se mitigaban, sentía sensiblemente una mano que me oprimía la cabeza y me renovaba las penas, y a veces eran tantos los dolores que perdía los sentidos. Al principio esto sucedía algunos días sí y otros no, de vez en cuando se repetía tres o cuatro veces al día, a veces duraba un cuarto de hora, otras veces media hora y otras una hora, y después quedaba libre, sólo que me sentía muy débil y sufriente, en la medida en que en aquel estado de adormecimiento me habían sido comunicadas las penas, así quedaba más o menos sufriente.

(112) Recuerdo también como algunas veces por los sufrimientos de la cabeza, como dije arriba, no podía abrir la boca para tomar el alimento, y como la familia sabía que no tenía ganas de estar en el campo, cuando veían que no comía lo atribuían a un capricho mío, y naturalmente se enojaban, se inquietaban y me reprendían. Mi naturaleza quería resentirse por esto, porque veía que no era verdad lo que ellos decían, pero el Señor no quería este resentimiento, y he aquí como sucedió:

(113) Una noche, mientras estábamos a la mesa y yo en este estado de no poder abrir la boca, la familia empezó a inquietarse, yo lo sentía tanto que comencé a llorar, y para no ser vista me levanté y me fui a otra habitación para seguir llorando, y le pedía a Jesucristo y a la Virgen Santísima que me dieran ayuda y fuerza para soportar esa prueba, pero mientras esto hacía sentí que empezaba a perder los sentidos. ¡Oh Dios, qué pena el solo pensar que la familia me vería, siendo que hasta entonces no lo había advertido! Mientras estaba en esto le decía: “Señor, no permitas que me vean”. Y yo tenía tal vergüenza de que me vieran, aunque no sé decir por qué, y trataba por cuanto más podía de esconderme en lugares donde no podía ser vista; cuando era sorprendida imprevistamente por ese estado, de modo que no tenía tiempo de esconderme o al menos de arrodillarme, porque en la posición en que me encontraba así quedaba, y podrían decir que estaba rezando, entonces me descubrían. Mientras perdí los sentidos se hizo ver Nuestro Señor en medio de muchos enemigos que le lanzaban toda clase de insultos, especialmente lo agarraban y lo pisoteaban bajo los pies, lo blasfemaban, le jalaban los cabellos; me parecía que mi buen Jesús quería huir de debajo de aquellos fétidos pies e iba buscando una mano amiga que lo liberara, pero no encontraba a nadie. Mientras esto veía, yo no hacía otra cosa que llorar sobre las penas de mi Señor, hubiera querido ir en medio de esos enemigos, tal vez podría liberarlo, pero no me atrevía y le decía: “Señor, hazme participar en tus penas. ¡Ah, si pudiera aliviarte y liberarte!” Mientras esto decía, aquellos enemigos, como si hubieran entendido, se venían contra mí, pero tan enfurecidos que empezaron a golpearme, a jalarme los cabellos, a pisotearme, yo tenía gran temor, sufría, sí, pero dentro de mí estaba contenta porque veía que daba al Señor un poco de tregua. Después aquellos enemigos desaparecían y yo quedé sola con mi Jesús. Traté de compadecerlo pero no me atrevía a decirle nada, y Él rompiendo el silencio me dijo:

(114) “Todo lo que tú has visto es nada en comparación de las ofensas que continuamente me hacen, es tanta su ceguera, el entregarse a las cosas terrenas, que llegan a volverse no sólo crueles enemigos míos, sino también de ellos mismos, y como sus ojos están fijos en el fango, por eso llegan a despreciar lo eterno. ¿Quién me reparará por tanta ingratitud? ¿Quién tendrá compasión de tanta gente que me cuesta sangre y que vive casi sepultada en la mugre de las cosas terrenas? Ah, ven y reza, llora junto Conmigo por tantos ciegos que son todo ojos para todo lo que sabe a tierra, y desprecian y pisotean mis gracias bajo sus inmundos pies, como si éstas fueran fango. Ah, elévate sobre todo lo que es tierra, aborrece y desprecia todo lo que a Mí no pertenece, no te importen las burlas que recibas de la familia después de que me has visto sufrir tanto, sólo te importe mi honor, las ofensas que continuamente me hacen y la pérdida de tantas almas. Ah, no me dejes solo en medio de tantas penas que me destrozan el corazón, todo lo que tú sufres ahora es poco en comparación con las penas que sufrirás, ¿no te he dicho siempre que lo que quiero de ti es la imitación de mi Vida? Mira cuán desemejante eres de Mí, por eso ánimo y no temas”.

(115) Después de esto volví en mí misma y me di cuenta que estaba rodeada por la familia, todos lloraban y estaban alarmados y tenían tal temor de que se repitiera ese estado, pensando que moriría, que decidieron volver a Corato lo más pronto posible para hacerme observar por los médicos. No sé decir por qué sentía tanta pena al pensar que debía ser examinada por los médicos, muchas veces lloraba y me lamentaba con el Señor diciéndole: “Cuántas veces, oh Señor, te he rogado que me hagas sufrir ocultamente, esto era mi único contento, y ahora también de esto estoy privada. ¡Ah! Dime, ¿cómo haré? Sólo Tú puedes ayudarme y consolarme en mi aflicción, ¿no ves tantas cosas que dicen? Unos piensan de un modo y otros de otro, quien quiere aplicarme un remedio y quien otro, son todo ojos sobre mí, de modo que no tengo más paz. Ah, socórreme en tantas penas, porque me siento faltar la vida”. Y el Señor benignamente agregó:

(116) “No quieras afligirte por esto, lo que quiero de ti es que te abandones como muerta entre mis brazos. Hasta en tanto tú tengas los ojos abiertos para ver lo que Yo hago y lo que hacen y dicen las criaturas, Yo no puedo libremente obrar sobre ti. ¿No quieres fiarte de Mí? ¿No sabes cuánto te amo y que todo lo que permito, o por medio de las criaturas o por medio de los demonios, o por medio mío directamente, es para tu verdadero bien y no sirve para otra cosa que para conducir a tu alma al estado para el cual la he elegido? Por eso quiero que a ojos cerrados te estés entre mis brazos, sin mirar ni investigar esto o aquello, fiándote enteramente de Mí y dejándome obrar libremente. Si en cambio quieres hacer lo contrario, perderás tiempo y llegarás a lo opuesto de lo que quiero hacer de ti. Respecto a las criaturas usa un profundo silencio, sé benigna y dócil con todos, haz que tu vida, tu respiro, tus pensamientos y afectos, sean continuos actos de reparación que aplaquen mi Justicia, ofreciéndome también las molestias que te dan las criaturas, que no serán pocas”.

(117) Después de esto hice cuanto más pude para resignarme a la Voluntad de Dios, si bien muchas veces era puesta en tales aprietos por parte de las criaturas, que a veces no hacía otra cosa que llorar. Llegó el momento de recibir la visita del médico, y juzgó que mi estado no era otra cosa que un problema nervioso, por lo que recetó medicinas, distracciones, paseos, baños fríos, recomendó a la familia que me cuidaran bien cuando era sorprendida por aquel estado, porque, les decía, si la mueven, la pueden lastimar en vez de ayudarla, porque yo cuando era sorprendida por ese estado quedaba petrificada.

(118) Entonces empezó una guerra por parte de la familia, me impedían ir a la iglesia, no me daban ya la libertad de quedarme sola, era observada continuamente, por lo que frecuentemente advertían que caía en ese estado. Muchas veces me lamentaba con el Señor diciéndole:

(119) “Mi buen Jesús, cuánto han aumentado mis penas, hasta de las cosas más amadas estoy privada, como son los Sacramentos. Jamás pensé que debía llegar a esto, quién sabe donde iré a terminar. ¡Ah! Dame ayuda y fuerza, porque mi naturaleza desfallece”. Muchas veces se dignaba bondadosamente decirme algunas palabras, por ejemplo:

(120) “Yo soy tu ayuda, ¿de qué temes? ¿No recuerdas que también Yo sufrí de parte de toda clase de gente? Unos pensaban de Mí de un modo, y otros de otro, las cosas más santas que Yo hacía eran juzgadas por ellos como defectuosas, malas, hasta me dijeron que era un endemoniado, tanto que me veían con ojos siniestros, me tenían entre ellos pero de mala gana, y maquinaban entre ellos quitarme la vida lo más pronto posible, porque mi presencia se había vuelto intolerable para ellos. Entonces, ¿no quieres que te haga semejante a Mí haciéndote sufrir por parte de las criaturas?”.

(121) Y así pasé algunos años sufriendo por parte de las criaturas, de los demonios y directamente de Dios, a veces llegaba a tanta amargura por parte de las criaturas, y por el modo como pensaban, que tenía vergüenza de que me viera cualquier persona, tanto, que mi más grande sacrificio era aparecer en medio a las personas; tanta era la vergüenza y la confusión que me sentía atontada. Hubo otras visitas de otros médicos, pero no sirvieron para nada, a veces derramando amargas lágrimas le decía con todo el corazón: “Señor, como se han vuelto públicos mis sufrimientos, ahora no sólo la familia lo sabe sino también los extraños me veo toda cubierta de confusión, me parece que todos me señalan con el dedo, como si estos sufrimientos fueran las más malas acciones, yo misma no sé decir qué cosa me sucede. ¡Ah! Sólo Tú puedes liberarme de tal publicidad y hacerme sufrir ocultamente. Te lo pido, te lo suplico, escúchame favorablemente”.

(122) A veces también el Señor mostraba no escucharme y aumentaban mis penas, otras veces me compadecía diciéndome:

(123) “Pobre hija, ven a Mí que te quiero consolar, tú tienes razón en que sufres, pero es que no recuerdas, que también Yo, oh, cuánto más sufrí. Hasta cierto momento mis penas fueron ocultas, pero cuando llegó la Voluntad del Padre de sufrir en público, rápidamente salí a encontrar confusiones, oprobios, desprecios, hasta ser despojado de mis vestidos, estar desnudo en medio a un pueblo numerosísimo, ¿podrías tú imaginar confusión más grande que ésta? Mi naturaleza sentía mucho esta clase de sufrimientos, pero tenía los ojos fijos a la Voluntad del Padre, y ofrecía esas penas en reparación de tantos que cometen las más nefandas acciones públicamente, ante los ojos de muchos, vanagloriándose sin la más mínima vergüenza, y le decía: “Padre, acepta mis confusiones y mis oprobios en reparación de tantos que tienen la desfachatez de ofenderte tan libremente sin el mínimo disgusto; perdónalos, dales luz a fin de que vean la fealdad del pecado y se conviertan”. También a ti te quiero hacer partícipe de esta clase de sufrimientos. ¿No sabes tú que los más bellos regalos que puedo dar a las almas que amo son las cruces y las penas? Tú eres niña aún en el camino de la cruz, por eso te sientes demasiado débil, cuando hayas crecido y hayas conocido cuán precioso es el sufrir, entonces te sentirás más fuerte. Por eso apóyate en Mí, repósate porque así adquirirás fuerza”.

(124) Después de que pasé algún tiempo en este estado descrito arriba, cerca de seis o siete meses, los sufrimientos se acrecentaron más, tanto que me vi obligada a estarme en la cama, frecuentemente se multiplicaba aquel estado de perder los sentidos, y casi no tenía ni siquiera una hora libre, me reduje a un estado de extrema debilidad, la boca se apretaba de tal modo que no la podía abrir y en algún momento libre que tenía apenas algunas gotas de algún líquido podía tomar, si es que lo conseguía, y después era obligada a devolverlo por los continuos vómitos que he tenido siempre. Después de que estuve como dieciocho días en este estado continuo, se mandó llamar al confesor para confesarme. Cuando vino el confesor me encontró en ese estado de letargo. Cuando me recuperé me preguntó qué cosa tenía, solamente le dije, callando todo el resto, y como continuaban las molestias de los demonios y las visitas de Nuestro Señor, entonces le dije: “Padre, es el demonio”. Él me dijo que no tuviera miedo, porque no es el demonio, y si es él, el sacerdote te libera. Así dándome la obediencia y persignándome con la cruz y ayudándome a mover los brazos, porque sentía todo el cuerpo petrificado como si se hubiera convertido todo en una sola pieza, logró que los brazos recobraran el movimiento, logró hacer que la boca se abriera luego de que estaba inmóvil para todo. Esto lo atribuí a la santidad de mi confesor, que en verdad era un santo sacerdote, lo consideré casi un milagro, tanto que decía entre mí misma: “Mira, estabas a punto de morir”. Porque en realidad me sentía mal, y si hubiese durado aquel estado, yo creo que habría dejado la vida. Si bien recuerdo que estaba resignada y cuando me vi liberada sentí un cierto pesar porque no había muerto.

(125) Después de que el confesor se fue, y yo quedé libre volví al mismo estado de antes, y así sucedía que pasaba, a veces semanas, a veces quince días y hasta meses en que era sorprendida de vez en cuando por aquel estado durante el día, pero por mí misma lograba liberarme; después cuando era sorprendida con más frecuencia, como dije más arriba, entonces los familiares mandaban llamar al confesor, pues habían visto que la primera vez había quedado liberada por él, cuando todos creían que no me habría de recuperar más de aquel estado, y en cambio hasta pude ir a la iglesia, debido a esto llamaban al confesor y entonces quedaba libre. Nunca me pasó por la mente que para tal estado se necesitara el sacerdote para liberarme, ni que mi mal fuera una cosa extraordinaria; es cierto que cuando perdía los sentidos veía a Jesucristo, pero esto lo atribuía a la bondad de Nuestro Señor y decía para mí misma: “Mira cuán bueno es el Señor hacia mí, que en este estado de sufrimientos viene a darme la fuerza, de otra manera ¿cómo podría sostenerme, quién me daría la fuerza?” También es cierto que cuando debía caer en ese estado, en la mañana en la Comunión Jesús me lo decía, y cayendo en ese estado de Él mismo me venían los sufrimientos, pero no le daba importancia a nada. Con sólo pensar alguna vez en decirlo al confesor yo creía ser el alma más soberbia que existiera en el mundo si me atrevía a hablar de estas cosas de ver a Jesucristo; y sentía tal vergüenza que fue imposible decir algo a ese confesor a pesar de lo bueno y santo que era. Tan es verdad, que no creía que se necesitara al sacerdote para liberarme y que esto sucedía por la santidad del confesor, que cuando llegó el tiempo, él se fue al campo, entonces una mañana, después de la Comunión el Señor me hizo entender que debía ser sorprendida por ese estado, me invitó a hacerle compañía con participar en sus penas, pero yo súbito le dije: “Señor, ¿cómo haré? El confesor no está, ¿quién me debe liberar? ¿Quieres acaso hacerme morir?” Y el Señor me dijo solamente:

(126) “Tu confianza debe estar sólo en Mí, estate resignada, pues la resignación hace al alma luminosa, hace estar en su lugar a las pasiones, de modo que Yo, atraído por esos rayos de luz, voy al alma y la uniformo toda en Mí, y la hago vivir de mi misma Vida”.

(127) Yo me resigné a su Santa Voluntad, ofrecí aquella Comunión como la última de mi vida, le di el último adiós a Jesús en el Sacramento, y si bien estaba resignada, pero mi naturaleza lo sentía tanto, que todo aquel día no hice otra cosa que llorar y pedir al Señor que me diese la fuerza. En verdad me resultó demasiado amargo todo ese hecho, y sin pensarlo ni saberlo me encontré con una nueva y pesada cruz que creo que haya sido la más pesada que he tenido en mi vida. Mientras estaba en aquel estado de sufrimientos, yo no pensaba en otra cosa más que en morir y en hacer la Voluntad de Dios. Los familiares, que también sufrían al verme en aquel estado, trataron de llamar algún sacerdote, pero ninguno quiso venir, uno por una cosa, y otro por otra; después de diez días vino el sacerdote que me confesaba cuando era pequeña, y sucedió que también él me hizo salir de ese estado, y entonces me di cuenta de la red en la que el Señor me había envuelto.

(128) De aquí me vino una guerra por parte de los sacerdotes, quién decía que era fingimiento, quién que se necesitaban los palos, otros que quería pasar por santa, quién agregaba que estaba endemoniada y muchas otras cosas, que decirlas todas sería hacer demasiado larga la historia. Con estas ideas en sus mentes, cuando sucedían los sufrimientos y la familia mandaba llamar a alguno, no querían venir, diciendo todas aquellas cosas, y la pobre familia ha sufrido mucho, especialmente mi pobre mamá, cuántas lágrimas ha derramado por mí. ¡Ah! Señor, recompénsala Tú. ¡Oh mi buen Señor, cuánto he sufrido desde entonces, sólo Tú sabes todo!

(129) Quién puede decir cuán amargo me resultó este hecho, que para liberarme de ese estado de sufrimientos se necesitaba al sacerdote ¡Cuántas veces he pedido derramando lágrimas amarguísimas, que me libere de esto! Muchas veces hice positivas resistencias al Señor cuando Él quería que me ofreciera como víctima, y aceptara las penas, y le decía: “Señor, prométeme que Tú mismo me liberarás, y entonces acepto todo, de otra manera no, no quiero aceptar”. Y resistía el primer día, el segundo, el tercero, ¿pero quién puede resistir a Dios? Me insistía tanto que al fin me veía obligada a someterme a la cruz. Otras veces le decía de corazón y con confianza: “Señor, ¿cómo es que haces esto? ¿Cómo es que entre Tú y yo, has querido poner a un tercero? Y este tercero no quiere prestarse. Mira, podríamos estar muy contentos Tú y yo solos. Cuando me querías para sufrir, yo inmediatamente aceptaba, porque sabía que Tú mismo me debías liberar, pero ahora no, se necesita otra mano, Te ruego, libérame, pues así estaremos ambos más contentos”.

(130) A veces fingía no escucharme y no me decía nada, otras veces me decía:

(131) “No temas, Yo soy quien da las tinieblas y la luz, vendrá el tiempo de la luz, es mi costumbre que mis obras las manifiesto por medio de los sacerdotes”.

(132) Así pasé tres o cuatro años de estas contradicciones por parte de los sacerdotes, muchas veces me sujetaban a pruebas durísimas, llegaban a dejarme en ese estado de sufrimientos, esto es petrificada, incapaz de cualquier mínimo movimiento, ni siquiera de poder tomar una gota de agua, hasta dieciocho días cuando así lo querían. Sólo el Señor sabe lo que yo pasaba en ese estado, y luego cuando venían no tenía ni siquiera el bien de oír: “Ten paciencia, haz la Voluntad de Dios”. Sino que era reprendida como una caprichosa y desobediente. ¡Oh Dios, qué pena!, cuántas lágrimas he derramado; cuántas veces pensaba que era desobediente y decía entre mí: “Cómo esa virtud de la obediencia que para el Señor es la más agradable está tan lejana de mí, ¿qué cosa puede hacer y esperar de bien un alma desobediente?” Muchas veces me lamentaba con Nuestro Señor y a veces llegaba hasta resentirme, y cuando Él quería que aceptara los sufrimientos, yo resistía cuanto más podía. Pero el Señor cuando veía que empezaba a resistir hacía ver que no me ponía atención y no me decía nada más, y luego de improviso venía a sorprenderme. Lo que después decía el confesor es porque no quería que cayera en aquel estado, pero esto no estaba en mi poder, es verdad que he sido desobediente, y que jamás he sido buena para nada. Pero recuerdo también que la pena más dolorosa para mí era el no poder obedecer.

(133) En este periodo de tiempo, recuerdo que hubo una epidemia de cólera, y que un día que pedía a mi buen Jesús que hiciera cesar ese flagelo, Él me dijo:

(134) “Te contentaré con tal que aceptes ofrecerte a sufrir lo que Yo quiera”.

(135) Yo le dije: “Señor, no, no puedo, Tú sabes como la piensan, a menos que todo pase sólo entre Tú y yo, sólo así estaría dispuesta a aceptar todo”.

(136) Y Él me dijo: “Hija mía, si Yo hubiera pensado en lo que los hombres pensaban y en lo que querían hacer de Mí, no habría hecho la Redención del género humano, pero yo tenía mi mirada fija en su salvación, y el amor grande que me devoraba me hacía hacer que cuando veía personas que pensaban mal de Mí y que daban ocasión de hacerme sufrir más, Yo ofrecía esas mismas penas que ellos me daban por su misma salvación. ¿Te has olvidado que lo que quiero de ti es la imitación de mi Vida, y que quiero que participes en todo lo que sufrí? ¿No sabes tú que el acto más bello, más heroico, y más agradable a Mí y que debes ofrecerme, es el de ofrecerte por aquellos mismos que te son contrarios?”.

(137) Yo quedé muda, no supe qué responderle, acepté todo lo que el Señor quería, y así hasta la tarde fui sorprendida por ese estado de sufrimientos en el que estuve tres días continuos, y después que volví en mí no oí más que hubiera cólera.

(138) Después de esto me vino otra mortificación, y fue la de tener que cambiar confesor, porque siendo él religioso fue llamado al convento. Yo estaba contenta con él, y la mayor parte de las cosas dichas arriba sucedían cuando él estaba en el campo, especialmente el último año que fue mi confesor, pues por el cólera que había en la ciudad permaneció seis meses en el campo; por eso no participó tanto en esas cosas, él me hacía estar un día en ese estado de sufrimientos y venía. Después de volver del campo no pasó ni un mes cuando supo que debía irse; esto fue doloroso para mí, no porque estuviera apegada a él, sino por la necesidad que tenía. Entonces dije al Señor mi pena, y Él me dijo:

(139) “No te aflijas por esto, Yo soy el dueño de los corazones, y puedo moverlos como a Mí me parece y me place. Si él te ha hecho el bien no ha sido más que un instrumento que recibía de Mí y te lo daba a ti, así haré con los demás, ¿de qué temes entonces? Amada mía, mientras tú tengas tu mirada puesta, ahora a la derecha, ahora a la izquierda, y la dejes que se pose ahora en una cosa, ahora en otra, y no la mantengas fija en Mí, no podrás caminar libremente el camino del Cielo, sino que irás siempre tropezando y no podrás seguir el influjo de la gracia. Por eso quiero que con santa indiferencia mires todas las cosas que suceden en torno a ti, estando toda atenta solamente a Mí”.

(140) Después de estas palabras mi corazón adquirió tanta fuerza, que poco o nada sufrí por la pérdida de ese confesor que tanto bien había hecho a mi alma. Así fue como cambié confesor y volví al que me confesaba cuando era pequeña. Sea siempre bendito el Señor, que se sirve de esos mismos caminos que a nosotros nos parecen contrarios y que casi como que deberían llevar un daño a nuestra alma, para nuestro mayor bien y para su gloria. Así sucedió que comencé a abrirle a él mi alma, porque hasta ese momento no había dicho nada a ninguno, por cuanto me dijeran no lo lograba, más bien más impotente me veía para decir las cosas de mi interior, era tanta la vergüenza que sentía al solo pensar en decir estas cosas, que me era más fácil decir los más feos pecados. De dónde procedía esto, no sé decirlo, por parte del confesor creo que no, porque él era muy bueno, me inspiraba confianza, era dulce y paciente para escuchar, tomaba cuidado detallado de mi alma, tenía la mirada en todo para que se pudiera caminar derecho. Por parte mía tampoco, porque sentía un obstáculo en mi alma y tenía toda la voluntad de vencerlo y de saber al menos como pensaba el confesor, pero me sentía imposibilitada para hacerlo. Yo creo que fue una permisión del Señor.

(141) Entonces encontrándome con el nuevo confesor, empecé, poco a poco a abrir mi interior, el Señor muchas veces me ordenaba que manifestara al confesor lo que Él me decía, y cuando yo no lo hacía, el Señor me reprendía severamente y a veces llegaba a decirme que si no lo hacía, Él no vendría más; esto es para mí la pena más amarga, ante la cual todas las demás penas no me parecen más que hilos de paja; por eso, tanto era el temor de que no volviera más, que hacía cuanto más podía para manifestar mi interior. Es verdad que a veces me costaba mucho, pero el temor de perder a mi amado Jesús me hacía superar todo. Por parte del confesor también me veía empujada a decirle de donde procedía tal estado mío, qué cosa me sucedía cuando estaba en aquel adormecimiento y cuál era la causa; ahora me ordenaba manifestarlo, ahora me obligaba con precepto de obediencia, y luego me ponía delante el temor de que pudiese vivir en la ilusión y en el engaño, viviendo para mí misma, mientras que si lo manifestaba al sacerdote podría estar más segura y tranquila, y que el Señor no permite jamás que el sacerdote se engañe cuando el alma es obediente. Así, Jesucristo me empujaba por una parte y el confesor por la otra; a veces me parecía que se ponían de acuerdo entre ellos.  Así pude llegar a manifestar mi interior.  Esto no lo hacía el confesor anterior, no me hacía ninguna pregunta, no trataba de saber qué cosas me sucedían en aquel estado de adormecimiento, por lo que yo misma no sabía como empezar a hablar de estas cosas. El único cuidado que tomaba era que estuviese resignada, uniformada al Querer de Dios, que soportara la cruz que el Señor me había dado, tanto que si a veces me veía un poco fastidiada, experimentaba gran disgusto.

(142) Después sucedió que pasé cerca de otro año con este confesor, en el mismo estado dicho arriba, pero como sabía de donde provenía ese estado de sufrimiento, me decía que cuando Jesucristo quisiera que me vinieran los sufrimientos, fuera a pedirle a él la obediencia para sufrir. Recuerdo que una mañana después de la comunión el Señor me dijo:

(143) “Hija, son tantas las iniquidades que se cometen, que la balanza de mi Justicia está por desbordarse. Has de saber que pesados flagelos haré caer sobre los hombres, especialmente una feroz guerra en la cual haré masacre de la carne humana”. “Ah sí”, prosiguió casi llorando, “Yo he dado los cuerpos a los hombres a fin de que fueran tantos santuarios donde debía ir a deleitarme, pero los han cambiado en cloacas de inmundicias, y es tanta la peste que me obligan a estar lejos de ellos.  Ve la recompensa que recibo ante tanto amor y tantas penas que he sufrido por ellos. ¿Quién ha sido tratado como Yo? Ah, ninguno, ¿pero quién es la causa? Es el tanto amor que les tengo. Por eso probaré con los castigos”.

(144) Yo me sentía romper el corazón por el dolor, me parecía que eran tantas las ofensas que le hacían, que para huir quería esconderse en mí, como para encontrar refugio. Sentía también tal pena porque los hombres debían ser castigados, que me parecía que no ellos, sino yo misma debía sufrir, más bien me parecía que si yo hubiese podido, me habría sido más soportable sufrir yo todos aquellos castigos, antes que ver sufrir a los demás.

(145) Traté de compadecerlo cuanto más pude y con todo el corazón le dije: “Oh Esposo Santo, evita los flagelos que tu Justicia tiene preparados, si la multiplicidad de las iniquidades de los hombres es grande, está el mar inmenso de tu sangre donde, puedes sepultarlas, y así tu Justicia quedará satisfecha. Si no tienes donde ir para deleitarte, ven en mí, te doy todo mi corazón, para que reposes, y te deleites con él, es verdad que también yo soy un lugar inmundo de vicios, pero Tú me puedes purificar y hacerme como Tú me quieres. Pero aplácate, si es necesario el sacrificio de mi vida, ah, de buena gana lo haré con tal de ver a tus mismas imágenes libradas”. Y el Señor interrumpiendo mi hablar continuó diciéndome:

(146) “Precisamente esto es lo que quiero, si tú te ofreces a sufrir, no ya como hasta ahora, de vez en cuando, sino continuamente, cada día y por un corto tiempo, Yo libraré a los hombres. Mira como lo haré, te pondré entre mi Justicia y las iniquidades de las criaturas, y cuando mi Justicia se vea llena de las iniquidades, de modo que no pueda contenerlas y se vea obligada a mandar los flagelos para castigar a las criaturas, encontrándote tú en medio, en vez de golpearlos a ellos quedarás golpeada tú. Sólo de este modo podré contentarte en librar a los hombres, de otro modo, no”.

(147) Yo quedé toda confundida, y no sabía qué decirle, mi naturaleza hacía su parte, se espantaba y temblaba, pero veía a mi buen Jesús que esperaba una respuesta, si aceptaba o no, entonces viéndome casi obligada a hablar le dije: “Oh Divinísimo Esposo mío, por parte mía estaría pronta a aceptar, pero cómo se arreglará por parte del confesor, si no quiere venir de vez en cuando, cómo será posible que quiera venir todos los días; libérame de esta cruz de necesitar al confesor para liberarme, y entonces todo quedará arreglado entre Tú y yo”. Entonces el Señor me dijo:

(148) “Ve con el confesor y pídele la obediencia, si quiere le dirás todo lo que te he dicho y harás lo que él diga. Mira, no será solamente para bien de las criaturas por lo que quiero estos sufrimientos continuos, sino también para tu bien, en este estado de sufrimientos purificaré muy bien tu alma, de modo de disponerte a formar Conmigo un místico desposorio, y después de esto haré la última transformación, de modo que los dos seremos como dos velas que puestas en el fuego, una se transforma en la otra y se forma una sola, así transformaré a Mí en ti, y tú quedarás crucificada Conmigo. Ah, ¿no estarías contenta si pudieras decir: “El Esposo crucificado, pero también la esposa está crucificada? Ah sí, no hay ninguna cosa que me haga desemejante de Él”.

(149) Entonces, cuando pude hablar con el confesor le dije todo lo que el Señor me había dicho, y como aquella palabra que el Señor me dijo: “Por un cierto tiempo”, sin decirme el tiempo preciso que debía estar continuamente sufriendo, yo la tomé como por cuarenta días, más o menos, pero ya han pasado cerca de doce años que continúo así, pero siempre sea bendito Dios, sean adorados siempre sus inescrutables juicios, yo creo que si el Señor bendito me hubiera hecho entender con claridad el tiempo que debía estar en cama, mi naturaleza se habría espantado mucho, y difícilmente se hubiera sometido, si bien recuerdo que he estado siempre resignada, pero entonces no conocía la preciosidad de la cruz como el Señor me la ha hecho conocer en el transcurso de estos doce años, ni el confesor hubiera accedido a darme la obediencia. Entonces así le dije al confesor, que por cuarenta días el Señor quería que me diera la obediencia de estar continuamente sufriendo, y también le dije lo demás. Con gran sorpresa mía, porque yo lo creía imposible, el confesor me dijo que si era verdaderamente Voluntad de Dios, él me daba la obediencia, que en realidad no era que él no pudiera venir, sino más bien un poco de respeto humano. Mi alma se alegró mucho porque podía contentar al Señor, y también librar a las criaturas, pero mi naturaleza se afligió mucho al recibir esta obediencia, tanto que por algunos días estuve muy afligida, también el alma la sentía pensativa porque debía estar tanto tiempo sin poder recibir a Jesús en el Sacramento, mi único consuelo; a veces sentía una guerra tan feroz en mí, que yo misma no sabía qué cosa me había sucedido, muchas cosas las agregaba el demonio, pero mi buen Jesús puso remedio a todo, y he aquí como sucedió.

 

Diferentes modos de hablar de Jesús.

(150) Pero antes de continuar, por orden del confesor actual debo manifestar los varios modos con los cuales el Señor me ha hablado: A mí me parece que los modos con los que Dios me habla sean cuatro, pero estos cuatro modos de hablar de Jesús son muy diferentes de las inspiraciones.

(151) 1.- El primer modo es cuando el alma sale fuera de sí. Pero antes quiero explicar lo mejor que pueda este salir fuera de mí misma. Esto sucede de dos modos: El primero es instantáneo, casi como relámpago, y es tan repentino que me parece que el cuerpo se eleva un poco de la cama, para seguir al alma, pero después queda en la cama y a mí me parece que el cuerpo queda muerto, y el alma en cambio sigue a Jesús caminando por todo el universo, la tierra, el aire, los mares, los montes, el purgatorio y el Cielo, donde muchas veces me ha hecho ver el lugar donde yo estaré después de muerta.

(152) El otro modo de salir el alma es más tranquilo, parece que el cuerpo se adormece insensiblemente y queda como petrificado ante la presencia de Jesucristo, pero el alma permanece con el cuerpo, y éste no siente nada de las cosas externas, aunque se trastornara todo el universo, aunque me quemaran y me redujeran en pedazos.

(153) Estos dos modos tan diferentes de salir fuera de mí misma, yo los he notado sensiblemente, porque en el primer modo, debiendo yo obedecer al confesor que venía a despertarme, lo he visto desde el lugar a donde me conducía Jesús; es decir, desde los confines de la tierra, o del aire, o de los montes, o del mar, o del purgatorio, o aun desde el mismo Paraíso, más bien me parecía que no tenía tiempo de poder volver para que el confesor encontrara mi alma en el cuerpo, y poder obedecer, y como me encontraba con el alma tan lejos, me ajetreaba toda, me angustiaba y me afligía pensando que no tendría tiempo de volver al cuerpo para que el confesor me encontrara, y por tanto no tener tiempo de obedecer, sin embargo debo confesar que siempre me he encontrado a tiempo, y me parecía que el alma entrase al cuerpo antes de que el confesor comenzase a darme la obediencia de despertar.

(154) Es más, digo la verdad, muchas veces yo veía de lejos al confesor que venía, pero para no dejar a Jesús, parecía que no pensara en confesor que venía y entonces Jesús mismo me apresura a volver con el alma al cuerpo para poder obedecer al confesor, y entonces yo sentía una gran repugnancia, por dejar a Jesús, pero la obediencia vencía, y dejando a Jesús, Él mismo, o me besaba o me abrazaba o hacía otra cosa para despedirse de mí. Y yo dejando a mi amado Jesús le decía: “Voy con el confesor, pero Tú mi buen Jesús, vuelve pronto en cuanto el confesor se vaya”.

(155) Estos son los dos modos con los cuales el alma parecía que saliese del cuerpo, y en estos dos modos de salir el alma, Dios me habla. Este modo de hablar, Él mismo lo llama hablar intelectual. Trataré de explicarlo: El alma salida del cuerpo y encontrándose delante a Jesús, no tiene necesidad de palabras para entender lo que el Señor le quiere decir, ni el alma tiene necesidad de hablar para hacerse entender, sino que todo es por medio del intelecto, ¡oh, qué bien nos entendemos cuando nos encontramos juntos! De una luz que de Jesús me viene a la inteligencia, siento imprimir en mí todo lo que mi Jesús quiere hacerme entender. Este modo es muy alto y sublime, tanto que la naturaleza difícilmente sabe explicarlo con palabras, apenas puede decir alguna idea, este modo en que Jesús se hace entender es rapidísimo, en un simple instante se aprenden muchas más cosas sublimes que leyendo libros enteros. ¡Oh, qué maestro ingeniosísimo es Jesús, que en un simple instante enseña muchas cosas, mientras que cualquier otro necesitaría años enteros, si es que lo logra, porque el maestro terreno no tiene potencia para poder atraer la voluntad del discípulo, ni de poderle infundir en la mente sin esfuerzos ni fatigas lo que le quiere enseñar, pero con Jesús no es así, tanta es su dulzura, la amabilidad de su trato, la suavidad de su hablar, y además es tan bello, que el alma apenas lo ve se siente tan atraída, que a veces es tanta la velocidad con la que corre al lado de Jesús, que casi sin advertirlo se encuentra transformada en el objeto amado, de modo que el alma no sabe discernir más su ser terreno, tanto queda identificada con el Ser Divino. ¿Quién puede decir lo que el alma experimenta en este estado? Se necesitaría a Jesús mismo, o bien a un alma separada perfectamente del cuerpo, porque el alma encontrándose otra vez circundada por los muros de este cuerpo, y perdiendo esa luz que antes la tenía abismada, mucho pierde y queda oscurecida, de tal modo que si quisiera decir algo, lo diría burdamente. Para dar una idea digo que me imagino a un ciego de nacimiento, que nunca ha tenido el bien de ver lo que hay en el universo entero, y que por pocos minutos tuviese el bien de abrir los ojos a la luz, y pudiese ver todo lo que contiene el mundo: el sol, el cielo, el mar, las tantas ciudades, las tantas máquinas, las variedades de las flores y las tantas otras cosas que hay en el mundo, y después de aquellos pocos minutos de luz, volviera a la ceguera de antes. ¿Podría él decir claramente todo lo que ha visto? Solamente podría hacer un esbozo, decir alguna cosa confusamente. Esto es una semejanza de lo que sucede cuando el alma se encuentra separada, y después en el cuerpo, no sé si digo desatinos; así como a aquel pobre ciego le quedaría la pena de la pérdida de la vista,así el alma, vive gimiendo y casi en un estado violento, porque el alma se siente violentada siempre hacia el sumo Bien, es tanta la atracción que Jesús deja en el alma de Sí, que el alma quisiera estar siempre abstraída en su Dios, pero esto no puede ser, y por eso se vive como si se viviese en el purgatorio. Agrego que el alma no tiene nada de lo suyo en este estado, todo es operación que hace el Señor.

(156) Ahora trataré de explicar el segundo modo que tiene Jesús para hablar, y es que el alma encontrándose fuera de sí misma ve la persona de Jesucristo, como por ejemplo de niño, o crucificado, o en cualquier otro aspecto, y el alma ve que el Señor con su boca pronuncia las palabras y el alma con su boca responde, a veces sucede que el alma se pone a conversar con Jesús como harían dos íntimos esposos. Si bien el hablar de Jesús es poquísimo, apenas cuatro o cinco palabras y a veces aun una sola, rarísimas veces se extiende más, pero en ese poquísimo hablar, ¡ah, cuánta luz pone en el alma!  Me parece ver a primera vista un pequeño arroyo, pero viendo bien, en vez de un arroyo se ve un vastísimo mar, así es una sola palabra dicha por Jesús, es tanta la inmensidad de la luz que queda en el alma, que rumiándola muy bien descubre tantas cosas sublimes y provechosas a su alma, que queda asombrada.

(157) Yo creo que si se juntaran todos los sabios, quedarían todos confundidos y mudos ante una sola palabra de Jesús. Ahora, este modo es más accesible a la naturaleza humana, y fácilmente se sabe manifestar, porque el alma entrando en sí misma se lleva consigo lo que ha oído decir de la boca de Nuestro Señor y lo comunica al cuerpo; no resulta tan fácil cuando es por medio del intelecto. Yo considero que Jesús tiene este modo de hablar para adaptarse a la naturaleza humana, no que tenga necesidad de la palabra para hacerse entender, sino porque de este modo el alma más fácilmente comprende y puede manifestarlo al confesor. En suma, Jesús hace como un maestro doctísimo, sabio, inteligente, que posee en grado eminentísimo todas las ciencias y que nadie puede igualarlo, pero como se encuentra entre discípulos que no han aprendido aún las primeras letras del alfabeto, reteniendo todos los otros conocimientos en sí, enseña a los discípulos sólo el a, b, c, etc. ¡Oh, cómo es bueno Jesús!, se adapta a los doctos y les habla de modo altísimo, de modo que para entenderlo deben estudiar muy bien lo que les dice, se adapta a los ignorantes y se finge también Él ignorante, y habla en modo bajo, de manera que nadie puede quedar en ayunas de las lecciones de este Divino Maestro.

(158) El tercer modo con el que Jesús me habla es cuando hablando participa al alma su misma sustancia. A mí me parece como cuando el Señor creó el mundo, con una sola palabra fueron creadas las cosas, así, siendo su palabra creadora, en el acto mismo en que dice la palabra, crea en el alma aquella misma cosa que dice, como por ejemplo, Jesús dice al alma: “Mira como son bellas las cosas, por cuanto tus ojos puedan recorrer la tierra o el cielo, jamás encontrarán belleza similar a Mí”. En este hablar de Jesús, el alma siente entrar en ella un algo divino y queda muy atraída hacia esta belleza, y al mismo tiempo pierde el atractivo de todas las otras cosas, por cuán bellas y preciosas fueran no le causan ninguna impresión, lo que le queda fijo y casi transmutado en sí es la belleza de Jesús, en eso piensa, de esa belleza se siente investida, y queda tan enamorada, que si el Señor no obrara otro milagro se le rompería el corazón, y de puro amor por esta belleza de Jesús expiraría el alma para volar al Cielo a gozar de esta belleza de Jesús. Yo misma no sé si digo desatinos.

(159) Para explicar mejor este hablar sustancial de Jesús digo otra cosa, Jesús dice: “Mira cuán puro soy, también en ti quiero pureza en todo”. En estas palabras el alma siente entrar en sí una pureza divina, esta pureza se trasmuta en ella misma y llega a vivir como si no tuviera más cuerpo, y así de las otras virtudes. ¡Oh, cómo es deseable este hablar de Jesús!  Yo daría todo lo que está sobre la tierra, si fuera la dueña de todo, con tal de tener una sola de estas palabras de Jesús.

(160) El cuarto modo en que Jesús me habla es cuando me encuentro en mí misma, esto es en el estado natural, y este hablar es también de dos modos: El primero es cuando encontrándome en mí misma, recogida, en el interior del corazón, sin articulación de voz o sonidos al oído del cuerpo, Jesús internamente habla. El segundo es como hacemos nosotros, y esto sucede a veces estando aun distraída o bien hablando con otras personas. Pero una sola de estas palabras basta para recogerme si estoy distraída, o para darme la paz si estoy turbada, para consolarme si estoy afligida.

 

Nuevas reglas de vida.  Jesús le indica el nuevo sistema de vida.

(161) Ahora continúo narrando desde donde me quedé, y he aquí como puso remedio:

(162) En la mañana fui a comulgar, y en cuanto recibí a Jesús, súbito le dije: “Señor mío, mira en qué tempestad me encuentro, debería agradecerte porque le has dado luz al confesor para darme la obediencia de sufrir, en cambio mi naturaleza lo siente tanto, que yo misma quedo confundida al verme tan mala. Pero todo esto es nada, porque Tú que quieres el sacrificio me darás también la fuerza. Pero la razón de más peso en mí es tener que estar tanto tiempo sin poderte recibir en el Sacramento, ¿quién podrá resistir sin Ti? ¿Quién me dará la fuerza? ¿Dónde podré encontrar un consuelo en mis aflicciones?” Y mientras esto decía, sentía tales penas en el corazón por esta separación de Jesús Sacramentado, que lloraba copiosamente. Entonces el Señor compadeciendo mi debilidad me dijo:

(163) “No temas, Yo mismo sostendré tu debilidad, tú no sabes qué gracias te he preparado, por eso temes tanto. ¿No soy Yo Omnipotente? ¿No podré Yo suplir a la privación de que me recibas en el Sacramento? Por eso resígnate, ponte como muerta en mis brazos, ofrécete víctima voluntaria para repararme las ofensas, por los pecadores y para evitarles a los hombres los merecidos flagelos. Y Yo te doy en prenda mi palabra de no dejar ni siquiera un solo día sin venirte a visitar. Hasta ahora tú has venido a Mí, de ahora en adelante vendré Yo a ti. ¿No estás contenta?”

(164) Así me resigné a la Santa Voluntad de Dios, y fui sorprendida por este estado de sufrimientos. ¿Quién puede decir las gracias que el Señor empezó a darme? Es imposible poder decirlo todo detalladamente, podré decir alguna cosa confusamente, pero por cuanto pueda y para cumplir la santa obediencia que así lo quiere, me esforzaré en decir por cuanto me sea posible.

(165) Recuerdo que desde el principio de este estar continuamente en la cama, mi amante Jesús muy frecuentemente se hacía ver, lo que no había hecho en el pasado.  Desde el principio me dijo que quería que llevara un nuevo sistema de vida para disponerme a aquel místico desposorio que me había prometido, me decía:

(166) “Amada de mi corazón, te he puesto en este estado a fin de poder venir más libremente y conversar contigo, mira, te he liberado de todas las ocupaciones externas a fin de que no sólo el alma, sino también el cuerpo esté a mi disposición, y así tú puedas estar en continuo holocausto ante Mí.  Si no te hubiese puesto en esta cama, debiendo tú desempeñar los deberes de familia y sujetarte a otros sacrificios, no podría Yo venir tan frecuentemente y hacerte partícipe de las ofensas conforme las recibo, a lo más debería esperar a que cumplieras tus deberes, pero ahora no, ahora hemos quedado libres, no hay ya nadie que nos moleste y que interrumpa nuestra conversación, de ahora en adelante mis aflicciones serán tuyas, y las tuyas, mías; mis sufrimientos tuyos, y los tuyos míos; mis consolaciones tuyas, y las tuyas mías; uniremos todas las cosas juntas y tú tomarás interés de mis cosas como si fuesen tuyas, y así haré Yo de las tuyas. No habrá más entre nosotros dos, esto es mío y esto es tuyo, sino que todo será común por ambas partes.

(167) ¿Sabes cómo he hecho contigo? Como un rey cuando quiere hablar con su esposa reina, y ésta se encuentra con sus damas en otras ocupaciones. El rey, ¿qué hace? La toma y la lleva dentro de su habitación, cierra las puertas para que ninguno pueda entrar a interrumpir su conversación y oír sus secretos, y así estando solos se comunican recíprocamente sus aflicciones y sus consuelos. Ahora, si algún imprudente fuera a tocar la puerta, a gritar tras ella y no los dejara gozar en paz su conversación, ¿el rey no lo tomaría a mal? Así he hecho Yo contigo, y si alguien te quisiera distraer de este estado, también me disgustaría”.

(168) Y continuó diciéndome: “Quiero de ti perfecta conformidad a mi Voluntad, de tal modo de deshacer tu voluntad en la mía, desapego absoluto de toda cosa, tanto que todo lo que es tierra quiero que sea tenido por ti como estiércol y podredumbre que da horror al sólo mirarlo, y esto porque las cosas terrenas, aunque no se tuviera apego a ellas, sólo con tenerlas en torno y mirarlas ensombrecen las cosas celestiales e impiden realizar ese místico desposorio que te he prometido. Además quiero que así como Yo fui pobre, también me imites en la pobreza, debes considerarte en esta cama como una pobrecita, los pobres se contentan con lo que tienen, y me agradecen primero a Mí, y luego a sus benefactores. Así tú conténtate con lo que te es dado, sin pedir ni esto ni aquello, porque podría ser un estorbo en tu mente y con santa indiferencia, sin pensar si eso te haría bien o mal sométete a la voluntad de los demás”.

(169) Esto me costó mucho al principio, especialmente por las obediencias que me daba el confesor, no sé por qué, pero quería que tomara quinina, y tenía impuesta la obediencia de que cada vez que volviera el estómago otras tantas debía volver a tomar alimento. Ahora, la quinina me estimulaba el apetito y a veces sentía mucha hambre, tomaba el alimento y en cuanto lo tomaba, y a veces en el momento mismo de tomarlo, por los continuos conatos de vómito estaba obligada a devolverlo, y permanecía con la misma hambre de antes. La palabra “pobre” que Jesús me había dicho no me dejaba atreverme a pedir nada, y yo misma tenía vergüenza de pedir; pensaba entre mí: “¿Qué dirá la familia, ha vuelto el estómago y quiere comer? Si me dan alguna cosa la tomo, si no, el Señor se ocupará”. Así me la pasaba contenta de poder ofrecer alguna cosa a mi amado Jesús. Esto no duró mucho tiempo, sino aproximadamente cuatro meses. Un día el Señor me dijo:

(170) “Pide al confesor que te dé la obediencia de no tomar quinina y de no hacerte tomar el alimento tantas veces, que Yo le daré luz”.

(171) Después vino el confesor y se lo dije, y él me dijo: “Para no mostrar singularidades, de ahora en adelante quiero que tomes el alimento una sola vez al día, y suspendió también la quinina”. Así quedé más tranquila y se me pasó el hambre, pero el vómito no cesó, esa única vez que tomaba el alimento era obligada a devolverlo, el Señor a veces me decía que pidiera la obediencia de no comer, pero el confesor no me ha dado jamás esta obediencia, me decía: “No importa que vomites, es otra mortificación”.

(172) Yo entonces se lo decía al Señor y Él me decía: “Quiero que hagas la petición, pero con santa indiferencia, quiero que estés a lo que te dice la obediencia”.

(173) Y así continué haciéndolo. Cuando hubieron pasado cerca de cuarenta días, que yo consideraba por las palabras que me había dicho el Señor (por un cierto tiempo) y que yo así había dicho al confesor, los sufrimientos continuaban sorprendiéndome diariamente y él se veía obligado a venir todos los días, entonces el confesor empezó a darme la obediencia de no deber estar más en aquel estado, y agregaba que si caía en los sufrimientos, él no vendría. Por mi parte me sentía dispuesta a obedecer, especialmente mi naturaleza quería liberarse de aquel estar continuamente en la cama, que por cuán bello fuera, era siempre cama, aquél tener que sujetarse a todos, aun en las cosas más repugnantes y necesarias a la naturaleza, y estar obligada a decirlas a los demás es un verdadero sacrificio. Por eso la naturaleza hizo su oficio, toda se consoló al sentirse dar esta obediencia, mi alma estaba dispuesta a obedecer o a permanecer en cama si el Señor así lo quería, porque había empezado a experimentar cuán bueno había sido el Señor conmigo y que la verdadera resignación sabe cambiar la naturaleza a las cosas y lo amargo lo convierte en dulce.

(174) Cuando me dio la obediencia de no tener que estar más en la cama, yo comencé a resistir y decía al Señor: “¿Qué quieres de mí? No puedo más, porque la obediencia no quiere, pero si Tú quieres dale luz al confesor entonces yo estoy dispuesta a hacer lo que quieres”. Y pasé toda una noche discutiendo con el Señor; cuando venía le decía: “Mi amado Jesús, ten paciencia, no vengas, porque la obediencia no permite que me hagas participar en tus sufrimientos”. Hasta en la mañana yo vencí, me sentía en mí misma y libre de sufrimientos, cuando en un instante vino el Señor y me atrajo de tal manera a Él que no pude resistirle, perdí los sentidos, y me encontré junto con Él, pero tan estrechada que por cuanta oposición hacía, no pude separarme de Jesús. Estando con Jesús yo me sentía toda aniquilada, y tenía una cierta vergüenza por las tantas oposiciones que le había hecho durante la noche, y le dije: “Esposo Santo perdóname, es el confesor que así lo quiere”. Y Él me dijo:

(175) “No temas, cuando es la obediencia Yo no me ofendo”. Y continuó: “Ven, ven a Mí, hoy es año nuevo, quiero darte tu regalo”.

(176) (Justo aquella mañana era el primer día del año). Entonces acercó sus purísimos labios a los míos y vertió una leche dulcísima, me besó, y tomó un anillo de dentro de su costado, y me dijo:

(177) “Hoy quiero hacerte ver el anillo que te he preparado para cuando te despose”. Después me dijo: “Dile al confesor que es Voluntad mía que continúes estando en la cama, y como señal de que soy Yo dile que hay guerra entre Italia y África, y que si él te da la obediencia de hacerte continuar sufriendo no dejaré hacer nada a ambas partes, se pondrán en paz”.

(178) En el mismo instante de decir estas palabras, me sentí circundada por sufrimientos como por un vestido, y por mí misma no pude liberarme, pensaba entre mí: “¿Qué dirá el confesor?” Pero no estaba más en mi poder. Aquella leche que Jesús vertió en mí me producía tal amor hacia Él, que me sentía languidecer, y sentía tanta saciedad y dulzura, que después de que vino el confesor y me hizo volver de aquel estado, y la familia me llevó alimento, me sentía tan satisfecha que el alimento no bajaba, pero para cumplir la obediencia que así quería, tomé un poco, pero pronto fui obligada a devolverlo, mezclado con aquella leche dulce que me había dado Jesús. y Él como bromeando me dijo:

(179) “¿No te bastó lo que te he dado? ¿No estás contenta aún?” Yo me ruborice toda, pero rápido le dije: “¿Qué quieres de mí? Es la obediencia”. Cuando vino el confesor se empezó a intranquilizar y a decirme que era desobediente, o bien me decía: “Es una enfermedad. Si fuera cosa de Dios te habría hecho obedecer, por eso en vez de llamar al confesor debes llamar a los médicos”. Cuando él terminó de hablar, yo le dije todo lo que me había dicho el Señor, como he dicho arriba, y él me dijo que era verdad que había guerra entre África e Italia, y dijo: Veremos si no pasa nada”. Y así quedó persuadido de hacerme continuar sufriendo.

(180) Después de cerca de cuatro meses, un día vino el confesor y me dijo que habían llegado noticias de que la guerra que había entre África e Italia, sin hacerse ningún daño entre ellas, había terminado, firmando la paz. Así el confesor quedó más persuadido y me dejó quedar en paz

(181) Entonces mi dulce Jesús no hacía otra cosa que disponerme a aquel místico desposorio que me había prometido, se hacía ver estando yo en ese estado, a veces tres o cuatro veces al día, según le placía, y a veces era un continuo ir y venir, me parecía un enamorado que no sabe estar sin su esposa, así hacía Jesús conmigo, y a veces llegaba a decírmelo:

(182) “Mira, te amo tanto que no sé estar si no vengo, me siento casi inquieto pensando que tú estás sufriendo por Mí y que estás sola, por eso he venido para ver si tienes necesidad de alguna cosa”.

(183) Y mientras así decía, Él mismo me levantaba la cabeza, ponía su brazo detrás de mi cuello y me abrazaba, y mientras así me tenía, me besaba, y si era tiempo de verano y hacía calor, de su boca mandaba un aliento refrescante, o bien tomaba alguna cosa en su mano y me abanicaba y después me preguntaba:

(184) “¿Cómo te sientes? ¿No te sientes mejor?”.

(185) Yo le decía: “En cualquier modo que se está Contigo se está siempre bien”. Otras veces venía, y si me veía muy débil por el continuo estar en aquellos sufrimientos, especialmente si el confesor venía en la noche, mi amante Jesús venía, y viéndome en aquel estado de extrema debilidad, tanto que a veces me sentía morir, se acercaba a mí y de su boca vertía en la mía aquella leche, o bien me hacía ponerme a su costado y yo chupaba torrentes de dulzuras, de delicias y de fortaleza, y Él me decía:

(186) “Quiero ser propiamente Yo tu todo, y también tu alimento del alma y del cuerpo”.

(187) ¿Quién puede decir lo que yo experimentaba, tanto en el alma como en el cuerpo, por estas gracias que Jesús me hacía? Si yo lo quisiera decir me extendería demasiado. Recuerdo que a veces cuando no venía pronto, me lamentaba con Él diciéndole: “Ah, Esposo Santo, como me has hecho esperar, tanto que no podía resistir más, me sentía morir sin Ti”. Y mientras así decía, era tanta la pena que sentía que lloraba, y Él toda me compadecía, me enjugaba las lágrimas, me besaba, me abrazaba y decía:

(188) “No quiero que llores. Mira, ahora estoy contigo, dime qué quieres”.

(189) Yo le decía: “No quiero otra cosa que a Ti, y sólo dejaré de llorar cuando me prometas que no me harás esperar tanto”.

(190) Y Él me decía: “Sí, sí, te contentaré”.

(191) Un día, mientras estábamos en esto y era tanta la pena que yo sentía que no podía dejar de llorar, mi buen Jesús me dijo:

(192) “Quiero contentarte en todo, me siento tan atraído hacia ti que no puedo hacer menos que hacer lo que tú quieres. Si hasta ahora te he quitado la vida exterior y me he manifestado a ti, ahora quiero atraer tu alma hacia Mí, a fin de que dondequiera que Yo vaya puedas venir junto Conmigo, así podrás gozarme más y estrecharte más íntimamente a Mí, lo que no has hecho en el pasado”.

(193) Una mañana, no recuerdo muy bien, creo que habían pasado cerca de tres meses desde que empecé a estar continuamente en la cama, mientras estaba en mi acostumbrado estado, vino mi dulce Jesús con un aspecto todo amable, como un joven, como de dieciocho años. ¡Oh cómo era bello!, con su cabellera dorada y toda rizada, parecía que encadenaba los pensamientos, los afectos, el corazón. Su frente serena y amplia, donde se miraba como dentro de un cristal el interior de su mente, y se descubría su infinita sabiduría, su paz imperturbable. ¡Oh cómo me sentía tranquilizar mi mente, mi corazón, es más, mis mismas pasiones ante Jesús caían por tierra y no se atrevían a darme la mínima molestia. Yo creo, no sé si me equivoco, que no se puede ver a este Jesús tan bello si no se está en la calma más profunda, tanto que el mínimo asomo de intranquilidad impide tener una vista tan bella. ¡Ah sí! al solo ver la serenidad de su frente adorable, es tanta la infusión de paz que se recibe en el interior, que creo que no hay desastre, guerra más feroz que ante Jesús no se calme. Oh mi todo y bello Jesús, si por pocos momentos que te manifiestas en esta vida comunicas tanta paz, de modo que se pueden sufrir los más dolorosos martirios, las penas más humillantes con la más perfecta tranquilidad, me parece una mezcla de paz y de dolor, ¿qué será en el Paraíso? Oh, cómo son bellos sus ojos purísimos, centellantes de luz; no es como la luz del sol que queriendo mirarla daña nuestra vista, no, en Jesús mientras es luz, se puede muy bien fijar la mirada, y con sólo mirar el interior de su pupila, de un color celeste oscuro, oh, cuántas cosas me decía. Es tanta la belleza de sus ojos, que una sola mirada suya basta para hacerme salir fuera de mí misma, y hacerme correr tras Él por caminos y por montes, por la tierra y por el cielo, basta una sola mirada para transformarme en Él y sentir descender en mí algo de Divino. ¿Quién puede decir además la belleza de su rostro adorable? Su tez blanca parecida a la nieve teñida de un color de rosas, de las más bellas; en sus mejillas sonrosadas se descubre la grandeza de su persona, con un aspecto majestuosísimo y todo Divino, que infunde temor y reverencia, y al mismo tiempo da tanta confianza, que en cuanto a mí jamás he encontrado persona alguna que me dé al menos una sombra de la confianza que da mi amado Jesús, ni en mis papás, ni en los confesores, ni en mis hermanas. Ah sí, ese rostro santo, mientras es tan majestuoso, al mismo tiempo es tan amable, y esa amabilidad atrae tanto, de modo que el alma no tiene la mínima duda de ser acogida por Jesús, por cuán fea y pecadora se vea. Bella es también su nariz afilada, proporcionada a su sacratísimo rostro. Graciosa es su boca, pequeña, pero extremadamente bella, sus labios finísimos de un color escarlata, mientras habla contiene tanta gracia que es imposible poderlo describir. Es dulce la voz de mi Jesús, es suave, es armoniosa, mientras habla sale de su boca un perfume tal, que parece que no se encuentra sobre la tierra, es penetrante, en modo que penetra todo, se siente descender por el oído al corazón, y oh, cuántos afectos produce, ¿pero quién puede decirlo todo? Además es tan agradable que creo que no se pueden encontrar otros placeres como los que se pueden encontrar en una sola palabra de Jesús. La voz de mi Jesús es potentísima, es obrante, y en el mismo acto que habla obra lo que dice. Ah sí, es bella su boca, pero muestra más su hermosa gracia en el acto de hablar, entonces se ven sus dientes tan nítidos y bien alineados, y exhala su aliento de amor que incendia, saetea, consume el corazón. Bellas son sus manos, suaves, blancas, delicadísimas, con sus dedos proporcionados, y los mueve con una maestría tal, que es un encanto. ¡Oh, cómo eres bello, todo bello, oh mi dulce Jesús! Lo que he dicho de tu belleza es nada, es más, me parece que he dicho muchos desatinos, ¿pero qué quieres de mí? Perdóname, es la obediencia que así lo quiere, por mí no me hubiera atrevido a decir ni una palabra, conociendo mi incapacidad.

(194) Ahora, mientras veía a Jesús con el aspecto ya descrito, de su boca me envió un aliento que me investía toda el alma, y me parecía que Jesús me atraía con ese aliento tras Él y comencé a sentir que el alma salía del cuerpo, me la sentía realmente salir de todas partes, de la cabeza, de las manos y hasta de los pies, siendo ésta la primera vez que me sucedía, dentro de mí comencé a decir: “Ahora muero, el Señor ha venido a llevarme”. Cuando me vi fuera del cuerpo, el alma tenía la misma sensación del cuerpo, con esta diferencia, que el cuerpo contiene carne, nervios y huesos, el alma no, es un cuerpo de luz, por tanto sentí un temor, pero Jesús continuaba enviándome ese aliento y me dijo:

(195) “Si tanto te da pena el estar privada de Mí, ahora ven junto Conmigo porque quiero consolarte”.

(196) Y Jesús tomó su vuelo y yo tomé el mío junto, a Él, giramos por toda la bóveda del cielo. ¡Oh! Cómo era bello pasear junto con Jesús, ahora apoyaba la cabeza sobre su hombro y con un brazo detrás de su espalda y con la otra mano en su mano, ahora se apoyaba Jesús en mí, cuando llegábamos a ciertos lugares donde la iniquidad más abundaba, ¡oh, cuánto sufría mi buen Jesús!, yo veía con más claridad los sufrimientos de su corazón adorable, lo veía casi desfallecer, y le decía: “Apóyate en mí y hazme partícipe de tus penas, pues no resiste mi alma el verte sufrir solo”. Y Jesús me decía:

(197) “Amada mía, ayúdame que no puedo más”.

(198) Y mientras así decía acercaba sus labios a los míos y vertía una amargura tal, que sentía penas mortales cuando entraba en mí ese licor tan amarguísimo; sentía entrar como tantos cuchillos, puntas, saetas que me traspasaban de lado a lado, en suma, en todos mis miembros se formaba un dolor atroz y volviendo el alma al cuerpo le participaba estos sufrimientos al cuerpo, ¿quién puede decir las penas? Sólo Jesús mismo que era testigo, porque los demás no podían mitigar mis penas estando en aquel estado de pérdida de los sentidos, y se esperaba cuando estaba presente el confesor, porque también con la obediencia se mitigaban. Por tanto sólo Jesús me podía ayudar cuando veía que mi naturaleza no podía más y que llegaba propiamente a los extremos y no me quedaba más que dar el último respiro. ¡Oh, cuántas veces la muerte se ha burlado de mí, pero vendrá un día en que yo me burlaré de ella! Entonces venía Jesús, me tomaba entre sus brazos, me acercaba a su corazón, y oh, como me sentía regresar la vida, después, de sus labios vertía un licor dulcísimo, y así se mitigaban las penas. Otras veces, mientras me llevaba junto con Él girando, si eran pecados de blasfemias, contra la caridad y otros, vertía ese amargo venenoso; si eran pecados de deshonestidad, vertía una cosa de podredumbre apestosa, y cuando volvía en mí misma sentía tan bien aquella peste, y era tanto el hedor que me revolvía el estómago y me sentía desfallecer, y a veces tomando el alimento, cuando lo devolvía, sentía que salía de mi boca aquella podredumbre mezclada con el alimento. Alguna vez me llevaba a las iglesias, y también ahí mi buen Jesús era ofendido. Oh, como llegaban mal a su corazón aquellas obras, santas, sí, pero descuidadamente hechas, aquellas oraciones vacías de espíritu interior, aquella piedad fingida, aparente, parecía que más bien insultaban a Jesús en vez de darle honor. ¡Ah! Sí, aquel corazón santo, puro, recto, no podía recibir esas obras tan mal hechas. ¡Oh! cuántas veces se lamentaba diciendo:

(199) “Hija, también la gente que se dice devota, mira cuántas ofensas me hacen, aun en los lugares más santos, al recibir los mismos Sacramentos, en vez de salir purificados salen más enfangados”.

(200) ¡Ah! Sí, cuánta pena daba a Jesús ver gente que comulgaba sacrílegamente, sacerdotes que celebraban el Santo Sacrificio de la misa en pecado mortal, por costumbre, y algunos, da horror decirlo, por fines de interés. ¡Oh! Cuántas veces mi Jesús me ha hecho ver estas escenas tan dolorosas. Cuántas veces mientras el sacerdote celebraba el Sacrosanto Misterio, Jesús es obligado a bajar, porque era llamado por la potestad sacerdotal, a las manos del sacerdote, se veían aquellas manos que goteaban podredumbre, sangre, o bien estaban sucias de fango. ¡Oh! Cómo daba compasión el estado de Jesús, tan santo, tan puro, en aquellas manos que daban horror el sólo mirarlas, parecía que Jesús quería huir de aquellas manos, pero era obligado a permanecer hasta que se consumían las especies del pan y del vino. A veces, mientras permanecía ahí, con el sacerdote, al mismo tiempo se venía apresuradamente a mí y se lamentaba, y antes de que yo se lo dijera, Él mismo me decía:

(201) “Hija, déjame derramar en ti, porque no puedo más, ten compasión de mi estado que es demasiado doloroso, ten paciencia, suframos juntos”.

(202) Y mientras esto decía derramaba de su boca en la mía, ¿pero quién puede decir lo que derramaba? Parecía un veneno amargo, una podredumbre hedionda, mezclada con un alimento tan duro, repugnante y nauseante, que a veces no podía yo tragar, ¿quién puede decir los sufrimientos que me producía este derramar de Jesús? Si Él mismo no me hubiese sostenido, ciertamente habría muerto víctima de ello; sin embargo sólo derramaba en mí la mínima parte, ¿qué será de Jesús que contiene tanto y tanto? ¡Oh, como es feo el pecado! ¡Ah! Señor, hazlo conocer a todos, a fin de que todos huyan de este monstruo tan horrible; pero mientras veía estas escenas tan dolorosas, otras veces me hacía ver también escenas tan consoladoras y bellas, que raptaban, y éstas eran ver a buenos y santos sacerdotes que celebraban los Sacrosantos Misterios. ¡Oh Dios, como es alto, grande, sublime su ministerio! Cómo era bello ver al sacerdote que celebraba la misa y a Jesús transformado en él, parecía que no el sacerdote, sino que Jesús mismo celebraba el Divino Sacrificio, y a veces hacía desaparecer del todo al sacerdote y Jesús solo celebraba la misa y yo la escuchaba, ¡oh, cómo era conmovedor ver a Jesús recitar aquellas oraciones, hacer todas aquellas ceremonias y movimientos que hace el sacerdote! ¿Quién puede decir cuán consolador me resultaba ver estas misas junto con Jesús? ¡Cuántas gracias recibía, cuántas luces, cuántas cosas comprendía! Pero como son cosas pasadas y no las recuerdo claramente, por eso las paso en silencio.

(203) Pero mientras esto decía, Jesús se ha movido en mi interior, me ha llamado, y no quiere que deje esto en silencio. ¡Ah, Señor, cuánta paciencia se necesita Contigo! Pues bien, te contentaré. ¡Oh! Dulce amor, diré alguna pequeña cosa, pero dame tu gracia para poder manifestarlo, porque por mí no me atrevería a poner ni una palabra sobre misterios tan profundos y sublimes.

 

La Santa Misa.  Qué cosa es la Misa.

(204) Ahora, mientras veía a Jesús o al sacerdote que celebraba el Divino Sacrificio, Jesús me hacía entender que en la misa está todo el fundamento de nuestra sacrosanta religión. ¡Ah! Sí, la misa nos dice todo y nos habla de todo. La misa nos recuerda nuestra Redención, nos habla detalladamente de las penas que Jesús sufrió por nosotros, nos manifiesta también su Amor inmenso que no estuvo contento con morir sobre la cruz, sino que quiso continuar el estado de víctima en la Santísima Eucaristía. La misa nos dice también que nuestros cuerpos deshechos, reducidos a cenizas por la muerte, resurgirán en el día del juicio junto con Cristo a vida inmortal y gloriosa. Jesús me hacía comprender que la cosa más consoladora para un cristiano y los misterios más altos y sublimes de nuestra santa religión son: Jesús en el Sacramento y la resurrección de nuestros cuerpos a la gloria. Son misterios profundos que los comprenderemos sólo más allá de las estrellas. Pero Jesús en el Sacramento nos lo hace casi tocar con la mano en varios modos:  En primer lugar su Resurrección, en segundo su estado de aniquilamiento bajo de aquellas especies, pero también es cierto que está en ellas vivo y verdadero, pero consumidas esas especies su real presencia no existe más; después, consagradas las especies de nuevo, Jesús adquiere nuevamente su estado Sacramental. Así, Jesús en el Sacramento nos recuerda la resurrección de nuestros cuerpos a la gloria, y así como Jesús, cesando su estado Sacramentado reside en el seno de Dios, su Padre, así nosotros, cesando nuestra vida, nuestras almas van a hacer su morada en el Cielo, en el seno de Dios, y nuestros cuerpos quedan consumidos, así que se puede decir que no existen más, pero después con un prodigio de la Omnipotencia de Dios, nuestros cuerpos adquirirán nueva vida, y uniéndose con el alma irán juntos a gozar la bienaventuranza eterna. ¿Se puede dar cosa más consoladora para el corazón humano, que no sólo el alma, sino también el cuerpo debe complacerse en los eternos contentos? A mí me parece que en aquel gran día sucederá como cuando el cielo está estrellado y sale el sol, ¿qué sucede? El sol, con su inmensa luz absorbe las estrellas y las hace desaparecer, pero las estrellas existen. El sol es Dios y todas las almas bienaventuradas son estrellas, Dios con su inmensa luz nos absorberá a todos en Sí, de modo que existiremos en Dios y nadaremos en el mar inmenso de Dios. ¡Oh, cuántas cosas nos dice Jesús en el Sacramento!  ¿Pero quién puede decirlas todas? Ciertamente me extendería demasiado, si el Señor lo permite reservaré para otra ocasión decir alguna otra cosa.

Desposorio.  El desposorio con Jesús.

(205) Ahora, en estas salidas del cuerpo que el Señor me hacía hacer, a veces me renovaba la promesa del desposorio ya dicho.  ¿Quién puede decir los encendidos deseos que el Señor infundía en mí de que se efectuara este místico desposorio? Muchas veces le rogaba diciéndole: “Esposo dulcísimo, hazlo pronto, no retrases más mi íntima unión Contigo, ah, estrechémonos con vínculos más fuertes de amor, de modo que nadie nos pueda separar ni por pocos instantes”. Y Jesús ahora me corregía de una cosa, ahora de otra. Recuerdo que un día me dijo:

(206) “Todo lo que es terreno, todo, todo debes quitar, no sólo de tu corazón sino también de tu cuerpo, tú no puedes entender cuan dañino es y qué impedimentos son a mi Amor aun las mínimas sombras terrenas”.

(207) Yo enseguida le dije: “Si tengo alguna otra cosa que quitar, dímelo, porque estoy dispuesta a hacerlo”. Pero mientras esto decía, yo misma advertí que tenía un anillo de oro en el dedo que representaba la imagen del Crucificado, e inmediatamente le dije: “Esposo santo, ¿quieres que me lo quite?” Y Él me dijo:

(208) “Debiéndote dar Yo un anillo más precioso, más bello, y en el que a lo vivo estará impresa mi imagen, tanto que cada vez que lo veas nuevas flechas de amor recibirá tu corazón, por eso este anillo no es necesario”.

(209) Y yo prontamente me lo quité. Finalmente llegó el suspirado día, después de no poco sufrir. Recuerdo que faltaba poco para cumplir el año de estar continuamente en la cama, era día de la Pureza de María Santísima. La noche precedente de ese día, mi amante Jesús se hizo ver en actitud festiva, se acercó a mí y tomó mi corazón entre sus manos y lo miró y miró, lo desempolvó y después me lo restituyó de nuevo. Después tomó una vestidura de inmensa belleza, me parecía que el fondo era como de oro veteado de varios colores y me vistió con ella, después tomó dos gemas como si fueran aretes y los puso en mis orejas, luego me adornó el cuello y los brazos y me ciñó la frente con una corona de inmenso valor, adornada de piedras y gemas preciosas, toda resplandeciente de luz, y me parecía que esas luces eran tantas voces que resonaban entre ellas y a claras notas hablaban de la belleza, potencia, fuerza y de todas las otras virtudes de mi esposo Jesús. ¿Quién puede decir lo que comprendí y en qué mar de consuelo nadaba mi alma? Es imposible poderlo decir. Ahora, mientras Jesús me ciñó la frente me dijo:

(210) “Esposa dulcísima, esta corona te la pongo a fin de que nada falte para hacerte digna de ser mi esposa, pero después de que se realice nuestro desposorio me la llevaré al Cielo para reservártela para el momento de la muerte”.

(211) Finalmente tomó un velo y con él me cubrió toda, desde la cabeza hasta los pies y así me dejó. ¡Ah! Me parecía que en ese velo hubiera un gran significado, porque los demonios al verme cubierta con él quedaban tan espantados y sentían tal miedo de mí, que huían aterrados. Los mismos ángeles estaban a mi alrededor con tal veneración que yo misma quedaba confundida y toda llena de vergüenza.

(212) La mañana de dicho día, Jesús se hizo ver de nuevo todo afable, dulce y majestuoso, junto con su Madre Santísima y Santa Catalina. Primero los ángeles cantaron un himno, Santa Catalina me asistía, la Mamá me tomó la mano y Jesús puso en mi dedo el anillo, después nos abrazamos y me besó, y así hizo también la Mamá. Después tuvimos un coloquio todo de amor, Jesús me hablaba del gran amor que me tenía, y yo le decía a Él también del amor con el que lo quería. La Santísima Virgen me hizo comprender la gran gracia que había recibido y la correspondencia que debía dar al Amor de Jesús.

(213) Mi esposo Jesús me dio nuevas reglas para vivir más perfectamente, pero como ha pasado mucho tiempo no las recuerdo muy bien, por eso no las digo, y así terminó aquel día.

(214) ¿Quién puede decir las finezas de amor que Jesús hacía a mi alma? Eran tales y tantas, que es imposible describirlas, pero lo poco que recuerdo trataré de decirlo. A veces transportándome con Él me llevaba al Paraíso, y ahí escuchaba los cánticos de los bienaventurados, veía a la Divinidad, a los diversos coros de los ángeles, las órdenes de los santos, todos inmersos, absorbidos e identificados en la Divinidad de Dios. Me parecía que en torno al trono había muchas luces, como si fueran más que soles resplandecientes y a claras notas estas luces denotaban todas las virtudes y los atributos de Dios. Los bienaventurados reflejándose en una de estas luces quedaban raptados, pero no llegaban a penetrar toda la inmensidad de aquella luz, de modo que pasaban a una segunda luz sin comprender a fondo la primera. Así que los bienaventurados en el Cielo no pueden comprender perfectamente a Dios, porque es tanta la Inmensidad, la Grandeza, la Santidad de Dios, que mente creada no puede comprender a un Ser increado. Ahora, los bienaventurados reflejándose en estas luces, me parecía que venían a participar en las virtudes de estas luces, así que el alma en el Cielo se asemeja a Dios, con esta diferencia: Que Dios es aquel Sol grandísimo, y el alma es un pequeño sol. ¿Pero quién puede decir todo lo que en esa beata morada se comprende? Mientras el alma se encuentra en esta cárcel del cuerpo es imposible, mientras en la mente se escucha algo, los labios no encuentran palabras para poderse explicar, me parece como un niño que empieza a balbucear, que quisiera decir tantas y tantas cosas, pero al fin resulta que no sabe decir ni una palabra clara, por eso pongo punto sin ir más allá. Sólo diré que a veces mientras me encontraba en aquella bienaventurada patria, paseaba junto con Jesús en medio de los coros de los ángeles y de los santos, y como yo era nueva esposa todos los bienaventurados se unían con nosotros para participar en las alegrías de nuestro desposorio, me parecía que olvidaban sus contentos para ocuparse de los nuestros, y Jesús me mostraba a los santos diciéndoles:

(215) “Vean esta alma, es un triunfo de mi Amor, mi Amor todo ha superado en ella”.

(216) Otras veces me hacía ponerme en el lugar que me tocaba y me decía: “Este es tu lugar, nadie te lo puede quitar”. Y a veces yo llegaba a creer que no debía volver más a la tierra, pero en un simple instante me encontraba encerrada en el muro de este cuerpo. ¿Quién puede decir cuán amargo me resultaba este regresar? A mí me parecía, por las cosas del Cielo, que las de esta tierra todo era podredumbre, insípido, fastidioso; las cosas que tanto deleitan a los demás, para mí resultaban amargas, las personas más amadas, más respetables, que los demás quién sabe qué hubieran hecho para entretenerse con ellas, a mí me resultaban indiferentes y hasta fastidiosas, sólo viéndolas como imágenes de Dios me parecía que podía soportarlas, pero mi alma había perdido toda satisfacción, ninguna cosa le daba la menor sombra de contento, y era tanta la pena que sentía que no hacía más que llorar y lamentarme con mi amado Jesús. ¡Ah! Mi corazón vivía inquieto, entre continuas ansias y deseos, me lo sentía más en el Cielo que en la tierra, sentía en mi interior una cosa que me roía continuamente, tanto, que me resultaba amargo y doloroso tener que continuar viviendo. Pero la obediencia puso un freno a estas penas mías, mandándome absolutamente que no deseara morir, y que sólo debía morir cuando el confesor me diera la obediencia. Entonces para cumplir esta santa obediencia hacía cuanto más podía para no pensar en eso, porque mi interior era una continua jaculatoria de deseos de quererme ir. Así, en gran parte mi corazón se tranquilizó, pero no del todo. Confieso la verdad, mucho falté en esto, ¿pero qué podía hacer? No sabía frenarme, para mí era un verdadero martirio. Mi benigno Jesús me decía:

(217) “Cálmate, ¿cuál es la cosa que tanto te hace desear el Cielo?”

(218) Y yo le decía: “Porque quiero estar siempre unida Contigo, mi alma no resiste más estar separada de Ti, no sólo por un día, ni siquiera por un momento, por eso a cualquier costo quiero irme”.

(219) “Pues bien”. Me decía. “Si es por Mí te quiero contentar, vendré a estarme contigo”.

(220) Yo le decía: “Pero luego me dejas y yo te pierdo de vista, en cambio en el Cielo no es así, allá jamás te perderé de vista”.

(221) A veces también Jesús quería bromear, y he aquí cómo: Mientras estaba con estas ansias, venía todo de prisa y me decía: “¿Quieres venir?” Y yo le decía: “¿adónde?” Y Él: “Al Cielo”. Y yo: “¿Me lo dices de verdad?” Y Él: “Apresúrate, ven, no tardes”. Y yo: “Está bien, vayamos, pero temo que quieres bromear conmigo”. Y Jesús: “No, no, de verdad quiero llevarte Conmigo”. Y mientras así decía sentía salir mi alma del cuerpo, y junto con Jesús tomaba el vuelo al Cielo. ¡Oh, cómo me sentía contenta entonces creyendo que debía dejar la tierra, la vida me parecía un sueño, el sufrir poquísimo! Mientras llegábamos a un punto alto del Cielo oía el canto de los bienaventurados, yo apresuraba a Jesús a que me introdujera en esa bienaventurada morada, pero Jesús lo tomaba con calma. En mi interior comenzaba a sospechar que no era cierto y decía: “¿Quién sabe si no es una broma que me ha hecho?” De vez en cuando le decía: “Jesús mío, amado, hazlo pronto”. Y Él me decía: “Espera otro poco, descendamos otra vez a la tierra, mira, ahí está por perderse un pecador, vayamos, tal vez se convierta. Pidamos juntos al Eterno Padre que tenga misericordia de él. ¿No quieres tú que se salve? ¿No estás dispuesta a sufrir cualquier pena por la salvación de una sola alma?” Y yo: “Sí, cualquier cosa que Tú quieras que sufra, estoy dispuesta, con tal de que la salves”. Así íbamos a ese pecador, tratábamos de convencerlo, poníamos ante su mente las más poderosas razones para rendirlo, pero en vano. Entonces Jesús todo afligido me decía: “Esposa mía, vuelve otra vez a tu cuerpo, toma sobre ti las penas que le son merecidas, así la Divina Justicia, aplacada, podrá usar con él misericordia. Tú has visto, las palabras no lo han sacudido, ni siquiera las razones, no queda otra cosa que las penas, que son los medios más poderosos para satisfacer a la Justicia y para rendir al pecador”. Así me llevaba de nuevo al cuerpo. ¿Quién puede decir los sufrimientos que me venían? Lo sabe sólo el Señor que de ellos era testigo. Después de algunos días me hacía ver aquella alma convertida y salvada, oh, como estaba contento Jesús y yo también.

(222) ¿Quién puede decir cuántas veces Jesús ha hecho estos juegos? Cuando se llegaba al punto de entrar al Cielo, y a veces aun después de haber entrado, ahora decía que no tenía la obediencia del confesor, y por eso era conveniente volver a la tierra, y yo le decía: “Mientras he estado con el confesor estaba obligada a obedecerlo, pero ahora que estoy Contigo, debo obedecerte a Ti, porque Tú eres el primero de todos. Y Jesús me decía: “No, no, quiero que obedezcas al confesor”. Entonces, para no alargarme demasiado, ahora por un pretexto, ahora por otro, me hacía regresar a la tierra.

(223) Muy dolorosos me resultaban estos juegos, basta decir que me hice tan impertinente, que el Señor para castigar mis impertinencias no permitía tan frecuentemente estas bromas.

 

Renovación del desposorio.  Desposorio ante la Santísima Trinidad. La instruye sobre la Fe, la Esperanza y la Caridad.

(224) En este estado que he mencionado, pasé cerca de tres años, y continuaba estando en la cama. Cuando una mañana Jesús me hizo entender que quería renovar el desposorio, pero no ya en la tierra como la primera vez, sino en el Cielo ante la presencia de toda la corte Celestial, así que estuviese preparada para una gracia tan grande. Yo hice cuanto más pude para disponerme, pero qué, siendo yo tan miserable e insuficiente para hacer ninguna sombra de bien, se necesitaba la mano del Artífice Divino para disponerme, porque por mí jamás habría logrado purificar mi alma.

(225) Una mañana, era la víspera de la natividad de María Santísima, mi siempre benigno Jesús vino Él mismo a disponerme. No hacía más que ir y venir continuamente, ahora me hablaba de la fe y me dejaba, yo me sentía infundir en el alma una vida de fe, mi alma, tosca como la sentía antes, ahora, después del hablar de Jesús me la sentía ligerísima, en modo de penetrar en Dios, y ahora miraba la Potencia, ahora la Santidad, ahora la Bondad y demás, y mi alma quedaba estupefacta, en un mar de asombro y decía: “Potente Dios, ¿qué potencia ante Ti no queda deshecha? Santidad inmensa de Dios, ¿qué otra santidad por cuán sublime sea, osará comparecer ante tu presencia?” Después me sentía descender en mí misma y veía mi nada, la nulidad de las cosas terrenas, como todo es nada delante de Dios. Yo me veía como un pequeño gusano todo lleno de polvo que me arrastraba para dar algún paso, y que para destruirme no se necesitaba sino que alguien me pusiera el pie encima, y con eso quedaba deshecha. Entonces, viéndome tan fea, casi no me atrevía a ir ante Dios, pero ante mi mente se presentaba su bondad, y me sentía atraída como por un imán para ir hacia Él y decía entre mí: “Si es Santo, también es Misericordioso; si es Potente, contiene también en Sí plena y suma Bondad”. Me parecía que la bondad lo circundaba por fuera, y lo inundaba por dentro. Cuando miraba la Bondad de Dios me parecía que sobrepasaba a todos los demás atributos, pero después mirando los demás, los veía todos iguales en sí mismos, inmensos, inconmensurables e incomprensibles a la naturaleza humana. Mientras mi alma estaba en este estado, Jesús regresaba y hablaba de la Esperanza.

(226) Recuerdo algo confusamente, porque después de tanto tiempo es imposible recordar claramente, pero para cumplir la obediencia que así quiere, diré por cuanto pueda.

(227) Entonces decía Jesús, regresando a la fe: “Para obtenerla se necesita creer. Así como a la cabeza sin la vista de los ojos todo es tinieblas, todo es confusión, tanto que si quisiera caminar, ahora caería en un punto, ahora en otro y terminaría con precipitarse del todo, así el alma sin fe, no hace otra cosa que ir de precipicio en precipicio, porque la fe sirve de vista al alma y como luz que la guía a la vida eterna. Ahora, ¿de qué es alimentada esta luz de la fe? Por la esperanza. ¿Y de que sustancia es esta luz de la fe y este alimento de la esperanza? La caridad. Estas tres virtudes están injertadas entre ellas, de modo que una no puede estar sin la otra”.

(228) En efecto, ¿de qué le sirve al hombre creer en las inmensas riquezas de la fe si no las espera para él? Las verá, sí, pero con mirada indiferente porque sabe que no son suyas, pero la esperanza suministra las alas a la luz de la fe, y esperando en los méritos de Jesucristo las mira como suyas y viene a amarlas.

(229) “La esperanza”. Decía Jesús, “suministra al alma una vestidura de fuerza, casi de hierro, de modo que todos los enemigos con sus flechas no pueden herirla, y no sólo herirla, sino que ni siquiera causarle la mínima molestia. Todo es tranquilidad en ella, todo es paz. ¡Oh! Es bello ver a esta alma investida por la esperanza, toda apoyada en su amado, toda desconfiada de sí, y toda confiada en Dios; desafía a los enemigos más fieros, es reina de sus pasiones, regula todo su interior, sus inclinaciones, los deseos, los latidos, los pensamientos, con una maestría tal, que Jesús mismo queda enamorado porque ve que esta alma obra con tal coraje y fortaleza; pero ella los toma y lo espera todo de Él, tanto que Jesús viendo esta firme esperanza, nada sabe negar a esta alma”.

(230) Ahora, mientras Jesús hablaba de la esperanza, se retiraba un poco, dejándome una luz en la inteligencia. ¿Quién puede decir lo que comprendía sobre la esperanza? Si las otras virtudes, todas sirven para embellecer al alma, pero nos pueden hacer vacilar y volvernos inconstantes, en cambio la esperanza vuelve al alma firme y estable, como aquellos montes altos que no se pueden mover ni un poco. A mí me parece que al alma investida por la esperanza le sucede como a ciertos montes altísimos, que todas las inclemencias del aire no les pueden hacer ningún daño, sobre de estos montes no penetra ni nieve, ni vientos, ni calor, cualquier cosa se podría poner sobre ellos, y se puede estar seguro que aunque pasaran cientos de años, que ahí donde se puso, ahí se encuentra. Así es el alma vestida por la esperanza, ninguna cosa la puede dañar, ni la tribulación, ni la pobreza, ni todos los accidentes de la vida, a lo más la desaniman un instante, pero dice entre sí: “Yo todo puedo obrar, todo puedo soportar, todo sufrir esperando en Jesús que es el objeto de todas mis esperanzas”. La esperanza vuelve al alma casi omnipotente, invencible y le suministra la perseverancia final, tanto que sólo cesa de esperar y perseverar cuando ha tomado posesión del reino del Cielo, entonces deja la esperanza y toda se arroja en el océano inmenso del Amor Divino. Mientras mi alma se perdía en el mar inmenso de la esperanza, mi amado Jesús regresaba y hablaba de la caridad diciéndome:

(231) “A la fe y a la esperanza se une la caridad, y ésta une todo lo de las otras dos, de modo de formar una sola mientras que son tres. He aquí, oh esposa mía, simbolizada en las tres virtudes teologales a la Trinidad de las Divinas Personas”.

(232) Luego prosiguió: “Si la fe hace creer, la esperanza hace esperar, la caridad hace amar. Si la fe es luz y sirve de vista al alma, la esperanza que es el alimento de la fe suministra al alma el valor, la paz, la perseverancia y todo lo demás; la caridad que es la sustancia de esta luz y de este alimento, es como aquel ungüento dulcísimo y olorosísimo que penetrando por todas partes, aplaca, endulza las penas de la vida. La caridad vuelve dulce el sufrir y hace llegar al alma aun a desear este sufrimiento. El alma que posee la caridad expande olor por todas partes, sus obras hechas todas por amor despiden olor gratísimo, ¿y cuál es este olor? Es el olor de Dios mismo. Las otras virtudes vuelven al alma solitaria y casi rustica con las criaturas; la caridad en cambio, siendo sustancia que une, une los corazones, ¿pero en dónde? En Dios. La caridad siendo ungüento olorosísimo se expande por todas partes y por todos. La caridad hace sufrir con alegría los más despiadados tormentos, y llega a no saber estar sin el sufrir, y cuando se ve privada de él dice a su esposo Jesús: “Sostenme con los frutos, como es el sufrir, porque languidezco de amor, ¿y en qué otra manera puedo mostrarte mi amor sino en el sufrir por Ti? La caridad quema, consume todas las otras cosas, y aun las mismas virtudes, y convierte todo en ella. En suma, es como reina que quiere reinar en todas partes, y que no quiere ceder este reinar a ninguno”.

(233) ¿Quién puede decir lo que me quedó después de este hablar de Jesús? Digo sólo que se encendió en mí tal deseo de sufrir, y no sólo deseo, sino que siento en mí como una infusión, como una cosa natural, tanto, que tengo para mí como la más grande desgracia el no sufrir. Después de esto, aquella mañana, Jesús para disponer mayormente mi corazón, habló sobre el aniquilamiento de mí misma, también me habló sobre el deseo grandísimo que debía excitarme para disponerme a recibir la gracia. Me decía que el deseo suple a las faltas e imperfecciones que puedan existir en el alma, que es como un manto que cubre todo. Pero esto no era un hablar simplemente, era un infundir en mí lo que decía.

(234) Mientras mi alma estaba excitándose en encendidos deseos de recibir la gracia que Jesús mismo me quería hacer, Él regresó y me transportó fuera de mí misma, hasta el paraíso, y ahí, ante la presencia de la Santísima Trinidad y de toda la corte celestial renovó los desposorios. Jesús sacó el anillo adornado con tres piedras preciosas, blanca, roja y verde y lo entregó al Padre quien lo bendijo y lo devolvió al Hijo, el Espíritu Santo me tomó la mano derecha y Jesús me puso el anillo en el dedo anular. Después fui admitida al beso de la Tres Divinas Personas y me bendijeron.

(235) ¿Quién puede decir mi confusión cuando me encontré delante de la Santísima Trinidad? Sólo digo que en cuanto me encontré ante su presencia caí rostro en tierra y ahí habría permanecido si no hubiera sido por Jesús que me animó para ir a su presencia, tanta era la luz, la Santidad de Dios. Sólo digo esto, las otras cosas las dejo porque las recuerdo confusamente.

(236) Después de esto, recuerdo que pasaron pocos días, y al recibir la Comunión perdí los sentidos y vi a la Santísima Trinidad que había visto en el Cielo presente ante mí, enseguida me postré ante su presencia, la adoré, confesé mi nada. Recuerdo que me sentía tan abismada en mí misma que no me atrevía a decir una sola palabra, cuando una voz salió de en medio de Ellos y dijo:

(237) “No temas, date ánimo, hemos venido para confirmarte como nuestra y tomar posesión de tu corazón”.

(238) Mientras esta voz así decía, vi que la Santísima Trinidad descendió en mi corazón y se posesionaron de él y ahí formaron su sede. ¿Quién puede decir el cambio que sucedió en mí? Me sentía divinizada, no más vivía yo sino Ellos vivían en mí. A mí me parecía que mi cuerpo fuera como una habitación, y que dentro habitase el Dios viviente, porque yo sentía la presencia real sensiblemente en mi interior, oía su voz clara que salía de dentro de mi interior y resonaba en los oídos del cuerpo. Sucedía precisamente como cuando hay gente dentro de una habitación, que hablan y sus voces se oyen claras y distintas aun desde fuera.

(239) Desde entonces no tuve más la necesidad de ir en su busca a otros lugares para encontrarlo, sino que lo encontraba dentro de mi corazón. Y cuando algunas veces se ocultaba y yo he ido en busca de Jesús girando por el cielo y por la tierra, buscando a mi sumo y único Bien, mientras me encontraba en la hoguera de las lágrimas, en la intensidad de los deseos, en las penas inenarrables por haberlo perdido, Jesús salía de dentro de mi interior y me decía:

(240) “Estoy aquí contigo, no me busques en otra parte”.

(241) Yo, entre el asombro y el contento de haberlo encontrado le decía: “Mi Jesús, ¿cómo toda esta mañana me has hecho tanto girar y girar para encontrarte y estabas aquí? Me lo podrías haber dicho, así no me hubiera afanado tanto. Dulce Bien mío, amada Vida mía, mira como estoy cansada, no tengo más fuerzas, me siento desfallecer, ah, sostenme entre tus brazos porque me siento morir. Y Jesús me tomaba entre sus brazos y me hacía reposar, y mientras reposaba me sentía restituir las fuerzas perdidas.

(242) Otras veces, en este ocultamiento que Jesús hacía y yo que iba en busca de Él, cuando se hacía oír dentro de mí y que después salía de dentro de mí no sólo Jesús, sino las Tres Divinas Personas, las encontraba ahora en forma de tres niños graciosos y sumamente bellos, ahora un solo cuerpo y tres cabezas distintas, pero de una misma semejanza, las tres igual de atractivas. ¿Quién puede decir mi contento? Especialmente cuando veía a los tres niños y que yo los contenía a los tres entre mis brazos, ahora besaba a uno, ahora al otro, y Ellos me besaban a mí, ahora uno se apoyaba en un hombro mío y otro en el otro y uno me quedaba de frente, y mientras me gozaba en ellos, con gran asombro hacía por mirar, y de tres encontraba a uno sólo.

(243) Otra cosa que me maravillaba cuando me encontraba a estos tres niños era que lo mismo pesaba uno que los tres juntos. Tanto amor sentía yo por uno de estos niños como por los tres, y los tres me atraían del mismo modo.

(244) Para terminar de hablar de estos desposorios, tuve que pasar por alto algunas cosas para seguir el hilo, pero ahora me dispongo a decirlas.

 

Desposorio de la cruz.  Le habla de este desposorio y narra las crucifixiones que sufrió.

(245) Regresando al principio, cuando Jesús se dignaba venir, frecuentemente me hablaba de su Pasión y ponía atención a disponer mi alma a la imitación de su Vida y de sus penas, diciéndome que además del desposorio ya descrito quedaba otro por hacer, y este era el desposorio de la cruz. Recuerdo que me decía:

(246) “Esposa mía, las virtudes se vuelven débiles si no son corroboradas, fortificadas por el injerto de la cruz. Antes de mi venida a la tierra, las penas, las confusiones, los oprobios, las calumnias, los dolores, la pobreza, las enfermedades, especialmente la cruz, eran consideradas como oprobios, pero desde que fueron llevados por Mí, todos quedaron santificados y divinizados por mi contacto, así que todos han cambiado aspecto y se han vuelto dulces, gratos, y el alma que tiene el bien de tener alguno de ellos queda honrada, y esto porque ha recibido la divisa de Mí, Hijo de Dios. Y sólo experimenta lo contrario quien sólo ve y se detiene en la corteza de la cruz, y encontrando lo amargo se disgusta, se lamenta y parece que le haya llegado una desgracia, pero quien penetra dentro, encontrando lo sabroso, ahí forma su felicidad. Hija mía amada, no deseo otra cosa que el crucificarte en el alma y en el cuerpo”.

(247) Y mientras esto decía me sentía infundir tales deseos de ser crucificada con Jesucristo, que frecuentemente iba repitiendo: “Jesús mío, Amor mío, hazlo pronto, crucifícame Contigo”. Y cuando regresaba Jesús, las primeras peticiones que le hacía y que me parecían más importantes eran estas: El dolor de mis pecados y la gracia de que me crucificara con Él. Me parecía que si obtenía esto habría obtenido todo.

(248) Entonces, una mañana, mi amantísimo Jesús se presentó ante mí Crucificado y me dijo que quería crucificarme con Él, y mientras esto decía vi que de sus santísimas llagas salieron rayos de luz, y dentro de estos rayos los clavos que venían hacia mí. Mientras estaba en esto, no sé por qué, mientras deseaba tanto que me crucificara, tanto que me sentía consumir, fui sorprendida por un gran temor que me hacía temblar de la cabeza a los pies, sentía tal aniquilamiento de mí misma, me veía tan indigna de recibir esta gracia, que no me atrevía a decir: “Señor, crucifícame Contigo”. Parecía que Jesús estaba en suspenso esperando mi querer. ¿Quién puede decir cómo en lo íntimo de mi alma lo deseaba ardientemente, pero a la vez me veía indigna? Mi naturaleza se espantaba y temblaba. Mientras me encontraba en esto, mi amado Jesús intelectualmente me pedía que aceptara, entonces con todo el corazón le dije: “Esposo santo, crucificado por mí, te pido que me concedas la gracia de crucificarme, y al mismo tiempo te pido que no hagas aparecer ninguna señal externa. Sí, dame el dolor, dame las llagas, pero haz que todo quede oculto entre Tú y yo”.

(249) Y así, aquellos rayos de luz junto con los clavos me traspasaron las manos y los pies, y el corazón fue traspasado con un rayo de luz junto con una lanza. ¿Quién puede decir el dolor y el contento? Por cuanto antes fui sorprendida por el temor, otro tanto después mi alma nadaba en el mar de la paz, del contento y del dolor. Era tanto el dolor que sentía en las manos, en los pies y en el corazón, que me sentía morir; los huesos de las manos y de los pies sentía que me los hacían pequeñísimos pedazos, sentía como si estuviera un clavo dentro, pero al mismo tiempo me causaba tal contento, que no sé explicar, y me suministraba tal fuerza, que mientras me sentía morir por el dolor, esos mismos dolores me sostenían para hacer que no muriera. Pero en la parte externa del cuerpo nada aparecía, pero sentía los dolores corporalmente, tan es verdad, que cuando venía el confesor para llamarme a la obediencia y me soltaba los brazos y las manos contraídos, cada vez que me tocaba en ese punto de las manos, donde había traspasado el rayo de luz junto con el clavo, sentía penas mortales. Sin embargo cuando el confesor ordenaba por obediencia que cesaran esos dolores, muchos se mitigaban, porque esos dolores eran tan fuertes que me hacían perder los sentidos, y si no se hubieran mitigado ante la obediencia, difícilmente me hubiera prestado a obedecer. ¡Oh prodigio de la santa obediencia, tú has sido todo para mí! Cuántas veces me he encontrado en contraste con la muerte, tanta era la fuerza de los dolores, y la obediencia me ha casi restituido la vida. Sea siempre bendito el Señor, sea todo para gloria suya.

(250) Ahora, mientras me sentía en mí misma, nada veía, pero cuando perdía los sentidos veía las partes marcadas por las llagas de Jesús, me parecía que las llagas de Jesús mismo se habían trasladado a mis manos. Esta fue la primera vez que Jesús me crucificó, porque de estas crucifixiones ha habido tantas, que es imposible numerarlas todas, diré solamente las cosas principales relacionadas con esto.

(251) Ahora, regresando Jesús le decía: “Amado, mi Jesús, dame el dolor de mis pecados, así, mis pecados consumidos por el dolor, por el arrepentimiento de haberte ofendido, pueden ser borrados de mi alma y también de tu memoria, sí, dame tanto dolor por cuanto he osado ofenderte. Más bien haz que el dolor supere esto, así podré estrecharme más íntimamente Contigo”.

(252) Recuerdo que una vez mientras estaba diciendo esto, mi siempre benigno Jesús me dijo:

(253) “Ya que tanto te disgusta haberme ofendido, quiero Yo mismo disponerte a hacerte sentir el dolor de tus pecados, y así veas cuán feo es el pecado, y qué acerbo dolor sufrió mi corazón. Por eso di junto Conmigo: “Si paso el mar, en el mar Tú estás, aunque no te veo; piso la tierra y estás bajo mis pies, pequé”.

(254) Luego Jesús, en voz baja agregó casi llorando:

(255) “Sin embargo te amé, y al mismo tiempo te conservé”.

(256) Mientras Jesús decía esto y yo lo repetía junto con Él, fui sorprendida por tal dolor por las ofensas hechas que caí rostro a tierra, y Jesús desapareció.

(257) Pocas fueron las palabras, pero yo entendí tantas cosas que es imposible decir todo lo que comprendí. En las primeras palabras comprendí la inmensidad, la grandeza, la presencia de Dios en cada cosa presente, sin que pueda escapar de Él ni siquiera la sombra de nuestro pensamiento, comprendí también mi nada en comparación de una Majestad tan grande y santa. En la palabra “pequé”, comprendía la fealdad del pecado, la malicia, la osadía que yo había tenido al ofenderlo. Ahora, mientras mi alma estaba considerando esto, al oír decir a Jesucristo: “Y sin embargo te amé y al mismo tiempo te conservé”. Mi corazón fue tomado por tal dolor que me sentía morir, porque comprendía el amor inmenso que el Señor me tenía en el acto mismo en que yo buscaba ofenderlo, y aun matarlo. ¡Ah Señor, cómo has sido bueno conmigo, y yo siempre ingrata y tan mala aún!

(258) Recuerdo que cada vez que venía era un alternarse, ahora le pedía el dolor de mis pecados, y ahora la crucifixión, y también otras cosas. Como una mañana mientras me encontraba en mis acostumbrados sufrimientos, mi amado Jesús me transportó fuera de mí misma y me hizo ver a un hombre que era asesinado a balazos, y que en cuanto expiraba iba al infierno. ¡Oh, cuánta pena daba a Jesús la pérdida de aquella alma! Si todo el mundo supiera cuánto sufre Jesús por la pérdida de las almas, no digo por ellas, sino al menos para ahorrar esa pena a nuestro Señor, usarían todos los medios posibles para no perderse eternamente. Ahora, mientras junto con Jesús me encontraba en medio de las balas, Jesús acercó sus labios a mi oído y me dijo:

(259) “Hija mía, ¿quieres tú ofrecerte víctima por la salvación de esta alma y tomar sobre ti las penas que merece por sus grandísimos pecados?”

(260) Yo respondí: “Señor, estoy dispuesta, pero con el pacto de que lo salves y le restituyas la vida”. ¿Quién puede decir los sufrimientos que me llegaron? Fueron tales y tantos que yo misma no sé como quedé con vida. Ahora, mientras me encontraba en este estado de sufrimientos desde hacía más de una hora, vino mi confesor para llamarme a la obediencia, y encontrándome muy sufriente, con dificultad pude obedecer, por eso me preguntó la razón de tal estado, yo le dije el hecho así como lo describí arriba, diciéndole el punto de la ciudad donde me parecía que había sucedido. El confesor me dijo que era cierto el hecho y que lo daban por muerto, pero después se supo que estaba gravísimo y que poco a poco se restableció y vive todavía. Sea siempre bendito el Señor.

(261) Recuerdo que siguiendo con mi petición de la crucifixión y transportándome Jesús fuera de mí misma, me llevó a los lugares santos de Jerusalén, donde Nuestro Señor padeció su dolorosa Pasión, y ahí encontramos muchas cruces y mi amado Jesús me dijo:

(262) “Si tú supieras qué bien contiene en sí la cruz, cómo vuelve preciosa al alma, qué gema de inestimable valor adquiere quien tiene el bien de poseer los sufrimientos, basta decirte solamente que viniendo a la tierra no escogí las riquezas, los placeres, sino que tuve como amadas e íntimas hermanas a la cruz, a la pobreza, a los sufrimientos e ignominias”.

(263) Mientras así decía, mostraba un gusto tal, una alegría por el sufrimiento, que esas palabras me traspasaban el corazón como tantos dardos ardientes, tanto que me sentía faltar la vida si el Señor no me concedía el sufrir, y con toda la fuerza y la voz que tenía no hacía otra cosa que decirle: “Esposo Santo, dame el sufrir, dame las cruces, sólo con esto conoceré que me amas, si me contentas con las cruces y con los sufrimientos”. Y entonces tomaba una de aquellas cruces más grandes que veía, me ponía sobre ella y rogaba a Jesús que viniera a crucificarme, y Él se complacía en tomar mi mano y comenzaba a traspasarla con el clavo, de vez en cuando el bendito Jesús me preguntaba:

(264) “Qué, ¿te duele mucho? ¿Quieres que no continúe?”

(265) Y yo: “No, no, amado mío, continúa, me duele, sí, pero estoy contenta”. Y tenía tal temor que no terminara de crucificarme, que no hacía otra cosa que decirle: “Hazlo pronto, oh Jesús, hazlo pronto, no tardes tanto”. Pero qué, cuando tenía que clavar la otra mano, los brazos de la cruz se encontraban cortos, mientras que antes me habían parecido suficientes para poder crucificarme. ¿Quién puede decir cómo quedaba mortificada? Esto se repetía en muchas ocasiones, y a veces si los brazos de la cruz eran adecuados, la largura del asta no alcanzaba para poder distender los pies, en una palabra, faltaba siempre alguna cosa para no poderse cumplir del todo la crucifixión. ¿Quién puede decir la amargura de mi alma y los lamentos que hacía con Nuestro Señor porque no me concedía el verdadero sufrir? Le decía: “Amado mío, todo termina en burla, me decías que querías llevarme al Cielo, y luego de nuevo me hacías volver a la tierra, me dices que quieres crucificarme, y jamás llegamos a la completa crucifixión”. Y Jesús de nuevo me prometía que me iba a crucificar.

 

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1-2

Septiembre 14, 1899

 

(1) Una mañana, era el día de la exaltación de la cruz, mi dulce Jesús me transportó a los lugares santos, pero antes me dijo tantas cosas de la virtud de la cruz, no lo recuerdo todo, apenas alguna cosa:

(2) “Amada mía, ¿quieres ser bella? La cruz te dará los rasgos más bellos que se puedan encontrar tanto en el Cielo como en la tierra, tanto, de enamorar a Dios que contiene en Sí todas las bellezas”.

(3) Y continuaba Jesús: “¿Quieres tú estar llena de inmensas riquezas, no por breve tiempo sino por toda la eternidad? Pues bien, la cruz te suministrará todas las especies de riquezas, desde los más pequeños centavos, como son las pequeñas cruces, hasta las sumas más grandes, que son las cruces más pesadas, sin embargo los hombres que son tan ávidos por ganar dinero temporal, que pronto deberán dejar, no se preocupan por adquirir un centavo eterno, y cuando Yo, teniendo compasión de ellos, viendo su despreocupación por todo lo que se refiere a lo eterno, benignamente les llevo la ocasión, en vez de tomarlo a bien se indignan y me ofenden, ¡qué locura humana, parece que la entienden al revés! Amada mía, en la cruz están todos los triunfos, todas las victorias y las más grandes adquisiciones, para ti no debe haber otra mira más que la cruz, y esta te bastará por todo. Hoy quiero contentarte, aquella cruz que hasta ahora no bastaba para poderte extender y crucificarte completamente, es la cruz que tú has llevado hasta ahora, por tanto, debiéndote crucificar completamente, tienes necesidad de que haga descender nuevas cruces sobre ti, entonces aquella cruz que hasta ahora has llevado me la llevaré al Cielo para mostrarla a toda la corte celestial como prenda de tu amor, y otra más grande haré descender del Cielo para poder satisfacer mis ardientes anhelos que tengo sobre ti”.

(4) Mientras Jesús decía esto, se presentó ante mí aquella cruz que había visto las otras veces, yo la tomé y me extendí sobre ella, mientras estaba así se abrió el Cielo y de él descendió el evangelista san Juan, y traía la cruz que Jesús me había indicado; la Reina Madre y muchos ángeles, cuando llegaron junto a mí, me quitaron de sobre aquella cruz y me pusieron sobre la que me habían traído, mucho más grande, un ángel tomó aquella cruz de antes y se la llevó al Cielo. Después de esto, Jesús con sus propias manos comenzó a clavarme sobre aquella cruz, la Mamá Reina me asistía, los ángeles y san Juan proporcionaban los clavos. Mi dulce Jesús mostraba tal contento y alegría al crucificarme, que sólo por darle ese contento a Jesús no sólo habría sufrido la cruz, sino otras penas aun. ¡Ah, me parecía que el Cielo hacía nueva fiesta por mí al ver el contento de Jesús! Muchas almas del purgatorio fueron liberadas emprendiendo el vuelo hacia el Cielo, y algunos pecadores fueron convertidos, porque mi Divino Esposo a todos hizo partícipes del bien de mis sufrimientos. ¿Quién puede decir además los dolores intensos que sufrí al estar bien extendida sobre la cruz y ser traspasadas las manos y los pies con los clavos? Pero especialmente en los pies era tanta la atrocidad de las penas, que no pueden describirse. Cuando terminaron de crucificarme y yo me sentía nadar en el mar de las penas y de los dolores, la Mamá Reina dijo a Jesús: “Hijo mío, hoy es día de gracia, quiero que le participes todas tus penas, no queda más que le traspases el corazón con la lanza y le renueves la corona de espinas”. Entonces Jesús tomó la lanza y me traspasó el corazón de lado a lado, los ángeles tomaron una corona de espinas muy tupida, se la dieron en la mano a la Santísima Virgen, y Ella misma me la clavó en la cabeza.

(5) ¡Qué memorable día fue para mí!, de dolores, sí, pero también de contentos, de penas indecibles, pero también de alegrías. Basta decir que era tanta la fuerza de los dolores, que Jesús todo ese día no se movió de mi lado para sostener mi naturaleza que desfallecía por la intensidad de las penas. Aquellas almas del purgatorio que habían volado al Cielo, descendían junto con los ángeles y rodeaban mi cama recreándome con sus cánticos y agradeciendo afectuosamente que por mis sufrimientos las había liberado de aquellas penas.

(6) Luego sucedió que habiendo pasado cinco o seis días de aquellas penas tan intensas, con gran aflicción mía comenzaron a disminuir, y entonces solicitaba a mi amado Jesús que de nuevo me renovara la crucifixión, y Él, a veces pronto y a veces no, se complacía en transportarme a los lugares santos y me participaba las penas de su dolorosa Pasión. Ahora la corona de espinas, ahora la flagelación, ahora llevaba la cruz al calvario y ahora la crucifixión. A veces un misterio al día y a veces todo en un día, según a Él le placía, y esto era a mi alma de sumo dolor y contento. Pero me resultaba amarguísimo cuando se cambiaba la escena, y en vez de sufrir yo, era espectadora de ver sufrir a mi amadísimo Jesús las penas de la dolorosa Pasión. ¡Ah, cuántas veces me encontraba en medio de los judíos junto con la Mamá Reina para ver sufrir a mi amado Jesús! ¡Ah, sí, cómo es verdad que resulta más fácil sufrir uno mismo que ver sufrir a la persona amada! Otras veces, renovando mi dulce Jesús estas crucifixiones, recuerdo que me dijo:

(7) “Amada mía, la cruz hace distinguir a los réprobos de los predestinados. Así como en el día del juicio los buenos se alegrarán al ver la cruz, así desde ahora se puede ver si alguno se salvará o se perderá, si al presentarse la cruz el alma la abraza, la lleva con resignación, con paciencia y besa y agradece a la mano que la envía, es señal de que es salvo; si al contrario, al presentarse la cruz se irritan, la desprecian y llegan hasta ofenderme, puedes decir que es una señal de que esa alma se encamina por la vía del infierno; así harán los réprobos en el día del juicio, que al ver la cruz se afligirán y blasfemarán. La cruz dice todo, la cruz es un libro que sin engaño y a claras notas te dice y te hace distinguir al santo del pecador, al perfecto del imperfecto, al fervoroso del tibio. La cruz comunica tal luz al alma, que desde ahora no sólo hace distinguir al bueno del reo, sino hace conocer quién debe ser más o menos glorioso en el Cielo, quién debe ocupar un puesto superior o un puesto menor. Todas las otras virtudes están humildes y reverentes ante la virtud de la cruz, e injertándose con ella reciben mayor lustre y esplendor”.

(8) ¿Quién puede decir qué llamas de deseos ardientes ponía en mi corazón este hablar de Jesús? Me sentía devorar por el hambre de sufrir, y Él para satisfacer mis ansias, o bien, para decirlo mejor, lo que Él mismo me infundía, me renovaba la crucifixión.

(9) Recuerdo que a veces, después de renovadas estas crucifixiones me decía:

(10) “Amada de mi corazón, deseo ardientemente no sólo crucificarte el alma y comunicarte los dolores de la cruz al cuerpo, sino deseo sellarte también el cuerpo con el sello de mis llagas, y quiero enseñarte la oración para obtener esta gracia, la oración es esta: “Yo me presento ante el trono supremo de Dios, bañada en la sangre de Jesucristo, pidiéndole que por el mérito de sus preclarísimas virtudes y de su Divinidad, me conceda la gracia de crucificarme”.

(11) Y yo, a pesar de que siempre he tenido aversión a todo lo que puede aparecer exteriormente, como aún la tengo, en el acto en que Jesús decía, esto me sentía infundir tal anhelo de satisfacer el deseo que Él mismo decía, que también yo me atrevía a decir a Jesús que me crucificara en el alma y en el cuerpo, y algunas veces le decía: “Esposo Santo, cosas exteriores no quisiera, y si alguna vez me atrevo a decirlo, es porque Tú mismo me lo dices, y también para dar una señal al confesor de que eres Tú quien obra en mí. Por lo demás no quisiera otra cosa sino que aquellos dolores que me haces sufrir cuando me renuevas la crucifixión, fuesen permanentes, no quisiera esa disminución después de algún tiempo, y sólo eso me basta, y que de la apariencia externa, por cuanto más lo puedas mantener oculto, tanto más me contentarás”.

 

Confesión con Jesús.  Luisa se confiesa con Jesús.

(12) Recuerdo confusamente que como le pedía frecuentemente, cuando me encontraba junto con Nuestro Señor, el dolor de mis pecados y la gracia de que me perdonara todo lo que de mal había hecho, y a veces llegaba a decirle que estaría contenta cuando de su propia boca me dijera: “Te perdono todos tus pecados”. Y Jesús bendito, que nada sabe negar cuando es para nuestro bien, una mañana se hizo ver y me dijo:

(13) “Esta vez quiero hacer Yo mismo el oficio de confesor, y tú me confesarás a Mí todas tus culpas, y en el momento en que hagas esto te haré comprender uno por uno los dolores que has dado a mi corazón al ofenderme, a fin de que comprendiendo tú, por cuanto puede una criatura, qué cosa es el pecado, tomes la resolución de preferir morir que ofenderme. Mientras tanto tú entra en tu nada y recita el yo pecador”.

(14) Yo, entrando en mí misma, advertía toda mi miseria y mis maldades y ante su presencia temblaba toda, y me faltaba la fuerza de pronunciar las palabras del yo pecador, y si el Señor no hubiese infundido en mí nueva fuerza diciéndome: “No temas, si bien soy juez, soy también tu padre, ánimo, sigamos adelante”. Ahí habría permanecido sin decir ni siquiera una palabra. Entonces dije el yo pecador toda llena de confusión y de humillación, y como me veía toda cubierta por mis culpas, dando una mirada descubrí que la culpa que más había ofendido a Nuestro Señor era la soberbia y por eso dije: “Señor, me acuso ante tu presencia de que he pecado de soberbia”. Y Él:

(15) “Acércate a mi corazón y pon tu oído, y oirás el desgarro cruel que has hecho a mi corazón con este pecado”.

(16) Toda temblando puse mi oído sobre su corazón adorable, ¿pero quién puede decir lo que oí y comprendí en aquel instante? Pero después de tanto tiempo diré sólo alguna cosa confusamente. Recuerdo que su corazón latía tan fuerte que parecía que quería romperle el pecho, luego me parecía que se despedazaba y por el dolor quedaba casi destruido. ¡Ah, si hubiera podido habría llegado a destruir al Ser Divino con la soberbia! Pongo una semejanza para hacerme entender, de otra manera no tengo palabras para expresarme: Imaginad un rey y a sus pies un gusano, que elevándose e inflándose se comienza a creer alguna cosa y que llega a tal atrevimiento, que elevándose poco a poco, llega a la cabeza del rey y le quiere quitar la corona para ponérsela sobre su cabeza, luego lo despoja de sus vestiduras reales, lo arroja del trono y finalmente trata de matarlo. Pero lo peor de este gusano es que él mismo no conoce su propio ser, se engaña a sí mismo, pues para deshacerse de él sólo se necesita que el rey lo ponga bajo los pies y lo aplaste, y así terminarían sus días. Esto causa enojo y compasión, y al mismo tiempo ridiculiza el orgullo de este gusano, si esto se pudiera dar. Así me veía yo ante Dios, cosa que me llenó de tal confusión y dolor que me sentí renovar en mi corazón el desgarro que sufría el bendito Jesús.

(17) Después de esto me dejó, y yo sentía tal pena y comprendía que tan feo es este pecado de soberbia, que es imposible describirlo. Cuando hube meditado muy bien todo esto en mí misma, mi buen Jesús regresó y me dijo que continuara la confesión de mis culpas, y yo temblando toda seguí acusándome de los pensamientos, palabras, obras, causas y omisiones, y cuando veía que yo no podía seguir haciendo la confesión por la pena que sentía de haberlo ofendido tanto, porque tenía una claridad tan viva delante a aquel Sol divino, especialmente porque en Él descubría la pequeñez, la nulidad de mi ser y quedaba asombrada de como había tenido yo tanta osadía, de donde había tomado yo ese valor de ofender a un Dios tan bueno que en el acto mismo en que lo ofendía, Él me asistía, me conservaba, me alimentaba, y si tenía algún rencor conmigo, era hacia el pecado que yo hacía, y que odiaba sumamente, en cambio a mí me amaba inmensamente, me excusaba ante la Divina Justicia, y se ocupaba todo para quitar aquel muro de división que había producido el pecado entre el alma y Dios. ¡Oh, si todos pudiesen ver quién es Dios, y quién es el alma en el momento en que se peca, todos morirían de dolor y creo que el pecado sería exiliado de la tierra!

(18) Entonces, cuando Jesús bendito veía que por la pena no podía más, se retiraba y me dejaba para que comprendiera muy bien el mal que había hecho, y después regresaba de nuevo y yo continuaba acusando mis culpas.

(19) ¿Pero quién puede decir todo lo que comprendí, y explicar una por una las diversas afrentas y los dolores especiales que con mis culpas había ocasionado a Nuestro Señor? Me siento casi imposibilitada para explicarme y también porque no lo recuerdo muy bien. Cuando terminé mi acusación, que duró cerca de siete horas, el amable Jesús tomó el aspecto de padre amorosísimo, y como yo me encontraba agotada de fuerzas por el dolor, y mucho más porque veía que no era un dolor suficiente para dolerme como convenía a mis culpas, Él para animarme me dijo:

(20) “Quiero suplir Yo por ti, y aplico a tu alma el mérito del dolor que tuve en el huerto del Getsemaní. Sólo esto puede satisfacer a la Divina Justicia”.

(21) Después de que aplicó a mi alma su dolor, entonces me pareció estar dispuesta para recibir la absolución. Toda humillada y confundida como estaba, y postrada a los pies del buen padre Jesús, con los rayos que enviaba a mi mente trataba de excitarme mayormente al dolor diciendo, si bien no recuerdo todo: “Grande, sumo ha sido el mal que he hecho hacia Ti. Estas potencias mías y estos sentidos del cuerpo debían haber sido tantas lenguas para alabarte, ah, en cambio han sido como tantas víboras venenosas que te mordían y buscaban aun el matarte. Pero, Padre Santo, perdóname, no quieras arrojarme de Ti por el gran mal que te he hecho pecando”.

(22) Y Jesús: “Y tú, ¿prometes no pecar más y alejar de tu corazón cualquier sombra de mal que pudiera ofender a tu Creador?”

(23) Y yo: “Ah sí, con todo el corazón te lo prometo. Más bien quiero mil veces morir que volver a pecar, nunca más, nunca más”.

(24) Y Jesús: “Y Yo te perdono y aplico a tu alma los méritos de mi Pasión y quiero lavarla en mi sangre”.

(25) Y mientras esto decía, levantó su bendita mano derecha y pronunció las palabras de la absolución, exactas a las palabras que dice el sacerdote cuando da la absolución, y en el acto en que esto hacía, de su mano corría un río de sangre, y mi alma quedaba toda inundada por ella.

(26) Después de esto me dijo: “Ven, oh hija, ven a hacer penitencia por tus pecados besándome mis llagas”.

(27) Toda temblando me levanté y le besé sus sacratísimas llagas y después me dijo:

(28) “Hija mía, sé más atenta y vigilante, porque hoy te doy la gracia de no caer más en el pecado venial voluntario”.

(29) Después me hizo otras exhortaciones que no recuerdo bien y desapareció. ¿Quién puede decir los efectos de esta confesión hecha a Nuestro Señor? Me sentía toda empapada en la gracia, y me quedó tan grabada que no puedo olvidarla, y cada vez que me acuerdo, siento correr un escalofrío en los huesos, y a la vez siento horror al pensar cuál es mi correspondencia a tantas gracias que el Señor me ha hecho.

(30) Otras veces el Señor se ha dignado darme Él mismo la absolución, a veces tomando el aspecto de sacerdote, y yo me confesaba como si fuese sacerdote, si bien sentía diversos efectos, y después de terminada se hacía conocer que era Jesús; y a veces abiertamente venía haciéndose conocer que era Jesús; también algunas veces tomaba el aspecto del confesor, tanto que yo creía que hablaba con el confesor y le decía todos mis temores, mis dudas; pero por el modo de responderme, por la suavidad de la voz, entrelazada ahora como la voz del confesor y ahora como la de Jesús, por su trato amable y por los efectos internos, descubría yo quién era. ¡Ah, si yo quisiera decir todo acerca de estas cosas me extendería demasiado! Por eso termino y pongo punto.

(31) Recuerdo que hubo una segunda guerra entre África e Italia, y el bendito Jesús, un día, cerca de nueve meses antes, me transportó fuera de mí misma y me hizo ver un camino larguísimo, lleno de cadáveres inmersos en la sangre que a ríos inundaba ese camino. Daba horror ver esos cadáveres expuestos al aire libre, sin tener ni siquiera quien los sepultara. Yo toda asustada le dije a Nuestro Señor: “¿Qué cosa es esto?”

(32) Y Él: “El año que viene habrá guerra. Se sirven de la carne para ofenderme, y Yo sobre su carne quiero hacer mi justa venganza”.

(33) Dijo otras cosas, pero ha pasado tanto tiempo que no las recuerdo.

(34) Ahora, sucedió que pasado aquel periodo de tiempo se empezó a oír que entre Italia y África había guerra. Yo le rogaba al buen Jesús que librara a muchas víctimas y que tuviera piedad de tantas almas que iban al infierno.

(35) Una mañana, según lo acostumbrado me transportó fuera de mí misma y veía que casi todas las gentes estaban convencidas de que debía vencer Italia, me pareció encontrarme en Roma y veía a los diputados que tenían consejo ente ellos acerca del modo como debían conducir la guerra para estar seguros de hacer vencer a Italia. Estaban tan inflados de ellos mismos que daban piedad, pero lo que más me impresionó fue el ver que estos tales, casi todos eran sectarios, almas vendidas al demonio. ¡Qué tristes tiempos! parecía que propiamente reinaba el reino satánico, y su confianza en vez de ponerla en Dios la ponían en el demonio. Ahora, mientras estaban deliberando, mi bendito Jesús me dijo:

(36) “Vayamos a oír que se dicen”.

(37) Entonces me pareció entrar en su círculo junto con Jesús. Jesús se paseaba en medio de ellos y derramaba lágrimas sobre su miserable estado. Cuando terminaron de deliberar sobre el modo de como debían hacer, vanagloriándose de estar seguros de la victoria, Jesús se dirigió a ellos y les dijo amenazándolos:

(38) “Confiáis en vosotros mismos y por eso os humillaré, esta vez perderá Italia”.

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Termino de la novena de navidad.  Las 7 meditaciones restantes de la novena de navidad.

(39) Ahora, para obedecer regreso a decir lo que dejé en la página 6 de este primer volumen, esto es, la novena de Navidad, en que de la segunda meditación pasaba a la tercera y una voz interior me decía:

(40) 3º.- “Hija mía, apoya tu cabeza sobre el seno de mi Mamá, mira dentro de él a mi pequeña Humanidad, mi Amor me devoraba, los incendios, los océanos, los mares inmensos del Amor de mi Divinidad me inundaban, me incineraban, levantaban tan alto sus llamas que se elevaban y se extendían por doquier, a todas las generaciones, desde el primero hasta el último hombre y mi pequeña Humanidad era devorada en medio de tantas llamas, ¿pero sabes tú qué cosa me quería hacer devorar mi Eterno Amor? ¡Ah, a las almas! Y sólo estuve contento cuando las devoré todas, quedando todas concebidas Conmigo, era Dios, debía obrar como Dios, debía tomarlas a todas; mi Amor no me habría dado paz si hubiera excluido a alguna. Ah hija mía, mira bien en el seno de mi Mamá, fija bien los ojos en mi Humanidad recién concebida y en Ella encontrarás a tu alma concebida Conmigo, y también las llamas de mi Amor que te devoraron. ¡Oh, cuánto te he amado y te amo!”.

(41) Yo me perdía en medio a tanto amor, no sabía salir de ahí, pero una voz me llamaba fuerte diciéndome:

(42) “Hija mía, esto es nada aún, estréchate más a Mí, dale tus manos a mi amada Mamá a fin de que te tenga estrechada sobre su seno materno, y tú da otra mirada a mi pequeña Humanidad concebida y mira el cuarto exceso de mi Amor”.

(43) 4º.- “Hija mía, del amor devorante pasa a mirar mi Amor obrante. Cada alma concebida me llevó el fardo de sus pecados, de sus debilidades y pasiones, y mi Amor me ordenó tomar el fardo de cada uno, y no sólo concebí a las almas, sino las penas de cada una, las satisfacciones que cada una de ellas debía dar a mi Celestial Padre. Así que mi Pasión fue concebida junto Conmigo. Mírame bien en el seno de mi Celestial Mamá. Oh cómo mi pequeña Humanidad era desgarrada, mira bien como mi pequeña cabecita está circundada por una corona de espinas, que ciñéndome fuerte las sienes me hace derramar ríos de lágrimas de los ojos, y no puedo moverme para secarlas. Ah, muévete a compasión de Mí, sécame los ojos de tanto llanto, tú que tienes los brazos libres para podérmelo hacer, estas espinas son la corona de los tantos pensamientos malos que se agolpan en las mentes humanas, oh, como me pinchan más estos pensamientos que las espinas que produce la tierra, pero mira qué larga crucifixión de nueve meses, no podía mover ni un dedo, ni una mano, ni un pie, estaba aquí siempre inmóvil, no había lugar para poderme mover un poquito, qué larga y dura crucifixión, con el agregado de que todas las obras malas, tomando forma de clavos, me traspasaban manos y pies repetidamente”. Y así continuaba narrándome pena por pena todos los martirios de su pequeña Humanidad, y que quererlas decir todas sería demasiado extenso. Entonces yo me abandonaba al llanto, y oía decir en mi interior:

(44) “Hija mía, quisiera abrazarte pero no lo puedo hacer, no hay espacio, estoy inmóvil, no lo puedo hacer; quisiera ir a ti pero no puedo caminar. Por ahora abrázame y ven tú a Mí, después cuando salga del seno materno iré Yo a ti”.

(45) Pero mientras con mi fantasía me lo abrazaba, me lo estrechaba fuertemente a mi corazón, una voz interior me decía:

(46) “Basta por ahora hija mía, y pasa a considerar el quinto exceso de mi Amor”.

(47) 5º.- Entonces la voz interior seguía: “Hija mía, no te alejes de Mí, no me dejes solo, mi Amor quiere compañía, este es otro exceso de mi Amor el no querer estar solo. ¿Pero sabes tú de quién quiere esta compañía? De la criatura. Mira, en el seno de mi Mamá, Conmigo están todas las criaturas concebidas junto Conmigo. Yo estoy con ellas todo amor, quiero decirles cuánto las amo, quiero hablar con ellas para decirles mis alegrías y mis dolores, para decirles que he venido en medio de ellas para hacerlas felices, para consolarlas, y que estaré en medio de ellas como su hermanito dando a cada una todos mis bienes, mi reino, a costa de mi muerte. Quiero darles mis besos, mis caricias; quiero entretenerme con ellas, pero, ay, cuántos dolores me dan, quién me huye, quién se hace la sorda y me reduce al silencio, quién desprecia mis bienes y no se preocupan de mi reino y corresponden mis besos y caricias con el descuido y el olvido de Mí, y mi entretenimiento lo convierten en amargo llanto. ¡Oh, cómo estoy solo, a pesar de estar en medio de tantos! ¡Oh, cómo me pesa mi soledad! no tengo a quien decir una palabra, con quien hacer un desahogo de amor; estoy siempre triste y taciturno, porque si hablo no soy escuchado. ¡Ah, hija mía, te pido, te suplico que no me dejes solo en tanta soledad! dame el bien de hacerme hablar con escucharme, presta oídos a mis enseñanzas, Yo soy el maestro de los maestros. Cuántas cosas quiero enseñarte. Si me escuchas me harás dejar de llorar y me entretendré contigo, ¿no quieres tú entretenerte Conmigo?”. Y mientras me abandonaba en Él, compadeciéndolo en su soledad, la voz interior continuaba:

(48) “Basta, basta, pasa a considerar el 6º exceso de mi Amor”.

(49) 6º.- “Hija mía, ven, ruega a mi amada Mamá que te haga un lugarcito en su seno materno, a fin de que tú misma veas el estado doloroso en el cual me encuentro”.

(50) Entonces me parecía con el pensamiento, que nuestra Reina Mamá, para contentar a Jesús me hacía un pequeño lugar y me ponía dentro. Pero era tal y tanta la oscuridad que no lo veía, sólo oía su respiro y Él en mi interior seguía diciéndome:

(51) “Hija mía, mira otro exceso de mi Amor. Yo soy la luz eterna, el sol es una sombra de mi luz, pero ve adonde me ha conducido mi Amor, en qué oscura prisión estoy, no hay ni un rayo de luz, siempre es noche para Mí, pero noche sin estrellas, sin reposo, siempre despierto, ¡qué pena!, la estrechez de la prisión, sin poderme mínimamente mover, las tinieblas tupidas; hasta el respiro, respiro por medio del respiro de mi Mamá, ¡oh, cómo es cansado! Y además, agrega las tinieblas de las culpas de las criaturas, cada culpa era una noche para Mí, las que uniéndose juntas formaban un abismo de oscuridad sin confines. ¡Qué pena! ¡oh exceso de mi Amor, hacerme pasar de una inmensidad de luz, de amplitud, a una profundidad de densas tinieblas y de tales estrecheces, hasta faltarme la libertad del respiro, y esto, todo por amor de las criaturas!”

(52) Y mientras esto decía gemía, casi con gemidos sofocados por falta de espacio, y lloraba. Yo me deshacía en llanto, le agradecía, lo compadecía, quería hacerle un poco de luz con mi amor como Él me decía, ¿pero quién puede decirlo todo? La misma voz interna agregaba:

(53) “Basta por ahora. Pasa al séptimo exceso de mi Amor”.

(54) 7º.- La voz interior continuaba: “Hija mía, no me dejes solo en tanta soledad y en tanta oscuridad, no salgas del seno de mi Mamá para que veas el séptimo exceso de mi Amor. Escúchame, en el seno de mi Padre Celestial Yo era plenamente feliz, no había bien que no poseyera, alegría, felicidad, todo estaba a mi disposición; los ángeles reverentes me adoraban y estaban a mis órdenes. Ah, el exceso de mi Amor, podría decir que me hizo cambiar fortuna, me restringió en esta tétrica prisión, me despojó de todas mis alegrías, felicidad y bienes para vestirme con todas las infelicidades de las criaturas, y todo esto para hacer el cambio, para dar a ellas mi fortuna, mis alegrías y mi felicidad eterna. Pero esto habría sido nada si no hubiera encontrado en ellas suma ingratitud y obstinada perfidia. Oh, cómo mi Amor eterno quedó sorprendido ante tanta ingratitud y lloró la obstinación y perfidia del hombre. La ingratitud fue la espina más punzante que me traspasó el corazón desde mi concepción hasta el último instante de mi Vida, hasta mi muerte. Mira mi corazoncito, está herido y gotea sangre. ¡Qué pena! ¡Qué dolor siento! Hija mía, no seas ingrata; la ingratitud es la pena más dura para tu Jesús, es cerrarme en la cara las puertas para dejarme afuera, aterido de frío. Pero ante tanta ingratitud mi Amor no se detuvo y se puso en actitud de Amor suplicante, orante, gimiente y mendigante, y éste es el octavo exceso de mi Amor”.

(55) 8º.- “Hija mía, no me dejes solo, apoya tu cabeza sobre el seno de mi amada Mamá, porque también desde afuera oirás mis gemidos, mis súplicas, y viendo que ni mis gemidos ni mis súplicas mueven a compasión de mi Amor a la criatura, me pongo en actitud del más pobre de los mendigos y extendiendo mi pequeña manita, pido por piedad, al menos a título de limosna sus almas, sus afectos y sus corazones. Mi Amor quería vencer a cualquier costo el corazón del hombre, y viendo que después de siete excesos de mi Amor permanecía reacio, se hacía el sordo, no se ocupaba de Mí ni se quería dar a Mí, mi Amor quiso ir más allá, debería haberse detenido, pero no, quiso salir más allá de sus límites, y desde el seno de mi Mamá Yo hacía llegar mi voz a cada corazón con los modos más insinuantes, con los ruegos más fervientes, con las palabras más penetrantes. ¿Pero sabes qué les decía? “Hijo mío, dame tu corazón, todo lo que tú quieras Yo te daré con tal que me des a cambio tu corazón; he descendido del Cielo para tomarlo, ¡ah, no me lo niegues! ¡no defraudes mis esperanzas!” Y viéndolo reacio, y que muchos me volteaban la espalda, pasaba a los gemidos, juntaba mis pequeñas manitas y llorando, con voz sofocada por los sollozos le añadía: “¡Ay, ay! soy el pequeño mendigo, ¿ni siquiera de limosna quieres darme tu corazón?” ¿No es esto un exceso más grande de mi Amor, que el Creador para acercarse a la criatura tome la forma de un pequeño niño para no infundirle temor, y pida al menos como limosna el corazón de la criatura, y viendo que ella no se lo quiere dar ruega, gime y llora?”.

(56) Después me decía: “¿Y tú no quieres darme tu corazón? ¿Tal vez también tú quieres que gima, que ruegue y llore para que me des tu corazón? ¿Quieres negarme la limosna que te pido?”.

(57) Y mientras esto decía oía como si sollozara, y yo le dije: “Mi Jesús, no llores, te dono mi corazón y toda yo misma”. Entonces la voz interna continuaba: “Sigue más adelante, y pasa al noveno exceso de mi Amor”.

(58) 9º.- “Hija mía, mi estado es siempre más doloroso, si me amas, tu mirada tenla fija en Mí, para que veas si puedes dar a tu pequeño Jesús algún consuelo, una palabrita de amor, una caricia, un beso, que dé tregua a mi llanto y a mis aflicciones. Escucha hija mía, después de haber dado ocho excesos de mi Amor, y que el hombre tan malamente me correspondió, mi Amor no se dio por vencido, y al octavo exceso quiso agregar el noveno, y este fueron las ansias, los suspiros de fuego, las llamas de los deseos de que quería salir del seno materno para abrazar al hombre, y esto reducía a mi pequeña Humanidad aun no nacida a una agonía tal que estaba a punto de dar mi último respiro. Y mientras estaba por darlo, mi Divinidad que era inseparable de Mí, me daba sorbos de vida, y así retomaba de nuevo la vida para continuar mi agonía y volver a morir nuevamente. Este fue el noveno exceso de mi Amor, agonizar y morir continuamente de amor por la criatura. ¡Oh, qué larga agonía de nueve meses! ¡Oh, cómo el amor me sofocaba y me hacía morir! Y si no hubiera tenido la Divinidad Conmigo, que me daba continuamente la vida cada vez que estaba por morir, el amor me habría consumado antes de salir a la luz del día”. Después agregaba:

(59) “Mírame, escúchame como agonizo, como mi pequeño corazón late, se afana, arde; mírame, ahora muero”.

(60) Y hacía un profundo silencio. Yo me sentía morir, se me helaba la sangre en las venas y temblando le decía: “Amor mío, Vida mía, no mueras, no me dejes sola, Tú quieres amor y yo te amaré, no te dejaré más, dame tus llamas para poderte amar más y consumarme toda por Ti”.

 



[1] Todos los libros presentados en la obra “Libro de Cielo” han sido traducidos directamente del original manuscrito de Luisa Piccarreta.  En este primer volumen presentamos los primeros cuatro libros escritos por Luisa.  El día 28 de Febrero de 1899, ella recibe la orden de su confesor, Don Gennaro Di Gennaro de comenzar a escribir conforme Jesús le habla, y además, escribir todo lo que había pasado entre ellos hasta ese momento, así que el libro N° 1 es el único que no fue escrito conforme Nuestro Señor le hablaba.  Aunque es en forma continua, se distinguen varios temas muy bien definidos, pero no queremos marcarlos para no alterar la forma como lo escribió.  Al inicio de este libro se encuentran las dos primeras meditaciones de la novena de navidad, las siete restantes se encuentran al final; por lo dicho anteriormente queremos dejar el orden que ella usó al escribir dicho volumen, por lo que aparentemente queda inconclusa, pero al final se encuentran las meditaciones que faltan.  Además, esta novena se pone completa al final del libro.