
Ø
Somos llamados a la santidad
Ø Participación
de la Naturaleza Divina
Ø Trabajo de la
Divina Voluntad en el alma
INTRODUCCION
Dios quiere que todos los hombres
se salven, para eso nos ha dado a su Hijo, y en El y por El todos los medios
para nuestra salvación, por lo tanto, si un alma no se salva, será únicamente
por su obstinada voluntad.
Jesús nos quiere santos..., no
mediocres. “Yo he venido para que
tengan vida, y vida sobreabundante” (Jn 1010) Esta plenitud de vida es la plenitud de la
Gracia y de la vida sobrenatural, de la cual brota la santidad.
La santidad no es cosa reservada a
unos pocos. Jesús con su encarnación,
vida, pasión, muerte y resurrección, mereció para todos..., no sólo los medios
de salvación, sino también los de santificación. Tan es así que nos dejó una invitación: “Sed, pues, vosotros, perfectos como vuestro Padre Celestial es
perfecto.” (Mt 548)
San Pablo lo dice a los
gentiles: “Porque esta es la Voluntad
de Dios: Vuestra santificación.” (I
Tes. 43)
Ahora, si Jesús ha venido para
santificarnos a todos, y es Voluntad de Dios que todos seamos santos, la
santidad no podrá consistir en dones extraordinarios de naturaleza o de gracia,
los cuales dependen únicamente de la generosidad divina, sino más bien, en algo
que se encuentre al alcance de todas las almas de buena voluntad, aun de las
más humildes y sencillas. La santidad
es la perfección de la vida cristiana, y consiste en el pleno desarrollo en
nosotros de la vida sobrenatural, cuyos principios son: La gracia santificante, las virtudes y los
dones del Espíritu Santo, pero el verdadero camino que conduce a la santidad y
por consiguiente a Dios, no puede ser trazado sino por el mismo Dios, por su
Divina Voluntad.
+
+ +
El Padre ha
presentado a Jesús como su Hijo muy amado en quien se complace. (Lc 322) ¿Por qué?
Porque ve en El la imagen perfecta de Sí mismo, de todas sus infinitas
perfecciones, y por eso nos lo da no sólo como Maestro, sino también como
modelo. Conforme a la Voluntad del
Padre, Jesús mismo se ha proclamado como nuestro modelo:
- “Yo soy el Camino, y la Verdad y
la Vida, nadie va al Padre, sino por Mí.”
(Jn 146).
- San Pablo nos dice en Rom. 829: “Porque El, a los que preconoció, los
predestinó a reproducir la imagen de su hijo, para que éste sea primogénito
entre muchos hermanos.”
Por lo tanto..., ¡Seremos santos
según la medida de nuestra semejanza con Cristo! Teniendo en cuenta esto, veamos ahora algunas de las cualidades
de Aquél a quien tenemos que imitar:
- El alma de Jesús está totalmente sumergida en la
Santísima Trinidad; su entendimiento humano goza de la Visión Beatífica, conoce
la persona del Verbo como sujeto de toda su actividad humana. Ve al Padre de quien se siente Hijo, ve al
Espíritu Santo que mora en El.
- En su corazón existe una Caridad inconmensurable,
y este amor sube incesantemente hacia el Padre Celestial para desbordarse luego
sobre nuestras almas.
- Jesús trabaja, predica, sana, etc., y al mismo
tiempo continúa con esta vida maravillosa de unión con las Divinas Personas.
- Jesús ora, y solamente la oración de El constituye
una perfecta alabanza, una perfecta acción de gracias, una perfecta reparación,
un perfecto acto de amor hacia el Padre a nombre de toda la humanidad, una
perfecta correspondencia de gloria y una impetración siempre eficaz, porque
sólo El puede ofrecer actos de valor infinito a la Trinidad. Pero toda la acción de Jesús se completa y
llega a la perfección en el sacrificio:
El sacrificio conocido en su Pasión, sacrificio en todas sus penas
internas, desconocidas en su mayor
parte y mucho más cruentas y extensas que las conocidas en su Pasión
externa, inflingidas por su misma Divinidad para satisfacer completamente al
AMOR, para que así, éste accediera a restablecer al hombre a su punto de
origen, a su verdadera realeza, para que así, Cristo pueda ser verdaderamente
REY de reyes.
La actitud constante de Jesús fue
el tener en cuenta siempre y sobre todo la Voluntad de su Padre, al mismo
tiempo de hacerla, pero no al modo de siervo, de esclavo, no, no, sino como en
el “Padre nuestro”, donde se pide que se haga su Voluntad como en el Cielo así
en la tierra.
- “He aquí que vengo -así está escrito de Mí en el
rollo del libro- para hacer, ¡oh Dios! tu Voluntad.” (Hb 107).
- “Yo he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad,
sino la Voluntad del que me envió.” (Jn 638).
- “Por Mí mismo Yo no puedo hacer nada. Juzgo según lo que oigo, y mi juicio es
justo, porque no busco mi voluntad, sino la Voluntad del que me envió.” (Jn 530).
La voluntad humana de Jesús está
fundida y transformada en la de Dios, no anulada sino cooperante <<Cristo
posee dos voluntades y dos operaciones naturales, divinas y humanas, no
opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia
al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre
y el Espíritu Santo para nuestra salvación.
La voluntad humana de Cristo sigue a su Voluntad Divina sin hacerle
resistencia ni oposición, sino todo lo contrario estando subordinada a esta
Voluntad omnipotente de la manera más perfecta y completa>> (Catecismo
N° 475), por eso puede decir:
- “El que me envió está conmigo. El no me ha dejado solo, porque Yo hago
siempre lo que le agrada.” (Jn 829).
- “Mi Padre continúa obrando todavía, y por eso Yo
obro también.” (Jn 517)
“El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo
que ve hacer al Padre; pero lo que hace El, eso también lo hace igualmente el
Hijo.” (Jn 519).
- “Entonces conoceréis quién soy Yo, y que nada hago
por Mí mismo, sino que hablo lo que mi Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, El no me ha
dejado solo, porque Yo hago
siempre lo que le agrada a El.”
(Jn 828).
- “Yo tengo un manjar para comer que vosotros no
conocéis..., mi alimento es hacer la Voluntad de Aquél que me envió y dar
cumplimiento a su obra.” (Jn 432).
Jesús no solamente se entrega del
todo a la misión que el Padre le ha confiado, sino que al realizarla, obra
siempre en unión con el Padre, en perfecta armonía con El, y en absoluta
dependencia de cuanto escucha o ve en El.
Las obras de Jesús no hacen más que traducir en manera tangible la obra
incesante del Padre. “En verdad, en
verdad os digo, el Hijo no puede por Sí mismo hacer nada, sino lo que ve hacer
al Padre; pero lo que Este hace, el Hijo lo hace igualmente.” Porque Yo no he hablado por Mí mismo, sino
que el Padre, que me envió, me prescribió lo que debo decir y enseñar.” (Jn 519
y 1249).
Ahora, Jesús tiene en Sí mismo las
dos naturalezas: La humana, la cual ya
hemos visto cómo se comporta, y la Divina, “Hombre y Dios verdadero.” Por eso puede decir a Felipe cuando éste le
pide que le muestre al Padre: “Tanto
tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y tú no me has conocido, Felipe? El que me ha visto, ha visto a mi Padre.”
(Jn 148-ss).
Ahora sí, ya tenemos una ligera
semblanza de Aquél a quien el Padre nos ha puesto como modelo, y nos ha
predestinado a ser conformes a su imagen.
¡¡¡Enorme labor..., imitar a
Jesús!!! Pero la imitación de Jesús no
puede limitarse a un determinado aspecto de su Vida, de su actividad externa,
de sus virtudes, que es lo que hasta ahora se ha hecho, en esto ha descansado
el edificio de la santidad y solamente hemos conseguido ser imitadores de El,
pero no sus imágenes, no su semejanza como está dicho en el Génesis: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y
semejanza.” Este, que era el verdadero
trabajo del hombre, crecer en esta imagen y en esta semejanza, quedó, debido al
pecado original fuera del alcance, pues para poder lograrlo Dios había plantado
en el centro del Edén el árbol de la Vida, del cual el hombre debía alimentarse
continuamente, pero que Dios resguardó poniendo guardia de Querubines con
espada de fuego para evitar que el hombre pudiera llegar a él.
+
+ +
¿Será posible que Dios quiera todo
esto? ¿No será tal vez una mala
interpretación, una exageración, un juego de la fantasía o del enemigo infernal
para desviar nuestro camino y excitar nuestra soberbia de querer ser semejantes
a Dios y así poder perdernos con más facilidad?
Recurramos en primer lugar a la
Sagrada Escritura para escudriñar y ver si es que existe alguna referencia:
- “Mas no ruego sólo por estos, sino también por
aquellos que, mediante la palabra de ellos crean en Mí, a fin de que todos sean
uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, que ellos también sean uno en
Nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Y la gloria que Tú me diste, Yo se la he
dado a ellos, para que sean uno como Nosotros somos uno: Yo en ellos y Tú en Mí, a fin de que sean
perfectamente uno, y que el mundo sepa que Tú me has enviado.” (Jn 1720-ss).
- “Llevando siempre en nuestro cuerpo la
mortificación de Jesús, para que su Vida se manifieste en nuestra carne
mortal.” (II Cor 410).
- “Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí.” (Gal 220).
- “En verdad os digo, quien cree en Mí, hará él
también las obras que Yo hago, y aún mayores.”
(Jn 1412).
- “También por El mismo nos ha dado Dios las grandes
y preciosas gracias que había prometido, para haceros partícipes, por medio
de estas mismas gracias, de la Naturaleza Divina. (2 Pe, 14)
El No. 460 del Catecismo de la
Iglesia Católica dice:
El Verbo se encarnó para hacernos
partícipes de la “Naturaleza Divina”
Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de
Dios, Hijo del hombre, para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y
al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios. (S.
Irineo) Porque el Hijo de Dios se
hizo hombre para hacernos dios. (S. Atanasio) El Hijo unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su
Divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre,
hiciera dioses a los hombres.” (Sto. Tomás)
Y así podríamos continuar, pero
esto es una pequeña comprobación de que esta es la Voluntad de Dios: “Que seamos iguales a su Hijo.”
¿Qué nos dejó todo lo
anterior? Una sola conclusión...: No lo podemos hacer nosotros solos. El hombre es incapaz de tanto, por eso éste
es un trabajo de Dios, El lo quiere llevar a cabo en el interior de la
criatura, quiere llevar a cabo una total transformación del hombre, para que
haya tierras nuevas y cielos nuevos, y para ello sólo quiere encontrarnos con
la completa disposición de renuncia, para así poder poner en ese vacío que
quede después de esa renuncia, su Vida como vida de nosotros, para que así, al
igual que Jesús y cumpliendo la petición del “Padre nuestro”, se haga en
nosotros la Voluntad de Dios como en el Cielo así en la tierra. ¡Renunciar a todo para poder conformarnos en
todo a la Divina Voluntad, y dejar que sea Ella la que nos transforme en
Jesús...!
Es tanta la complacencia de Jesús
por el conformarse a su Voluntad, que da a entender que las almas más unidas a
El y más amadas de su Corazón, son precisamente aquellas que cumplen la
Voluntad de Dios, y no tuvo inconveniente en decir: “Quienquiera que haga la Voluntad de mi Padre que está en los
Cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi Madre.” (Mt 1250).
Escuchemos estas palabras de
Jesús, las cuales nos revelan lo mucho que Dios tiene aún por enseñarnos:
“Todavía tengo muchas cosas que
deciros, más por ahora no podéis comprenderlas; cuando venga el Espíritu de
Verdad, El os conducirá a toda la Verdad.”
(Jn 1612).
+
+ +
Bien, ¿qué debemos hacer? ¿Cómo lograr que Dios haga este trabajo, que
es un trabajo en el alma, que actúe en nuestras potencias: “Voluntad,
Inteligencia y Memoria, o sea en nuestro interior, no sólo en el exterior, no
en la sensibilidad sino en nuestra voluntad?
Oigamos unas palabras de Jesús dichas a un alma, Luisa Piccarreta,
llamada por El mismo ‘la pequeña hija de la Divina Voluntad, en sus sublimes
lecciones acerca de la Divina Voluntad obrante en la criatura:
“Hija mía, ¿quieres saber qué cosa
recibe el alma cuando vive en mi Voluntad?
Recibe la unión de la Voluntad Suprema con la suya, y en esta unión mi
Voluntad asume el trabajo de dar la paridad a la voluntad del alma con Ella;
así que mi Voluntad es santa, es pura, es luz, y quiere volver semejante al
alma en la santidad, pureza y luz; y si el trabajo del alma es el de vivir en
mi Voluntad, el trabajo de mi Voluntad es dar en modo perfecto mi semejanza a
la voluntad del alma. Por eso te quiero
siempre en Ella, para hacer que no sólo te tenga en su compañía, sino que te
haga crecer a su semejanza, por eso te doy el alimento de sus conocimientos
para hacerte crecer a modo divino con su perfecta semejanza, y es por esto que
te quiero junto con Ella, dondequiera que Ella obra, a fin de que te pueda dar
el acto de su obrar, el valor que contiene el obrar de una Voluntad Divina, y
tú puedas recibirlo.”
(Noviembre 22, 1925 Vol. 18)
+ + +