Preparación Antes de la
Meditación
Oh Señor mío Jesucristo, postrada ante tu divina
presencia, suplico a tu amorosísimo corazón que quieras admitirme a la dolorosa
meditación de las veinticuatro horas en las que por nuestro amor quisiste
padecer, tanto en tu cuerpo adorable como en tu alma santísima, hasta la muerte
de cruz. Ah, dame tu ayuda, gracia,
amor, profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos mientras medito
ahora la hora… Y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que
tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante todas las
horas en que estoy obligada a dedicarme a mis deberes, o a dormir. Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa
intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto
hiciera santamente todo lo que deseo practicar.
Ofrecimiento Después de Cada Hora
Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta hora de tu
Pasión para hacerte compañía, y yo he venido.
Me parecía oírte angustiado y doliente que oras, reparas y sufres, y con
las palabras más conmovedoras y elocuentes suplicas la salvación de las
almas. He tratado de seguirte en todo;
ahora, debiéndote dejar por mis acostumbradas ocupaciones, siento el deber de
decirte “gracias” y un “te bendigo”.
Sí, oh Jesús, gracias te repito mil y mil veces y te bendigo por todo lo
que has hecho y padecido por mí y por todos; gracias y te bendigo por cada gota
de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso,
palabra, mirada, amargura, ofensa que has soportado. En todo, oh mi Jesús, quiero ponerte un “gracias” y un “te
bendigo.” Ah mi Jesús, haz que todo mi
ser te envíe un flujo continuo de agradecimientos y bendiciones, de manera que
atraiga sobre mí y sobre todos el flujo de tus gracias y bendiciones. Ah Jesús, estréchame a tu corazón y con tus
santísimas manos márcame todas las partículas de mi ser con tu “te bendigo”,
para hacer que no pueda salir de mí otra cosa que un himno continuo de agradecimiento
hacia Ti. Nuestros latidos se tocarán
continuamente, de manera que me darás vida, amor, y una estrecha e inseparable
unión contigo. Ah, te ruego mi dulce
Jesús, que si ves que alguna vez estoy por dejarte, tu latido se acelere más fuerte
en el mío, tus manos me estrechen más fuerte a tu corazón, tus ojos me miren y
me lancen saetas de fuego, a fin de que sintiéndote, rápidamente me deje atraer
a la unión contigo.
Ah mi Jesús, mantente en guardia para que no me aleje de
Ti, y te suplico que estés siempre junto a mí y que me des tus santísimas manos
para hacer junto conmigo lo que me conviene hacer. Mi Jesús, ah, dame el beso del Divino Amor, abrázame y bendíceme;
yo te beso en tu dulcísimo corazón y me quedo en Ti.
PRIMERA HORA
De las 5 a las 6
de la tarde
Gracias te doy,
oh Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración, y tomando
tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en
tu amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu
corazón empiezo:
Oh Celestial Mamá, la hora de la separación se acerca y
yo vengo a Ti. ¡Oh Madre, dame tu amor
y tus reparaciones, dame tu dolor, porque junto contigo quiero seguir paso a
paso al adorado Jesús!
Y he aquí que Jesús viene y Tú con el alma rebosante de
amor corres a su encuentro, pero al verlo tan pálido y triste el corazón se te
oprime por el dolor, las fuerzas te abandonan y estás a punto de desfallecer a
sus pies. Oh dulce Mamá mía, ¿sabes por
qué ha venido a Ti el adorable Jesús?
¡Ah! Él ha venido para darte el
último adiós, para decirte la última palabra, para recibir el último abrazo.
Oh Mamá, a Ti me estrecho con toda la ternura de la cual
es capaz este mi pobre corazón, a fin de que estrechado y unido a Ti, también yo
pueda recibir los abrazos del adorado Jesús.
¿Me desdeñarás acaso Tú? ¿No es
más bien un consuelo para tu corazón tener un alma a tu lado y que comparta
contigo las penas, los afectos, las reparaciones?
Oh Jesús, en esta hora tan desgarradora para tu ternísimo
corazón, qué lección nos das de filial y amorosa obediencia hacia tu Mamá. ¡Qué dulce armonía hay entre Tú y María, qué
suave encanto de amor que sube hasta el trono del Eterno y se extiende para
salvación de todas las criaturas de la tierra!
Oh Celestial Mamá mía, ¿sabes qué quiere de Ti el adorado
Jesús? No quiere otra cosa que tu
última bendición. Es verdad que de
todas las partes de tu ser no salen sino bendiciones y alabanzas a tu Creador,
pero Jesús al despedirse de Ti quiere oír las dulces palabras: “Te bendigo oh Hijo.” Y este te bendigo aleja todas las blasfemias
de sus oídos, y dulce y suave desciende a su corazón; y casi como para poner
una defensa a todas las ofensas de las criaturas, Jesús quiere tu “te bendigo.”
Yo me uno a Ti, oh dulce Mamá, sobre las alas del viento
quiero girar por el Cielo para pedir al Padre, al Espíritu Santo, a todos los
ángeles, un “te bendigo” para Jesús, a fin de que yendo a Él le pueda llevar
sus bendiciones. Y aquí en la tierra
quiero ir a todas las criaturas y pedir de cada labio, de cada latido, de cada
paso, de cada respiro, de cada mirada, de cada pensamiento, bendiciones y
alabanzas a Jesús, y si ninguno me las quiere dar, yo quiero darlas por ellos.
Oh dulce Mamá, después de haber girado y vuelto a girar
para pedir a la Trinidad Sacrosanta, a los ángeles, a todas las criaturas, a la
luz del sol, al perfume de las flores, a las olas del mar, a cada soplo de
viento, a cada llama de fuego, a cada hoja que se mueve, al centellear de las
estrellas, a cada movimiento de la naturaleza un “te bendigo”, vengo a Ti y uno
mis bendiciones a las tuyas.
Dulce Mamá mía, veo que recibes consuelo y alivio por
esto, y ofreces a Jesús todas mis bendiciones en reparación de las blasfemias y
maldiciones que Él recibe de las criaturas.
Pero mientras te ofrezco todo, oigo tu voz temblorosa que dice: “Hijo,
bendíceme también a Mí.”
Oh dulce amor mío, Jesús, bendíceme también a mí junto
con tu Mamá, bendice mis pensamientos, mi corazón, mis manos, mis obras, mis pasos,
y junto con tu Mamá bendice a todas las criaturas.
Oh Madre mía, al mirar el rostro del adolorido Jesús,
pálido, triste, desgarrador, se despierta en Ti el recuerdo de los dolores que
dentro de poco Él deberá sufrir.
Adivinas su rostro cubierto de salivazos y lo bendices, la cabeza
traspasada por las espinas, los ojos vendados, el cuerpo desgarrado por los
azotes, las manos y los pies traspasados por los clavos, y adonde quiera que Él
está a punto de ir, Tú lo sigues con tus bendiciones, y junto contigo lo sigo
también yo. Cuando Jesús sea golpeado
por los azotes, coronado de espinas, abofeteado, traspasado por los clavos,
dondequiera encontrará junto a tu “te bendigo”, el mío.
Oh, Jesús, oh Madre, os compadezco; inmenso es vuestro
dolor en estos últimos momentos, el corazón de uno parece que arranque el
corazón del otro. Oh Madre arranca mi
corazón de la tierra y átalo fuerte a Jesús, a fin de que estrechado a Él pueda
tomar parte de tus dolores, y mientras os estrecháis, os abrazáis, os dirigís
las últimas miradas, los últimos besos, estando yo en medio de vuestros dos
corazones pueda recibir vuestros últimos besos, vuestros últimos abrazos. ¿No veis que yo no puedo estar sin Vosotros,
no obstante mi miseria y mi frialdad?
Jesús, Mamá, tenedme estrechada a Vosotros, denme vuestro
amor, vuestro Querer, saetead mi pobre corazón, estrechadme entre vuestros
brazos, y junto contigo, oh dulce Madre, quiero seguir paso a paso al adorado
Jesús con la intención de darle consuelo, alivio, amor y reparación por todos.
Oh Jesús, junto a tu Mamá te beso el pie izquierdo
suplicándote que quieras perdonarme a mí y a todas las criaturas por cuantas
veces no hemos caminado hacia Dios.
Beso tu pie derecho, perdóname a mí y a todos por cuantas
veces no hemos seguido la perfección que Tú querías de nosotros.
Te beso la mano izquierda pidiéndote nos comuniques tu
pureza.
Beso tu mano derecha, bendíceme todos mis latidos,
pensamientos, afectos, a fin de que validados por tu bendición todos se
santifiquen, y junto conmigo bendice también a todas las criaturas, y sella la
salvación de sus almas con tu bendición.
Oh Jesús, junto a tu Mamá te abrazo, y besándote el
corazón te ruego que pongas en medio de vuestros dos corazones el mío, a fin de
que se alimente continuamente de vuestros amores, de vuestros dolores, de
vuestros mismos afectos, deseos y de vuestra misma Vida.
Así sea.
+ + +
SEGUNDA HORA
Jesús se separa de su Madre
Santísima y se encamina al Cenáculo
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo
por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y
fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para
abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Mi adorable Jesús, mientras junto contigo he tomado parte
en tus dolores y en los de la afligida Mamá, veo que te decides a partir para
ir a donde el Querer del Padre te llama.
Es tanto el amor entre Hijo y Madre que os vuelve inseparables, por lo
que Tú te quedas en el corazón de la Mamá, y la Reina y dulce Mamá se deja en
el tuyo, de otra manera os habría sido imposible el separaros. Pero después, bendiciéndoos mutuamente, Tú
le das el último beso para darle fuerzas en los acerbos dolores que está por
sufrir, le das el último adiós y partes.
Pero la palidez de tu rostro, tus labios temblorosos, tu
voz sofocada como si quisiera romper en llanto al decirle adiós, ¡ah! todo me
dice cuánto la amas y cuanto sufres al dejarla, pero para cumplir la Voluntad
del Padre, con vuestros corazones fundidos el uno en el otro, a todo os
sometéis, queriendo reparar por aquellos que, por no vencer las ternuras de los
parientes y amigos, los vínculos y los apegos, no se preocupan por cumplir el
Querer Santo de Dios y corresponder al estado de santidad al que Dios los
llama. ¡Qué dolor no te dan estas almas
al rechazar de sus corazones el amor que quieres darles, para contentarse con
el amor de las criaturas!
Amable amor mío, mientras contigo reparo, permíteme que
permanezca con tu Mamá para consolarla y sostenerla mientras Tú te alejas,
después apresuraré mis pasos para alcanzarte.
Pero con sumo dolor veo que mi angustiada Mamá tiembla, y es tanto el
dolor, que mientras trata de decir adiós al Hijo, la voz se le apaga en los
labios y no puede articular palabra, casi desfallece y en su desfallecimiento
de amor dice: “¡Hijo mío, Hijo mío, te
bendigo! ¡Qué amarga separación, más
cruel que cualquier muerte!” Pero el
dolor le impide aún el hablar y la deja muda.
Desconsolada Reina, déjame que te sostenga, te enjugue
las lágrimas y te compadezca en tu amargo dolor. Mamá mía, yo no te dejaré sola, y Tú tenme contigo, enséñame en
este momento tan doloroso para Ti y para Jesús lo que debo hacer, cómo debo
defenderlo, cómo debo repararlo y consolarlo, y si debo dar mi vida para
defender la suya.
No, no me separaré de debajo de tu manto, a una señal
tuya volaré a Jesús y le llevaré tu amor, tus afectos, tus besos junto a los
míos y los pondré en cada llaga, en cada gota de su sangre, en cada pena e
insulto, a fin de que sintiendo Él en cada pena los besos y el amor de la Mamá,
sus penas queden endulzadas. Después
regresaré bajo tu manto, trayéndote sus besos para endulzar tu corazón
traspasado. Mamá mía, el corazón me
late fuertemente, quiero ir a Jesús, y mientras beso tus manos maternas
bendíceme como has bendecido a Jesús y permíteme que vaya a Él.
Mi dulce Jesús, el amor me descubre tus pasos y te
alcanzo mientras recorres las calles de Jerusalén junto con tus amados
discípulos; te miro y te veo aún pálido, oigo tu voz, dulce, sí, pero triste,
tanto que rompe el corazón de tus discípulos, que por oírte así están turbados.
“Es la última vez”, dices, “que recorro estas calles por
Mí mismo, mañana las recorreré atado, arrastrado entre mil insultos.”
Y señalando los lugares donde serás más deshonrado y
maltratado, sigues diciendo:
“Mi vida está por llegar a su ocaso acá abajo, como está
por llegar a su ocaso el sol, y mañana a esta hora no estaré más, pero como sol
resurgiré al tercer día.”
Por tus palabras, los apóstoles quedan tristes y
taciturnos y no saben qué responder.
Pero Tú agregas:
“Animo, no os abatáis, Yo no os dejo, siempre estaré con
vosotros, pero es necesario que Yo muera por el bien de todos ustedes.”
Al decir esto estás conmovido, pero con voz trémula continúas
instruyéndolos. Antes de que entres en
el cenáculo miras el sol que ya se pone, así como está por llegar al ocaso tu
Vida; ofreces tus pasos por aquellos que se encuentran en el ocaso de la vida y
les das la gracia de que la hagan terminar en Ti, reparando por aquellos que no
obstante los sinsabores y los desengaños de la vida se obstinan en no rendirse
a Ti. Después miras de nuevo a
Jerusalén, el centro de tus prodigios y de las predilecciones de tu corazón, y
que en pago te está preparando la cruz y afilando los clavos para cometer el
deicidio, y Tú te estremeces, se te rompe el corazón y lloras por su
destrucción.
Con esto reparas por tantas almas consagradas a Ti, que
con tanto cuidado tratabas de formar como portentos de tu amor, y ellas, ingratas,
sin corresponderte, te hacen sufrir más amarguras. Quiero reparar junto contigo para endulzar el dolor de tu
corazón.
Pero veo que quedas horrorizado ante la vista de
Jerusalén y retirando de ella tu mirada, entras en el cenáculo. amor mío, estréchame a tu corazón, a fin de
que haga mías tus amarguras para ofrecerlas junto contigo, y Tú, mira piadoso
mi alma, y derramando en ella tu amor, bendíceme.
+ + +
TERCERA HORA
De las 7 a las 8 de la noche
La Cena Legal
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo
por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y
fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para
abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Oh Jesús, ya llegas al cenáculo junto con tus amados
discípulos y te pones a cenar con ellos.
Qué dulzura, qué afabilidad no muestras en toda tu persona al abajarte a
tomar por última vez el alimento material.
Allí todo es amor en Ti, también en esto no sólo reparas por los pecados
de gula, sino que impetras también la santificación del alimento, y así como
éste se convierte en fuerza, así nos obtienes la santidad hasta en las cosas
más bajas y más comunes.
Jesús, vida mía, tu mirada dulce y penetrante parece
escrutar a todos los apóstoles, y aun en el acto de tomar el alimento tu
corazón queda traspasado al ver a tus amados apóstoles débiles y vacilantes
aún, especialmente el pérfido Judas que ya ha puesto un pie en el
infierno. Y Tú desde el fondo de tu
corazón amargamente dices: “¿Cuál es la
utilidad de mi sangre? ¡He aquí un
alma, tan beneficiada por Mí, y está perdida!”
Y con tus ojos resplandecientes de luz lo miras, como queriendo hacerle
comprender el gran mal cometido. Pero
tu suprema caridad te hace soportar este dolor y no lo manifiestas ni siquiera
a tus amados discípulos; y mientras te dueles por Judas, tu corazón quisiera
llenarse de júbilo al ver a tu izquierda a tu amado discípulo Juan, tanto, que
no pudiendo contener más el amor, atrayéndolo dulcemente a Ti le haces apoyar
su cabeza sobre tu corazón, haciéndole sentir el paraíso por adelantado.
Es en esta hora solemne que en los dos discípulos vienen
representados los dos pueblos: el
réprobo y el elegido. El réprobo en
Judas, que siente ya el infierno en el corazón; y el elegido en Juan, que en Ti
reposa y goza.
Oh dulce bien mío, también yo me pongo cerca de Ti, y
junto a tu amado discípulo quiero apoyar mi cabeza cansada sobre tu corazón
adorable y rogarte que me hagas sentir, aun sobre esta tierra, las delicias del
Cielo, y así, raptada por las dulces armonías de tu corazón, la tierra no sea
para mí más tierra, sino Cielo.
Pero en esas armonías dulcísimas y divinas, siento que se
te escapan dolorosos latidos, son por las almas perdidas. ¡Oh Jesús, no permitas que nuevas almas se
pierdan, haz que tu latido corriendo en el suyo les haga sentir los latidos de
la vida del Cielo, como los siente tu amado discípulo Juan, y atraídas por la
suavidad y dulzura de tu amor, todas puedan rendirse a Ti!
Oh Jesús, mientras permanezco en tu corazón, dame también
a mí el alimento como se lo diste a los apóstoles, el alimento de tu Divina
Voluntad, el alimento del amor, el alimento de la palabra divina. Jamás me niegues, oh mi Jesús, este alimento
que Tú tanto deseas darme, de modo de formar en mí tu misma Vida.
Dulce bien mío, mientras me estoy a tu lado, veo que el
alimento que tomas junto con tus amados discípulos no es otro que un
cordero. Es el cordero que te
representa, y así como en este cordero, por la fuerza del fuego, no queda
ningún humor vital, así Tú, cordero místico, que por las criaturas debes
consumirte todo por fuerza de amor, ni siquiera una gota de tu sangre
conservarás para Ti, derramándola toda por amor nuestro.
Así que, oh Jesús, nada haces que no represente a lo vivo
tu dolorosísima Pasión, que tienes siempre presente en la mente, en el corazón,
en todo, y esto me enseña que si también yo tuviera siempre delante a mi mente
y en el corazón el pensamiento de tu Pasión, jamás me negarías el alimento de
tu amor. ¡Cuánto te agradezco por esto!
Oh mi Jesús, ningún acto se te escapa en que no me tengas
presente y con el que no intentes hacerme un bien especial, por eso te ruego
que tu Pasión esté siempre en mi mente, en mi corazón, en mis miradas, en mis
obras, en mis pasos, a fin de que a donde quiera que me dirija, dentro y fuera
de mí, te encuentre siempre presente a mí, y dame la gracia de que jamás olvide
lo que has sufrido y padecido por mí.
Esta sea para mí un imán, que atrayendo todo mi ser en Ti, no me deje
alejarme de Ti.
+ + +
De las 8 a las 9
de la noche
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo
por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y
fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para
abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Dulce amor mío, incontentable siempre en tu amor, veo que
al terminar la cena legal te levantas de la mesa y junto con tus amados
discípulos elevas el himno de agradecimiento al Padre por haberos dado el
alimento, queriendo reparar con esto todas las faltas de agradecimiento de las
criaturas por los tantos medios como nos das para la conservación de la vida
corporal. Por eso Tú, oh Jesús, en lo
que haces, tocas o ves, tienes siempre en tus labios las palabras: “¡Gracias te sean dadas, oh Padre!” También yo, oh Jesús, unida contigo tomo las
palabras de tus labios y diré siempre y en todo: “Gracias por mí y por todos”, para continuar la reparación por
las faltas de agradecimiento.
Pero, oh mi Jesús, parece que tu amor no tiene reposo,
veo que de nuevo haces sentarse a tus amados discípulos, tomas una palangana
con agua, te ciñes una blanca toalla y te postras a los pies de los apóstoles,
en un acto tan humilde que te atrae la mirada de todo el Cielo y lo hace
permanecer estático, los mismo apóstoles se quedan casi sin movimiento al verte
postrado a sus pies. Pero dime amor
mío, ¿qué quieres, qué pretendes con este acto tan humilde, humildad jamás
vista y que jamás se verá?
“¡Ah hija mía, quiero todas las almas, y postrado ante
ellas como un pobre mendigo, las pido, las urjo, y llorando tramo mis insidias
de amor para tenerlas! Quiero, postrado
a sus pies, con esta agua mezclada con mis lágrimas lavarlas de cualquier
imperfección y prepararlas a recibirme en el sacramento. Me importa tanto este acto de recibirme en
la Eucaristía, que no quiero confiar este oficio ni a los ángeles, ni siquiera
a mi amada Mamá, sino que Yo mismo quiero purificarlas, aún las fibras más
íntimas, para disponerlas a recibir el fruto del sacramento, y en los apóstoles
era mi intención preparar a todas las almas.
Intento reparar todas las obras santas y la
administración de los sacramentos, sobre todo hechas por sacerdotes con espíritu
de soberbia, vacías de espíritu divino y de desinterés. ¡Ah, cuántas obras buenas me llegan más para
deshonrarme que para darme honor! ¡Más
para amargarme que para complacerme!
¡Más para darme muerte que para darme vida! Estas son las ofensas que más me afligen. Ah, si hija mía, numera todas las ofensas
más íntimas que se me hacen y repárame con mis mismas reparaciones, consuela mi
corazón amargado”.
¡Oh mi afligido bien, hago mía tu Vida y junto contigo
intento reparar todas estas ofensas!
Quiero entrar en los más íntimos escondites de tu corazón divino y
reparar con tu mismo corazón las ofensas más íntimas y secretas que recibes de
tus más amados, y junto contigo quiero girar en todas las almas que te deben
recibir en la Eucaristía, y entrar en sus corazones, y junto a tus manos pongo
las mías para purificarlas.
Ah, Jesús, con estas tus lágrimas y esta agua con las
cuales lavaste los pies de los apóstoles, lavemos a las almas que te deben
recibir, purifiquemos sus corazones, incendiémoslos, sacudamos de ellos el
polvo con el cual están manchados, a fin de que recibiéndote, Tú puedas
encontrar en ellas tus complacencias en vez de tus amarguras.
Pero, afectuoso bien mío, mientras estás atento a lavar
los pies de los apóstoles, te miro y veo que otro dolor traspasa tu corazón
santísimo. Estos apóstoles representan
a todos los futuros hijos de la Iglesia, y cada uno de ellos, representa la
serie de cada uno de tus dolores.
En uno las debilidades; en otro los engaños; en otro las hipocresías; en
otro el amor desmedido a los intereses; en San Pedro, la falla a los buenos
propósitos y todas las ofensas de los jefes de la Iglesia; en San Juan, las
ofensas de tus más fieles; en Judas todos los apostatas, con toda la serie de
los graves males causados por ellos.
¡Ah! tu corazón está sofocado por el dolor y por el amor,
tanto, que no pudiendo resistir te detienes a los pies de cada apóstol y rompes
en llanto, y ruegas y reparas por cada una de estas ofensas, e imploras y
consigues para todos el remedio oportuno.
Jesús mío, también yo me uno a Ti, hago mías tus
plegarias, tus reparaciones, tus oportunos remedios para cada alma. Quiero mezclar mis lágrimas a las tuyas, a
fin de que jamás estés solo, sino que siempre me tengas contigo para dividir
tus penas.
Veo, dulce amor mío, que ya estás a los pies de Judas,
oigo tu respiro afanoso, veo que no sólo lloras, sino que sollozas, y mientras
lavas aquellos pies, los besas, te los estrechas al corazón, y no pudiendo
hablar porque tu voz está ahogada por el llanto, lo miras con tus ojos
hinchados por el llanto y le dices con el corazón:
“Hijo mío, ah, te ruego con la voz de mis lágrimas: ¡No te vayas al infierno, dame tu alma que
postrado a tus pies te pido! Di, ¿qué
quieres? ¿Qué pretendes? Todo te daré con tal de que no te
pierdas. ¡Ah, evítame este dolor, a Mí,
tu Dios!”
Y te estrechas de nuevo esos pies a tu corazón,
pero viendo la dureza de Judas, tu corazón se ve en apuros, el amor te sofoca y
estás a punto de desfallecer. Corazón
mío y vida mía, permíteme que te sostenga entre mis brazos. Comprendo que estas son las estratagemas
amorosas que usas con cada pecador obstinado, y yo te ruego, oh Jesús, mientras
te compadezco y te doy reparación por las ofensas que recibes de las almas que
se obstinan en no quererse convertir, que me permitas recorrer junto contigo la
tierra, y donde estén los pecadores obstinados démosles tus lágrimas para
ablandarlos, tus besos y tus abrazos de amor para encadenarlos a Ti, de manera
que no te puedan huir, y así consolarte por el dolor de la pérdida de Judas.
Jesús mío, gozo y delicia mía, veo que tu amor corre, y
rápidamente corre, te levantas, doliente como estás, y casi corres a la mesa
donde está ya preparado el pan y el vino para la consagración. Te veo, corazón mío, que tomas un aspecto
todo nuevo y nunca antes visto, tu Divina Persona toma un aspecto tierno,
amoroso, afectuoso, tus ojos resplandecen de luz, más que si fueran soles; tu
rostro encendido resplandece; tus labios sonrientes, abrasados de amor; y tus
manos creadoras se ponen en actitud de crear.
Te veo, amor mío, todo transformado, parece como si tu Divinidad se desbordara
fuera de tu Humanidad.
Corazón mío y Vida mía, Jesús, este aspecto tuyo jamás
visto, llama la atención de todos los apóstoles, ellos son presa de un dulce
encanto y no se atreven ni siquiera respirar.
La dulce Mamá corre en espíritu a los pies del altar, para contemplar
los portentos de tu amor; los ángeles descienden del Cielo y se preguntan entre
ellos: “¿qué sucede? ¿Qué pasa?” ¡Son verdaderas locuras, verdaderos
excesos! ¡Un Dios que crea, no el cielo
o la tierra, sino a Sí mismo. ¿Y
donde? ¡Dentro de la materia vilísima
de un poco de pan y un poco de vino!
Pero mientras están todos en torno a Ti, oh amor
insaciable, veo que tomas el pan entre las manos, lo ofreces al Padre y
oigo tu voz dulcísima que dice: “Padre
Santo, gracias te sean dadas, pues siempre escuchas a tu Hijo. Padre Santo, concurre conmigo, Tú un día me
enviaste del Cielo a la tierra a encarnarme en el seno de mi Mamá para venir a
salvar a nuestros hijos, ahora permíteme que me encarne en cada una de las
hostias para continuar su salvación y ser vida de cada uno de mis hijos. Mira, oh Padre, pocas horas me quedan de
vida, ¿cómo tendré corazón para dejar solos y huérfanos a mis hijos? Son muchos sus enemigos, las tinieblas, las
pasiones, las debilidades a que están sujetos, ¿quién los ayudará? ¡Ah, te suplico que Yo permanezca en cada
hostia para ser vida de cada uno y poner en fuga a sus enemigos, y ser su luz,
fuerza y ayuda, de otra manera, ¿a dónde irán?
¿Quién los ayudará? Nuestras
obras son eternas, mi amor es irresistible, no puedo ni quiero dejar a mis
hijos.”
El Padre se enternece ante la voz tierna y afectuosa del
Hijo, y desciende del Cielo. Está ya
sobre el altar y unido con el Espíritu Santo para concurrir con el Hijo. Y Jesús con voz sonora y conmovedora
pronuncia las palabras de la Consagración, y sin dejarse a Si mismo, crea a Si
mismo en aquel pan y en aquel vino.
Después te das en comunión a tus apóstoles, y creo que nuestra Celestial
Mamá no quedó privada de recibirte. ¡Ah
Jesús, los Cielos se postran, y todos te mandan un acto de adoración en tu
nuevo estado de tan profundo aniquilamiento!
Pero, oh dulce Jesús, mientras tu amor queda contentado y
satisfecho no teniendo otra cosa qué hacer, veo, oh mi bien, sobre este altar,
en tus manos, todas las hostias consagradas que se perpetuarán hasta el fin de
los siglos, y en cada una de las hostias desplegada toda tu dolorosa Pasión,
porque las criaturas, a los excesos de tu amor, corresponderán con excesos de
ingratitud y de enormes delitos, y yo, corazón de mi corazón, quiero
encontrarme siempre contigo en cada uno de los tabernáculos, en todos los
copones y en cada una de las hostias consagradas que habrá hasta el fin del
mundo, para ofrecerte mis actos de reparación a medida que recibes las
ofensas. Por eso corazón mío, me pongo
cerca de Ti y te beso la frente majestuosa, pero mientras te beso siento en mis
labios los pinchazos de las espinas que circundan tu cabeza. Oh mi Jesús, en esta hostia santa no te
limitan las espinas como en la Pasión, veo que las criatura vienen a tu
presencia y en vez de darte el homenaje de sus pensamientos, te mandan sus
pensamientos malos, y Tú de nuevo bajas la cabeza como en la Pasión para
recibir las espinas de los malos pensamientos que se hacen en tu
presencia. Oh mi amor, junto contigo la
abajo también yo para dividir contigo tus penas, y pongo todos mis pensamientos
en tu mente para quitar estas espinas que tanto te hacen sufrir, y cada
pensamiento mío corra en cada pensamiento tuyo para hacerte el acto de
reparación por cada pensamiento malo y así endulzar tus afligidos pensamientos.
Jesús mío, bien mío, beso tus bellos ojos, te veo en esta
hostia santa, con estos ojos amorosos, en acto de esperar a todos aquellos que
vienen a tu presencia para mirarlos con tus miradas de amor, para tener la
correspondencia de sus miradas amorosas, pero cuántos vienen a tu presencia y
en vez de mirarte a Ti y buscarte a Ti, miran cosas que los distraen de Ti, y
te privan del gusto del intercambio de las miradas entre Tú y ellos, y Tú
lloras, y por eso, besándote, siento mis labios bañados por tus lágrimas. Ah, mi Jesús, no llores, quiero poner mis
ojos en los tuyos para compartir estas tus penas y llorar contigo, y repararte
por todas las miradas distraídas de las criaturas con ofrecerte mis miradas y
tenerlas siempre fijas en Ti.
Jesús mío, amor mío, beso tus santísimos oídos, ah, te
veo atento para escuchar lo que las criaturas quieren de Ti, para consolarlas,
pero ellas, en cambio, te hacen llegar a los oídos oraciones mal hechas, llenas
de desconfianza, oraciones hechas más por costumbre y sin vida, y tus oídos en
esta hostia santa son molestados más que en la misma Pasión. Oh mi Jesús, quiero tomar todas las armonías
del Cielo y ponerlas en tus oídos para repararte estas penas, y quiero poner
mis oídos en los tuyos, no sólo para compartir contigo esta pena, sino para
estar siempre atenta a lo que quieres, a lo que sufres, para poner pronto mi
acto de reparación y consolarte.
Jesús, vida mía, beso tu santísimo rostro, lo veo
ensangrentado, lívido e hinchado. Las
criaturas, oh Jesús, vienen ante esta hostia santa, y con sus posturas
indecentes, con sus conversaciones malas que hacen delante a Ti, en vez de
darte honor te dan bofetadas y salivazos, y Tú, como en la Pasión, con toda paz
y paciencia los recibes, y todo soportas.
Oh Jesús, quiero poner mi rostro junto al tuyo, no sólo para acariciarte
y besarte conforme te llegan estas bofetadas y quitarte los salivazos, sino que
quiero fundir mi rostro en el tuyo para dividir contigo estas penas, también
quiero hacer de mi ser tantos diminutos pedacitos para ponerlos ante Ti como
tantas estatuas arrodilladas continuamente, para repararte por todos los
deshonores que te hacen en tu presencia.
Jesús, mi todo, beso tu dulcísima boca. Ah, veo que al descender en los corazones de
las criaturas, el primer apoyo que Tú haces es sobre la lengua. ¡Oh, cómo quedas amargado encontrando muchas
lenguas mordaces, impuras, malas, ah, Tú te sientes atormentar por esas
lenguas, y peor aun cuando desciendes a sus corazones. ¡Oh Jesús, si fuera posible quisiera
encontrarme en la boca de cada una de las criaturas para endulzarte y repararte
cualquier ofensa que recibas de ellas.
Fatigado bien mío, beso tu santísimo cuello, te veo
cansado, agotado y todo ocupado en tu trabajo de amor, dime qué haces.
Y Jesús: “Hija
mía, Yo en esta hostia trabajo desde la mañana hasta la noche, formando
continuas cadenas de amor, a fin de que conforme las almas vienen a Mí, Yo las
hago encontrar pronta mi cadena de amor para encadenarlas a mi corazón; ¿pero sabes
tú qué me hacen ellas a cambio? Muchas
toman a mal estas mis cadenas, y por la fuerza se liberan de ellas y las hacen
pedazos, y como estas cadenas están atadas a mi corazón, Yo quedo torturado y
doy en delirio; al romper mis cadenas tiran al vacío mi trabajo que hago en el
Sacramento, y buscan las cadenas de las criaturas, y esto lo hacen aun en mi
presencia, sirviéndose de Mí para lograr sus intentos. Esto me da tanto dolor que me da una fiebre
tan violenta que me hace desfallecer y delirar.”
Prisionero de amor, Tú estás no sólo aprisionado sino también
encadenado, y con ansia febril estás esperando los corazones de las criaturas
para descender en ellos y salir de tu prisión, y con las cadenas que te ataban
encadenar sus almas a tu Amor. Pero con
sumo dolor ves que vienen ante Ti con un aire indiferente, sin premuras por
recibirte; otras de hecho no te reciben; y otras, si te reciben, sus corazones están
atados por otros amores y llenos de vicios, como si Tú fueras despreciable, y Tú,
vida mía, estás obligado a salir de estos corazones encadenado como entraste,
porque no te han dado la libertad de hacerse atar, y han cambiado tus ansias en
llanto. Jesús mío, permíteme que
enjugue tus lágrimas y te tranquilice el llanto con mi amor, y para repararte
te ofrezco las ansias y suspiros, los deseos ardientes que te han dado todos
los santos que han existido y existirán, los de tu Mamá y el mismo Amor del
Padre y del Espíritu Santo, y yo haciendo mío este Amor, quiero ponerme a las
puertas del tabernáculo para hacerte las reparaciones y gritar detrás a las
almas que quisieran recibirte para hacerte llorar, ‘te amo’, y tantas veces
intento repetir estos actos de reparación, por cuantos contentos das a todos
los santos, y por cuantos movimientos contiene la Santísima Trinidad.
Coronada Mamá, te beso el corazón y te pido que custodies
mis afectos, mis deseos, mis latidos, mis pensamientos, y que los pongas como lámparas
a la puerta de los tabernáculos para cortejar a Jesús.
¡Cuánto te compadezco, oh Jesús! Tu amor es puesto en aprietos, ¡ah! te
ruego, para consolarte por las ofensas que recibes y para repararte por tus
cadenas que son hechas pedazos, que encadenes mi corazón con todas estas
cadenas para poder darte por todos mi correspondencia de amor.
Jesús mío, flechero divino, beso tu pecho. Es tal y tanto el fuego que él contiene, que
para dar un poco de desahogo a tus llamas que se elevan tan alto, Tú, queriendo
hacer un descanso en tu trabajo, quieres jugar en el Sacramento, y tu juego es
formar flechas, dardos, saetas, a fin de que cuando vengan ante Ti, Tú te pongas
a jugar con las criaturas, haciendo salir de tu pecho tus flechas para
flecharlas, y cuando las reciben Tú haces fiesta y formas tu juego, pero
muchas, oh Jesús, te las rechazan, enviándote en correspondencia flechas de
frialdad, dardos de tibieza y saetas de ingratitud; y Tú quedas tan afligido
por esto, que lloras porque las criaturas te hacen fracasar en tu juego de
amor. Oh Jesús, he aquí mi pecho
dispuesto a recibir no sólo tus flechas destinadas para mí, sino también
aquellas que te rechazan los demás, y así no quedarás más frustrado en tus
juegos, y quiero también repararte por las frialdades, las tibiezas y las
ingratitudes que recibes.
Oh Jesús, beso tu mano izquierda y quiero reparar por
todos los tocamientos ilícitos y no santos hechos en tu presencia, y te ruego
que con esta mano me tengas siempre estrechada a tu corazón.
Oh Jesús, beso tu mano derecha, e intento reparar todos
los sacrilegios, especialmente las misas malamente celebradas. ¡Cuántas veces, amor mío Tú eres obligado a
descender del Cielo a las manos de los sacerdotes, que en virtud de su potestad
te llaman, y encuentras esas manos llenas de fango, que chorrean inmundicia, y
Tú, aunque sientes náusea de esas manos te ves obligado por tu amor a permanecer
en ellas! Es más, en algunos
sacerdotes, Tú encuentras en ellos a los sacerdotes de tu Pasión, que con sus
enormes delitos y sacrilegios renuevan el deicidio. ¡Jesús mío, me da espanto el sólo pensarlo! Y otra vez, como en la Pasión, te estás en
aquellas manos indignas, como manso corderito, esperando de nuevo tu
muerte. ¡Oh Jesús, cuánto sufres, Tú
quisieras una mano amorosa para liberarte de esas manos sanguinarias! Ah, te ruego que cuando te encuentres en
esas manos me llames para estar presente, y para repararte quiero cubrirte con
la pureza de los ángeles, perfumarte con tus virtudes para disminuir el hedor
de aquellas manos y mi corazón como consuelo y refugio, y mientras estés en mí
yo te rogaré por los sacerdotes, para que sean dignos ministros tuyos, y no
pongan en peligro tu Vida Sacramental.
Oh Jesús, beso tu pie izquierdo, y quiero repararte por
quienes te reciben por rutina y sin la debidas disposiciones.
Oh Jesús, beso tu pie derecho, y quiero repararte por
aquellos que te reciben para ultrajarte.
Ah, te ruego que cuando se atrevan a hacer esto, renueves el milagro
cuando Longinos te traspasó el corazón con la lanza, y al flujo de aquella
sangre que brotó, tocándole los ojos lo convertiste y lo sanaste, y así, a tu
toque Sacramental, conviertas las ofensas en amor.
Oh Jesús, beso tu corazón, contra el cual se hacen todas
las ofensas, y yo intento repararte de todo, y por todos darte una
correspondencia de amor, y siempre junto contigo compartir tus penas.
Ah, te ruego celestial flechero de amor, si alguna ofensa
huye a mi reparación, aprisióname en tu corazón y en tu Voluntad, a fin de que
nada se me escape. Rogaré a la dulce
Mamá que me tenga alerta, y junto con Ella te repararemos todo y por todos,
juntas te besaremos, y haciéndonos tu defensa alejaremos de Ti las olas de las
amarguras que recibes de las criaturas.
Ah Jesús, recuerda que también yo soy una pobre encarcelada, es verdad
que tu cárcel es más estrecha, cual es el breve giro de una hostia, por eso
enciérrame en tu corazón, y con las cadenas de tu amor no solo aprisióname,
sino ata uno por uno mis pensamientos, mis afectos, mis deseos, átame las manos
y los pies a tu corazón para que yo no tenga otras manos y otros pies que los
tuyos. Así que, amor mío, mi cárcel
será tu corazón, las cadenas el amor, las puertas que me impedirán salir será
tu Santísima Voluntad, tus llamas serán mi alimento, tu respiro será el mío,
así que no veré más que llamas, no tocaré sino fuego, que me darán vida y
muerte, como la que sufres Tú en la hostia, y así te daré mi vida; y mientras
yo quedaré aprisionada en Ti, Tú quedarás libre en mí. ¿No ha sido este tu intento al encarcelarte
en la hostia, el ser desencarcelado por las almas que te reciben, tomando vida
en ellas? Por eso, en señal de amor
bendíceme y dame un beso, yo te abrazo y permanezco en Ti.
Pero, oh dulce corazón mío, veo que después de que has
instituido el Santísimo Sacramento y que has visto las enormes ingratitudes y
ofensas de las criaturas, si bien quedas herido y amargado, no te haces para
atrás, es más, quieres ahogarlo todo en la inmensidad de tu amor; veo que
instruyes a tus apóstoles, y después agregas que lo que has hecho Tú lo deben
hacer ellos también, dándoles potestad de consagrar, y de tal manera los
ordenas sacerdotes e instituyes este otro sacramento. Así que, oh Jesús, en todo piensas y todo reparas, las
predicaciones mal hechas, los sacramentos administrados y recibidos sin
disposiciones, y por eso, sin efectos; las vocaciones equivocadas de los sacerdotes,
por parte de ellos como por parte de quien los ordena, no usando todos los
medios para conocer las verdaderas vocaciones.
Nada se te escapa, oh Jesús, y yo quiero seguirte y reparar todas estas
ofensas.
Después de que has dado cumplimiento a todo, en compañía
de tus apóstoles te encaminas al huerto de Getsemaní para dar principio a tu
dolorosa Pasión. Te seguiré en todo,
para hacerte fiel compañía.
+ + +
De las 9 a las
10 de la noche
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo
por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y
fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para
abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Mi afligido Jesús, como por una corriente eléctrica me
siento atraída a este huerto, comprendo que Tú, imán potente para mi herido
corazón me llamas, y yo corro pensando entre mí: “¿Qué son estas atracciones de amor que siento en mí? ¡Ah, tal vez mi perseguido Jesús se
encuentra en estado de tal amargura, que siente la necesidad de mi
compañía!” Y yo vuelo, ¿pero qué?, me
siento horrorizada al entrar en este huerto, la oscuridad de la noche, la
intensidad del frío, el lento moverse de las hojas, que como tristes y débiles
voces, anuncian penas, tristezas y muerte para mi dolorido Jesús. El dulce centellear de las estrellas, que
como ojos llorosos están todas atentas a mirarlo, y haciendo eco a las lágrimas
de Jesús me reprochan por mis ingratitudes, y yo tiemblo y a tientas lo voy buscando,
lo llamo: “Jesús, ¿dónde estás? ¿Me llamas y no te dejas ver? ¿Me llamas y te escondes?” Pero todo es terror, todo es espanto y
silencio profundo. Pongo atentos mis
oídos y oigo un respiro afanoso, y es precisamente a Jesús a quien encuentro, pero
qué cambio funesto, no es más el dulce Jesús de la cena eucarística, en donde
su rostro resplandecía con una belleza deslumbrante y raptora, sino que está
triste, con una tristeza mortal que desfigura su natural belleza. Ya agoniza y me siento turbada pensando que
tal vez no escucharé más su voz, porque parece que muere. Por eso me abrazo a sus pies; me hago más
atrevida y me acerco a sus brazos, le pongo la mano en la frente para sostenerlo y en voz baja lo llamo: “Jesús, Jesús.” Y Él, sacudido por mi voz, me mira y me dice:
“Hija, ¿estás aquí?
¡Ah! te estaba esperando, y era esta la tristeza que más me oprimía, el
total abandono de todos, y te esperaba a ti para hacerte ser espectadora de mis
penas, y hacerte beber junto conmigo el cáliz de las amarguras que dentro de
poco mi Padre Celestial me enviará por medio de un ángel. Lo beberemos juntos, no será un cáliz de
consuelo sino de amarguras intensas, y siento la necesidad de que alguna alma
amante beba alguna gota al menos, por eso te he llamado, para que tú lo aceptes
y compartas conmigo mis penas y me asegures que no me dejarás solo en tanto
abandono”.
¡Ah! sí, mi atormentado Jesús, beberemos juntos el cáliz
de tus amarguras, sufriremos juntos tus penas
y no me apartaré jamás de tu lado.
Y el afligido Jesús, después de habérselo asegurado,
entra en agonía mortal, sufre penas jamás vistas ni entendidas, y yo, no
pudiendo resistir y queriendo compadecerlo y aliviarlo le digo: “Dime, ¿por qué estás tan triste, afligido y
solo en este huerto y en esta noche? Es
la última noche de tu vida sobre la tierra, pocas horas te quedan para dar
principio a tu Pasión. Creí encontrar
aquí al menos a la Celestial Mamá, a la amante Magdalena y a tus fieles
apóstoles, en cambio te encuentro solo, en poder de una tristeza que te da
muerte despiadada, sin hacerte morir.
Oh mi bien, mi todo, ¿no me respondes?
¡Háblame! Pero parece que te
falta la palabra, tanta es la tristeza que te oprime. Pero, oh mi Jesús, tu mirada, llena de luz, sí, pero afligida e
indagadora, que parece que buscas ayuda, tu rostro pálido, tus labios abrazados
por el amor, tu Divina Persona que tiembla toda de pies a cabeza, tu corazón
que late fuerte, fuerte, y aquellos latidos buscan almas y te dan tal afán que
parece que de un momento a otro expires, me dicen que estás solo y por eso
buscas mi compañía.” ¡Heme aquí oh mi Jesús,
toda para Ti, junto contigo! Mi corazón
no resiste el verte tirado en la tierra; te tomo entre mis brazos y te estrecho
a mi corazón, quiero numerar uno por uno tus afanes, una por una las ofensas
que te hacen, para darte alivio por todo, reparación por todo, y por todo, al menos compadecerte.
Pero, oh mi Jesús, mientras te tengo entre mis brazos,
tus sufrimientos se acrecientan, siento, oh vida mía, correr en tus venas un
fuego, y siento que la sangre te hierve y quiere romperlas para salir
fuera. Dime amor mío, ¿qué tienes? No veo flagelos, no espinas, no clavos ni
cruz, no obstante apoyando mi cabeza sobre tu corazón siento que crueles
espinas te traspasan la cabeza; azotes despiadados no te dejan a salvo ninguna
parte, ni dentro ni fuera de tu Divina Persona; tus manos paralizadas y
contraídas más que por clavos. Dime
dulce bien mío, ¿quién tiene tanto poder, aun en tu interior, que te atormenta
y te hace sufrir tantas muertes por cuantos tormentos te da? Ah, me parece que Jesús bendito abre sus
labios moribundos y me dice:
“Hija mía, ¿quieres saber quién me atormenta más que los
mismos verdugos? Es más, estos verdugos
son nada en comparación de esto. Es el
Amor Eterno que queriendo el primado en todo, me está haciendo sufrir todo
junto y en las partes más íntimas lo que los verdugos me harán sufrir poco a
poco. Ah, hija mía, es el amor el que
prevalece en todo sobre Mí, y en Mí el amor me es clavo, el amor me es flagelo,
el amor me es corona de espinas, el amor me es todo, el amor es mi Pasión
perenne, mientras que la de los hombres es temporal. Ah hija mía, entra en mi corazón, ven a perderte en mi amor, pues
sólo en mi amor comprenderás cuánto he sufrido y cuánto te he amado, y
aprenderás a amarme y a sufrir sólo por amor.”
Oh mi Jesús, ya que Tú me llamas dentro de tu corazón
para hacerme ver lo que el amor te hace sufrir, yo entro en él. Pero mientras entro veo los portentos del
amor, que no te corona la cabeza con espinas materiales, sino con espinas de
fuego; que no te azota con látigos de cuerdas, sino con látigos de fuego; que
te crucifica no con clavos de fierro, sino de fuego; todo es fuego que penetra
hasta los huesos, y en la misma médula, convirtiendo toda tu Santísima
Humanidad en fuego, te da penas mortales, ciertamente más que en la misma
Pasión, y prepara un baño de amor a todas las almas que querrán lavarse de
cualquier mancha y adquirir el derecho de hijas del amor.
¡Oh amor sin término, yo siento retroceder ante tal
inmensidad de amor, y veo que para poder entrar en el amor y comprenderlo,
debería ser toda amor! ¡Oh mi Jesús, no
lo soy...! Pero ya que Tú quieres mi
compañía y quieres que entre en Ti, te suplico que me conviertas toda en
amor. Por eso te pido que corones mi
cabeza, cada uno de mis pensamientos con la corona del amor; te suplico, oh
Jesús, que me azotes con el flagelo del amor mi alma, mi cuerpo, mis potencias,
mis sentimientos, mis deseos, mis afectos, en suma, todo, y en todo quede flagelada
y sellada por el amor. Haz, oh amor
interminable, que no haya cosa en mí que no tome vida del amor.
Oh Jesús, centro de todos los amores, te suplico que
claves mis manos, mis pies con los clavos del amor, a fin de que toda clavada
por el amor me convierta en amor, el amor entienda, de amor me vista, de amor
me alimente, el amor me tenga toda clavada en Ti, a fin de que ninguna cosa,
dentro y fuera de mí, se atreva a tocarme y desviarme y alejarme del amor, oh
Jesús.
+ + +
De las 10 a las
11 de la noche
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo
por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y
fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos para
abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Oh mi dulce Jesús, ya ha pasado una hora desde que te
encontré en este huerto; el amor ha tomado el primado en todo, haciéndote
sufrir todo junto, todo lo que los verdugos te harán sufrir a lo largo de tu
amarguísima Pasión; es más, suple y llega a hacerte sufrir lo que ellos no
pueden hacerte, en las partes más íntimas de tu Divina Persona. Oh mi Jesús, te veo vacilante en los pasos,
no obstante quieres caminar. Dime, oh
mi bien, ¿a dónde quieres ir? Ah, he
entendido, quieres ir a encontrar a tus amados discípulos; yo quiero
acompañarte a fin de que si Tú vacilas yo te sostenga.
Pero, oh mi Jesús, otra amargura para tu corazón, ellos
duermen, y Tú siempre piadoso los llamas, los despiertas, y con amor todo
paterno los amonestas y les recomiendas la vigilia y la oración, y regresas al
huerto, pero te llevas otra herida en el corazón. En esa herida veo, oh amor mío, todas las heridas de las almas
consagradas a Ti, que, o por tentaciones, o por estado de ánimo, o por falta de
mortificación, en vez de estrecharse a Ti, de vigilar y orar, se abandonan a sí
mismas, y soñolientas, en vez de progresar en el amor y en la unión contigo,
retroceden. Cuánto te compadezco, oh
amante apasionado, y te reparo todas las ingratitudes de tus más fieles. Son estas las ofensas que más entristecen tu
corazón adorable, y es tal y tanta su amargura, que te hacen dar en delirio.
Pero, oh amor sin confines, tu amor que ya bulle en tus
venas vence todo y todo olvida. Te veo
postrado por tierra y oras, te ofreces, reparas y en todo buscas glorificar al
Padre por las ofensas hechas a Él por las criaturas. También yo, oh mi Jesús, me postro contigo y junto contigo
intento hacer lo que haces Tú.
Pero, oh Jesús, delicia de mi corazón, veo que en tropel
todos los pecados, nuestras miserias, nuestras debilidades, los delitos más
enormes, las más negras ingratitudes te vienen al encuentro, se te arrojan
encima, te aplastan, te atacan, te hieren, y Tú, ¿qué haces? La sangre que te hierve en las venas hace
frente a todas estas ofensas, rompe las venas y como ríos sale fuera, te baña
todo, corre por tierra, y das sangre por ofensas, vida por muerte. ¡Ah amor, a qué estado te veo reducido! Tú expiras.
Oh mi bien, dulce vida mía, no te mueras, levanta la cara de esta tierra
que has bañado con tu santísima sangre, ven a mis brazos, haz que yo muera en
vez de Ti.
Pero oigo la voz trémula y moribunda de mi dulce Jesús
que dice: “¡Padre, si es posible pase
de Mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la Tuya!”
Ya es la segunda vez que oigo esto de mi dulce Jesús,
¿pero qué cosa me hace entender con este “Padre, si es posible pase de Mí este
cáliz?” Oh Jesús, se te hacen presentes
todas las rebeliones de las criaturas; aquel “Fiat Voluntas Tua” que debía ser
la vida de cada criatura, lo ves rechazado por casi todas, y en vez de
encontrar la vida encuentran la muerte; y Tú queriendo dar la vida a todas y
hacer una solemne reparación al Padre por las rebeliones de las criaturas, por
tres veces repites: “Padre, si es
posible pase de Mí este cáliz”, es decir, que las almas sustrayéndose de
nuestra Voluntad se pierdan; este cáliz para Mí es muy amargo, pero no se haga
mi voluntad, sino la Tuya.”
Pero mientras dices esto, es tal y tanta tu amargura que
desfalleces, agonizas y estás a punto de dar el último respiro.
Oh mi Jesús, mi bien, ya que estás entre mis brazos
quiero también yo junto contigo, repararte y compadecerte por todos los pecados
que se cometen contra tu Santísimo Querer, y al mismo tiempo suplicarte que en
todo yo haga siempre tu Santísima Voluntad.
Tu Voluntad sea mi respiro, mi aire; tu Voluntad sea mi latido, mi
corazón, mi pensamiento, mi vida y mi muerte.
Pero, ah, no mueras, ¿adónde iré sin Ti? ¿A quién me dirigiré? ¿Quién me dará ayuda? ¡Todo terminará para mí! Ah, no me dejes, tenme como quieras, como más
te plazca, pero tenme contigo, siempre contigo; jamás sea que por un solo
instante quede separada de Ti. Déjame
endulzarte, repararte y compadecerte por todos, porque veo que todos los
pecados, de cualquier especie que sean, pesan sobre Ti.
Por eso amor mío beso tu santísima cabeza, ¿pero qué
veo? Veo todos los malos pensamientos,
y Tú sientes horror de ellos. A tu
santísima cabeza cada pensamiento malo le es una espina que te hiere acerbamente. Ah, ante esto es nada la corona de espinas
que te pondrán los judíos; cuántas coronas de espinas te ponen sobre tu cabeza
adorable los malos pensamientos de las criaturas, tantas, que la sangre te
chorrea por todas partes, por la frente, de entre los cabellos. Jesús, te compadezco y quisiera ponerte
otras tantas coronas de gloria, y para endulzarte te ofrezco todas las inteligencias
angélicas y tu misma inteligencia, para ofrecerte una compasión y una
reparación por todos.
Oh Jesús, beso tus ojos piadosos y en ellos veo todas las
malas miradas de las criaturas, que hacen correr sobre tu rostro lágrimas de
sangre. Te compadezco y quisiera
endulzar tu vista poniéndote delante todos los placeres que se puedan encontrar
en el Cielo y en la tierra.
Jesús, mi bien, beso tus santísimos oídos. ¿Pero qué escucho? Oigo en ellos el eco de las horrendas blasfemias, los gritos de
venganza y de maledicencia; no hay voz que no resuene en tus castísimos
oídos. Oh amor insaciable, te
compadezco y quiero consolarte haciendo resonar en ellos todas las armonías del
Cielo, la voz dulcísima de la amada Mamá, los encendidos acentos de la
Magdalena y de todas las almas amantes.
Jesús, vida mía, un beso más ardiente quiero poner en tu
rostro, cuya belleza no tiene par. Ah,
este es el rostro ante el cual los ángeles ávidamente desean grabárselo, por la
tanta belleza que los rapta, no obstante las criaturas lo ensucian con
salivazos, lo golpean con bofetadas y lo pisotean bajo los pies. ¡Amor mío, qué osadía! ¡Quisiera gritar tanto, para ponerlos en
fuga! Te compadezco, y para reparar
todos estos insultos me dirijo a la Trinidad Sacrosanta para pedir el beso del
Padre y del Espíritu Santo, las inimitables caricias de sus manos creadoras, me
dirijo también a la Celestial Mamá, a fin de que me dé sus besos, las caricias
de sus manos maternas, sus adoraciones profundas, me dirijo después a todas las
almas consagradas a Ti y todo te ofrezco para repararte por las ofensas hechas
a tu santísimo rostro.
Dulce bien mío, beso tu dulcísima boca, amargada por las
horribles blasfemias, por la náusea de las embriagueces y gulas, por las conversaciones
obscenas, por las oraciones mal hechas, por las malas enseñanzas, por todo lo
que de mal hace el hombre con la lengua.
Jesús, te compadezco y quiero endulzar tu boca ofreciéndote todas las
alabanzas angélicas y el buen uso que hacen tantos santos cristianos de la lengua.
Oprimido amor mío, beso tu cuello y lo veo cargado de
sogas y cadenas por los apegos y los pecados de las criaturas. Te compadezco y para aliviarte te ofrezco la
unión indisoluble de las Divinas Personas y yo, fundiéndome en esta unión te
extiendo mis brazos, y formando en torno a tu cuello una dulce cadena de amor,
quiero alejar de ti las cuerdas de los apegos que casi te sofocan, y para endulzarte
te estrecho fuerte a mi corazón.
Fortaleza divina, beso tus santísimos hombros. Los veo lacerados y tus carnes casi
arrancadas a pedazos por los escándalos y los malos ejemplos de las criaturas. Te compadezco y para aliviarte te ofrezco
tus santísimos ejemplos, los ejemplos de la Reina Mamá y los de todos los
santos; y yo, oh mi Jesús, haciendo correr mis besos sobre cada una de estas
llagas quiero encerrar en ellas a las almas que por vía de escándalo te han
sido arrancadas del corazón, y quiero así sanar las carnes de tu santísima
Humanidad.
Mi atormentado Jesús, beso tu pecho que veo herido por
las frialdades, tibiezas, falta de correspondencia e ingratitudes de las
criaturas. Te compadezco, y para
endulzarte te ofrezco el recíproco amor del Padre, de Ti y del Espíritu Santo,
la correspondencia perfecta de las tres Divinas Personas, y yo, oh mi Jesús,
sumergiéndome en tu amor quiero hacerte un refugio para poder rechazar los
nuevos golpes que las criaturas te lanzan con sus pecados, y tomando tu amor
quiero con él herirlas para que ya no se atrevan a ofenderte más, y quiero
derramarlo en tu pecho para endulzarte y sanarte.
Mi Jesús, beso tus manos creadoras, veo todas las malas
acciones de las criaturas que como otros tantos clavos traspasan tus santísimas
manos, así que no con tres clavos, como sobre la cruz, Tú quedas traspasado,
sino con tantos clavos por cuantas obras malas cometen las criaturas. Te compadezco, y para endulzarte te ofrezco
todas las obras santas, el valor de los mártires al dar su sangre y su vida por
tu amor; quisiera en suma, oh Jesús mío, ofrecerte todas las obras buenas para
quitarte los tantos clavos de las obras malas.
Oh Jesús, beso tus pies santísimos, siempre incansables
en la búsqueda de almas; en ellos encierras todos los pasos de las criaturas,
pero muchas de ellas sientes que te huyen y Tú quisieras aferrarlas. Por cada mal paso te sientes clavar un
clavo, y Tú quieres servirte de esos mismos clavos para clavarlas a tu amor; y
tal y tanto es el dolor que sientes y el esfuerzo que haces por clavarlas a tu
amor, que te estremeces todo. Mi Dios y
mi bien, te compadezco, y para consolarte te ofrezco los pasos de todas las
almas fieles que exponen su vida para salvar almas.
Oh Jesús, beso tu corazón. Tú continúas agonizando, no por lo que te harán sufrir los
judíos, sino por el dolor que te causan todas las ofensas de las criaturas.
En estas horas Tú quieres dar el primado al amor, el
segundo lugar a todos los pecados, por los cuales Tú expías, reparas,
glorificas al Padre y aplacas a la Divina Justicia; y el tercer lugar a los
judíos. Con esto muestras que la Pasión
que te harán sufrir los judíos no será otra cosa que la representación de la
doble amarguísima Pasión que te hacen sufrir el amor y el pecado, y es por esto
que yo veo en tu corazón todo concentrado:
la lanza del amor, la lanza del pecado, y esperas la tercera lanza, la
lanza de los judíos, y tu corazón sofocado por el amor sufre contracciones
violentas, sentimientos impacientes de amor, deseos que te consumen y latidos
de fuego que quisieran dar vida a cada corazón. Y es propiamente aquí, en el corazón, donde sientes todo el dolor
que te causan las criaturas, las cuales con sus malos deseos, con sus
desordenados afectos, con sus latidos profanados, en vez de querer tu amor
buscan otros amores. ¡Jesús, cuánto
sufres! Te veo desfallecer sumergido
por las olas de nuestras iniquidades; te compadezco y quiero endulzar la
amargura de tu corazón triplemente traspasado, ofreciéndote las dulzuras
eternas y el amor dulcísimo de la amada Mamá María y el de todos tus verdaderos
amantes.
Y ahora, oh mi Jesús, haz que de tu corazón tome vida mi
pobre corazón, a fin de que no viva más que con tu solo corazón, y en cada
ofensa que recibas haz que yo esté siempre pronta a ofrecerte un alivio, un
consuelo, una reparación, un acto de amor jamás interrumpido.
+ + +
De las 11 a las
12 de la noche
Tercera hora de agonía en el Huerto de Getsemaní
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Dulce bien mío, mi corazón no resiste; te miro y veo que
sigues agonizando. La sangre a ríos te
escurre por todo el cuerpo y con tanta abundancia, que no sosteniéndote en pie
has caído en un lago de sangre. ¡Oh mi
amor, se me rompe el corazón al verte tan débil y agotado! Tu rostro adorable y tus manos creadoras se
apoyan en la tierra y se llenan de sangre; me parece que a los ríos de
iniquidad que te mandan las criaturas, Tú quieras dar ríos de sangre para hacer
que estas culpas queden ahogadas en ellos y así, con eso, dar a cada uno el
reescrito de tu perdón. Pero, oh mi
Jesús, reanímate, es demasiado lo que sufres; baste hasta aquí a tu amor.
Y mientras parece que mi amable Jesús muere en su propia
sangre, el amor le da nueva vida. Lo
veo moverse con dificultad, se pone de pie y así, manchado de sangre y de
fango, parece que quiere caminar, pero no teniendo fuerzas con trabajo se
arrastra. Dulce vida mía, deja que te
lleve entre mis brazos. ¿Vas tal vez a
tus amados discípulos? Pero cual no es
el dolor de tu adorable corazón al encontrarlos de nuevo dormidos. Y Tú con voz temblorosa y apagada los llamas: “Hijos míos, no durmáis, la hora está
próxima, ¿no veis a qué estado me he reducido?
Ah, ayúdenme, no me abandonéis en esta horas extremas.
Y casi vacilante estás a punto de caer a su lado,
mientras Juan extiende los brazos para sostenerte. Estás tan irreconocible que si no hubiera sido por la suavidad y
dulzura de tu voz, no te habrían reconocido.
Después, recomendándoles que estén despiertos y que oren, regresas al
huerto, pero con una segunda herida en el corazón. En esta herida veo, mi bien, todas las culpas de aquellas almas
que, no obstante las manifestaciones de tus favores en dones, besos y caricias,
en las noches de la prueba, olvidándose de tu amor y de tus dones, quedan
somnolientas y adormiladas, perdiendo así el espíritu de continua oración y
vigilancia.
Mi Jesús, es cierto que después de haberte visto, después
de haber gustado tus dones, para permanecer privados y resistir se necesita
gran fuerza, sólo un milagro puede hacer que tales almas resistan la
prueba. Por eso, mientras te compadezco
por esas almas, cuyas negligencias, ligerezas y ofensas son las más amargas a
tu corazón, te ruego que en caso de que ellas llegasen a dar un solo paso que
pueda en lo más mínimo disgustarte, las circundes de tanta Gracia que las
detengas, para que no pierdan el espíritu de continua oración.
Mi dulce Jesús, mientras regresas al huerto, parece que
no puedes más; levantas al Cielo la cara manchada de sangre y de tierra y por
tercera vez repites: “Padre, si es
posible pase de Mi este cáliz. Padre
Santo, ayúdame, tengo necesidad de consuelo; es verdad que por las culpas que
he tomado sobre Mí soy repugnante, despreciable, el último entre los hombres
ante tu Majestad infinita; tu Justicia está indignada conmigo; pero mírame, Oh
Padre, soy siempre tu Hijo, que formo una sola cosa contigo. ¡Ah, ayuda, piedad oh Padre, no me dejes sin
consuelo!”
Después me parece oír, oh dulce bien mío, que llamas en
tu ayuda a la amada Mamá: “Dulce Mamá,
estréchame entre tus brazos como me estrechabas siendo niño; dame aquella leche
que tomaba de ti para darme fuerzas y endulzar las amarguras de mi agonía; dame
tu corazón que es todo mi contento.
Mamá mía, Magdalena, amados apóstoles, todos vosotros que me amáis,
ayudadme, confortadme, no me dejéis solo en estos momentos extremos, hacedme
todos corona a mi alrededor, denme por consuelo vuestra compañía y vuestro
amor.”
Jesús, amor mío, ¿quién puede resistir el verte en estos
extremos? ¿Qué corazón será tan duro
que no se rompa al verte ahogado en sangre?
¿Quién no derramará a torrentes amargas lágrimas al escuchar los
dolorosos acentos que buscan ayuda y consuelo?
Jesús mío, consuélate; veo que ya el Padre te envía un
ángel como consuelo y ayuda, para que puedas salir de este estado de agonía y
puedas entregarte en manos de los judíos.
Y mientras estés con el ángel, yo recorreré Cielo y tierra. Tú me permitirás que tome esta sangre que
has derramado, a fin de que pueda darla a todos los hombres como prenda de la
salvación de cada uno y llevarte por consuelo y en correspondencia, sus
afectos, latidos, pensamientos, pasos y obras.
Celestial Mamá mía, vengo a Ti para que vayamos juntas a
todas las almas dándoles la sangre de Jesús.
Dulce Mamá, Jesús quiere consuelo, y el mayor consuelo que le podemos
dar es llevarle almas.
Magdalena,
acompáñanos; ángeles todos, venid a ver a qué estado se ha reducido Jesús. Él quiere consuelo de todos y es tal y tanto
el abatimiento en el cual se encuentra, que no rechaza ninguno.
Jesús mío, mientras bebes el cáliz lleno de intensas
amarguras que el Padre te ha enviado, oigo que suspiras más, que gimes y que
deliras, y con voz sofocada dices:
“¡Almas, almas, vengan, alívienme, tomen su puesto en mi Humanidad, os
quiero, os suspiro! ¡Ah, no seáis
sordas a mi voz, no hagáis vanos mis deseos ardientes, mi sangre, mi amor, mis
penas! ¡Vengan, almas, vengan!”
Delirante Jesús, cada gemido tuyo y suspiro es una herida
a mi corazón, que no me da paz, por lo que hago mía tu sangre, tu Querer, tu
ardiente celo, tu amor, y girando por Cielo y tierra quiero ir a todas las
almas para darles tu sangre como prenda de su salvación y llevártelas a Ti para
calmar tus deseos, tus delirios y endulzar las amarguras de tu agonía. Y mientras hago esto, Tú acompáñame con tu
mirada.
Mamá mía, vengo a Ti porque Jesús quiere almas, quiere
consuelo. Así que dame tu mano materna
y giremos juntas por todo el mundo en busca de almas. Encerremos en su sangre los afectos, los deseos, los
pensamientos, las obras, los pasos de todas las criaturas, y arrojemos en sus
almas las llamas del corazón de Jesús, a fin de que se rindan, y así,
encerradas en su sangre y transformadas en sus llamas, las conduciremos en
torno a Jesús para endulzarle las penas de su amarguísima agonía.
Angel mío de mi guarda, precédenos tú, y ve disponiendo a
las almas que han de recibir esta sangre, a fin de que ninguna gota quede sin
su copioso efecto. ¡Mamá mía, pronto,
giremos! Veo la mirada de Jesús que nos
sigue, escucho sus repetidos sollozos que nos incitan a apresurar nuestra
tarea.
Y he aquí, Mamá, a los primeros pasos nos encontramos a
las puertas de las casas donde yacen los enfermos. ¡Cuántos miembros desgarrados!
Cuántos bajo la atrocidad de los dolores prorrumpen en blasfemias e
intentan quitarse la vida, otros son abandonados por todos y no tienen quien
les dé una palabra de consuelo, ni los más necesarios socorros, y por eso
mayormente maldicen y se desesperan.
Ah, Mamá, escucho los sollozos de Jesús que ve correspondidas con
ofensas sus más delicadas predilecciones de amor que hacen sufrir a las almas
para volverlas semejantes a Él. Ah,
démosles su sangre, a fin de que les suministre las ayudas necesarias y con su
luz les haga comprender el bien que hay en el sufrir y la semejanza que
adquieren con Jesús; y tú Mamá mía, ponte a su lado y como Madre afectuosa toca
con tus manos maternas sus miembros doloridos, alivia sus dolores, tómalas en
tus brazos y de tu corazón derrama torrentes de gracias sobre todas sus
penas. Haz compañía a los abandonados,
consuela a los afligidos, a quien carece de los medios necesarios dispón tú
almas generosas que los socorran, a quien se encuentra bajo la atrocidad de los
dolores obtenles tregua y reposo, y así, fortalecidos, puedan con más paciencia
soportar cuanto Jesús dispone para ellos.
Sigamos nuestro recorrido y entremos en las estancias de
los moribundos. ¡Mamá mía, qué terror,
cuántas almas están por caer en el infierno, cuántas después de una vida de
pecado quieren dar el último dolor a ese corazón repetidamente traspasado,
coronando su último respiro con un acto de desesperación! Muchos demonios están en torno a ellas
infundiendo en su corazón terror y espanto de los divinos juicios, y así dar el
último asalto para llevarlas al infierno, quisieran hacer salir las llamas
infernales para envolverlas en ellas y así no dar lugar a la esperanza. Otras, atadas a los vínculos de la tierra no
saben resignarse a dar el último paso; ah Mamá, los momentos son extremos,
tienen mucha necesidad de ayuda, ¿no ves cómo tiemblan, cómo se debaten entre
los espasmos de la agonía, cómo piden ayuda y piedad? ¡La tierra ya ha desaparecido para ellas! Mamá Santa, pon tu mano materna sobre sus
heladas frentes, acoge Tú sus últimos respiros; demos a cada moribundo la
sangre de Jesús, y así, poniendo en fuga a los demonios, disponga a todos a
recibir los últimos sacramentos y a una buena y santa muerte. Por consuelo démosles la agonía de Jesús,
sus besos, sus lágrimas, su llagas; rompamos las ataduras que los tienen
atados, hagamos oír a todos la palabra del perdón y pongámosles tal confianza
en el corazón, que hagamos que se arrojen en los brazos de Jesús. Y así, cuando Él los juzgue los encontrará
cubiertos con su sangre, abandonados en sus brazos y a todos les dará su
perdón.
Continuemos aún, oh Mamá; tu mirada materna vea con amor
la tierra y se mueva a compasión de tantas pobres criaturas que tienen
necesidad de esta sangre. Mamá mía, me
siento incitada por la mirada indagadora de Jesús a correr, porque quiere
almas; oigo sus gemidos en el fondo de mi corazón que me repiten: “¡Hija mía, ayúdame, dame almas!”
Pero mira, oh Mamá, cómo la tierra está llena de almas que
están por caer en el pecado y Jesús rompe en llanto viendo a su sangre sufrir
nuevas profanaciones. Se requiere un
milagro que les impida la caída, por eso démosles la sangre de Jesús, para que
encuentren en ella la fuerza y la gracia para no caer en el pecado.
Un paso más, Mamá mía, y he aquí almas ya caídas en la
culpa, las cuales quisieran una mano que las levante, Jesús las ama pero las
mira horrorizado porque están enfangadas, y su agonía se hace más intensa. Démosles la sangre de Jesús, y así encuentren
esa mano que las levante. Mira,
oh Mamá, son almas que tienen necesidad de esta sangre, almas muertas a la
gracia; ¡oh cómo es deplorable su estado!
El Cielo las mira y llora con dolor, la tierra las mira con repugnancia,
todos los elementos están contra ellas y quisieran destruirlas, porque son
enemigas del Creador. Ah Mamá, la
sangre de Jesús contiene la vida, démosla pues a fin de que a su contacto estas
almas renazcan, pero renazcan más bellas, tanto, que hagan sonreír a todo el
Cielo y a toda la tierra.
Giremos aún, oh Mamá; mira, hay almas que llevan la marca
de la perdición, almas que pecan y huyen de Jesús, que lo ofenden y tienen
desesperanza de su perdón, son los nuevos Judas esparcidos por la tierra, y que
traspasan ese corazón tan amargado.
Démosles la sangre de Jesús, a fin de que esta sangre les borre la marca
de la perdición y les imprima la de la salvación; ponga en sus corazones tal confianza
y amor después de la culpa, que los haga correr a los pies de Jesús y estrecharse
a esos pies divinos para no separarse
de ellos jamás.
Mira, oh Mamá, hay almas que corren alocadamente hacia la
perdición y no hay quien las detenga su carrera. Ah, pongamos esta sangre delante a sus pies, para que al tocarla,
ante su luz y sus voces suplicantes porque las quiere salvas, puedan retroceder
y ponerse en el camino de la salvación.
Continuemos, Mamá, nuestro giro; mira, hay almas buenas,
almas inocentes en las que Jesús encuentra sus complacencias y el reposo en la
Creación, pero las criaturas van a su alrededor con tantas insidias y
escándalos, para arrancar esta inocencia y convertir las complacencias y el
reposo de Jesús en llanto y amarguras, como si no tuvieran otra mira que el dar
continuos dolores a ese corazón divino.
Sellemos y circundemos pues su inocencia con la sangre de Jesús, como si
fuera un muro de defensa, a fin de que no entre en ellas la culpa; con esa
sangre pon en fuga a quien quisiera contaminarlas, y conservarlas puras y sin
mancha, a fin de que Jesús encuentre su reposo en la Creación y todas sus
complacencias, y por amor a ellas se mueva a piedad de tantas otras pobres
criaturas. Mamá mía, pongamos a
estas almas en la sangre de Jesús, atémoslas una y otra vez con el Santo Querer
de Dios, llevémoslas a sus brazos, y con las dulces cadenas de su amor,
atémoslas a su corazón para endulzar las amarguras de su mortal agonía.
Pero escucha, oh Mamá, esta sangre grita y quiere todavía
otras almas; corramos juntas y vayamos a las regiones de los herejes y de los
infieles. ¡Cuánto dolor no siente Jesús
en estas regiones! Él, que es vida de
todos, no recibe en correspondencia ni siquiera un pequeño acto de amor y no es
conocido por sus mismas criaturas. Ah
Mamá, démosles esta sangre a fin de que les disipe las tinieblas de la ignorancia
y de la herejía, les haga comprender que tienen un alma, y abra a ellas el
Cielo. Después pongámoslas todas en la
sangre de Jesús y conduzcámoslas en torno a Él como tantos hijos huérfanos y
exiliados que encuentran a su Padre, y así Jesús se sentirá confortado en su
amarguísima agonía.
Pero parece que Jesús no está aún contento, porque quiere
otras almas aún. Las almas de los
moribundos en estas regiones se las siente arrancar de sus brazos para ir a
caer en el infierno. Estas almas están
ya a punto de expirar y precipitarse en el abismo, no hay nadie a su lado para
salvarlas; el tiempo apremia, los momentos son extremos y se perderán sin
duda. No, Mamá, esta sangre no será
derramada inútilmente por ellas, por eso volemos inmediatamente hacia ellas, derramemos
la sangre de Jesús sobre su cabeza y les sirva de bautismo e infunda en ellas
Fe, Esperanza y Amor. Ponte a su lado,
Mamá, suple todo lo que les falta, más aún, déjate ver, en tu rostro
resplandece la belleza de Jesús, tus modos son en todo iguales a los suyos, y
así, viéndote a Ti, con certeza podrán conocer a Jesús; después estréchalas a
tu corazón materno, infunde en ellas la vida de Jesús que Tú posees, diles que
siendo Tú su Madre las quieres para siempre felices contigo en el Cielo, y así,
mientras expiran, recíbelas en tus brazos y haz que de los tuyos pasen a los de
Jesús; y si Jesús mostrase, según los derechos de la Justicia, que no las
quiere recibir, recuérdale el amor con el que te las confió bajo la cruz,
reclama tus derechos de Madre, de manera que a tu amor y a tus plegarias Él no
sabrá resistir, y mientras contentará tu corazón, contentará también sus ardientes
deseos.
Y ahora, oh Mamá, tomemos esta sangre y démosla a
todos: A los afligidos, para que por
ella reciban consuelo; a los pobres, para que sufran resignados su pobreza; a
los que son tentados, para que obtengan la victoria; a los incrédulos, para que
triunfe en ellos la virtud de la Fe; a los blasfemos, para que cambien las
blasfemias en bendiciones; a los sacerdotes, a fin de que comprendan su misión
y sean dignos ministros de Jesús. Con
esta sangre toca sus labios, a fin de que no digan palabras que no sean de
gloria de Dios; toca sus pies para que corran y vuelen en busca de almas para
conducirlas a Jesús.
Demos esta sangre a los que rigen los pueblos, para que
estén unidos entre ellos y tengan mansedumbre y amor hacia sus súbditos.
Volemos ahora al purgatorio y démosla también a las almas
purgantes, pues ellas lloran y suplican esta sangre para su liberación. ¿No escuchas, Mamá, sus gemidos, sus
delirios de amor que las torturan, y cómo continuamente se sienten atraídas
hacia el sumo bien? Mira cómo Jesús
mismo quiere purificarlas para tenerlas cuanto antes consigo, las atrae con su
amor, y ellas le corresponden con continuos ímpetus de amor hacia Él, pero al
encontrarse en su presencia, no pudiendo aún sostener la pureza de la divina
mirada, son obligadas a retroceder y a caer de nuevo en las llamas. Mamá mía, descendamos en esta profunda
cárcel y derramando sobre ellas esta sangre, llevémosles la luz, mitiguemos sus
delirios de amor, extingamos el fuego que las quema, purifiquémoslas de sus
manchas, y así, libres de toda pena, vuelen a los brazos del sumo bien. Demos esta sangre a las almas más
abandonadas, a fin de que encuentren en ella todos los sufragios que las
criaturas les niegan; a todas, oh Mamá, demos esta sangre, no privemos a
ninguna, a fin de que todas en virtud de ella todas encuentren alivio y
liberación. Haz de reina en estas
regiones de llanto y de lamentos, extiende tus manos maternas y una a una
sácalas de estas llamas ardientes, y haz que todas emprendan el vuelo hacia el
Cielo.
Y ahora hagamos también nosotras un vuelo hacia el
Cielo. Pongámonos a las puertas
eternas, y permíteme, oh Mamá, que también a Ti te dé esta sangre para tu mayor
gloria. Esta sangre te inunde de nueva
luz y de nuevos contentos, y haz que esta luz descienda en beneficio de todas
las criaturas para dar a todas gracias de salvación.
Mamá mía, dame también a mí esta sangre; Tú sabes cuánto
la necesito. Con tus mismas manos
maternas retoca todo mi ser con esta sangre, y retocándome purifica mis
manchas, sana mis llagas, enriquece mi pobreza; haz que esta sangre circule en
mis venas y me dé toda la Vida de Jesús, descienda en mi corazón y me lo
transforme en el corazón mismo de Jesús, me embellezca tanto que Jesús pueda
encontrara todas sus contentos en mí.
Ahora sí, oh Mamá, entremos a las regiones celestiales y
demos esta sangre a todos los santos, a todos los ángeles, a fin de que puedan
recibir mayor gloria, prorrumpir en himnos de agradecimiento a Jesús y rueguen
por nosotros, y así en virtud de esta sangre podamos un día reunirnos con
ellos. Y después de haber dado a todos
esta sangre, vayamos de nuevo a Jesús.
Angeles, santos, vengan con nosotras; ah, Él suspira las almas, quiere
hacerlas reentrar a todas en su Humanidad para darles a todas los frutos de su
sangre. Pongámoslas en torno a Él y se
sentirá regresar la Vida y recompensar por la amarguísima agonía que ha sufrido. Y ahora Mamá santa, llamemos a todos los
elementos a hacerle compañía a fin de que también ellos le den honor a
Jesús. Oh luz del sol, ven a disipar
las tinieblas de esta noche para dar consuelo a Jesús; oh estrellas, con
vuestros trémulos rayos descended del cielo y venid a dar consuelo a Jesús;
flores de la tierra, venid con vuestro perfume; pajarillos, venid con vuestros
trinos; elementos todos de la tierra, venid a confortar a Jesús. Ven, oh mar, a refrescar y a lavar a Jesús, Él
es nuestro Creador, nuestra Vida, nuestro todo; vengan todos a confortarlo, a
rendirle homenaje como a nuestro Soberano Señor. Pero, ay, Jesús no busca luz, estrellas, flores, pájaros, Él
quiere almas, almas.
Helas aquí, dulce bien mío, a todas juntas conmigo; a tu lado está la amada Mamá, descansa entre
sus brazos, también Ella tendrá consuelo al estrecharte a su seno, pues ha
tomado mucha parte en tu dolorosa agonía; también está aquí Magdalena, está
Marta, y todas las almas amantes de todos los siglos. Oh Jesús, acéptalas, y diles a todas una palabra de perdón y de
amor; átalas a todas en tu amor, a fin de que ningún alma te huya más.
Pero me parece que dices: “¡Ah hija, cuántas almas por la fuerza huyen de Mí y se
precipitan en la ruina eterna! ¿Cómo
podrá entonces calmarse mi dolor, si Yo amo tanto a una sola alma cuanto amo a
todas las almas juntas?”
Agonizante Jesús, mientras parece que está por apagarse
tu vida, oigo ya el estertor de la agonía, veo tus bellos ojos eclipsados por
la cercana muerte, tus santísimos miembros abandonados, y frecuentemente siento
que no respiras más, y siento que el corazón se me rompe por el dolor. Te abrazo y te siento helado; te muevo y no
das señales de vida. ¿Jesús, has
muerto? Afligida Mamá, ángeles del
Cielo, vengan a llorar a Jesús y no permitan que yo continúe viviendo sin Él, porque no puedo. Me lo estrecho más fuerte y oigo que da otro
respiro y de nuevo no da señales de vida, y yo lo llamo: “¡Jesús, Jesús, vida mía, no te mueras! Ya oigo el ruido de tus enemigos que vienen
a prenderte, ¿quién te defenderá en el estado en que te encuentras?” Y Él, sacudido, parece que resurge de la
muerte a la vida, me mira y me dice:
“Hija, ¿estás aquí?
¿Has sido entonces espectadora de mis penas y de las tantas muertes que
he sufrido? Debes saber, oh hija, que
en estas tres horas de amarguísima agonía he reunido en Mí todas las vidas de
las criaturas, y he sufrido todas sus penas y sus mismas muertes, dando a cada
una mi misma Vida. Mis agonías sostendrán
las suyas; mis amarguras y mi muerte se cambiarán para ellas en fuente de
dulzura y de vida. ¡Ah, cuánto me
cuestan las almas! ¡Si fuese al menos
correspondido! Por eso tú has visto que
mientras moría, volvía a respirar, eran las muertes de las criaturas que sentía
en Mi.”
Mi atormentado Jesús, ya que has querido encerrar en Ti
también mi vida, y por lo tanto también mi muerte, te ruego por esta tu
amarguísima agonía, que vengas a asistirme en el momento de mi muerte. Yo te he dado mi corazón como refugio y
reposo, mis brazos para sostenerte y todo mi ser a tu disposición, y yo, oh, de
buena gana me entregaría en manos de tus enemigos para poder morir yo en lugar
tuyo. Ven, oh vida de mi corazón en
aquel momento a darme lo que te he dado, tu compañía, tu corazón como lecho y
descanso, tus brazos como sostén, tu respiro afanoso para aliviar mis afanes,
de modo que conforme respire, respiraré por medio de tu respiro, que como aire
purificador me purificará de toda mancha y me dispondrá al ingreso de la eterna
bienaventuranza. Más aún mi dulce
Jesús, aplicarás a mi alma toda tu Santísima Humanidad, de modo que mirándome
me verás a través de Ti mismo, y mirándote a Ti mismo en mí, no encontrarás
nada de qué juzgarme; después me bañarás en tu sangre, me vestirás con la
cándida vestidura de tu Santísima Voluntad, me adornarás con tu amor y dándome
el último beso me harás emprender el vuelo de la tierra al Cielo. Y ahora te ruego que hagas esto que quiero
para mí, a todos los agonizantes; estréchatelos a todos en tu abrazo de amor y dándoles el beso de la unión contigo
sálvalos a todos y no permitas que ninguno se pierda.
Afligido bien mío, te ofrezco esta hora santa en memoria
de tu Pasión y muerte, para desarmar la justa ira de Dios por los tantos
pecados, por la conversión de todos los pecadores, por la paz de los pueblos,
por nuestra santificación y en sufragio de las almas del Purgatorio. Pero veo que tus enemigos están ya cerca y
Tú quieres dejarme para ir a su encuentro.
Jesús, permíteme que te de un beso en tus labios, en los cuales Judas
osará besarte con su beso infernal; permíteme que te limpie el rostro bañado en
sangre, sobre el cual lloverán bofetadas y salivazos, y estrechándome fuerte a
tu corazón, yo no te dejo, sino que te sigo y Tú me bendices y me asistes.
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OCTAVA HORA
De las 12 de la
noche a la 1 de la mañana
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Oh Jesús mío, ya es media noche; escuchas que se
aproximan los enemigos, y Tú limpiándote y enjugándote la sangre, reanimado por
los consuelos recibidos vas de nuevo a donde están tus amados discípulos, los
llamas, los amonestas y te los llevas junto contigo, y vas al encuentro de tus
enemigos, queriendo reparar con tu prontitud mi lentitud, mi desgano y pereza
en el obrar y en el sufrir por amor tuyo.
Pero, oh dulce Jesús, mi bien, que escena tan conmovedora veo: Al primero que encuentras es al pérfido
Judas, el cual acercándose a Ti y poniéndote un brazo alrededor de tu cuello te
saluda y te besa; y Tú, amor entrañable, no desdeñas besar aquellos labios
infernales, lo abrazas y te lo estrechas al corazón, queriéndolo arrancar del
infierno y dándole muestras de nuevo amor.
Mi Jesús, ¿cómo es posible no amarte?
Es tanta la ternura de tu amor que debiera arrebatar a cada corazón a
amarte, y sin embargo, no te aman. Y
Tú, oh mi Jesús, en este beso de Judas, soportándolo, reparas las traiciones,
los fingimientos, los engaños bajo aspecto de amistad y de santidad,
especialmente de los sacerdotes. Tu
beso, además, manifiesta que a ningún pecador, con tal de que venga a Ti
humillado, rehusarías darle el perdón.
Ternísimo Jesús mío, ya te entregas en manos de tus
enemigos, dándoles el poder de hacerte sufrir lo que ellos quieran. También yo, oh mi Jesús, me entrego en tus
manos, a fin de que Tú, libremente, puedas hacer de mí lo que más te agrade; y
junto contigo quiero seguir tu Voluntad, tus reparaciones y sufrir tus
penas. Quiero estar siempre en torno a
Ti para hacer que no haya ofensa que no te repare, amargura que no endulce,
salivazos y bofetadas que recibas que no vayan seguidas por un beso y una
caricia mía. En tus caídas, mis manos
estarán siempre dispuestas a ayudarte para levantarte. Así que siempre contigo quiero estar, oh mi
Jesús, ni siquiera un minuto quiero dejarte solo; y para estar más segura,
ponme dentro de Ti, y yo estaré en tu mente, en tus miradas, en tu corazón y en
todo Tú mismo, para hacer que lo que haces Tú, pueda hacerlo también yo, así
podré hacerte fiel compañía y no pasar por alto ninguna de tus penas, para
darte por todo mi correspondencia de amor.
Dulce bien mío, estaré a tu lado para defenderte, para
aprender tus enseñanzas y para numerar una por una todas tus palabras. ¡Ah, cómo me desciende dulce la palabra que
dirigiste a Judas: “Amigo, ¿a qué has
venido?” Y siento que a mí también me
diriges la mismas palabras, no llamándome amiga sino con el dulce nombre de
hija: “Hija, ¿a qué has venido?” Para oír que te respondo: “Jesús, a amarte.” “¿A qué has venido?”, me repites si me despierto en la mañana;
“¿a qué has venido?”, si hago oración; “¿a qué has venido?”, me repites desde
la Hostia Santa si vengo a recibirte en mi corazón. ¡Qué bello reclamo para mí y para todos! Pero cuántos a tu “¿a qué has venido?”
responden: Vengo a ofenderte. Otros, fingiendo no escucharte se entregan a
toda clase de pecados, y a tu pregunta “¿a qué has venido?” responden con irse
al infierno. ¡Cuánto te compadezco, oh
mi Jesús! Quisiera tomar las mismas
cuerdas con que van a atarte tus enemigos, para atar a estas almas y evitarte
este dolor.
Pero de nuevo escucho tu voz ternísima que dice, mientras
vas al encuentro de tus enemigos: “¿A
quién buscáis?” Y ellos responden: “A Jesús Nazareno.” Y Tú les dices: “Yo soy.” Con esta sola
palabra dices todo y te das a conocer por lo que eres, tanto que tus enemigos
tiemblan y caen por tierra como muertos, y Tú, amor sin par, repitiendo de
nuevo “Yo soy”, los vuelves a llamar a la vida, y por Ti mismo te entregas en
manos de tus enemigos. Y ellos,
pérfidos e ingratos, en vez de caer humildes y palpitantes a tus pies y pedirte
perdón, abusando de tu bondad y despreciando gracias y prodigios te ponen las
manos encima y con sogas y cadenas te atan, te inmovilizan, te arrojan por
tierra, te pisotean bajo sus pies, te arrancan los cabellos, y Tú, con
paciencia inaudita callas, sufres y reparas las ofensas de aquellos que a pesar
de los milagros, no se rinden a tu Gracia y se obstinan de más.
Con tus sogas y cadenas consigues del Padre la gracia de
romper las cadenas de nuestras culpas, y nos atas con la dulce cadena del
amor. Y corriges amorosamente a Pedro
que quiere defenderte, y llega hasta cortar una oreja a Malco; quieres reparar
con esto las obras buenas que no son hechas con santa prudencia, y que por
demasiado celo caen en la culpa.
Mi pacientísimo Jesús, estas cuerdas y cadenas parece que
ponen algo de más bello a tu Divina Persona.
Tu frente se hace más majestuosa, tanto que atrae la atención de tus
mismos enemigos; tus ojos resplandecen con más luz; tu rostro divino se pone en
actitud de una paz y dulzura suprema, capaz de enamorar a tus mismos verdugos;
con tu tono de voz suave y penetrante, si bien pocos, los haces temblar, tanto
que si se atreven a ofenderte es porque Tú mismo se los permites.
Oh amor encadenado y atado, ¿podrás permitir que Tú seas
atado por causa mía, haciendo más desahogo de amor, y yo, pequeña hija tuya,
esté sin cadenas? No, no, más bien
átame con tus manos santísimas con tus mismas sogas y cadenas.
Por eso te ruego que ates, mientras beso tu frente
divina, todos mis pensamientos, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, mis
afectos y todo mi ser, y al mismo tiempo ata a todas las criaturas, para que
sintiendo las dulzuras de tus amorosas cadenas, no se atrevan a ofenderte más.
Dulce bien mío, ya es la una de la madrugada, la mente
comienza a adormecerse; haré lo que más pueda por mantenerme despierta, pero si
el sueño me sorprende, me dejo en Ti para seguir lo que haces Tú; más bien lo
harás Tú mismo por mí. En Ti dejo mis
pensamientos para defenderte de tus enemigos, mi respiración como cortejo y
compañía, mi latido para decirte siempre que te amo y para darte el amor que
los demás no te dan, las gotas de mi sangre para repararte y restituirte el
honor y la estima que te quitarán con los insultos, salivazos y bofetadas. Jesús mío, bendíceme y hazme dormir en tu
adorable corazón, para que por tus latidos, acelerados por el amor o por el
dolor, pueda despertarme frecuentemente, y así jamás interrumpir nuestra
compañía. Así queda acordado, oh Jesús.
+ + +
NOVENA HORA
De la 1 a las 2
de la mañana
Jesús, atado, es hecho caer en el torrente Cedrón
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Amado bien mío, mi pobre mente te sigue entre la vigilia
y el sueño. ¿Cómo puedo abandonarme al
sueño si veo que todos te dejan y huyen de Ti?
Los mismos apóstoles, el ferviente Pedro que hace poco dijo que quería
dar la vida por Ti, el discípulo predilecto que con tanto amor has hecho
reposar sobre tu corazón, ah, todos te abandonan y te dejan en poder de tus
crueles enemigos.
Mi Jesús, estás solo.
Tus purísimos ojos miran a tu alrededor para ver si al menos uno de
aquellos que han sido beneficiados por Ti te sigue para testimoniarte su amor y
para defenderte; y mientras descubres que ninguno, ninguno te ha permanecido
fiel, el corazón se te oprime y rompes en abundante llanto. Y Tú sientes más dolor por el abandono de
tus fieles amigos, que por lo que te están haciendo tus mismos enemigos. Mi Jesús, no llores, o has que yo llore
junto contigo. Y el amable Jesús parece
que dice:
“Ah hija mía, lloremos juntos la suerte de tantas almas
consagradas a Mí, que por pequeñas pruebas, por incidentes de la vida, no se
ocupan más de Mí y me dejan solo; lloremos por tantas otras, tímidas y viles,
que por falta de valor y de confianza me abandonan; por tantos y tantos que, al
no hallar su provecho en las cosas santas no se ocupan de Mí; por tantos
sacerdotes que predican, que celebran la Santa Misa, que confiesan por amor al
interés y a su propia gloria; esos hacen ver que están en torno a Mí, pero Yo
permanezco siempre solo. Ah hija, ¡cómo
me es duro este abandono! No sólo me
lloran los ojos, sino que me sangra el corazón. Ah, te ruego que repares mi acerbo dolor prometiéndome que no me
dejarás jamás solo.”
Sí, oh mi Jesús, lo prometo, ayudada por tu gracia y fundiéndome
en tu Divina Voluntad! Pero mientras Tú
lloras el abandono de tus amados, tus enemigos no te perdonan ningún ultraje
que te puedan hacer. Oprimido y atado
como estás, oh mi bien, tanto, que por Ti mismo ni siquiera puedes dar un paso,
te pisotean, te arrastran por esas calles llenas de piedras y de espinas, así
que no hay movimiento que no te haga tropezar en las piedras y herirte con las
espinas. Ah mi Jesús, veo que mientras
te arrastran, Tú dejas detrás de Ti tu preciosa sangre, los rubios cabellos que
te arrancan de la cabeza. Mi Vida y mi
todo, permíteme que los recoja a fin de poder atar todos los pasos de las
criaturas, que ni aun de noche dejan de herirte; más bien se sirven de la noche
para ofenderte mayormente: quien con
sus encuentros, quien por placeres, quien por teatros, quien para llevar a cabo
robos sacrílegos. Mi Jesús, me uno a Ti
para reparar todas estas ofensas.
Pero, oh mi Jesús, estamos ya en el torrente Cedrón, y
los pérfidos judíos se disponen a arrojarte dentro, te hacen que te golpees
contra una piedra que hay ahí, con tanta fuerza que de tu boca derramas tu
preciosísima sangre, con la cual dejas marcada aquella piedra. Después, jalándote, te arrastran bajo
aquellas aguas pútridas, de modo que te entran en los oídos, en la boca, en la
nariz. Oh amor incomparable, Tú quedas
todo bañado y como cubierto por aquellas aguas pútridas, nauseantes y frías, y
en este estado representas a lo vivo el estado deplorable de las criaturas
cuando cometen el pecado. ¡Oh, cómo
quedan cubiertas por dentro y por fuera con un manto de inmundicias, que dan
asco al Cielo y a cualquiera que pudiese verlas, atrayéndose así los rayos de
la Divina Justicia! Oh Vida de mi vida,
¿puede darse jamás amor más grande?
Para quitarnos este manto de inmundicias Tú permites que los enemigos te
arrojen en ese torrente, y todo sufres para reparar por los sacrilegios y las
frialdades de las almas que te reciben sacrílegamente y que te obligan a que
entres en sus corazones, peores que el torrente, y que sientas toda la náusea
de sus almas; Tú permites también que esta agua te penetren hasta en las
entrañas, tanto que los enemigos, temiendo que te ahogues, y queriendo reservarte
para mayores tormentos te sacan fuera, pero causas tanto asco, que ellos mismos
sienten asco de tocarte.
Mi tierno Jesús, estás ya fuera del torrente, mi corazón
no resiste verte tan empapado por esas aguas nauseantes; veo que por el frío Tú
tiemblas de pies a cabeza; miras a tu alrededor buscando con los ojos, lo que
no haces con la voz, uno al menos que te seque, te limpie y te caliente, pero
en vano; ninguno tiene piedad de Ti, los enemigos se burlan y se ríen de ti;
los tuyos te han abandonado, la dulce Mamá está lejana, porque así lo dispone
el Padre.
Aquí me tienes, oh Jesús, ven a mis brazos. Quiero llorar tanto, hasta formar un baño
para lavarte, limpiarte y acomodarte, con mis manos, los desordenados cabellos. Mi amor, quiero encerrarte en mi corazón
para calentarte con el calor de mis afectos, quiero perfumarte con mis deseos
santos, quiero reparar todas estas ofensas y ofrecer mi vida junto con la tuya
para salvar a todas las almas. Quiero
ofrecerte mi corazón como lugar de reposo, para poderte reconfortar en algún
modo por las penas sufridas hasta aquí, y después continuaremos juntos el
camino de tu Pasión.
+ + +
De las 2 a las 3
de la mañana
DECIMA HORA
Jesús es presentado a Anás
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Jesús sea siempre conmigo. Dulce Mamá, sigamos juntas a Jesús. Mi Jesús, centinela divino que me vigilas en tu corazón, y no
queriendo quedar solo sin mí me despiertas y haces que me encuentre junto
contigo en casa de Anás. Te encuentras
en aquel momento en que Anás te interroga sobre tu doctrina y tus discípulos; y
Tú, oh Jesús, para defender la gloria del Padre abres tu sacratísima boca, y
con voz sonora y llena de dignidad respondes:
“Yo he hablado en público, y todos los que aquí están me han escuchado.”
Ante estas dignas palabras tuyas, todos tiemblan, pero es
tanta la perfidia, que un siervo, queriendo honrar a Anás, se acerca a ti y te
da una bofetada con la mano, tan fuerte de hacerte tambalear y ponerse pálido
tu rostro santísimo.
Ahora comprendo dulce Vida mía porqué me has despertado,
Tú tenías razón: ¿Quién habría de
sostenerte en este momento en que estás por caer? Tus enemigos rompen en risas satánicas, en silbidos y en
palmadas, aplaudiendo un acto tan injusto, y Tú, tambaleándote, no tienes en
quien apoyarte. Mi Jesús, te abrazo, es
más, quiero hacer un apoyo con mi ser; te ofrezco mi mejilla con ánimo y pronta
a soportar cualquier pena por amor tuyo; te compadezco por este ultraje, y
junto contigo te reparo las timideces de tantas almas que fácilmente se
desaniman, por aquellos que por temor no dicen la verdad, por las faltas de
respeto debido a los sacerdotes, y por todas las faltas cometidas por
murmuraciones.
Pero veo afligido Jesús mío, que Anás te envía a Caifás,
y tus enemigos te precipitan por las escaleras, y Tú amor mío, en esta dolorosa
caída reparas por aquellos que de noche se precipitan en la culpa, aprovechándose
de las tinieblas, y llamas a los herejes y a los infieles a la luz de la
fe. También yo quiero seguirte en esas
reparaciones, y mientras llegas ante Caifás te envío mis suspiros para
defenderte de tus enemigos. Y mientras
yo duermo continúa haciéndome de centinela y despiértame cuando tengas
necesidad. Por eso dame un beso y
bendíceme, y yo beso el corazón y en él continúo mi sueño.
+ + +
De la 3 a las 4
de la mañana
Jesús en casa de Caifás
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Afligido y abandonado bien mío, mientras mi débil
naturaleza duerme en tu dolorido corazón, mi sueño frecuentemente es
interrumpido por las opresiones de amor y de dolor de tu corazón divino, y
entre la vigilia y el sueño oigo los golpes que te dan, y me despierto y digo: “Pobre de mi Jesús, abandonado por todos, no
hay quien te defienda.” Pero desde
dentro de tu corazón yo te ofrezco mi vida para servirte de apoyo en el momento
en que te hacen tropezar y me adormezco de nuevo, pero otra opresión de amor de
tu corazón divino me despierta, y siento ensordecer por los insultos que te
dicen, por las voces, por los gritos, por el correr de la gente. Amor mío, ¿cómo es que todos están contra
Ti? ¿Qué has hecho que como tantos lobos
feroces te quieren despedazar? Siento
que la sangre se me hiela al oír los preparativos de tus enemigos; yo tiemblo y
estoy triste pensando cómo haré para defenderte. Pero mi afligido Jesús teniéndome en su corazón me estrecha más
fuerte y me dice: “Hija mía, no he
hecho nada de mal y he hecho todo, oh, mi delito es el amor, que contiene todos
los sacrificios, el amor de costo inmensurable. Estamos aún al principio; tú estate en mi corazón, observa todo,
ámame, calla y aprende; haz que tu sangre helada corra en mis venas para dar
alivio a mi sangre que es toda llamas; haz que tu temblor corra en mis miembros
a fin de que fundida en Mí puedas afirmarte y calentarte para sentir parte de
mis penas, y al mismo tiempo adquirir fuerza al verme sufrir tanto; esta será
la más bella defensa que me harás; sé fiel y atenta.”
Dulce amor mío, es tal y tanto el estrépito de tus
enemigos que no me dejan dormir más; los golpes se hacen más violentos, oigo el
rumor de las cadenas con que te han atado tan fuertemente, que hacen salir
sangre por las muñecas, con la cual Tú marcas aquellos caminos. Recuerda que mi sangre está en la tuya, y
conforme Tú la derramas, la mía te la besa, la adora y repara. Tu sangre sea luz a todos aquellos que de
noche te ofenden e imán para atraer a todos los corazones en torno a Ti. Amor mío y todo mío, mientras te arrastran y
el aire parece que ensordece por los gritos y silbidos, ya llegas ante Caifás,
Tú te muestras todo manso, modesto, humilde, tu dulzura y paciencia es tanta
que hace aterrorizar a los mismos enemigos, y Caifás todo furor, quisiera
devorarte. ¡Ah, cómo se distingue bien
la inocencia y el pecado!
Amor mío, Tú estás ante Caifás como el más culpable, en
acto de ser condenado. Caifás pregunta
a los testigos cuáles son tus delitos.
¡Ah, hubiera hecho mejor preguntando cuál es tu amor! Y quien te acusa de una cosa y quien de
otra, diciendo disparates y contradiciéndose entre ellos; y mientras te acusan,
los soldados que están a tu lado te jalan de los cabellos, descargan sobre tu
rostro santísimo horribles bofetadas que resuenan en toda la sala, te tuercen
los labios, te golpean, y Tú callas, sufres, y si los miras, la luz de tus ojos
desciende en sus corazones, y no pudiendo soportarla se alejan de ti, pero
otros llegan para darte más tormentos.
Pero entre tantas acusaciones y ultrajes veo que pones
atentos tus oídos, tu corazón late fuerte como si fuera a estallar por el
dolor. Dime, afligido bien mío, ¿qué
sucede ahora? Porque veo que todo eso
que te están haciendo tus enemigos, es tan grande tu amor que con ansia lo
esperas y lo ofreces por nuestra salvación; y tu corazón con toda calma repara
las calumnias, los odios, los falsos testimonios, y el mal que se hace a los
inocentes con premeditación, y reparas por aquellos que te ofenden por
instigación de sus jefes, y por las ofensas de los eclesiásticos; y mientras
unida contigo sigo tus mismas reparaciones, siento en Ti un cambio, un nuevo
dolor no sentido hasta ahora. Dime,
¿dime qué pasa? Hazme partícipe de todo,
oh Jesús.
“¡Ah! hija, ¿quieres saberlo? Oigo la voz de Pedro que dice no conocerme y ha jurado, ha jurado
en falso, y por tercera vez, que no me conoce.
¡Ah! Pedro, ¿cómo? ¿No me
conoces? ¿No recuerdas con cuántos bienes
te he colmado? ¡Oh, si los demás me
hacen morir de penas, tú me haces morir de dolor! ¡Ah, cuánto mal has hecho al seguirme desde lejos, exponiéndote a
la ocasión!”
Negado bien mío, cómo se conocen inmediatamente las
ofensas de tus más amados. Oh Jesús,
quiero hacer correr mi latido en el tuyo para endulzar el dolor atroz que
sufres, y mi latido en el tuyo te jura fidelidad y amor y repito mil y mil
veces que te conozco; pero tu corazón no se calma todavía y tratas de mirar a
Pedro. A tus miradas amorosas, llenas
de lágrimas por su negación, Pedro se enternece, llora y se retira de allí; y Tú,
habiéndolo puesto a salvo te calmas y reparas las ofensas de los Papas y de los
jefes de la Iglesia, y especialmente por aquellos que se exponen a las
ocasiones. Pero tus enemigos continúan
acusándote, y viendo Caifás que nada respondes a sus acusaciones te dice: “Te conjuro por el Dios vivo, dime, ¿eres Tú
verdaderamente el Hijo de Dios?” Y Tú
amor mío, teniendo siempre en tus labios palabras de verdad, con una actitud de
majestad suprema y con voz sonora y suave, tanto que todos quedan asombrados, y
los mismos demonios se hunden en el abismo, respondes:
“¡Tú lo dices, sí, Yo soy el verdadero Hijo de Dios, y un
día descenderé sobre las nubes del cielo para juzgar a todas las naciones!”
Ante tus palabras creadoras todos hacen silencio, se
sienten estremecer y espantados, pero Caifás después de pocos instantes de
espanto, reaccionando y todo furibundo, más que bestia feroz, dice a
todos: “¿Qué necesidad tenemos ya de
testigos? ¡Ya ha dicho una gran
blasfemia! ¿Qué más esperamos para
condenarlo? ¡Ya es reo de muerte!” Y para dar más fuerza a sus palabras se
rasga las vestiduras con tanta rabia y furor, que todos, como si fuesen uno
solo, se lanzan contra Ti, bien mío, y quien te da puñetazos en la cabeza,
quien te tira por los cabellos, quien te da bofetadas, quien te escupe en la
cara, quien te pisotea con los pies.
Son tales y tantos los tormentos que te dan, que la tierra tiembla y los
Cielos quedan sacudidos. Amor mío y
vida mía, conforme te atormentan, mi pobre corazón queda lacerado por el dolor. Ah, permíteme que salga de tu dolorido
corazón, y que yo en tu lugar afronte todos esos ultrajes. Ah, si me fuera posible quisiera arrebatarte
de las manos de tus enemigos, pero Tú no lo quieres, porque lo exige la
salvación de todos, y yo me veo obligada a resignarme.
Pero, dulce amor mío, déjame que te limpie, que te
arregle los cabellos, que te quite los salivazos, que te limpie y te seque la
sangre, para encerrarme en tu corazón, porque veo que Caifás, cansado, quiere
retirarse, entregándote en manos de los soldados. Por eso te bendigo, y Tú bendíceme, y dándonos el beso del amor
me encierro en el horno de tu corazón divino para conciliar el sueño, poniendo
mi boca sobre tu corazón, a fin de que conforme respire te bese, y según la
diversidad de tus latidos más o menos sufrientes, pueda advertir si Tú sufres o
reposas. Y así, protegiéndote con mis
brazos para tenerte defendido, te abrazo, me estrecho fuerte a tu corazón y me
duermo.
+ + +
De las 4 a las 5
de la mañana
Jesús en medio de los soldados
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Dulcísima Vida mía, Jesús, mientras estrechada a tu
corazón dormía, sentía muy a menudo los pinchazos de las espinas que herían a
tu corazón santísimo; y queriéndome despierta junto contigo, para tener al
menos una que vea todas tus penas y te compadezca, me estrechas más fuerte a tu
corazón, y yo, sintiendo más a lo vivo tus pinchazos, me despierto, ¿pero qué
veo? ¿Qué siento? Quisiera esconderte dentro de mi corazón
para ponerme yo en lugar tuyo y recibir sobre mí penas tan dolorosas, insultos
y humillaciones tan increíbles, que sólo tu amor podría soportar tantos
ultrajes. Mi pacientísimo Jesús, ¿qué
cosa podías esperar de gente tan inhumana?
Ya veo que juegan contigo, te cubren el rostro de densos salivazos, la
luz de tus bellos ojos queda eclipsada por los salivazos, y derramando ríos de
lágrimas por nuestra salvación retiras esos salivazos de tus ojos, y aquellos
malvados, no soportando su corazón ver la luz de tus ojos, vuelven a cubrirlos
de nuevo con salivazos, otros haciéndose más atrevidos en el mal, te abren tu
dulcísima boca y te la llenan de fétidos salivazos, tanto que ellos sienten
nausea, y como algunos de esos esputos caen, muestran en parte la majestad de
tu rostro, tu sobrehumana dulzura, ellos se sienten estremecer y se avergüenzan
de ellos mismos y para estar más libres te vendan los ojos con un vilísimo
trapo, de modo de poder desenfrenarse del todo sobre tu adorable persona; así
que te golpean sin piedad, te arrastran, te pisotean bajo sus pies, repiten los
puñetazos, las bofetadas, sobre tu rostro y sobre tu cabeza, rasguñándote y
jalándote los cabellos y empujándote de un lado a otro. Jesús, amor mío, mi corazón no resiste verte
en tantas penas, Tú quieres que ponga atención a todo, pero yo siento que quisiera
cubrirme los ojos para no ver escenas tan dolorosas que arrancan de cada pecho
los corazones, pero tu amor me obliga a ver lo que sucede contigo, y veo que no
abres la boca, que no dices ni una palabra para defenderte, estás en manos de
esos soldados como un harapo, y te pueden hacer lo que quieren; y viéndolos
saltar sobre Ti temo que mueras bajo sus pies.
Mi bien y mi todo, es tanto el dolor que siento por tus penas, que
quisiera gritar tan fuere que me hiciera oír en el Cielo para llamar al Padre,
al Espíritu Santo y a los ángeles todos, y aquí en la tierra, de un extremo a
otro, llamar en primer lugar a la dulce Mamá y a todas las almas amantes, a fin
de que haciendo un cerco en torno a Ti, impidamos el paso a estos insolentes
soldados para que no te insulten y atormenten más, y junto contigo reparemos
toda clase de pecados nocturnos, especialmente aquellos que cometen los
sectarios sobre tu Sacramental persona en las horas de la noche, y todas las
ofensas de aquellas almas que no se mantienen fieles en la noche de la prueba.
Pero veo, insultado bien mío, que los soldados, cansados
y ebrios quieren descansar, y mi pobre corazón oprimido y lacerado por tus
tantas penas no quiere quedarse solo contigo, siente la necesidad de otra
compañía, ah dulce Mamá mía, sé Tú mi inseparable compañía; me estrecho fuerte
a tu mano materna y te la beso y Tú fortifícame con tu bendición, y
abrazándonos junto con Jesús apoyemos nuestra cabeza sobre su dolorido corazón
para consolarlo.
Oh Jesús, junto con la Mamá te beso, bendícenos y junto
con Ella tomaremos el sueño del amor en tu adorable corazón.
+ + +
De las 5 a las 6
de la mañana
DECIMATERCERA
HORA
Jesús en prisión
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Mi prisionero Jesús, me he despertado y no te encuentro,
el corazón me late fuerte y delira de amor, dime, ¿dónde estás? Angel mío, llévame a la casa de Caifás. Pero busco, recorro, vuelvo a buscar por
todas partes y no te encuentro. Amor
mío, pronto, con tus manos mueve las cadenas que tienen atado mi corazón al
tuyo, atráeme a Ti, para que atraída por Ti pueda emprender el vuelo para ir a
arrojarme en tus brazos. Ya amor mío,
herido por mi voz y queriendo mi compañía, me atraes a Ti y veo que te han
puesto en prisión. Mi corazón, mientras
exulta de alegría por encontrarte, lo siento herido por el dolor al ver el
estado al que te han reducido. Te veo
atado a una columna, con las manos atrás, atados los pies, tu santísimo rostro
golpeado, hinchado y ensangrentado por las brutales bofetadas recibidas, tus
santísimos ojos lívidos, tu mirada cansada y triste por la vigilia, tus
cabellos todos en desorden, tu santísima persona toda golpeada, y por añadidura
no puedes valerte por Ti mismo para ayudarte y limpiarte porque estás
atado. Y yo, oh mi Jesús, llorando,
abrazándome a tus pies exclamo: “¡Ay de
mí, cómo te han dejado, oh Jesús!” Y
Jesús mirándome, me responde:
“Ven, oh hija mía, y pon atención a todo lo que ves que
hago Yo para que lo hagas tú junto conmigo, y así poder continuar mi Vida en
ti.”
Y veo con asombro que en vez de ocuparte de tus penas,
con un amor indescriptible piensas en glorificar al Padre para darle
satisfacción por todo lo que nosotros estamos obligados a hacer, y llamas a
todas las almas en torno a Ti para tomar todos sus males sobre de Ti y darles a
ellas todos los bienes. Y como estamos
al amanecer del día oigo tu voz dulcísima que dice:
“Padre Santo, gracias te doy por todo lo que he sufrido y
por lo que me queda por sufrir; y así como esta aurora llama al día y el día
hace surgir el sol, así la aurora de la Gracia despunte en todos los corazones,
y haciéndose día, Yo, Sol Divino, pueda surgir en todos los corazones y reinar
en todos. Mira, oh Padre a estas almas,
Yo quiero responderte por todas, por sus pensamientos, palabras, obras, pasos,
a costa de mi sangre y de mi muerte.”
Mi Jesús, amor sin límites, me uno contigo; también yo te
agradezco por cuanto me has hecho sufrir, por lo que me quede por sufrir, y te
ruego hagas despuntar en todos los corazones la aurora de la Gracia para que
Tú, Sol Divino, puedas resurgir en todos los corazones y reinar sobre todos.
Pero también veo, mi dulce Jesús, que Tú reparas todas las primicias de los
pensamientos, de los afectos y palabras que al principio del día no son
ofrecidos a Ti para darte honor, y llamas en Ti, como en custodia, los
pensamientos, los afectos y palabras de las criaturas para reparar y dar al
Padre la gloria que ellas le deben.
Mi Jesús, maestro divino, ya que en esta prisión tenemos
una hora libre y estando solos, quiero hacer no sólo lo que haces Tú, sino
limpiarte, reordenarte los cabellos y fundirme en todo Tú, por eso me acerco a
tu santísima cabeza y reordenándote los cabellos quiero repararte por tantas
mentes trastornadas y llenas de tierra, que no tienen ni un pensamiento para
Ti; y fundiéndome en tu mente quiero reunir en Ti todos los pensamientos de las
criaturas y fundirlos en tus pensamientos, para encontrar suficientes
reparaciones por todos los malos pensamientos, por tantas luces y e
inspiraciones sofocadas. Quisiera hacer
de todos los pensamientos uno solo con los tuyos para darte verdadera
reparación y perfecta gloria.
Mi afligido Jesús, beso tus ojos tristes y cargados de
lágrimas, y que teniendo las manos atadas a la columna no puedes limpiártelos
ni quitarte los salivazos con que te han ensuciado, y como la posición en la
que te han atado es desgarradora, no puedes cerrar tus ojos cansados para tomar
reposo. Amor mío, cuanto deseo hacer
con mis brazos un lecho para darte reposo; quiero enjugarte los ojos y pedirte
perdón y repararte por cuantas veces no hemos tenido la intención de agradarte
y de mirarte para ver qué querías de nosotros, qué cosa debíamos hacer y adónde
querías que fuésemos; quiero fundir mis ojos y los de todas las criaturas en
los tuyos, para poder reparar con tus mismos ojos todo el mal que hemos hecho
con la vista.
Mi piadoso Jesús, beso tus oídos cansados por los
insultos de toda la noche, y mucho más por el eco que resuena en tus oídos de
todas las ofensas de las criaturas; te pido perdón y reparo por cuantas veces
Tú nos has llamado y hemos sido sordos, hemos fingido no escucharte, y Tú,
cansado bien mío, has repetido las llamadas, pero en vano; quiero fundir mis
oídos y los de todas las criaturas en los tuyos para darte una continua y
completa reparación.
Enamorado Jesús, beso tu rostro santísimo, todo lívido
por las bofetadas, te pido perdón y reparo por cuantas veces Tú nos has llamado
a ser víctimas de reparación, y nosotros uniéndonos a tus enemigos te hemos
dado bofetadas y salivazos. Mi Jesús,
quiero fundir mi rostro en el tuyo para restituirte tu natural belleza y darte
entera reparación por todos los desprecios que han hecho a tu santísima
Majestad.
Amargado bien mío, beso tu dulcísima boca, dolorida por
los golpes y abrasada por el amor, quiero fundir mi lengua y la de todas las
criaturas en la tuya, para reparar con tu misma lengua por todos los pecados y
las conversaciones malas que se tienen; quiero mi sediento Jesús unir todas las
voces en una sola con la tuya, para hacer que cuando estén por ofenderte, tu
voz corriendo en la voz de las criaturas sofoque las voces del pecado y las
cambie en voces de alabanza y de amor.
Encadenado Jesús, beso tu cuello oprimido por pesadas
cadenas y cuerdas, que van desde el pecho hasta detrás de la espalda y
sujetándote los brazos te tienen fuertemente atado a la columna; ya tus manos
están hinchadas y amoratadas por la estrechez de las ataduras y de algunas
partes brota sangre. Ah, permíteme
atado Jesús, que te desate; y si amas ser atado, te ato con las cadenas del amor,
que siendo dulces, en vez de hacerte sufrir te aliviarán, y mientras te desato,
quiero fundirme en tu cuello, en tu pecho, en tus hombros, en tus manos y en
tus pies, para poder reparar junto contigo todos los apegos, y dar a todos las
cadenas de tu amor; para poder reparar por todas las frialdades y llenar todos
los pechos de las criaturas con tu fuego, porque veo que es tanto lo que Tú
tienes que no puedes contenerlo; para poder reparar por todos los placeres
ilícitos y el amor a las comodidades y dar a todos el espíritu de sacrificio y
el amor al sufrimiento. Quiero fundirme
en tus manos para reparar por todas las obras malas y por el bien hecho
malamente y con presunción, y dar a todos el perfume de tus obras. Y fundiéndome en tus pies, encierro todos
los pasos de las criaturas para repararte y dar tus pasos a todos para hacerlos
caminar santamente.
Y ahora dulce Vida mía, permíteme que fundiéndome en tu
corazón encierre todos los afectos, latidos, deseos, para repararlos junto
contigo y dar a todos tus afectos, latidos y deseos, a fin de que ninguno te
ofenda más.
Pero oigo en mis oídos el ruido de la llave, son tus enemigos
que vienen a llevarte. ¡Jesús, yo
tiemblo, me siento helar la sangre porque Tú estarás de nuevo en manos de tus
enemigos! ¿Qué será de Ti? Me parece oír también el ruido de las llaves
de los tabernáculos, cuántas manos profanadoras vienen a abrirlos y tal vez
para hacerte descender en corazones sacrílegos. En cuántas manos indignas eres obligado a encontrarte. Mi prisionero Jesús, quiero encontrarme en
todas tus prisiones de amor para ser espectadora cuando tus ministros te saquen
y hacerte compañía y repararte por las ofensas que puedas recibir. Pero veo que tus enemigos están cerca y Tú
saludas al sol naciente en el último de tus días, y ellos desatándote y
viéndote todo majestad y que los miras con tanto amor, en pago descargan sobre
tu rostro bofetadas tan fuertes que lo hacen enrojecer con tu preciosísima
sangre.
Amor mío, antes de que salgas de la prisión, en mi dolor te
ruego que me bendigas, para recibir fuerza para seguirte en el resto de tu
Pasión.
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De las 6 a las 7
de la mañana
DECIMACUARTA HORA
Jesús de nuevo ante Caifás y después es llevado a Pilatos
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Dolorido Jesús mío, ya estás fuera de la prisión, estás
tan agotado que vacilas a cada paso.
Quiero ponerme a tu lado para sostenerte cuando vea que estás a punto de
caer. Pero veo que los soldados te
presentan ante Caifás, y Tú, oh mi Jesús, como sol apareces en medio de ellos,
y si bien desfigurado, envías luz por todas partes. Veo que Caifás se regocija de gusto al verte tan malamente
reducido, y a los reflejos de tu luz se ciega más, y en su furor te pregunta de
nuevo: “¿Así que Tú realmente eres el
verdadero Hijo de Dios?” Y Tú amor mío,
con una Majestad suprema y con una gracia en tu decir, con tu acostumbrado
acento dulce y conmovedor que rapta los corazones respondes:
“Sí, Yo soy el verdadero Hijo de Dios.”
Y ellos, si bien sienten toda la fuerza de tu palabra,
sofocando todo, sin querer saber más, con voz unánime gritan: “¡Es reo de muerte, es reo de muerte!” Y Caifás confirma la sentencia de muerte y
te envía a Pilatos. Y Tú, condenado
Jesús mío, aceptas esta sentencia con tanto amor y resignación que casi la
arrebatas del inicuo pontífice, y reparas todos los pecados hechos deliberadamente
y con toda malicia, y por aquellos que en vez de afligirse por el mal, se
alegran y exultan por el mismo pecado, y esto los lleva a la ceguera y a
sofocar cualquier luz y gracia en ellos.
Vida mía, tus reparaciones y oraciones hacen eco en mi
corazón y reparo y suplico junto contigo.
Dulce amor mío, veo que los soldados, habiendo perdido la poca estima
que les quedaba de Ti, al verte sentenciado a muerte te toman y agregan cuerdas
y cadenas, te atan tan fuerte que casi quitan el movimiento a tu Divina
Persona, y empujándote y arrastrándote te sacan del palacio de Caifás. Turbas del pueblo te esperan, pero ninguno
para defenderte, y Tú, mi Sol Divino, sales en medio de ellos queriendo
envolverlos a todos con tu luz. Y
conforme das los primeros pasos, queriendo encerrar en los tuyos todos los
pasos de las criaturas, ruegas y reparas por aquellos que dan sus primeros
pasos y obran con fines malos: quien
para vengarse, quien para matar, quien para traicionar, quien para robar, y
tantas otras cosas. Oh, cómo todas
estas culpas te hieren el corazón, y para impedir tanto mal, ruegas, reparas y
te ofreces todo Tú mismo. Pero mientras
te sigo, veo que Tú, mi Sol Jesús, al momento de salir del palacio de Caifás te
encuentras con la bella María, nuestra dulce Mamá; vuestras miradas se
encuentran, se hieren, y si bien quedáis aliviados al veros, también se agregan
nuevos dolores: Tú, al ver a la bella
Mamá traspasada, pálida y enlutada; y a la amada Mamá al verte a Ti, Sol
Divino, eclipsado por tantos oprobios, lloroso y envuelto en un manto de
sangre. Pero no podéis disfrutar mucho
el intercambio de miradas, y con el dolor de no poder deciros ni siquiera una
palabra, vuestros corazones se dicen todo, y fundidos el uno en el otro cesan
de mirarse porque los soldados te empujan, y así, pisoteado y arrastrado llegas
a Pilatos. Mi Jesús, me uno a la
traspasada Mamá en seguirte, para fundirme junto con Ella en Ti; y dándome una
mirada de amor, bendíceme.
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De las 7 a las 8
de la mañana
Jesús ante Pilatos.
Pilatos lo envía a Herodes
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Atado bien mío, tus enemigos unidos a los sacerdotes te
presentan ante Pilatos, y ellos fingiendo santidad y escrupulosidad, debiendo
festejar la Pascua se quedan fuera en el atrio, y Tú, mi amor, viendo el fondo
de su malicia reparas las hipocresías del cuerpo religioso. También yo reparo junto contigo, pero
mientras Tú te ocupas del bien de ellos, ellos en cambio comienzan a acusarte
ante Pilatos, vomitando todo el veneno que tienen contra Ti, pero Pilatos
mostrándose insatisfecho de las acusaciones que te hacen, para poderte condenar
con motivo te llama aparte y a solas te examina y te pregunta: “¿Eres Tú el rey de los judíos?” Y Tú mi Jesús, verdadero rey mío respondes:
“Mi reino no es de este mundo; de lo contrario millares
de legiones de ángeles me defenderían.”
Y Pilatos conmovido por la suavidad y dignidad de tu
palabra, sorprendido te dice: “¿Cómo,
Tú eres rey?”
Y Tú: “Es como tú
lo dices, Yo lo soy, y he venido al mundo a enseñar la Verdad.”
Y Pilatos sin querer saber más y convencido de tu
inocencia, sale a la terraza y dice:
“Yo no encuentro culpa alguna en este hombre.” Los judíos enfurecidos te acusan de tantas otras cosas, y Tú
callas y no te defiendes, y reparas las debilidades de los jueces cuando se
encuentran de frente a los poderosos y sus injusticias, y ruegas por los
inocentes oprimidos y abandonados.
Entonces Pilatos al ver el furor de tus enemigos y para desentenderse te
envía a Herodes.
Mi rey divino, quiero repetir tus oraciones y
reparaciones y acompañarte hasta Herodes.
Veo que tus enemigos, enfurecidos, quisieran devorarte y te conducen
entre insultos, burlas y befas, y así te hacen llegar ante Herodes, el cual en
actitud soberbia te hace muchas preguntas, y Tú no respondes, no lo miras, y
Herodes irritado porque no se ve satisfecho en su curiosidad y sintiéndose
humillado por tu prolongado silencio, dice a todos que Tú eres un loco y sin
juicio, y como a tal ordena que seas tratado, y para mofarse de Ti hace que
seas vestido con una vestidura blanca y te entrega en las manos de los soldados
para que te hagan lo peor que puedan.
Inocente Jesús, ninguno encuentra culpa en Ti, sólo los
judíos, porque su fingida religiosidad no merece que resplandezca en sus mentes
la luz de la verdad. Mi Jesús,
sabiduría infinita, cuánto te cuesta el haber sido declarado loco. Los soldados abusando de Ti te arrojan por
tierra, te pisotean, te cubren de salivazos, te escarnecen, te golpean con
palos, y son tantos los golpes que te sientes morir. Son tales y tantas las penas, los oprobios, las humillaciones que
te hacen, que los ángeles lloran y se cubren el rostro con sus alas para no
verlas. También yo, mi loquito Jesús,
quiero llamarte loco, pero loco de amor, y es tanta tu locura de amor que en
vez de ofenderte, Tú ruegas y reparas por las ambiciones de los reyes que
ambicionan reinos para ruina de los pueblos, por las destrucciones que
provocan, por tanta sangre que hacen derramar por sus caprichos, por todos los
pecados de curiosidad y por las culpas cometidas en las cortes y en las
milicias.
Mi Jesús, cómo es tierno el verte en medio de tantos
ultrajes orando y reparando, tus palabras repercuten en mi corazón y sigo lo
que haces Tú. Y ahora deja que me ponga
a tu lado y tome parte en tus penas y te consuele con mi amor, y alejándote a
los enemigos, te tomo entre mis brazos para darte fuerzas y besarte la frente.
Dulce amor mío, veo que no te dan reposo y que Herodes te
envía nuevamente a Pilatos. Si doloroso
ha sido el venir, más trágico será el regreso, porque veo que los judíos están
más enfurecidos que antes y están resueltos a hacerte morir a cualquier
precio. Por eso antes que salgas del
palacio de Herodes quiero besarte, para testimoniarte mi amor en medio de
tantas penas, y Tú fortifícame con tu beso y con tu bendición, y te sigo ante
Pilatos.
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De las 8 a las 9
de la mañana
DECIMASEXTA HORA
Jesús de nuevo ante Pilatos. Es pospuesto a Barrabás.
Jesús es flagelado.
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Mi atormentado Jesús, mi pobre corazón te sigue entre
ansias y penas, y al verte vestido de loco, conociendo quién eres Tú, Sabiduría
infinita, que das el juicio a todos, doy en delirio y digo: ¿Cómo, Jesús loco? ¿Jesús malhechor? ¡Y
ahora serás pospuesto al más grande malhechor, a Barrabás! Mi Jesús, Santidad que no tiene igual, ya
estás de nuevo ante Pilatos, y éste, al verte tan malamente reducido y vestido
de loco, y sabiendo que ni siquiera Herodes te ha condenado, queda más
indignado contra los judíos y se convence mayormente de tu inocencia y de no
condenarte, pero queriendo dar alguna satisfacción a los judíos, como para
aplacar el odio, el furor, la rabia y la sed que tienen de tu sangre, te
propone a ellos junto con Barrabás, pero los judíos gritan: “¡No queremos libre a Jesús, sino a
Barrabás!” Y entonces Pilatos no
sabiendo ya qué hacer para calmarlos te condena a la flagelación.
Mi pospuesto Jesús, se me rompe el corazón al ver que
mientras los judíos se ocupan de Ti para hacerte morir, Tú, encerrado en Ti
mismo piensas en dar a todos la Vida, y poniendo atención te escucho decir:
“Padre Santo, mira a tu Hijo vestido de loco, esto te
repara la locura de tantas criaturas al caer en el pecado; esta vestidura
blanca sea ante Ti como disculpa por tantas almas que se visten con la lúgubre
vestidura de la culpa. Mira oh Padre,
el odio, el furor, la rabia que tienen contra Mí, que casi les hace perder la
luz de la razón, la sed que tienen de mi sangre, y Yo quiero repararte todos
los odios, las venganzas, las iras, los homicidios, y conseguir a todos la luz
de la razón. Mírame de nuevo Padre mío,
¿se puede dar insulto mayor? Me han
pospuesto al más grande malhechor, y Yo quiero repararte todas las
posposiciones que se hacen, ¡ah, todo el mundo está lleno de
posposiciones! Quien nos pospone a un
vil interés, quien a los honores, quien a las vanidades, quien a los placeres,
a los apegos, a las dignidades, a las crápulas y hasta al mismo pecado, y en
modo unánime todas las criaturas, aún a cada pequeña tontería nos posponen, y
Yo estoy dispuesto a aceptar ser pospuesto a Barrabás para reparar las
posposiciones de las criaturas.”
Mi Jesús, me siento morir de dolor y de confusión al ver
tu gran amor en medio de tantas penas y el heroísmo de tus virtudes en medio de
tantas penas e insultos. Tus palabras y
reparaciones, como tantas heridas se repercuten en mi pobre corazón, y en mi
dolor repito tus plegarias y tus reparaciones, ni siquiera un instante puedo
separarme de Ti, de otra manera muchas cosas de lo que haces Tú se me
escaparían. Pero, ¿qué veo? Los soldados te conducen a una columna para
flagelarte. Amor mío, te sigo y Tú con
tu mirada de amor mírame y dame la fuerza para asistir a tu dolorosa
flagelación.
Mi purísimo Jesús, ya estás junto a la columna, los
soldados enfurecidos te sueltan para atarte a ella, pero no es suficiente, te
despojan de tus vestiduras para hacer cruel carnicería de tu santísimo
cuerpo. Amor mío, vida mía, me siento
desfallecer por el dolor de verte desnudo, Tú tiemblas de pies a cabeza y tu
santísimo rostro se tiñe de virginal rubor, y es tanta tu confusión y tu agotamiento,
que no sosteniéndote en pie estás a punto de caer a los pies de la columna,
pero los soldados sosteniéndote, no por ayudarte sino para poderte atar, no te
dejan caer. Ya toman las sogas, te atan
los brazos, pero tan fuerte que enseguida se hinchan y de la punta de los dedos
brota sangre. Después, en torno a la columna
pasan sogas que sujetan tu santísima persona hasta los pies, y tan fuerte que
no puedes hacer ni siquiera un movimiento, y así poder ellos desenfrenarse
sobre de Ti libremente.
Despojado Jesús mío, permíteme que me desahogue, de otra
manera no puedo continuar viéndote sufrir tanto. ¿Cómo? Tú que vistes a
todas las cosas creadas, al sol de luz, al cielo de estrellas, a las plantas de
hojas, a los pajarillos de plumas, Tú, ¿desnudo? ¡Qué atrevimiento! Pero
mi amante Jesús, con la luz que irradia de sus ojos me dice:
“Calla, oh hija.
Era necesario que fuese desnudado para reparar por tantos que se despojan
de todo pudor, de candor y de inocencia; que se desnudan de todo bien y virtud,
de mi Gracia, y se visten de toda brutalidad, viviendo a modo de brutos. En mi virginal rubor reparé las tantas
deshonestidades y afeminaciones y placeres bestiales. Por eso atenta a lo que hago y ruega y repara conmigo y cálmate.”
Flagelado Jesús, tu amor pasa de exceso en exceso, veo
que los verdugos toman los flagelos y te azotan sin piedad, tanto, que todo tu
santísimo cuerpo queda lívido; es tanta la ferocidad y el furor al golpearte,
que están ya cansados, pero otros dos los sustituyen y tomando varas espinosas
te azotan tanto, que enseguida de tu santísimo cuerpo comienza a chorrear a
ríos la sangre, y lo continúan golpeando todo, abriendo surcos y lo llenan de
llagas. Pero aún no les basta, otros
dos continúan, y con cadenas de fierro continúan la dolorosa carnicería. A los primeros golpes esas carnes llagadas
se desgarran y a pedazos caen por tierra; los huesos quedan al descubierto y la
sangre brota tanto, que forma un lago de sangre en torno a la columna.
Mi Jesús desnudado, amor mío, mientras Tú estás bajo esta
tempestad de golpes, me abrazo a tus pies para poder tomar parte en tus penas y
quedar toda cubierta con tu preciosísima sangre, pero cada golpe que Tú recibes
es una herida a mi corazón, mucho más, pues poniendo atención oigo tus gemidos,
los cuales no se escuchan bien porque la tempestad de golpes ensordece el
ambiente, y en esos gemidos Tú dices:
“Vosotros, todos los que me amáis, vengan a aprender el
heroísmo del verdadero amor; vengan a apagar en mi sangre la sed de vuestras
pasiones, la sed de tantas ambiciones, de tantas vanidades y placeres, de tanta
sensualidad; en esta mi sangre encontraréis el remedio a todos vuestros males.”
Tus gemidos continúan diciendo: “Mírame, oh Padre, bajo esta tempestad de golpes, todo llagado,
pero no basta, quiero formar tantas llagas en mi cuerpo para dar suficientes
moradas en el Cielo de mi Humanidad a todas las almas, en modo de formar en Mí
mismo su salvación, y después hacerlas pasar al Cielo de la Divinidad. Padre mío, cada golpe de estos flagelos
repare ante Ti, uno a uno cada especie de pecado, y conforme me golpean, así
sea excusa para aquellos que los cometen.
Que estos golpes golpeen los corazones de las criaturas y les hablen de
mi amor por ellas, tanto, de forzarlas a rendirse a Mí.”
Y mientras esto dices, es tan grande tu amor, si bien con
sumo dolor, que casi incitas a los verdugos a que te azoten aún más. Mi descarnado Jesús, tu amor me aplasta, me
siento enloquecer; y si bien tu amor no está cansado, los verdugos están
agotados y no pueden continuar la dolorosa carnicería. Ya te quitan las cuerdas y Tú caes casi
muerto en tu propia sangre; y al ver los pedazos de tus carnes te sientes morir por el dolor, al ver en
aquellas carnes arrancadas de Ti, a las almas perdidas, y es tanto tu dolor,
que agonizas en tu propia sangre.
Mi Jesús, deja que te tome entre mis brazos para
restaurarte un poco con mi amor. Te beso,
y con mi beso encierro a todas las almas en Ti, así ninguna más se perderá, y
Tú bendíceme.
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De las 9 a las
10 de la mañana
DECIMASEPTIMA HORA
Jesús coronado de espinas. “Ecce Homo.” Jesús es
condenado a muerte.
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Mi Jesús, amor infinito, mientras más te miro más
comprendo cuánto sufres. Ya estás todo
lacerado y no hay parte sana en Ti; los verdugos enfurecidos al ver que Tú en
medio de tantas penas los miras con tanto amor, que tu mirada amorosa formando
un dulce encanto, casi como tantas voces ruegan y suplican más penas y nuevas
penas, y estos, si bien inhumanos, pero también forzados por tu amor, te ponen
de pie, y Tú, no sosteniéndote caes de nuevo en tu propia sangre, y ellos,
irritados, con patadas y con empujones te hacen llegar al lugar donde te
coronarán de espinas.
Amor mío, si Tú no me sostienes con tu mirada de amor, yo
no puedo continuar viéndote sufrir.
Siento ya un escalofrío en los huesos, el corazón me late fuertemente,
me siento morir, ¡Jesús, Jesús, ayúdame!
Y mi amable Jesús me dice:
“Animo, no pierdas nada de lo que he sufrido; sé atenta a
mis enseñanzas. Yo debo rehacer en todo
al hombre, la culpa le ha quitado la corona y lo ha coronado de oprobios y de
confusión, así que no puede comparecer ante mi Majestad, la culpa lo ha
deshonrado haciéndole perder todo derecho a los honores y a la gloria, por eso
quiero ser coronado de espinas, para poner sobre la frente del hombre la corona
y restituirle todos los derechos a cualquier honor y gloria; y mis espinas
serán ante mi Padre reparaciones y voces de disculpa por los tantos pecados de
pensamiento y especialmente de soberbia; y serán voces de luz y de súplica a
cada mente creada para que no me ofendan; por eso, tú únete conmigo y ora y
repara junto conmigo.”
Coronado Jesús, tus crueles enemigos te hacen sentar, te
ponen encima un trapo de púrpura, toman la corona de espinas y con furia
infernal te la ponen sobre tu adorable cabeza, y a golpes de palos te hacen
penetrar las espinas en la frente, y algunas te llegan hasta los ojos, a las
orejas, al cráneo y hasta detrás en la nuca.
¡Amor mío, qué desgarro, qué penas tan inenarrables! ¡Cuántas muertes crueles no sufres! La sangre te corre sobre tu rostro, de
manera que no se ve más que sangre, pero bajo esas espinas y esa sangre se descubre
tu rostro santísimo radiante de dulzura, de paz y de amor, y los verdugos queriendo
completar la tragedia te vendan los ojos, te ponen una caña en la mano por
cetro y comienzan sus burlas. Te
saludan como rey de los judíos, te golpean la corona, te dan bofetadas y te
dicen: “Adivina quién te ha
golpeado.” Y Tú callas y respondes con
reparar las ambiciones de quienes aspiran a reinos, a las dignidades, a los
honores, y por aquellos que encontrándose en estos puestos, no comportándose
bien forman la ruina de los pueblos y de las almas confiadas a ellos, y cuyos
malos ejemplos son causa de empujar al mal y de que se pierdan almas. Con esa caña que tienes en la mano reparas
por tantas obras buenas vacías de espíritu interior, e incluso hechas con malas
intenciones. En los insultos y en esa
venda reparas por aquellos que ponen en ridículo las cosas más santas,
desacreditándolas y profanándolas, y reparas por aquellos que se vendan la
vista de la inteligencia para no ver la luz de la verdad. Con esta venda impetras para nosotros el que
nos quitemos las vendas de las pasiones, de las riquezas y los placeres. Mi rey Jesús, tus enemigos continúan sus
insultos, y la sangre que escurre de tu santísima cabeza es tanta, que
llegándote hasta la boca te impide hacerme oír claramente tu dulcísima voz, y
por eso no puedo hacer lo que haces Tú, por eso vengo a tus brazos, quiero
sostener tu cabeza traspasada y dolorida, quiero poner mi cabeza bajo esas
espinas para sentir sus pinchazos. Pero
mientras digo esto, mi Jesús me llama con su mirada de amor y yo corro, me
abrazo a su corazón y trato de sostener su cabeza. ¡Oh, cómo es bello estar con Jesús, aun en medio de mil
tormentos! Y Él me dice:
“Hija mía, estas espinas dicen que quiero ser constituido
rey de cada corazón; a Mí me corresponde todo dominio; tú toma estas espinas y
pincha tu corazón y haz salir de él todo lo que a Mí no pertenece y deja las
espinas dentro de tu corazón como señal de que Yo soy tu rey y para impedir que
ninguna otra cosa entre en ti. Después
gira por todos los corazones, y pinchándolos haz salir de ellos todos los humos
de soberbia, la podredumbre que contienen, y constitúyeme Rey de todos.”
Amor mío, el corazón se me oprime al dejarte, por eso te
ruego que ensordezcas mis oídos con tus espinas para que sólo pueda oír tu voz;
que me cubras los ojos con tus espinas para poder mirarte sólo a Ti; que me
llenes con tus espinas la boca, de modo que mi lengua quede muda a todo lo que
pudiera ofenderte, y tenga libre la lengua para alabarte y bendecirte en
todo. Oh mi Rey Jesús, circúndame de
espinas, y estas espinas me custodien, me defiendan y me tengan toda atenta a
Ti. Y ahora quiero limpiarte la sangre
y besarte, porque veo que tus enemigos te conducen a Pilatos, el cual te
condenará a muerte. Amor mío, ayúdame a
continuar tu dolorosa Vida y bendíceme.
Mi coronado Jesús, mi pobre corazón herido por tu amor y
traspasado por tus penas no puede vivir sin Ti, por eso te busco y te encuentro
nuevamente ante Pilatos. ¡Pero qué
espectáculo conmovedor! ¡Los Cielos se
horrorizan y el infierno tiembla de espanto y de rabia! Vida de mi corazón, mi mirada no puede
soportar el mirarte sin sentirme morir; pero la fuerza raptora de tu amor me
obliga a mirarte para hacerme comprender bien tus penas; y yo entre lágrimas y
suspiros te contemplo. Mi Jesús, estás
desnudo, y en vez de vestidos te veo vestido de sangre, las carnes abiertas y
destrozadas, los huesos al descubierto, tu santísimo rostro irreconocible; las
espinas clavadas en tu santísima cabeza te llegan a los ojos, al rostro, y yo
no veo más que sangre, que corriendo hasta la tierra forma un arroyo
sanguinolento bajo tus pies. ¡Mi Jesús,
no te reconozco más por como has quedado reducido! ¡Tu estado ha llegado a los excesos más profundos de las
humillaciones y de los dolores! ¡Ah, no
puedo soportar tu visión tan dolorosa!
Me siento morir, quisiera arrebatarte de la presencia de Pilatos para
encerrarte en mi corazón y darte descanso; quisiera sanar tus llagas con mi
amor, y con tu sangre quisiera inundar todo el mundo para encerrar en ella a
todas las almas y conducirlas a Ti como conquista de tus penas. Y Tú, oh paciente Jesús, a duras penas
parece que me miras por entre las espinas y me dices:
“Hija mía, ven entre mis atados brazos, apoya tu cabeza
sobre mi seno y verás dolores más intensos y acerbos, porque lo que ves por
fuera de mi Humanidad no es otra cosa que el desahogo de mis penas
interiores. Pon atención a los latidos
de mi corazón y oirás que reparo las injusticias de los que mandan, la opresión
de los pobres, de los inocentes pospuestos a los culpables, la soberbia de aquellos
que para conservar las dignidades, los cargos, las riquezas, no dudan en romper
cualquier ley y en hacer mal al prójimo, cerrando los ojos a la luz de la
verdad. Con estas espinas quiero romper
el espíritu de soberbia de “sus señorías”, y con las heridas que forman en mi
cabeza quiero abrirme camino en sus mentes, para reordenar en ellas todas las
cosas según la luz de la verdad. Con
estar así humillado ante este injusto juez, quiero hacer comprender a todos que
solamente la virtud es la que constituye al hombre rey de sí mismo, y enseño a
quien manda, que solamente la virtud, unida al recto saber, es la única digna y
capaz de gobernar y regir a los demás, mientras que todas las otras dignidades,
sin la virtud, son cosas peligrosas y deplorables. Hija mía, haz eco a mis reparaciones y sigue poniendo atención a
mis penas.”
Amor mío, veo que Pilatos, al verte tan malamente
reducido, se siente estremecer y todo impresionado exclama: “¿Será posible tanta crueldad en los
corazones humanos? ¡Ah, no era esta mi
voluntad al condenarlo a los azotes!” Y
queriendo liberarte de las manos de tus enemigos, para poder encontrar razones
más convenientes, todo hastiado y apartando la mirada, porque no puede sostener
tu visión demasiado dolorosa, vuelve a interrogarte: “Pero dime, ¿qué has hecho?
Tu gente te ha entregado en mis manos, dime, ¿Tú eres rey? ¿Cual es tu reino?”
A las preguntas apresuradas de Pilatos, Tú, oh mi Jesús,
no respondes, y ensimismado en Ti mismo piensas en salvar mi pobre alma a costa
de tantas penas. Y Pilatos, porque no
respondes, añade: “¿No sabes Tú que
está en mi poder el liberarte o el condenarte?” Pero Tú, oh amor mío, queriendo hacer resplandecer en la mente de
Pilatos la luz de la verdad le respondes:
“No tendrías ningún poder sobre Mí si no te viniera de lo
alto, pero aquellos que me han entregado en tus manos han cometido un pecado
más grave que el tuyo.”
Entonces Pilatos, como movido por la dulzura de tu voz,
indeciso como está, con el corazón en tempestad, creyendo que los corazones de
los judíos fuesen más piadosos, se decide a mostrarte desde la terraza,
esperando que se muevan a compasión al verte tan desgarrado, y así poderte
liberar.
Dolorido Jesús mío, mi corazón desfallece al verte seguir
a Pilatos, con trabajos caminas y encorvado bajo aquella horrible corona de
espinas, la sangre marca tus pasos, y en cuanto sales fuera escuchas a la
muchedumbre escandalosa que, ansiosa espera tu condena. Pilatos imponiendo silencio para llamar la
atención de todos y hacerse escuchar por todos, toma con repugnancia los dos
extremos de la púrpura que te cubre el pecho y los hombros, los levanta para
hacer que todos vean a qué estado has quedado reducido, y en voz alta
dice: “¡Ecce Homo! Mírenlo, no tiene más figura de hombre,
observen sus llagas; ya no se le reconoce; si ha hecho mal ya ha sufrido
suficiente, más bien demasiado; yo estoy arrepentido de haberle hecho sufrir
tanto, por eso dejémoslo libre.”
Jesús, amor mío, deja que te sostenga, porque veo que no
sosteniéndote en pie bajo el peso de tantas penas, vacilas. Ah, en este momento solemne se decide tu
suerte, a las palabras de Pilatos se hace un profundo silencio en el Cielo, en
la tierra y en el infierno. Y después,
como en una sola voz oigo el grito de todos:
“¡Crucifícalo, crucifícalo, a cualquier costo lo queremos muerto!”
Vida mía, Jesús, veo que tiemblas, el grito de muerte
desciende en tu corazón, y en estas voces descubres la voz de tu amado Padre
que dice:
“¡Hijo mío, te quiero muerto, y muerto crucificado!” Ah, oyes también a tu Mamá, que si bien
traspasada, desolada, hace eco a tu amado Padre: “¡Hijo, te quiero muerto!”
Los ángeles, los santos, el infierno, todos a voz unánime gritan: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” Así que no hay alma que te quiera vivo. Y, ay, ay, con mi mayor rubor, dolor y
horror, también yo me siento obligada por una fuerza suprema a gritar:
“¡Crucifícalo!”
Mi Jesús, perdóname si también yo, miserable alma
pecadora, te quiero muerto. Sin embargo
te ruego que me hagas morir junto contigo.
Y Tú, mientras tanto, oh mi destrozado Jesús, movido por
mi dolor parece que me dices:
“Hija mía, estréchate a mi corazón y toma parte en mis
penas y en mis reparaciones; el momento es solemne, se debe decidir, o mi
muerte, o la muerte de todas las criaturas.
En este momento dos corrientes se vierten en mi corazón, en una están
las almas que, si me quieren muerto es porque quieren hallar en Mí la Vida, y
así, al aceptar Yo la muerte por ellas son absueltas de la condenación eterna y
las puertas del Cielo se abren para recibirlas; en la otra corriente están
aquellas que me quieren muerto por odio y como confirmación de su condenación y
mi corazón está lacerado y siente la muerte de cada una de éstas y sus mismas
penas del infierno. Mi corazón no
soporta estos acerbos dolores; siento la muerte a cada latido y a cada respiro,
y voy repitiendo: “¿Por qué tanta
sangre será derramada en vano? ¿Por qué
mis penas serán inútiles para tantos?
¡Ah, hija, sostenme que no puedo más, toma parte en mis penas, tu vida
sea un continuo ofrecimiento para salvar las almas y para mitigarme penas tan
desgarradoras!”
Corazón mío, Jesús, tus penas son las mías y hago eco a
tus reparaciones. Pero veo que Pilatos
queda atónito y se apresura a decir:
“¿Cómo? ¿Debo crucificar a
vuestro rey? Yo no encuentro culpa en Él
para condenarlo.” Y los judíos haciendo
escándalo gritan: “No tenemos otro rey
que el Cesar, y si tú no lo condenas no eres amigo del Cesar; loco, insensato,
crucifícalo, crucifícalo.”
Pilatos, no sabiendo qué más hacer, por temor a ser
destituido hace traer un recipiente con agua y lavándose las manos dice: “Yo soy inocente de la sangre de este
Justo.” Y te condena a muerte. Pero los judíos gritan: “¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre
nuestros hijos! Y al verte condenado
estallan en fiesta, aplauden, silban, gritan; mientras Tú, oh Jesús, reparas
por aquellos que encontrándose en el poder, por vano temor y por no perder su
puesto rompen las leyes más sagradas, no importándoles la ruina de pueblos
enteros, favoreciendo a los impíos y condenando a los inocentes; reparas
también por aquellos que después de la culpa instigan a la Ira Divina a castigarlos. Pero mientras reparas todo esto, el corazón
te sangra por el dolor de ver al pueblo escogido por Ti, fulminado por la
maldición del Cielo, que ellos mismos con plena voluntad han querido,
sellándola con tu sangre que han imprecado.
Ah, tu corazón desfallece, déjame que lo sostenga entre mis manos
haciendo mías tus reparaciones y tus penas; pero tu amor te empuja aun más
alto, e impaciente ya buscas la cruz.
Vida mía, te seguiré, pero por ahora repósate en mis brazos, y después
llegaremos juntos al monte Calvario; por eso permanece en mí y bendíceme.
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De las 10 a las
11 de la mañana
DECIMOCTAVA HORA
Jesús toma la cruz y se dirige al Calvario donde es
desnudado.
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Mi Jesús, amor insaciable, veo que no te das paz, siento
tus desvaríos de amor, tus dolores; el corazón te late con fuerza y en cada
latido siento explosiones, torturas, violencias de amor, y Tú, no pudiendo
contener el fuego que te devora, te afanas, gimes, suspiras, y en cada gemido
te oigo decir: “¡Cruz!” Cada gota de tu sangre repite: “¡Cruz!”
Todas tus penas, en las cuales como en un mar interminable Tú nadas
dentro, repiten entre ellas:
“¡Cruz!” Y Tú exclamas: “¡Oh cruz amada y suspirada, tú sola
salvarás a mis hijos, y Yo concentro en ti todo mi amor!”
Entre tanto, tus enemigos te hacen reentrar en el
pretorio, te quitan la púrpura queriendo ponerte de nuevo tus vestidos. ¡Pero ay, cuánto dolor! ¡Me sería más dulce el morir que verte sufrir
tanto! ¡La vestidura se atora en la
corona y no pueden sacártela por arriba, así que con crueldad jamás vista te
arrancan todo junto, vestidos y corona.
A tan cruel tirón muchas espinas se rompen y quedan clavadas en tu
santísima cabeza; la sangre a ríos te llueve y es tanto tu dolor, que gimes;
pero tus enemigos no tomando en cuenta tus torturas, te ponen tus vestiduras y
de nuevo vuelven a ponerte la corona oprimiéndola fuertemente sobre tu cabeza,
y hacen que las espinas te lleguen a los ojos, a las orejas, así que no hay
parte de tu santísima cabeza que no sienta los pinchazos de ellas. Es tanto tu dolor que vacilas bajo esas
manos cueles, te estremeces de pies a cabeza y entre atroces espasmos estás a
punto de morir, y con tus ojos apagados y llenos de sangre, con trabajos me
miras para pedirme ayuda en medio de tanto dolor.
Mi Jesús, rey de los dolores, deja que te sostenga y te
estreche a mi corazón. Quisiera tomar
el fuego que te devora para incinerar a tus enemigos y ponerte a salvo, pero Tú
no quieres porque las ansias de la cruz se hacen más ardientes y quieres
inmolarte ya sobre ella, aun para bien de tus mismos enemigos. Pero mientras te estrecho a mi corazón, Tú
estrechándome al tuyo me dices:
“Hija mía, hazme desahogar mi amor, y junto conmigo
repara por aquellos que hacen el bien y me deshonran. Estos judíos me visten con mis ropas para desacreditarme
mayormente ante el pueblo, para convencerlo de que Yo soy un malhechor. Aparentemente la acción de vestirme era
buena, pero en sí misma era mala. Ah,
cuántos hacen obras buenas, administran sacramentos, los frecuentan pero con
fines humanos e incluso perversos, pero el bien mal hecho lleva a la dureza; Yo
quiero ser coronado una segunda vez, con dolores más atroces que en la primera,
para romper esta dureza y así, con mis espinas, atraerlos a Mí. Ah, hija mía, esta segunda coronación me es
mucho más dolorosa, la cabeza me la siento nadando entre espinas, y en cada
movimiento que hago o golpe que me dan, tantas muertes crueles sufro. Reparo así la malicia de las ofensas, reparo
por aquellos que en cualquier estado de ánimo en que se encuentren, en vez de
pensar en la propia santificación se disipan y rechazan mi Gracia, y regresan a
darme espinas más punzantes, y Yo soy obligado a gemir, a llorar con lágrimas
de sangre y a suspirar por su salvación.
¡Ah, Yo hago todo por amarlas, y las criaturas hacen de todo para
ofenderme! Al menos tú no me dejes solo
en mis penas y en mis reparaciones.”
Destrozado bien mío, contigo reparo, contigo sufro, pero
veo que tus enemigos te precipitan por las escaleras, el pueblo con furor y
ansias te espera; ya te hacen encontrar preparada la cruz, que con tantos
suspiros buscas, y Tú con amor la miras y con paso decidido te acercas a
abrazarla, pero antes la besas, y corriéndote un estremecimiento de alegría por
tu santísima Humanidad, con sumo contento tuyo vuelves a mirarla y mides su
largo y su ancho. En ella estableces la
porción para todas las criaturas, las dotas suficientemente para vincularlas a
la Divinidad con nudo de nupcias y hacerlas herederas del Reino de los Cielos;
después, no pudiendo contener el amor con el cual las amas, vuelves a besar la
cruz y le dices:
“Cruz adorada, finalmente te abrazo; eras tú el suspiro
de mi corazón, el martirio de mi amor, pero tú, oh cruz, tardaste hasta ahora,
mientras mis pasos siempre se dirigían hacia ti. Cruz santa, eras tú la meta de mis deseos, la finalidad de mi
existencia acá abajo, en ti concentro todo mi Ser; en ti pongo a todos mis
hijos y tú serás su vida y su luz, su defensa, su custodia, su fuerza. Tú los ayudarás en todo y me los conducirás
gloriosos al Cielo. Oh cruz, cátedra de
sabiduría, sólo tú enseñarás la verdadera santidad, sólo tú formarás los
héroes, los atletas, los mártires, los santos.
Cruz bella, tú eres mi trono y debiendo Yo partir de la tierra, tú
permanecerás en lugar mío; a ti te entrego en dote a todas las almas. A ti las confío para que me las custodies y
me las salves.”
Y diciendo esto, ansioso te la haces poner sobre tus
santísimos hombros. Ah mi Jesús, la
cruz para tu amor es demasiado ligera, pero al peso de la cruz se une el de nuestras
enormes e inmensas culpas, enormes e inmensas cuanto es la extensión de los
cielos, y Tú, quebrantado bien mío, te sientes aplastar bajo el peso de tantas
culpas, tu alma se horroriza ante la vista de ellas y siente la pena de cada
culpa; tu santidad queda turbada ante tanta fealdad, y por esto poniendo la
cruz sobre tus hombros, vacilas, jadeas, y de tu santísima Humanidad brota un
sudor mortal. Ah, amor mío, no tengo
ánimo para dejarte solo, quiero dividir junto contigo el peso de la cruz, y
para aliviarte el peso de las culpas me estrecho a tus pies; quiero darte a
nombre de todas las criaturas: Amor por
quien no te ama, alabanzas por quien te desprecia, bendiciones, agradecimientos,
obediencia por todas. Declaro que en
cualquier ofensa que recibas, yo quiero ofrecerte toda yo misma para repararte,
hacer el acto opuesto a las ofensas que las criaturas te hacen y consolarte con
mis besos y mis continuos actos de amor.
Pero veo que soy demasiado miserable, tengo necesidad de Ti para poderte
reparar de verdad, por eso me uno a tu santísima Humanidad, y junto a Ti uno
mis pensamientos a los tuyos para reparar mis pensamientos malos y los de
todos; uno mi boca a la tuya para reparar las blasfemias y las malas conversaciones;
uno mi corazón al tuyo para reparar las inclinaciones, los deseos y los afectos
malos; en una palabra, quiero reparar todo lo que repara tu santísima
Humanidad, uniéndome a la inmensidad de tu amor por todos y al bien inmenso que
haces a todos. Pero no estoy contenta
aún, quiero unirme a tu Divinidad y perder mi nada en Ella, y así te doy el
todo: Te doy tu amor para confortar tus
amarguras; te doy tu corazón para reconfortarte por nuestras frialdades, incorrespondencias,
ingratitudes y poco amor de las criaturas; te doy tus armonías para aliviarte
el oído de las blasfemias que le llegan; te doy tu belleza para reconfortarte
de las fealdades de nuestras almas cuando nos ensuciamos en la culpa; te doy tu
pureza para aliviarte por las faltas de rectitud de intención, y por el fango y
podredumbre que ves en tantas almas; te doy tu inmensidad para aliviarte de las
estrecheces voluntarias donde se meten las almas; te doy tu ardor para quemar
todos los pecados y todos los corazones, a fin de que todos te amen y ninguno
más te ofenda; en suma, te doy todo lo que Tú eres para darte satisfacción
infinita, amor eterno, inmenso e infinito.
Mi pacientísimo Jesús, veo que das los primeros pasos
bajo el peso enorme de la cruz, y yo uno mis pasos a los tuyos y cuando Tú,
débil, desangrado y vacilante estés por caer, yo estaré a tu lado para
sostenerte, pondré mis hombros bajo la cruz para dividir junto contigo el peso
de ella. Tú no me desdeñarás, sino
acéptame como tu fiel compañera. Oh
Jesús, me miras y veo que reparas por aquellos que no llevan con resignación su
propia cruz, sino que maldicen, se irritan, se suicidan y cometen homicidios; y
Tú impetras para todos amor y resignación a la propia cruz; pero es tanto tu
dolor, que te sientes como destrozar bajo la cruz. Son apenas los primeros pasos que das y ya caes bajo de ella, y
al caer te golpeas en las piedras, las espinas se clavan más en tu cabeza,
mientras que todas tus llagas se abren y sangran nuevamente; y como no tienes
fuerzas para levantarte, tus enemigos, irritados, a patadas y con empujones
tratan de ponerte en pie.
Caído amor mío, deja que te ayude a ponerte en pie, te
bese, te limpie la sangre y junto contigo repare por aquellos que pecan por
ignorancia, por fragilidad y debilidad, y te ruego que des ayuda a estas almas.
Vida mía, Jesús, tus enemigos haciéndote sufrir penas
inauditas, han logrado ponerte en pie, y mientras caminas vacilante oigo tu
respiro afanoso, tu corazón late más fuerte y nuevas penas te lo traspasan
intensamente, sacudes la cabeza para quitar de tus ojos la sangre que los
llena, y ansioso miras. Ah mi Jesús, he
entendido todo, es tu Mamá que como gimiente paloma va en tu busca, quiere
decirte una última palabra y recibir una última mirada tuya, y Tú sientes sus
penas, su corazón lacerado en el tuyo, y enternecido y herido por vuestro común
amor la descubres, que abriéndose paso a través de la muchedumbre, a cualquier
costo quiere verte, abrazarte y darte el último adiós. Pero Tú quedas aún más traspasado al ver su
palidez mortal y todas tus penas reproducidas en Ella por la fuerza del
amor. Y si Ella continúa viviendo es
sólo por un milagro de tu Omnipotencia. Ya diriges tus pasos al encuentro de
los suyos, pero con trabajo podéis intercambiar las miradas. ¡Oh dolor del corazón de ambos! Los soldados lo advierten y con golpes y
empujones impiden que Mamá e Hijo se den el último adiós, y es tan grande la
angustia de los dos, que tu Mamá queda petrificada por el dolor y casi está por
sucumbir; el fiel Juan y las piadosas mujeres la sostienen, mientras Tú de
nuevo caes bajo la cruz. Entonces tu
doliente Mamá, lo que no hace con el cuerpo porque se ve imposibilitada lo hace
con el alma, entra en Ti, hace suyo el Querer del Eterno y asociándose en todas
tus penas te hace el oficio de Mamá, te besa, te repara, te cura, y en todas
tus llagas derrama el bálsamo de su doloroso amor.
Mi Penante Jesús, también yo me uno con la traspasada
Mamá, hago mías todas tus penas y en cada gota de tu sangre, en cada una de tus
llagas quiero hacerte de mamá, y junto con Ella y contigo reparo por todos los
encuentros peligrosos y por aquellos que se exponen a las ocasiones de pecar, o
que obligados a exponerse por la necesidad quedan atrapados por el pecado.
Tú entre tanto gimes caído bajo la cruz, los soldados
temen que mueras bajo el peso de tantos martirios y por la pérdida de tanta
sangre; no obstante esto, a fuerza de latigazos y patadas, con dificultad
llegan a ponerte de pie. Así reparas
las repetidas caídas en el pecado, los pecados graves cometidos por toda clase
de personas y ruegas por los pecadores obstinados, y lloras con lágrimas de
sangre por su conversión.
Quebrantado amor mío, mientras te sigo en las
reparaciones, veo que no te sostienes bajo el peso enorme de la cruz. Ya tiemblas todo, las espinas a los
continuos golpes que recibes penetran siempre más en tu santísima cabeza, la
cruz por su gran peso se hunde en tu hombro formando una llaga tan profunda que
descubre los huesos, y a cada paso me parece que mueres, y por lo tanto te ves
imposibilitado para seguir adelante.
Pero tu amor que todo puede te da la fuerza, y conforme sientes que la
cruz se hunde en tu hombro, reparas por los pecados escondidos, que no siendo
reparados acrecientan la crudeza de tus dolores. Mi Jesús, deja que ponga mi hombro bajo la cruz para aliviarte, y
contigo reparo todos los pecados ocultos.
Pero tus enemigos, por temor de que Tú mueras bajo la
cruz, obligan al Cireneo a ayudarte a llevar la cruz, él cual, de mala gana y
refunfuñando, no por amor sino por fuerza te ayuda. Y entonces en tu corazón hacen eco todos los lamentos de quién
sufre, las faltas de resignación, las rebeliones, los enojos y los desprecios
en el sufrir; pero mucho más quedas herido al ver que las almas consagradas a
Ti, a quienes llamas por compañeras y ayudas en tu dolor te huyen, y si Tú las
estrechas a Ti con el dolor, ah, ellas se desvinculan de tus brazos para ir en
busca de placeres y así te dejan solo para sufrir.
Mi Jesús, mientras reparo contigo te ruego que me
estreches entre tus brazos, y tan fuerte que no haya ninguna pena que Tú sufras
de la cual no tome parte, para transformarme en ellas y para compensarte por el
abandono de todas las criaturas.
Fatigado Jesús mío, con trabajo caminas y todo encorvado, pero veo que
te detienes y tratas de mirar. Corazón
mío, ¿pero qué pasa? ¿Qué quieres? Ah, es la Verónica, que sin temor a nada,
valientemente con un paño te limpia el rostro todo cubierto de sangre, y Tú se
lo dejas estampado en señal de gratitud.
Entre tanto los enemigos viendo mal este acto de la Verónica, te azotan,
te empujan y te hacen proseguir el camino.
Otros pocos pasos y te detienes de nuevo, pero tu amor, bajo el peso de
tantas penas no se detiene, y viendo a las piadosas mujeres que lloran por
causa de tus penas, te olvidas de Ti mismo y las consuelas diciéndoles: “Hijas, no lloréis por mis penas sino por
vuestros pecados y los de vuestros hijos.”
¡Qué enseñanza sublime!
¡Cómo es dulce tu palabra! Oh
Jesús, contigo reparo las faltas de caridad y te pido la gracia de olvidarme de
mí misma para que no recuerde otra cosa que a Ti solo.
Pero tus enemigos, oyéndote hablar se llenan de furia, te
jalan con las cuerdas, te empujan con tanta rabia que te hacen caer, y cayendo
te golpeas en las piedras; el peso de la cruz te oprime y te sientes
morir. Deja que te sostenga y que con
mis manos resguarde tu santísimo rostro.
Veo que tocas la tierra y boqueas en la sangre; pero tus enemigos te
quieren poner de pie, tiran de Ti con las cuerdas, te levantan por los
cabellos, te dan patadas, pero todo en vano.
¡Tú mueres Jesús mío! ¡Qué pena,
se me rompe el corazón por el dolor! Y
casi arrastrándote te conducen al monte Calvario. Mientras te arrastran siento que reparas todas las ofensas de las
almas consagradas a Ti, que te dan tanto peso, que por cuanto Tú te esfuerzas
por levantarte te resulta imposible. Y
así, arrastrado y pisoteado llegas al Calvario, dejando por donde pasas rojas
huellas de tu preciosa sangre.
Aquí en el Calvario nuevos dolores te esperan. Te desnudan de nuevo y te arrancan vestidura
y corona de espinas. Ah, gimes al
sentir que te arrancan las espinas de tu cabeza; y al tiempo que te arrancan la
vestidura, te arrancan también las carnes desgarradas que están adheridas a
ella. Las llagas se abren de nuevo, la
sangre corre a ríos hasta la tierra, y es tanto el dolor que caes casi
muerto. Pero nadie se mueve a compasión
por Ti, mi bien, al contrario, con bestial furor te ponen de nuevo la corona de
espinas, te la clavan a golpes, y es tanto el tormento por las laceraciones y
por el arrancar de tus cabellos amasados en la sangre coagulada, que sólo los
ángeles podrían decir lo que sufres, mientras horrorizados retiran sus
celestiales miradas y lloran.
Desnudado Jesús mío, permíteme que te estreche a mi
corazón para calentarte, porque veo que tiemblas y que un frío sudor de muerte
invade tu santísima Humanidad. ¡Cuánto
quisiera darte mi vida y mi sangre para sustituir a la tuya, que has perdido
para darme vida! Mientras tanto, Jesús
mirándome con sus lánguidos y moribundos ojos, parece que me dice:
“¡Hija mía, cuánto me cuestan las almas! Aquí es el lugar donde los espero a todos
para salvarlos, donde quiero reparar los pecados de aquellos que llegan a
degradarse por debajo de las bestias, y se obstinan tanto en ofenderme que
llegan a no saber vivir sin cometer pecados.
Su razón queda ciega y pecan a tontas y a locas; he aquí el por qué me
coronan de espinas por tercera vez. Y
con el desnudarme reparo por aquellos que llevan vestidos de lujo e indecentes,
por los pecados contra la modestia y por aquellos que están tan atados a las
riquezas, a los honores, a los placeres, que de ellos se forman un dios para
sus corazones. Ah sí, cada una de estas
ofensas es una muerte que siento, y si no muero es porque el Querer de mi
Eterno Padre no ha decretado aún el momento de mi muerte.”
Desnudado bien mío, mientras reparo contigo te ruego que
con tus santísimas manos me despojes de todo y no permitas que ningún afecto
malo entre en mi corazón, te ruego que Tú me lo vigiles, me lo circundes con
tus penas, me lo llenes de tu amor, te ruego que mi vida no sea otra cosa que
la repetición de la tuya, y reafirma con tu bendición mi despojamiento;
bendíceme de corazón y dame la fuerza de asistir a tu dolorosa crucifixión para
quedar crucificada junto contigo.
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De las 11 a las
12 del día
DECIMANOVENA HORA
La Crucifixión de Jesús
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Jesús, Mamá mía, vengan a escribir conmigo, préstenme
vuestras santísimas manos a fin de que pueda escribir lo que a Vosotros os
plazca y sólo lo que queráis.
Amor mío, Jesús, ya estás despojado de tus vestiduras, tu
santísimo cuerpo está tan lacerado, que pareces un cordero desollado, veo que tiemblas
de cabeza a pies, y no sosteniéndote de pie, mientras tus enemigos te preparan
la cruz Tú te dejas caer a tierra en este monte. Mi bien y mi todo, el corazón se me oprime por el dolor al verte
chorreando sangre por todas partes de tu santísimo cuerpo y todo llagado de
cabeza a pies. Tus enemigos, cansados
pero no satisfechos, al desnudarte han arrancado de tu santísima cabeza, con
indecible dolor, la corona de espinas, y después te la han clavado de nuevo entre
dolores inauditos, traspasando con nuevas heridas tu sacratísima cabeza. Ah, Tú reparas la perfidia y la obstinación
en el pecado, especialmente de soberbia.
Jesús, veo que si el amor no te empujase más arriba, Tú habrías muerto
por la acerbidad del dolor que sufriste en esta tercera coronación de
espinas. Pero veo que no puedes
resistir el dolor, y con aquellos ojos velados por la sangre, miras para ver si
al menos uno se acerca a Ti para sostenerte en tanto dolor y confusión. Dulce bien mío, amada vida mía, aquí no
estás solo como en la noche de la Pasión, está la doliente Mamá, que lacerada
en su corazón sufre tantas muertes por cuantas penas Tú sufres. Oh Jesús, también está la amante Magdalena,
parece enloquecida por causa de tus penas; el fiel Juan, que parece enmudecido
por la fuerza del dolor de tu Pasión.
Aquí es el monte de los amantes, no puedes estar solo. Pero dime amor mío, ¿a quién quisieras para
sostenerte en tanto dolor? Ah,
permíteme que venga yo a sostenerte.
Soy yo quien tiene más necesidad que todos; la amada Mamá, con los
demás, me ceden el puesto, y yo, oh Jesús, me acerco a Ti, te abrazo y te ruego
que apoyes tu cabeza sobre mis hombros y que me hagas sentir en mi cabeza tus
espinas. Quiero poner mi cabeza junto a
la tuya, no sólo para sentir tus espinas sino también para lavar con tu
preciosísima sangre que te escurre de la cabeza, todos mis pensamientos, a fin
de que puedan estar todos en actitud de repararte cualquier ofensa de
pensamiento que cometan todas las criaturas.
Mi amor, ah, estréchate a mí, quiero besar una por una las gotas de
sangre que chorrean sobre tu santísimo rostro; y mientras las adoro una por
una, te ruego que cada gota de esta sangre sea luz a cada mente de criatura,
para hacer que ninguna te ofenda con pensamientos malos, pero mientras te tengo
estrechado y apoyado en mí, te miro, oh Jesús, y veo que miras la cruz que los
enemigos te preparan, oyes los golpes que dan a la cruz para hacerle los
agujeros donde te clavarán; escucho oh mi Jesús, a tu corazón latir fuertemente
y casi estremeciéndose, anhelando el lecho para Ti más apetecible, donde, si
bien con dolor indescriptible, sellarás en Ti la salvación de nuestras
almas. Ah, te oigo decir:
“Amor mío, amada cruz, precioso lecho mío, Tú has sido mi
martirio en vida y ahora eres mi reposo; oh cruz, recíbeme pronto en tus
brazos, Yo estoy impaciente de tanto esperar, cruz santa, en ti vendré a dar
cumplimiento a todo, pronto oh cruz, cumple mis deseos ardientes que me
consumen de dar vida a las almas, y estas vidas serán selladas por ti, oh
cruz! ¡Oh cruz, no tardes más, con
ansia espero extenderme sobre ti para abrir el Cielo a todos mis hijos y cerrar
el infierno! Oh cruz, es verdad que tú
eres mi batalla, pero eres también mi victoria y mi triunfo completo, y en ti
daré abundantes herencias, victorias, triunfos y coronas a mis hijos.”
¿Pero quién puede decir todo lo que mi dulce Jesús dice a
la cruz? Pero mientras Jesús se
desahoga con la cruz, los enemigos le ordenan extenderse sobre ella y Tú pronto
obedeces a su querer para reparar nuestras desobediencias. Amor mío, antes de que te extiendas sobre la
cruz, permíteme que te estreche más fuerte a mi corazón y que te dé un beso;
escucha oh Jesús, no quiero dejarte, quiero venir junto contigo a extenderme
sobre la cruz y permanecer clavada contigo.
El verdadero amor no soporta separación de ningún tipo. Tú perdonarás la osadía de mi amor y me
concederás el quedarme crucificada contigo.
Mira tierno amor mío, no soy sólo yo quien esto te pide, sino también la
doliente Mamá, la inseparable Magdalena, el predilecto Juan, todos te dicen que
les sería más soportable el permanecer crucificados contigo, que asistir a
verte a Ti crucificado. Por eso junto
contigo me ofrezco al Eterno Padre, fundida con tu Voluntad, con tu amor, con
tus reparaciones, con tu mismo corazón y con todas tus penas. Ah, parece que mi dolorido Jesús me dice:
“Hija mía, has previsto mi amor, esta es mi Voluntad, que
todos aquellos que me aman queden crucificados conmigo. Ah sí, ven también a extenderte conmigo
sobre la cruz; te daré vida de mi Vida y te tendré como la predilecta de mi
corazón.”
Y he aquí dulce bien mío que te extiendes sobre la cruz,
miras a los verdugos que tienen en las manos clavos y martillo para clavarte,
con tanto amor y dulzura, que les haces una dulce invitación para que pronto te
crucifiquen. Y ellos, si bien sienten
repugnancia, con ferocidad inhumana te toman la mano derecha, ponen el clavo, y
con golpes de martillo lo hacen salir por el otro lado de la cruz, pero es tal
y tanto el dolor que sufres, oh mi Jesús, que te estremeces, la luz de tus
bellos ojos se eclipsa, tu rostro santísimo palidece y se hace lívido. Diestra bendita, te beso, te compadezco, te
adoro y te agradezco por mí y por todos.
Y por cuantos golpes recibiste, tantas almas te pido en este momento que
liberes de la condena del infierno; por cuantas gotas de sangre derramaste,
tantas almas te ruego que laves en esta sangre preciosa; y por el dolor acerbo
que sufriste, especialmente cuando te la clavaron a la cruz, de modo de desgarrarte
los nervios de los brazos, te ruego que abras a todos el Cielo y que bendigas a
todos, y pueda tu bendición llamar a la conversión a los pecadores, y a la luz
de la fe a los herejes y a los infieles.
Oh Jesús, dulce Vida mía, habiendo terminado de clavar la
mano derecha, los enemigos con crueldad inaudita te toman la izquierda, te la
tiran tanto para hacer que llegue al agujero preparado, que sientes dislocarse
las articulaciones de los brazos y de los hombros, y por la fuerza del dolor,
las piernas quedan contraídas y con movimientos convulsos. Mano izquierda de mi Jesús, te beso, te
compadezco, te adoro y te agradezco; te ruego por cuantos golpes y dolores que
sufriste cuando te clavaron el clavo, que me concedas tantas almas que en este
momento para hacerlas volar del Purgatorio al Cielo; y por la sangre que
derramaste te ruego que extingas las llamas que queman a aquellas almas, y
sirva a todas de refrigerio y de baño saludable para purificarlas de todas las
manchas, para disponerlas a la visión beatífica. Amor mío y mi todo, por el agudo dolor sufrido cuando te clavaron
el clavo en la mano izquierda, te ruego que cierres el infierno a todas las
almas, y que detengas los rayos de la Divina Justicia, desafortunadamente
irritada por nuestras culpas. Ah Jesús,
haz que este clavo en tu bendita mano izquierda sea llave que cierre la Divina
Justicia, para hacer que no lluevan los flagelos sobre la tierra, y abra los
tesoros de la Divina Misericordia en favor de todos, por eso te ruego que nos
estreches entre tus brazos. Ya has
quedado incapacitado para todo, y nosotros hemos quedado libres para poderte
hacer todo; por lo tanto pongo en tus brazos al mundo y a todas las generaciones,
y te ruego amor mío con las voces de tu misma sangre, que no niegues el perdón
a ninguno, y por los méritos de tu preciosísima sangre, te pido la salvación y
la Gracia para todos, no excluyas a ninguno, oh mi Jesús.
Amor mío, Jesús, tus enemigos no están contentos aún, con
ferocidad diabólica toman tus santísimos pies, siempre incansables en la
búsqueda de almas, y contraídos como estaban por la fuerza del dolor de las
manos, los tiran tanto, que quedan dislocadas las rodillas, las costillas y
todos los huesos del pecho. Mi corazón
no soporta, oh mi bien, te veo que por la fuerza del dolor tus bellos ojos
eclipsados y velados por la sangre se contraen, tus labios lívidos e hinchados
por los golpes se tuercen, tus mejillas se hunden, los dientes se aprietan, el
pecho jadeante, el corazón por la fuerza del estiramiento de las manos y de los
pies, queda todo desquiciado. ¡Amor
mío, con que ganas tomaría tu lugar para evitarte tanto dolor! Quiero distenderme sobre todos tus miembros
para darte en todo un alivio, un beso, un consuelo, una reparación por todos.
Jesús mío, veo que ponen un pie sobre el otro y con un
clavo, por añadidura despuntado, te clavan tus santísimos pies, oh mi Jesús,
permíteme que mientras te los traspasa el clavo, te ponga en el pie derecho a
todos los sacerdotes, para que sean luz a los pueblos, especialmente a aquellos
que no llevan una vida buena y santa; y en el pie izquierdo a todos los
pueblos, a fin de que reciban luz de los sacerdotes, los respeten y les sean
obedientes; y conforme el clavo traspasa tus pies, así traspase a los
sacerdotes y a los pueblos, a fin de que unos y otros no se puedan separar de
Ti. Pies benditos de Jesús, os beso, os
compadezco, os adoro y os agradezco; y te ruego, oh Jesús, por los agudísimos
dolores que sufriste cuando por los estiramientos que te hicieron te dislocaron
todos los huesos, y por la sangre que derramaste, que encierres a todas las
almas en las llagas de tus santísimos pies, no desdeñes a ninguna, oh Jesús;
tus clavos crucifiquen nuestras potencias a fin de que no se aparten de Ti;
nuestro corazón, a fin de que se fije siempre y solamente en Ti; todos nuestros
sentimientos queden clavados por tus clavos a fin de que no tomen ningún gusto
que no venga de Ti.
Oh mi Jesús crucificado, te veo todo ensangrentado,
nadando en un baño de sangre, y estas gotas de sangre no te dicen otra cosa
sino: ¡Almas! Es más, en cada una de estas gotas de tu sangre veo moverse almas
de todos los siglos; así que a todas nos contenías en Ti, oh Jesús. Por la potencia de esta sangre te pido que
ninguna huya de Ti.
Oh mi Jesús, hasta que los verdugos terminan de clavarte
los pies, yo me acerco a tu corazón, veo que no puedes más, pero el amor grita
más fuerte: “¡Más penas aún!” Mi Jesús, te abrazo, te beso, te compadezco,
te adoro, te agradezco por mí y por todos.
Jesús, quiero apoyar mi cabeza sobre tu corazón para sentir lo que
sufres en esta dolorosa crucifixión.
Ah, siento que cada golpe de martillo hace eco en tu corazón; este
corazón es el centro de todo, y de él comienzan los dolores y en él terminan. Ah, si no fuera porque esperas una lanza
para ser traspasado, las llamas de tu amor y la sangre que regurgita en torno a
tu corazón, se hubieran abierto camino y te lo habrían ya traspasado. Estas llamas y esta sangre llaman a las
almas amantes a hacer feliz estancia en tu corazón, y yo, oh Jesús, te pido,
por amor de este corazón y por tu santísima sangre, la santidad de las almas, y
a aquellas que te aman, oh Jesús, no las dejes salir jamás de tu corazón, y con
tu Gracia multiplica las vocaciones de las almas víctimas que continúen tu Vida
sobre la tierra. Tú quisieras dar un
puesto distinto en tu corazón a las almas amantes, haz que este puesto no lo
pierdan jamás.
Oh Jesús, las llamas de tu corazón me abrasen y me
consuman, que tu sangre me embellezca, que tu amor me tenga siempre clavada al
amor con el dolor y con la reparación.
Oh mi Jesús, ya los verdugos han clavado tus manos y tus
pies a la Cruz, y volteándola para remachar los clavos obligan a tu rostro
adorable a tocar la tierra empapada por tu misma sangre, y Tú con tu boca
divina la besas intentando con este beso besar a todas las almas y vincularlas
a tu amor, sellando con esto su salvación.
Oh Jesús, quiero tomar yo tu lugar para que tu sacratísimo cuerpo no
toque esa tierra impregnada de tu preciosa sangre; quiero estrecharte entre mis
brazos, y mientras los verdugos rematan los clavos haz que estos golpes me
hieran también a mí y me claven toda a tu amor.
Pongo mi cabeza en la tuya, y mientras las espinas se van
hundiendo siempre más en tu santísima cabeza, quiero ofrecerte, oh mi Jesús,
todos mis pensamientos como besos para consolarte y endulzar las amarguras de
tus espinas.
Oh Jesús, pongo mis ojos en los tuyos, y veo que tus
enemigos aún no están saciados de insultarte y escarnecerte, y yo quiero
hacerte una defensa con mi vista dándote miradas de amor para endulzar tus
miradas divinas.
Pongo mi boca en la tuya, veo tu lengua casi pegada al
paladar por la amargura de la hiel y la sed ardiente. Para aplacar tu sed, oh mi Jesús, Tú quisieras todos los corazones
de las criaturas rebosantes de amor, pero no teniéndolos te abrazas cada vez
más por ellas. Oh Jesús, quiero
enviarte ríos de amor para mitigar en algún modo la amargura de tu sed.
Oh mi Jesús, pongo mis manos en las tuyas, veo que a cada
movimiento que haces, las llagas más se abren y el dolor se hace más intenso y
acerbo. Oh Jesús, quiero ofrecerte
todas las obras santas de las criaturas para reconfortar y mitigar en algún
modo la amargura de tus llagas.
Oh Jesús, pongo mis pies en los tuyos, cuánto sufres,
todos los movimientos de tu sacratísimo cuerpo parece que se repercuten en los
pies, y no hay nadie a tu lado para sostenerlos y mitigar un poco la acerbidad
de tus dolores.
Oh mi Jesús, quisiera girar por todas las generaciones,
pasadas, presentes y futuras, tomar todos sus pasos y ponerlos en los tuyos
para sostenerte y endulzar tu dolor, es más, quiero poner también todos los
pasos del Eterno y así poder dar un verdadero consuelo a tu Divina Persona.
Oh mi Jesús, pongo mi corazón en el tuyo, pobre corazón
cómo estás destrozado. Si mueves los
pies, los nervios de la punta del corazón te los sientes como arrancar; si
mueves las manos, los nervios de arriba del corazón quedan estirados; oh Jesús,
si mueves la cabeza, la boca del corazón mana sangre y sufre la completa
crucifixión. Oh mi Jesús, ¿cómo puedo
aliviar tanto dolor? Me difundiré en
todo Tú, pondré mi corazón en el tuyo, mis deseos en tus ardientes deseos, para
destruir los malos deseos de las criaturas; difundiré mi amor en el tuyo, y de él
tomaré fuego suficiente para abrazar todos los corazones de las criaturas y
destruir los amores profanos. Me
difundiré en tu Santísima Voluntad para poder aniquilar cualquier acto maligno. Y es así que tu corazón queda aliviado y yo
te prometo mantenerme siempre clavada a este corazón con los clavos de tus
deseos, de tu amor y de tu Voluntad. Y
he aquí, oh mi Jesús, crucificado Tú, crucificada yo en Ti. Tú no me permitirás que me desclave en lo
más mínimo de Ti, para poderte amar y reparar por todos y reconfortarte por las
ofensas que te hacen las criaturas.
Jesús crucificado.
Junto con Él
desarmamos a la Divina Justicia.
Y ahora, oh mi Jesús, veo que tus enemigos levantan el
pesado madero y lo dejan caer en el hoyo que han preparado; y Tú, dulce amor
mío, quedas suspendido en el aire, entre el Cielo y la tierra, y es en este
solemne momento que Tú te diriges al Padre, y con voz débil y apagada le dices:
“Padre Santo, estoy aquí cargado con todos los pecados
del mundo, no hay pecado que no recaiga sobre Mí, por eso no descargues más
sobre el mundo los flagelos de la Divina Justicia, sino sobre Mí, tu Hijo. Oh Padre, permíteme que ate todas las almas
a esta cruz y con las voces de mi sangre y de mis llagas responda por
ellas. Oh Padre, ¿no ves a qué estado
me he reducido? Es desde esta cruz que
Yo reconcilio Cielo y tierra, y en virtud de estos dolores concede a todos paz,
perdón y salvación. Detén tu
indignación contra la pobre humanidad, contra mis hijos; están ciegos y no
saben lo que hacen, por eso mírame bien cómo he quedado reducido por causa de
ellos; si no te mueves a compasión por ellos, que te enternezca al menos este
mi rostro ensuciado por escupitinas, cubierto de sangre, amoratado e hinchado
por tantas bofetadas y golpes recibidos.
Piedad Padre mío, era Yo el más bello de todos, y ahora estoy todo
desfigurado, tanto, que no me reconozco más, he llegado a ser la abominación de
todos, por eso a cualquier costo quiero salva a la pobre criatura.”
Oh Jesús, mientras estás crucificado sobre esta cruz, tu
alma no está más sobre la tierra sino en los Cielos, con tu Divino Padre, para
defender y perorar la causa de las almas.
Crucificado amor mío, también yo quiero seguirte ante el trono del
Eterno, y junto contigo quiero desarmar la Divina Justicia. Hago mía tu santísima Humanidad, unida con
tu Voluntad y junto contigo quiero hacer lo que haces Tú; es más, permíteme
vida mía que corran mis pensamientos en los tuyos, mi amor, mi voluntad, mis
deseos en los tuyos, mis latidos corran en tu corazón, todo mi ser en Ti a fin
de que no deje escapar nada y repita acto por acto, palabra por palabra todo lo
que haces Tú.
Pero veo, crucificado bien mío, que Tú, viendo al Divino
Padre indignado contra las criaturas, te postras ante Él y escondes a todas las
criaturas dentro de tu santísima Humanidad, poniéndonos al seguro, a fin de que
el Padre, mirándonos en Ti, por amor tuyo no arroje a la criatura de Sí. Y si las mira enfadado es porque muchas
almas han desfigurado la bella imagen creada por Él, y no tienen otro
pensamiento que para ofenderlo, y de la inteligencia que debía ocuparse en
comprenderlo forman por el contrario un receptáculo donde anidan todas las
culpas. Tú, oh mi Jesús, para aplacarlo
atraes la atención del Divino Padre a mirar tu santísima cabeza traspasada
entre atroces dolores, que tienen en tu mente como clavadas todas las
inteligencias de las criaturas, por las cuales, una por una ofreces una
expiación para satisfacer a la Divina
Justicia. ¡Oh! cómo estas espinas son
ante la Majestad Divina voces piadosas que excusan todos los malos pensamientos
de las criaturas. Jesús mío, mis
pensamientos con los tuyos son uno solo, por eso junto contigo ruego, imploro,
reparo y excuso ante la Divina Majestad todo el mal que se comete por todas las
inteligencias de las criaturas; y permíteme que tome tus espinas y tu misma inteligencia,
y junto contigo gire por todas las criaturas y una tu inteligencia a las de
ellas, y con la santidad de la tuya les restituya la primera inteligencia, tal
como fue por Ti creada; que con la santidad de tus pensamientos reordene todos
los pensamientos de ellas en Ti y con tus espinas traspase todas las mentes de
las criaturas y te restituya el dominio y el régimen de todas. ¡Ah! sí, oh mi Jesús, sé Tú solo el
dominador de cada pensamiento, de cada afecto, y de todas las gentes; rige Tú
solo cada cosa, sólo así será renovada la faz de la tierra que causa horror y
espanto.
Pero me doy cuenta crucificado Jesús que continuas viendo
al Divino Padre enojado, que mira a las pobres criaturas y las encuentra a
todas sucias de culpas, cubiertas con las más feas suciedades, tanto de dar
asco a todo el Cielo. ¡Oh, cómo queda
horrorizada la pureza de la mirada divina, no reconociendo más como obra de sus
santísimas manos a la pobre criatura!
Más bien parece que sean tantos monstruos que ocupan la tierra y que van
atrayendo la indignación de la mirada paterna; pero Tú, oh mi Jesús, para
aplacarlo, tratas de endulzarlo cambiando tus ojos con los suyos, haciéndole
verlos cubiertos de sangre e hinchados de lágrimas, y lloras ante la Divina
Majestad para moverla a compasión por la desventura de tantas pobres criaturas,
y oigo tu voz que dice:
“Padre mío, es cierto que la ingrata criatura cada vez
más se va ensuciando con las culpas, hasta no merecer ya tu mirada paterna,
pero mírame a Mí, oh Padre, Yo quiero llorar tanto ante Ti, para formar un baño
de lágrimas y de sangre para lavar estas suciedades con las cuales se han
cubierto las criaturas. Padre mío,
¿querrás acaso Tú rechazarme? No, no lo
puedes, soy tu Hijo, y a la vez que soy tu Hijo soy también la cabeza de todas
las criaturas, y ellas son mis miembros, salvémoslas, oh Padre, salvémoslas.”
Mi Jesús, amor sin fin, quisiera tener tus ojos para
llorar ante la Majestad Suprema por la pérdida de tantas pobres criaturas y por
estos tiempos tan tristes.[1] Permíteme que tome tus lágrimas y tus mismas
miradas, que son una con las mías, y gire por todas las criaturas; y para
moverlas a compasión por sus almas y por tu amor les haré ver que Tú lloras por
su causa, y que mientras se van ensuciando, Tú tienes preparadas tus lágrimas y
tu sangre para lavarlas, y al verte llorar se rendirán. Ah, con estas tus lágrimas permíteme que
lave todas las inmundicias de las criaturas; que estas lágrimas las haga
descender en sus corazones y pueda reblandecer a tantas almas endurecidas en la
culpa y venza la obstinación de todos los corazones; y con tus miradas las
penetre, de modo de hacer que todos dirijan sus miradas al Cielo para amarte, y
no las dirijan más a la tierra para ofenderte; así el Divino Padre no desdeñará
mirar a la pobre humanidad.
Crucificado Jesús, veo que el Divino Padre aún no se
aplaca en su indignación, porque mientras su paterna bondad, movida por tanto
amor hacia la pobre criatura ha llenado Cielo y tierra de tantas pruebas de
amor y de beneficios hacia ella, que casi a cada paso y acto se siente correr
el amor y las gracias de aquel corazón paterno, la criatura siempre ingrata,
despreciando este amor no lo quiere reconocer, más bien hace frente a tanto
amor llenando el Cielo y la tierra de insultos, desprecios y ultrajes, y llega
a pisotearlo bajo sus inmundos pies, queriéndolo casi destruir idolatrándose a
sí misma. ¡Ah, todas estas ofensas
penetran hasta en los Cielos y llegan ante la Majestad Divina, la Cual, oh cómo
se indigna al ver a la vilísima criatura que llega hasta insultarla y ofenderla
en todos los modos! Pero Tú, oh mi
Jesús, siempre atento a defendernos, con la fuerza arrebatadora de tu amor
obligas al Padre a mirar tu santísimo rostro cubierto de todos estos insultos y
desprecios, y dices:
“Padre mío, no rechaces a la pobre criatura, si la
rechazas a ella, a Mí me rechazas; ¡ah! aplácate, todas estas ofensas las tengo
sobre mi rostro que te responde por todas.”
Jesús mío, ¿será posible que nos ames tanto? Tu amor tritura este mi pobre corazón, y
queriendo seguirte en todo, permíteme que tome este tu rostro santísimo para
tenerlo en mi poder, para mostrarlo continuamente así desfigurado al Padre,
para moverlo a compasión de la pobre humanidad, que está tan oprimida bajo el
azote de la Divina Justicia, que yace como moribunda; permíteme que me ponga en
medio de todas las criaturas y les haga ver tu rostro tan desfigurado por su
causa, y las mueva a compasión de sus almas y de tu amor; y que con la luz que
brota de ese tu rostro y con la fuerza arrebatadora de tu amor, les haga
comprender quién eres Tú y quiénes son ellas que osan ofenderte, y haga
resurgir sus almas de en medio de tantas culpas en las cuales viven muriendo a
la Gracia, y las haga postrarse ante Ti, todas en acto de adorarte y
glorificarte.
Mi Jesús, crucificado adorable, la criatura va siempre
irritando a la Divina Justicia, y desde su lengua hace resonar el eco de
horribles blasfemias, voces de imprecaciones y maldiciones, conversaciones
malas, concertaciones para decidir cómo destrozarse mejor entre ellas y llevar
a cabo matanzas. Ah, todas estas voces
ensordecen la tierra y penetrando hasta en los Cielos ensordecen el oído
Divino, el cual, cansado de estos ecos venenosos que la criatura le manda,
quisiera deshacerse de ella arrojándola lejos de Sí, porque todas esas voces
venenosas imprecan y claman venganza y justicia contra ellas mismas. ¡Oh, cómo la Divina Justicia se siente
incitada a mandar flagelos; cómo encienden su furor contra la criatura tantas
blasfemias horrendas! Pero Tú, oh mi
Jesús, amándonos con amor sumo, haces frente a estas voces asesinas con tu voz
omnipotente y creadora, en la cual recoges todas estas voces y haces resonar en
el oído paterno tu voz dulcísima, para tranquilizarlo por las molestias que las
criaturas le dan con otras tantas voces de bendiciones, de alabanzas, y
gritas: “¡Misericordia, Gracias, Amor
para la pobre criatura!” Y para
aplacarlo más le muestras tu santísima boca y le dices:
“Padre mío, mírame de nuevo; no oigas las voces de las
criaturas sino escucha la mía; soy Yo quien da satisfacción por todas; por eso
te ruego que mires a la criatura, pero que la mires en Mí, ¿si las miras fuera
de Mí qué será de ella? Es débil,
ignorante, capaz sólo de hacer el mal, llena de todas las miserias; piedad,
piedad de la pobre criatura, respondo Yo por ellas con esta mi lengua amargada
por la hiel, reseca por la sed, quemada y abrazada por el amor.”
Mi amargado Jesús, mi voz en la tuya quiere hacer frente
a todas estas ofensas, y permíteme que tome tu lengua, tus labios y gire por
todas las criaturas y toque sus lenguas con la tuya, a fin de que ellas
sintiendo en el momento de ofenderte la amargura de la tuya, si no por amor, al
menos por la amargura que sienten no blasfemen; déjame que toque sus labios con
los tuyos, a fin de que apague el fuego de la culpa sobre los labios de todas
ellas, y con tu voz omnipotente, haciéndola resonar en todos los pechos, pueda
detener la corriente de todas las voces malas, y cambiar todas las voces
humanas en bendiciones y alabanzas.
Crucificado bien mío, la criatura ante tanto amor y dolor
tuyo no se rinde aún, por el contrario, despreciándote va agregando culpas a
culpas, cometiendo sacrilegios enormes, homicidios, suicidios, fraudes, engaños
y traiciones. Ah, todas estas obras
malas hacen más pesados los brazos paternos, y el Padre, no pudiendo sostener
el peso está a punto de dejarlos caer y verter sobre la tierra furor y
destrucción. Y Tú, oh mi Jesús, para
arrancar a la criatura del furor divino, temiendo verla destruida, extiendes
tus brazos y estrechas los brazos paternos, a fin de que no los deje caer para
destruir a la criatura, y ayudándolo con los tuyos a sostener el peso lo desarmas,
e impides que la Justicia actúe; y para moverlo a compasión por la mísera
humanidad y enternecerlo, le dices con la voz más insinuante:
“Padre mío, mira estas manos destrozadas y estos clavos
que me las traspasan, que me clavan junto a todas estas obras malas. Ah, es en estas manos que siento todos los
dolores que me dan todas estas obras malas.
¿No estás contento Padre mío con mis dolores? ¿No son tal vez capaces de satisfacerte? Ah, estos mis brazos dislocados serán
siempre cadenas que tendrán estrechada a la pobre criatura, a fin de que no me
huya, sólo alguna que quisiera arrancarse a viva fuerza; y estos mis brazos
serán cadenas amorosas que te atarán, Padre mío, para impedir que Tú destruyas
a la pobre criatura, es más, te atraeré siempre más hacia ella para que viertas
sobre ella tus gracias y tus misericordias.”
Mi Jesús, tu amor es un dulce encanto para mí y me empuja
a hacer lo que haces Tú, por eso dame tus brazos, porque junto contigo quiero
impedir, a costa de cualquier pena, que la Divina Justicia haga su curso contra
la pobre humanidad; con la sangre que escurre de tus manos quiero apagar el
fuego de la culpa que la enciende y calmar su furor; y para mover al Padre a
piedad de las criaturas, permíteme que yo ponga en tus brazos los tantos
miembros destrozados, los gemidos de tantos pobres heridos, los tantos
corazones doloridos y oprimidos, y permíteme que gire por todas las criaturas y
las ponga a todas en tus brazos, a fin de que todas regresen a tu corazón, y
permíteme que con la potencia de tus manos creadoras detenga la corriente de
tantas obras malas y aparte a todos de obrar el mal.
Mi amable Jesús crucificado, la criatura no está
satisfecha aún de ofenderte, quiere beber hasta el fondo toda la hez de la
culpa y corre como enloquecida en el camino del mal, se precipita de culpa en
culpa, desobedece tus leyes y desconociéndote se rebela contra Ti, y casi sólo
por darte dolor quiere irse al infierno.
¡Oh! cómo se indigna la Majestad Suprema, y Tú, oh mi Jesús, triunfando
sobre todo, y también sobre la obstinación de las criaturas, para aplacar al
Divino Padre le muestras toda tu santísima Humanidad lacerada, dislocada,
desgarrada en modo horrible, y tus santísimos pies traspasados, en los cuales
contienes todos los pasos de las criaturas que te dan dolores mortales, tanto,
que están contraídos por la atrocidad de los dolores; y escucho tu voz más que
nunca conmovedora, como a punto de apagarse, que quiere vencer por fuerza de
amor y de dolor a la criatura y triunfar sobre el corazón paterno, que dice:
“Padre mío, mírame de la cabeza a los pies, no hay parte
sana en Mí, no tengo donde hacerme abrir otras llagas y procurarme otros
dolores; si no te aplacas ante este espectáculo de amor y de dolor, ¿quién
podrá aplacarte? Oh criaturas, ¿si no
os rendís ante tanto amor, ¿qué esperanza os queda de convertiros? Estas mis llagas y esta sangre serán siempre
voces que llamarán del Cielo a la tierra gracias de arrepentimiento, de perdón
y compasión por la pobre humanidad.”
Mi Jesús, te veo en estado de violencia para aplacar al
Padre y para vencer a la pobre criatura, por eso permíteme que tome tus
santísimos pies y gire por todas las criaturas, y ate sus pasos a tus pies, a
fin de que si quieren caminar por el camino del mal, sintiendo las cadenas que
tienes puestas entre Tú y ellas, no lo podrán hacer. Ah, con estos tus pies hazles retroceder del camino del mal y
ponlas sobre el camino del bien, haciéndolas más dóciles a tus leyes, y con tus
clavos cierra el infierno para que nadie más caiga en él.
Mi Jesús, amante crucificado, veo que no puedes más, la
tensión terrible que sufres sobre la cruz, el crujido continuo de tus huesos
que se dislocan cada vez más a cada pequeño movimiento, las carnes que se abren
cada vez más, las repetidas ofensas que te llegan, repitiéndote una pasión y
muerte más dolorosa, la sed ardiente que te consume, las penas internas que te
sofocan de amargura, de dolor y de amor, y en tantos martirios tuyos la
ingratitud humana que te hace frente y que penetra como ola impetuosa hasta
dentro de tu corazón traspasado, ah, tanto te aplastan, que tu santísima
Humanidad, no resistiendo bajo el peso de tantos martirios está por sucumbir, y
como delirando de amor y de sufrimiento pide ayuda y piedad. Crucificado Jesús, ¿será posible que Tú, que
riges todo y das vida a todos pidas ayuda?
¡Ah, cómo quisiera penetrar en cada gota de tu sangre y derramar la mía
para endulzarte cada llaga, para mitigar el dolor de cada espina, para hacer
menos dolorosas sus pinchaduras, para aliviar en cada pena interior de tu
corazón la intensidad de tus amarguras!
Quisiera darte vida por vida, y si me fuera posible quisiera desclavarte
de la cruz para ponerme en lugar tuyo, pero veo que soy nada y nada puedo, soy
demasiado insignificante, por eso dame a Ti mismo, tomaré vida en Ti y te daré
a Ti mismo, así contentarás mis ansias.
Desgarrado Jesús, veo que tu santísima Humanidad termina, no por Ti,
sino para cumplir en todo nuestra Redención.
Tienes necesidad de ayuda divina, y por eso te arrojas en los brazos
paternos y pides ayuda y auxilio. ¡Oh!
cómo se enternece el Divino Padre al mirar el horrendo desgarro de tu santísima
Humanidad, el trabajo terrible que la culpa ha hecho en tus santísimos
miembros, y para contentar tus ansias de amor te estrecha a su corazón paterno
y te da las ayudas necesarias para cumplir nuestra Redención. Y mientras te estrecha, sientes en tu
corazón repetirse más fuertemente los golpes sobre los clavos, los azotes de
los flagelos, las laceraciones de las llagas, las pinchaduras de las
espinas. ¡Oh, cómo queda conmovido el
Padre! ¡Cómo se indigna viendo que
todas estas penas te las dan hasta en tu corazón, aun las almas a Ti
consagradas! Y en su dolor te dice:
¿Será posible Hijo mío, que ni siquiera la parte elegida
por Ti esté contigo? Al contrario,
parece que piden refugio y alojo en este tu corazón para amargarte y darte una
muerte más dolorosa, y lo que es más, todos estos dolores que te dan están
escondidos y cubiertos por hipocresías.
¡Ah, Hijo, no puedo contener más la indignación por la ingratitud de
estas almas, las cuales me dan más dolor que todas las otras criaturas juntas!”
Pero Tú, oh mi Jesús, triunfando sobre todo defiendes a
estas almas, y con el amor inmenso de tu corazón das reparación por las olas de
amarguras y de heridas que estas te dan; y para aplacar al Padre le dices:
“Padre mío, mira este mi corazón, todos estos dolores te
satisfacen, y por cuanto más acerbos tanto más potentes sobre tu corazón de
Padre para obtenerles gracias, luz y perdón. Padre mío, no las rechaces, ellas serán mis defensoras,
continuarán mi Vida sobre la tierra.”
Vida mía, crucificado Jesús, veo que agonizas sobre la
Cruz, pero no está aún satisfecho tu amor para dar cumplimiento a todo. También yo agonizo junto contigo y llamo a
todos ustedes, ángeles, santos, venid al monte calvario a mirar los excesos y
las locuras de amor de un Dios. Besemos
sus llagas sangrantes, adorémoslas, sostengamos esos miembros lacerados,
agradezcamos a Jesús por la Redención; demos una mirada a la traspasada Madre,
que tantas penas y muertes siente en su inmaculado corazón por cuantas penas ve
en su Hijo Dios; sus mismos vestidos están mojados de la sangre que está
esparcida por todo el monte calvario, por eso, todos juntos tomemos esta sangre
y roguemos a la doliente Madre que se una a nosotros, dividámonos por todo el
mundo y vayamos en ayuda de todos, ayudemos a los vacilantes, a fin de que no
perezcan; a los caídos, para que se levanten; a aquellos que están por caer,
para que no caigan; demos esta sangre a tantos pobres ciegos a fin de que
resplandezca en ellos la luz de la verdad; y en modo especial pongámonos en
medio de los pobres combatientes, seamos para ellos vigilantes centinelas: si
están por caer alcanzados por los proyectiles recibámoslos en nuestros brazos
para confortarlos, a fin de que si son abandonados por todos, si están
impacientes por su triste suerte, demos a ellos esta sangre para que se
resignen y se mitigue la atrocidad de sus dolores; y si vemos que hay almas que
están a punto de caer en el infierno, demos a ellas esta sangre divina que
contiene el precio de la Redención y arrebatémoslas a Satanás. Y mientras tengo a Jesús estrechado a mi
corazón para tenerlo defendido y reparado de todo, pondré a todos en este
corazón a fin de que todos podamos obtener gracia eficaz de conversión, de
fuerza y salvación. Y ahora, volvamos
al monte calvario para asistir a la muerte de nuestro crucificado Jesús.
Oh Jesús, la sangre a ríos escurre de tus manos y de tus
pies, y los ángeles haciéndote corona, admiran los portentos de tu inmenso
amor, veo a tu Mamá a los pies de la cruz, traspasada por el dolor, a tu amada
Magdalena y al predilecto Juan, y todos en un éxtasis de estupor. Oh Jesús, me uno a Ti, me estrecho a tu
cruz, tomo todas las gotas de esta sangre y las pongo en mi corazón, y cuando
vea a tu Justicia irritada contra los pecadores, te mostraré esta sangre para
aplacarte; cuando vea almas obstinadas en la culpa, te mostraré esta sangre y
en virtud de ella no rechazarás mi oración, porque tengo la prenda en mis
manos.
Y ahora, crucificado bien mío, a nombre de todas las
generaciones, pasadas, presentes y futuras, junto con tu Mamá y con todos los
ángeles, me postro ante Ti y te digo:
“Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos, porque con tu santa cruz has
redimido al mundo.”
+ + +
De las 12 a la 1
de la tarde
VIGÉSIMA HORA
Primera hora de agonía en la Cruz La Primera Palabra
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Crucificado bien mío, te veo sobre esta cruz, sobre tu
trono de triunfo, en acto de conquistar todo y a todos los corazones, y de
atraerlos tanto a Ti, que todos sientan tu sobrehumano poder. La naturaleza horrorizada de tanto delito se
postra ante Ti y en silencio espera una palabra tuya para rendirte homenaje y
hacer reconocer tu dominio; el sol lloroso retira su luz, no pudiendo soportar
tu vista demasiado dolorosa. El
infierno siente terror y silencioso espera; los mismos enemigos pierden el
ánimo, y si algún insulto te lanzan, este muere en los labios, así que todo es
silencio. La traspasada Mamá, tus
fieles, están todos mudos y tan petrificados ante la vista, ay, demasiado
dolorosa de tu destrozada y dislocada Humanidad, y silenciosos esperan también
una palabra tuya. Tu misma Humanidad
que yace en un mar de dolores entre los espasmos atroces de la agonía, está
silenciosa, tanto, que temo que de un respiro a otro Tú mueras. Pero penetrando en tu interior veo que el
amor desborda, te sofoca y no puedes contenerlo, y obligado por tu amor que te
atormenta más que las mismas penas, con voz fuerte y conmovedora hablas como el
Dios que eres, y dices:
“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.”
Y de nuevo quedas en silencio, inmerso en penas
inauditas. Crucificado Jesús, ¿será
posible tanto amor? ¡Ah! después de
tantas penas e insultos, la primera palabra es el perdón, y nos excusas ante el
Padre por tantos pecados; esta palabra la haces descender en cada corazón
después de la culpa, y eres Tú el primero en ofrecerles el perdón. Pero cuantos te rechazan y no lo aceptan, y
tu amor da en delirio y quieres dar a todos el perdón y el beso de paz.
A esta palabra tuya el infierno tiembla y te reconoce por
Dios. La naturaleza y todos quedan
atónitos y reconocen tu Divinidad, tu inextinguible amor, y silenciosos esperan
para ver hasta dónde llega tu amor.
Pero no es sólo tu voz, sino también tu sangre y tus llagas que gritan a
cada corazón después del pecado: “Ven a
mis brazos, que te perdono, y el sello del perdón es el precio de mi sangre.”
Oh mi amable Jesús, repite esta palabra a cuantos pecadores
hay en el mundo. Para todos implora
misericordia, a todos aplica los méritos infinitos de tu preciosísima sangre,
por todos, oh buen Jesús, continúa aplacando a la Divina Justicia y concede
gracia a quien encontrándose en acto de tener que perdonar, no siente la fuerza. Mi Jesús, crucificado adorado, en estas tres
horas de amarguísima agonía Tú quieres dar cumplimiento a todo, y mientras
silencioso te estás sobre esta cruz, veo que en tu interior quieres satisfacer
en todo al Padre. Por todos le agradeces,
satisfaces por todos y por todos pides perdón, y a todos impetras la gracia de
que nunca más te ofendan. Y para
obtener esto del Padre resumes toda tu Vida, desde el primer instante de tu
concepción hasta tu último respiro. Mi
Jesús, amor interminable, deja que también yo recapitule toda tu Vida junto
contigo, con la inconsolable Mamá, con san Juan y con las pías mujeres.
Mi dulce Jesús, te agradezco por las tantas espinas que
han traspasado tu adorable cabeza, por las gotas de sangre que de esta has
derramado, por los golpes que en ella has recibido y por los cabellos que te
han arrancado. Te agradezco por el bien
que has hecho e impetrado a todos, por las luces y las buenas inspiraciones que
nos has dado, y por cuantas veces has perdonado todos nuestros pecados de
pensamiento, de soberbia, de orgullo y de estima propia.
Te pido perdón a nombre de todos, oh mi Jesús, por
cuantas veces te hemos coronado de espinas, por cuantas gotas de sangre te
hemos hecho derramar de tu sacratísima cabeza, por cuantas veces no hemos
correspondido a tus inspiraciones. Por
todos esos dolores sufridos por Ti te pido, oh buen Jesús, impetrarnos la
gracia de no cometer jamás pecados de pensamientos. Quiero también ofrecerte todo lo que sufriste en tu santísima cabeza,
para darte toda la gloria que todas las criaturas te habrían dado si hubieran
hecho buen uso de su inteligencia.
Adoro, oh Jesús mío, tus santísimos ojos y te agradezco
por cuantas lágrimas y sangre han derramado, por las espinas que los han
traspasado, por los insultos, escarnios y menosprecios soportados en toda tu
Pasión. Te pido perdón por todos
aquellos que se sirven de la vista para ofenderte y ultrajarte, rogándote por
los dolores sufridos en tus santísimos ojos, que nos consigas la gracia de que
nadie más te ofenda con malas miradas.
Quiero también ofrecerte todo lo que sufriste en tus santísimos ojos,
para darte toda la gloria que las criaturas te habrían dado si sus miradas
hubieran estado fijas solamente en el Cielo, en la Divinidad y en Ti, oh mi
Jesús.
Adoro tus santísimos oídos. Te agradezco por todo lo que sufriste mientras los canallas sobre
el calvario te los aturdían con gritos e injurias. Te pido perdón a nombre de todos, por cuantas malas
conversaciones hemos hecho, y te ruego que se abran nuestros oídos a las
verdades eternas, a las voces de la Gracia, y que ninguno más te ofenda con el
sentido del oído. Quiero también
ofrecerte todo lo que sufriste en tus santísimos oídos, para darte toda la
gloria que las criaturas te habrían dado si de este sentido siempre hubieran
hecho uso según tu Voluntad.
Adoro y beso, oh Jesús mío, tu santísimo rostro, y te
agradezco por cuanto sufriste por los salivazos, por las bofetadas y las burlas
recibidas, y por cuantas veces te has dejado pisotear por tus enemigos. Te pido perdón a nombre de todos por cuantas
veces hemos tenido la osadía de ofenderte, suplicándote por estas bofetadas y
por estos salivazos recibidos, que hagas que tu Divinidad sea por todos
reconocida, alabada y glorificada. Es más,
oh mi Jesús, quiero ir yo misma por todo el mundo, de oriente a occidente, de
sur a norte, para unir todas las voces de las criaturas y cambiarlas en otros
tantos actos de alabanza, de amor y de adoración. Quiero también, oh mi Jesús, traer a Ti todos los corazones de
las criaturas, a fin de que en todos Tú pongas luz, verdad, amor y compasión a
tu Divina Persona; y mientras perdonarás a todos, yo te ruego que no permitas
que ninguno más te ofenda, y si fuese posible, aun a costa de mi sangre. En fin, quiero ofrecerte todo lo que
sufriste en tu santísimo rostro, para darte toda la gloria que las criaturas te
habrían dado si ninguna hubiera osado ofenderte.
Adoro tu santísima boca y te doy las gracias por tus
primeros gemidos, por cuanta leche mamaste, por cuantas palabras dijiste, por
los besos encendidos que diste a tu santísima Madre, por el alimento que
tomaste, por la amargura de la hiel y por la sed ardiente que sufriste sobre la
cruz, por las plegarias que elevaste al Padre, y te pido perdón por cuantas
murmuraciones y conversaciones malas y mundanas se hacen, y por cuantas
blasfemias pronuncian las criaturas; quiero ofrecer tus santas conversaciones
en reparación de sus conversaciones no buenas; la mortificación de tu gusto
para reparar sus gulas y todas las ofensas que te hacen con el mal uso de la
lengua. Quiero ofrecerte todo lo que
sufriste en tu santísima boca, para darte toda la gloria que las criaturas te
habrían dado si ninguna hubiera osado ofenderte con el sentido del gusto y con
el abuso de la lengua.
Oh Jesús, te doy las gracias por todo y a nombre de
todos. A Ti elevo un himno de
agradecimiento eterno, infinito.
Quiero, oh mi Jesús, ofrecerte todo lo que has sufrido en tu santísima
persona, para darte toda la gloria que te habrían dado todas las criaturas si
hubiesen uniformado su vida a la tuya.
Te agradezco oh Jesús, por cuanto has sufrido en tus
santísimos hombros, por cuantos golpes has recibido, por cuantas llagas te has
dejado abrir en tu sacratísimo cuerpo y por cuantas gotas de sangre has
derramado. Te pido perdón a nombre de
todos, por cuantas veces, por amor a las comodidades, te hemos ofendido con
placeres ilícitos y no buenos. Te
ofrezco tu dolorosa flagelación para reparar todos los pecados cometidos con
todos los sentidos, por el amor a los propios gustos, a los placeres sensibles,
al propio yo, a todas las satisfacciones naturales, y quiero ofrecerte también
todo lo que has sufrido en tus hombros, para darte toda la gloria que las
criaturas te habrían dado si en todo hubiesen buscado agradarte sólo a Ti y de
refugiarse a la sombra de tu divina protección.
Jesús mío, beso tu pie izquierdo, te doy las gracias por
todos los pasos que diste en tu vida mortal, y por cuantas veces cansaste tus
pobres miembros para ir en busca de almas para conducirlas a tu corazón. Te ofrezco, oh mi Jesús, todas mis acciones,
pasos y movimientos, con la intención de darte reparación por todo y por
todos. Te pido perdón por aquellos que
no obran con recta intención. Uno mis
acciones a las tuyas para divinizarlas, y las ofrezco unidas a todas las obras
que hiciste con tu santísima Humanidad, para darte toda la gloria que te
habrían dado las criaturas si hubiesen obrado santamente y con fines rectos.
Te beso, oh Jesús mío, el pie derecho y te agradezco por
cuanto has sufrido y sufres por mí, especialmente en esta hora en que estás
suspendido en la cruz. Te agradezco por
el desgarrador trabajo que hacen los clavos en tus llagas, las cuales se abren
siempre más al peso de tu sacratísimo cuerpo.
Te pido perdón por todas las rebeliones y desobediencias que cometen las
criaturas, ofreciéndote los dolores de tus santísimos pies en reparación de
estas ofensas, para darte toda la gloria que las criaturas te habrían dado si
en todo hubiesen estado sujetas a Ti.
Oh mi Jesús, beso tu santísima mano izquierda, te
agradezco por cuanto has sufrido por mí, por cuantas veces has aplacado a la
Divina Justicia satisfaciendo por todo.
Beso tu mano derecha y te doy las gracias por todo el bien que has
obrado y que obras por todos, especialmente te agradezco por las obras de la
Creación, de la Redención y de la Santificación. Te pido perdón a nombre de todos por cuantas veces hemos sido
ingratos a tus beneficios, y por tantas obras nuestras hechas sin recta intención. En reparación de todas estas ofensas quiero
ofrecerte toda la perfección y santidad de tus obras, para darte toda la gloria
que las criaturas te habrían dado si hubiesen correspondido a todos estos
beneficios.
Oh Jesús mío, beso tu sacratísimo corazón y te agradezco
por todo lo que has sufrido, deseado y anhelado por amor de todos y por cada
uno en particular. Te pido perdón por
tantos malos deseos, afectos y tendencias no buenas. Perdón, oh Jesús, por tantos que posponen tu amor al amor de las
criaturas, y para darte toda la gloria que estos te han negado, te ofrezco todo
lo que ha hecho y continúa haciendo tu adorabilísimo corazón.
+ + +
De la 1 a las 2
de la tarde
VIGÉSIMA PRIMERA HORA
Segunda hora de agonía en la cruz. Segunda, tercera y cuarta palabra sobre la
cruz
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Crucificado amor mío, mientras contigo rezo, la fuerza
raptora de tu amor y de tus penas mantiene fija mi mirada en Ti, pero el
corazón se me rompe al verte sufrir tanto, y Tú sufres atrozmente de amor y de
dolor, las llamas que queman tu corazón se elevan tan alto, que están en acto
de incinerarte; tu amor reprimido es más fuerte que la misma muerte, por eso,
queriéndolo desahogar pones tu mirada en el ladrón que está a tu derecha, y
queriéndoselo robar al infierno le tocas el corazón, y ese ladrón se siente
todo cambiado, te reconoce, te confiesa por Dios, y todo contrito dice: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu
reino.” Y Tú no vacilas en responderle:
“Hoy estarás conmigo en el Paraíso.”
Y de él haces el primer triunfo de tu amor. Pero en tu amor veo que no es solamente al
ladrón a quien le robas el corazón, sino a tantos moribundos. ¡Ah! Tú pones a su disposición tu sangre, tu
amor, tus méritos y usas todos los artificios y estratagemas divinos para
tocarles el corazón y robarlos todos para Ti.
Pero aquí también tu amor se ve impedido. ¡Cuántos rechazos, cuántas desconfianzas y también cuántas
desesperaciones! Y es tanto el dolor,
que de nuevo te reduces al silencio.
Quiero, oh mi Jesús, reparar por aquellos que desesperan
de la Divina Misericordia en el punto de la muerte. Dulce amor mío, inspira a todos confianza y seguridad ilimitada
en Ti solo, especialmente a aquellos que se encuentran en las estrechuras de la
agonía, y en virtud de esta palabra tuya concédeles luz, fuerza y ayuda para
poder volar de esta tierra al Cielo. En
tu santísimo cuerpo, en tu sangre, en tus llagas, contienes todas, todas las
almas, oh Jesús. Por los méritos de tu
preciosísima sangre no permitas que ni siquiera una sola alma se pierda, tu
sangre grite aún a todas, junto con tu voz:
“Hoy estarás conmigo en el Paraíso.”
Mi Jesús crucificado y atormentado, tus penas aumentan
siempre más. Ah, sobre esta cruz Tú
eres el verdadero Rey de los Dolores, pero entre tantas penas no se te escapa
ninguna alma, sino que das a cada una tu propia Vida. Pero tu amor se ve impedido por las criaturas, despreciado, no
tomado en cuenta, y no pudiendo desahogar se hace más intenso, te da torturas
indecibles; y en estas torturas va investigando qué más puede dar al hombre
para vencerlo y te hace decir: “Mira,
oh alma, cuánto te he amado, si no quieres tener piedad de ti misma, ten piedad
de mi amor!”
Entre tanto, viendo que no tienes nada más qué darle,
habiéndole dado todo, entonces ves a tu Mamá que está más que agonizante por
causa de tus penas, y es tanto el amor que la tortura que la tiene crucificada
a la par contigo. Madre e Hijo os
entendéis, y Tú suspiras con satisfacción y te consuelas viendo que puedes dar
tu Mamá a la criatura, y considerando en Juan a todo el género humano, con voz
tan tierna para enternecer a todos los corazones dices:
“Mujer, he ahí a tu hijo.” Y a Juan: “He ahí a tu
Madre.”
Tu voz desciende en su corazón materno y unida a las
voces de tu sangre continúa diciendo:
“Mamá mía, te confío a todos mis hijos; todo el amor que
sientes por Mí tenlo por ellos; todas tus premuras y ternuras maternas sean
para mis hijos; Tú me los salvarás a todos.”
Tu Mamá acepta, pero son tantas las penas que te reducen
al silencio.
Quiero, oh mi Jesús, reparar las ofensas que se hacen a
la Santísima Virgen, las blasfemias y las ingratitudes de tantos que no quieren
reconocer los beneficios que Tú has hecho a todos dándonosla por Madre. ¿Cómo podemos no agradecerte por tanto beneficio? Recurrimos, oh Jesús, a tu misma fuente, y
te ofrecemos tu sangre, tus llagas y el amor infinito de tu corazón. Oh Virgen santísima, ¿cuál no es tu
conmoción al oír la voz del buen Jesús que te deja como Madre de todos
nosotros?
Y Tú, vencida por su amor y por la dulzura de su acento,
sin más aceptas y nosotros nos volvemos tus hijos. Te agradecemos, oh Virgen bendita, y para agradecerte como
mereces te ofrecemos los mismos agradecimientos de tu Jesús. Oh dulce mamá, sé Tú nuestra Madre, tómanos
a tu cuidado y no permitas jamás que te ofendamos, ni aún mínimamente; tennos
siempre estrechados a Jesús, con tus manos átanos a todos a Él, de modo de no
poderle huir jamás. Con tus mismas
intenciones quiero reparar por todas las ofensas que se hacen a tu Jesús y a
Ti, dulce Mamá mía.
Oh mi Jesús, mientras estás inmerso en tantas penas, Tú
abogas aún más por la causa de la salvación de las almas; y yo no me estaré
indiferente, sino que como paloma quiero sobrevolar sobre tus llagas, besarlas,
endulzarlas y sumergirme en tu sangre para poder decir contigo: “¡Almas, almas!” Quiero sostener tu cabeza traspasada y dolorida para repararte y
pedirte misericordia, amor y perdón por todos.
Reina en mi mente, oh mi Jesús, y sánala en virtud de las
espinas que circundan tu cabeza y no permitas que ninguna turbación entre en
mí. Frente majestuosa de mi Jesús, te
beso y te pido que atraigas todos mis pensamientos para contemplarte, para
comprenderte. Ojos dulcísimos de mi
Jesús, si bien cubiertos de sangre, mírenme, miren mi miseria, miren mi
debilidad, miren mi pobre corazón, y hagan que pueda sentir los efectos
admirables de vuestra mirada divina.
Oídos de mi Jesús, si bien ensordecidos por los insultos y las blasfemias
de los impíos, pero aún atentos a escucharnos, ah, escuchen mis plegarias y no
desdeñen mis reparaciones. Escucha, oh
Jesús, el grito de mi corazón, el cual sólo se tranquilizará cuando lo hayas
llenado de tu amor. Rostro bellísimo de
mi Jesús, muéstrate, deja que yo te vea a fin de que de todos y de todo pueda
yo desapegar mi pobre corazón; tu belleza me enamore continuamente y me tenga
siempre raptada en Ti. Boca suavísima
de mi Jesús, háblame, resuene siempre tu voz en mí, y que la potencia de tu palabra
destruya todo lo que no es Voluntad de Dios, que no es amor. Oh Jesús extiendo mis brazos a tu cuello
para abrazarte, y Tú extiéndeme los tuyos para abrazarme; y haz, oh mi bien,
que sea tan apretado este abrazo de amor, que ninguna fuerza, ni humana ni
sobrehumana pueda separarnos, así que Tú quedarás siempre abrazado a mí y yo a
Ti, y mientras quedaremos abrazados, yo apoyaré mi cabeza sobre tu corazón y Tú
me darás tu beso de amor; y así me harás respirar tu dulcísimo aliento,
infundiendo en mí un siempre nuevo y creciente amor hacia Ti, y conforme
respire, respiraré tu amor, tu Querer, tus penas y toda tu Vida Divina. Hombros santísimos de mi Jesús, siempre
fuertes y constantes en el sufrir por amor mío, denme fuerza, constancia y
heroísmo en el sufrir por amor suyo.
Oh Jesús, no permitas que yo sea inconstante en el amor,
hazme tomar parte en tu inmutabilidad.
Pecho encendido de mi Jesús, dame tus llamas, tú no puedes contenerlas
más, y mi corazón con ansia las busca por medio de tu sangre y de tus
llagas. Son las llamas de tu amor, oh
Jesús, las que más te atormentan; oh mi bien, déjame tomar parte en ellas, ¿no
te mueve a compasión un alma tan fría y
falta de tu amor? Manos
santísimas de mi Jesús, ustedes que habéis creado el cielo y la tierra, ya
estáis reducidas a no poderos mover más.
Oh Jesús, continúa tu creación, la creación del amor, crea en todo mi
ser vida nueva, Vida Divina, pronuncia tus palabras sobre mi pobre corazón y
transfórmalo todo, todo en el tuyo.
Pies santísimos de mi Jesús, no me dejen jamás sola, hagan que yo corra
siempre junto a ustedes y que no de un solo paso alejado de ustedes. Jesús, con mi amor y reparaciones quiero
reconfortarte por las penas que sufres en tus pies.
Oh mi Jesús crucificado, adoro tu sangre preciosísima,
beso una por una tus llagas con la intención de poner en ellas todo mi amor,
mis adoraciones, las más sentidas reparaciones. Una por una tomo estas gotas de tu sangre y las doy a todas las
almas, para que sean para ellas luz en las tinieblas, consuelo en las penas,
fuerza en la debilidad, perdón en la culpa, ayuda en las tentaciones, defensa
en los peligros, sostén en la muerte y alas para transportarlas de esta tierra
al Cielo.
Oh Jesús, a Ti vengo y
en tu corazón hago mi nido y mi morada, y desde dentro de él, oh mi dulce amor,
llamaré a todos a Ti, y si alguno quisiera acercarse para ofenderte, yo saldré
en tu defensa y no permitiré que te hiera, más bien lo encerraré en tu corazón,
le hablaré de tu amor a fin de convertir las ofensas en amor.
Oh Jesús, no permitas
jamás que yo salga de tu corazón, aliméntame con tus llamas, dame vida con tu
vida para poderte amar como Tú ansías ser amado.
Penante Jesús mío, mientras estrechada a tu corazón me
abandono numerando tus penas, veo que un temblor convulsivo invade tu santísima
Humanidad, tus miembros se debaten como si quisieran separarse uno de otro, y
entre contorsiones por los atroces espasmos, Tú gritas fuertemente:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
A este grito todos tiemblan, las tinieblas se hacen más
densas, y la petrificada Mamá palidece y casi se desmaya. Mi Vida, mi todo, Mi Jesús, ¿qué veo? Ah, Tú estás próximo a morir, las mismas
penas tan fieles a Ti están por dejarte; y entre tanto, después de tanto
sufrir, ves con inmenso dolor que no todas las almas están incorporadas en Ti,
más bien descubres que muchas se perderán, y sientes la dolorosa separación de
ellas que se arrancan de tus miembros.
Y Tú, debiendo satisfacer a la Divina Justicia también por ellas,
sientes la muerte de cada una y las mismas penas que sufrirán en el infierno, y
gritas fuertemente a todos los corazones:
“¡No me abandonéis!
Si queréis que sufra más penas estoy dispuesto, pero no os separéis de
mi Humanidad. ¡Este es el dolor de los
dolores, es la muerte de las muertes, todo lo demás me sería nada si no
sufriera vuestra separación de Mí! ¡Ah,
piedad de mi sangre, de mis llagas, de mi muerte! Este grito será continuo a vuestros corazones: ¡No me abandonéis!”
amor mío, cuánto me duelo junto contigo, Tú te sofocas;
tu santísima cabeza cae ya sobre tu pecho; la vida te abandona. Mi amor, me siento morir, también yo quiero
gritar contigo: ¡Almas, almas! No me separaré de esta cruz, de estas
llagas, para pedirte almas; y si Tú quieres descenderé en los corazones de las
criaturas, los circundaré de tus penas, a fin de que no me huyan, y si me fuera
posible quisiera ponerme a la puerta del infierno para hacer retroceder a las
almas que quieren ir ahí y conducirlas a tu corazón. Pero Tú agonizas y callas, y yo lloro tu cercana muerte. Oh mi Jesús, te compadezco, estrecho
fuertemente tu corazón al mío, lo beso y lo miro con toda la ternura de la cual
soy capaz, y para darte un alivio mayor tomo la ternura divina y con ella
quiero compadecerte, cambiar mi corazón en ríos de dulzura y derramarlo en el
tuyo para endulzar la amargura que sientes por la pérdida de las almas. Es en verdad doloroso este grito tuyo, oh mi
Jesús; más que el abandono del Padre, es la pérdida de las almas que se alejan
de Ti lo que hace escapar de tu corazón este doloroso lamento.
Oh mi Jesús, aumenta en todos la Gracia, a fin de que
ninguno se pierda, y sea mi reparación en provecho de aquellas almas que se
deberían perder, para que no se pierdan.
Te ruego además, oh mi Jesús, por este extremo abandono,
que des ayuda a tantas almas amantes, que para tenerlas de compañeras en tu
abandono, parece que las privas de Ti, dejándolas en las tinieblas. Sean, oh Jesús, las penas de estas, como
voces que llamen a las almas a tu lado y te alivien en tu dolor.
+ + +
De las 2 a las 3
de la tarde
VIGÉSIMA SEGUNDA HORA
Tercera hora de agonía en la Cruz. Quinta, sexta y séptima palabra sobre la
cruz. Muerte de Jesús
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Mi crucificado moribundo, abrazada a tu cruz siento el
fuego que quema toda tu santísima persona; el corazón te late tan fuerte, que
levantándote las costillas te atormenta en modo tan desgarrador y horrible, que
toda tu santísima Humanidad sufre una transformación que te hace
irreconocible. El amor que incendia tu
corazón te seca y te quema, y Tú no pudiendo contenerlo, sientes fuertemente el
tormento, no sólo de la sed corporal por el derramamiento de toda tu sangre,
sino mucho más por la sed ardiente de la salud de nuestras almas. Tú, como agua quisieras bebernos para
ponernos a todos a salvo dentro de Ti, por eso, reuniendo tus debilitadas
fuerzas gritas:
“¡Tengo sed!”
¡Ah! esta palabra la repites a cada corazón: “Tengo sed de tu voluntad, de tus afectos,
de tus deseos, de tu amor; agua más fresca y dulce no puedes darme, que tu
alma. ¡Ah! no me dejes quemar, tengo
sed ardiente, por lo cual no sólo me siento quemar la lengua y la garganta,
tanto que no puedo más articular palabra, sino que me siento también secar el
corazón y las entrañas. ¡Piedad de mi
sed, piedad!” Y como delirante por la
gran sed te abandonas a la Voluntad del Padre.
Ah, mi corazón no puede vivir más al ver la impiedad de
tus enemigos, que en lugar de agua te dan hiel y vinagre, y Tú no los
rechazas. Ah, comprendo, es la hiel de
tantas culpas, es el vinagre de nuestras pasiones no domadas que quieren darte,
y que en lugar de confortarte te queman de más. Oh mi Jesús, he aquí mi corazón, mis pensamientos, mis afectos,
he aquí todo mi ser a fin de que Tú calmes tu sed y des un alivio a tu boca
seca y amargada. Todo lo que tengo,
todo lo que soy, todo es para Ti, oh mi Jesús.
Si fueran necesarias mis penas para poder salvar aun una sola alma, aquí
me tienes, estoy dispuesta a sufrirlo todo.
A Ti yo me ofrezco enteramente, haz de mí lo que mejor te plazca.
Quiero reparar el dolor que Tú sufres por todas las almas
que se pierden y la pena que te dan aquellas, a las cuales, mientras Tú
permites que tengan tristezas, abandonos, ellas en vez de ofrecértelos a Ti
como alivio de la sed ardiente que te devora, se abandonan a sí mismas y así te
hacen penar más.
Moribundo bien mío, el mar interminable de tus penas, el
fuego que te consume, y más que todo el Querer Supremo del Padre que quiere que
Tú mueras, no nos permiten esperar que puedas continuar viviendo. Y yo, ¿cómo podré vivir sin Ti? Ya te faltan las fuerzas, tus ojos se velan,
tu rostro se transforma y se cubre de una palidez mortal, la boca está
entreabierta, el respiro afanoso e intermitente, tanto, que ya no hay esperanza
de que te puedas reanimar. Al fuego que
te quema lo sustituye un hielo y un sudor frío que te baña la frente, los
músculos, y los nervios se contraen siempre más por la acerbidad de los dolores
y por las perforaciones de los clavos; las llagas se abren más y yo tiemblo, me
siento morir. Te miro, oh mi bien, y
veo descender de tus ojos las últimas lágrimas, mensajeras de la cercana
muerte, mientras que fatigosamente haces oír aún otra palabra:
“¡Todo está consumado!”
Oh mi Jesús, ya lo has agotado todo, ya no te queda nada
más, el amor ha llegado a su término. Y
yo, ¿me he consumido toda por tu amor?
¿Qué agradecimiento no deberé yo darte, cuál no tendrá que ser mi
gratitud hacia Ti? Oh mi Jesús, quiero
reparar por todos, reparar por las faltas de correspondencia a tu amor, y consolarte
por las afrentas que recibes de las criaturas mientras te estás consumiendo de
amor sobre la cruz.
Mi crucificado agonizante, Jesús, ya estás a punto de dar
el último respiro de tu vida mortal, tu santísima Humanidad está ya rígida, el
corazón parece que no te late más. Con
la Magdalena me abrazo a tus pies y quisiera, si fuera posible, dar mi vida
para reanimar la tuya.
Entre tanto, oh Jesús, veo que reabres tus ojos
moribundos y miras en torno a la cruz, como si quisieras dar el último adiós a
todos, miras a tu agonizante Mamá que no tiene más movimiento ni voz, tantas
son las penas que sufre, y con tu mirada le dices: “Adiós Mamá, Yo me voy, pero te tendré en mi corazón. Tú ten cuidado de los hijos míos y
tuyos.” Miras a la llorosa Magdalena,
al fiel Juan; y a tus mismos enemigos y con tu mirada les dices: “Yo os perdono y os doy el beso de
paz.” Nada escapa a tu mirada, de todos
te despides y a todos perdonas. Después
reuniendo todas tus fuerzas y con voz fuerte y sonora gritas:
“¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”
E inclinando la cabeza expiras. Mi Jesús, a este grito toda la naturaleza se trastorna y llora tu
muerte, la muerte de su Creador. La
tierra tiembla fuertemente y con su temblor parece que llore y quiera sacudir
las almas de todos para que te reconozcan como el verdadero Dios. El velo del templo se rasga, los muertos
resucitan, el sol que hasta ahora ha llorado tus penas, retira horrorizado su
luz. Tus enemigos a este grito se
arrodillan, se golpean el pecho y dicen:
“Verdaderamente este es el Hijo de Dios.” Y tu Madre, petrificada y moribunda, sufre penas más duras que la
muerte.
Muerto Jesús mío, con este grito Tú nos pones también a
todos nosotros en las manos del Padre, para que no se nos rechace; por eso
gritas fuerte no sólo con la voz, sino con todas tus penas y con las voces de
tus sangre:
“¡Padre, en tus manos pongo mi espíritu y a todas las
almas!”
Mi Jesús, también yo me abandono en Ti, y dame la gracia
de morir toda en tu amor, en tu Querer, rogándote que no permitas jamás, ni en
la vida ni en la muerte, que yo salga de tu Santísima Voluntad. Quiero reparar por todos aquellos que no se
abandonan perfectamente a tu Santísima Voluntad, perdiendo así, o reduciendo el
precioso fruto de tu Redención. ¿Cuál
no será el dolor de tu corazón, oh mi Jesús, al ver tantas criaturas que huyen
de tus brazos y se abandonan a sí mismas?
Piedad por todos, oh mi Jesús, piedad por mí. Beso tu cabeza coronada de espinas y te pido perdón por tantos
pensamientos míos de soberbia, de ambición y de propia estima, y te prometo que
cada vez que me venga un pensamiento que no sea todo para Ti, oh Jesús, y me
encuentre en las ocasiones de ofenderte, gritaré inmediatamente: “¡Jesús y María, os encomiendo el alma mía!”
Oh Jesús, beso tus hermosos ojos bañados aún por las
lágrimas y cubiertos por sangre coagulada, y te pido perdón por cuantas veces
te ofendí con miradas malas e inmodestas; te prometo que cada vez que mis ojos
se sientan impulsados a mirar cosas de la tierra, gritaré inmediatamente: “¡Jesús y María, os encomiendo el alma mía!”
Oh Jesús mío, beso tus sacratísimos oídos, aturdidos
hasta los últimos momentos por insultos y horribles blasfemias. Y te pido perdón por cuantas veces he
escuchado y he hecho escuchar conversaciones que nos alejan de Ti, y por tantas
conversaciones malas que hacen las criaturas, y te prometo que cada vez que me
encuentre en la ocasión de oír aquello que no conviene, gritaré
inmediatamente: “¡Jesús y María, os
encomiendo el alma mía!”
Oh Jesús mío, beso tu santísimo rostro, pálido, lívido,
ensangrentado, y te pido perdón por tantos desprecios, insultos y afrentas que
recibes de nosotros, vilísimas criaturas, por nuestros pecados. Yo te prometo que cada vez que me venga la
tentación de no darte toda la gloria, el amor y la adoración que se te deben,
gritaré inmediatamente: “¡Jesús y
María, os encomiendo el alma mía!”
Oh Jesús mío, beso tu santísima boca, ardida y
amargada. Te pido perdón por cuantas
veces te he ofendido con mis malas conversaciones, por cuantas veces he
concurrido a amargarte y a acrecentar tu sed; te prometo que cada vez que me
venga el pensamiento de decir cosas que podrían ofenderte, gritaré inmediatamente: “¡Jesús y María, os encomiendo el alma mía!”
Oh Jesús mío, beso tu cuello santísimo y veo aún las
marcas de las cadenas y de las cuerdas que te han oprimido, te pido perdón por
tantas ataduras y por tantos apegos de las criaturas, que han añadido sogas y
cadenas a tu santísimo cuello. Te
prometo que cada vez que me sienta turbado por apegos, deseos y afectos que no
sean para Ti, gritaré inmediatamente:
“¡Jesús y María, os encomiendo el alma mía!”
Jesús mío, beso tus santísimos hombros y te pido perdón
por tantas ilícitas satisfacciones, perdón por tantos pecados cometidos con los
cinco sentidos de nuestro cuerpo; te prometo que cada vez que me venga el
pensamiento de tomarme algún placer o satisfacción que no sea para tu gloria,
gritaré inmediatamente: “¡Jesús y
María, os encomiendo el alma mía!”
Jesús mío, beso tu santísimo pecho y te pido perdón por
tantas frialdades, indiferencias, tibiezas e ingratitudes horrendas que recibes
de las criaturas, y te prometo que cada vez que me sienta enfriar en tu amor,
gritaré inmediatamente: “¡Jesús y
María, os encomiendo el alma mía!”
Jesús mío, beso tus sacratísimas manos; te pido perdón
por todas las obras malas e indiferentes, por tantos actos envenenados por el
amor propio y por la propia estima; te prometo que cada vez que me venga el
pensamiento de no obrar solamente por tu amor, gritaré inmediatamente: “¡Jesús y María, os encomiendo el alma mía!”
Oh Jesús mío, beso tus santísimos pies y te pido perdón
por tantos pasos, por tantos caminos recorridos sin recta intención, por tantos
que se alejan de Ti para ir en busca de los placeres de la tierra. Te prometo que cada vez que me venga el
pensamiento de apartarme de Ti, gritaré inmediatamente: “¡Jesús y María, os encomiendo el alma mía!”
Oh Jesús mío, beso tu sacratísimo corazón y quiero
encerrar en Él, junto con mi alma, a todas las almas redimidas por Ti, para que
todas sean salvas, sin excluir ninguna.
Oh Jesús, enciérrame en tu corazón y cierra las puertas de él, de modo
que yo no pueda ver otra cosa que a Ti solo.
Te prometo que cada vez que me venga el pensamiento de querer salir de
este corazón, gritaré inmediatamente:
“¡Jesús y María, a ustedes doy mi corazón y el alma mía!”
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De las 3 a las 4
de la tarde
VIGÉSIMA TERCERA HORA
Jesús muerto es traspasado por la lanza. El descendimiento de la cruz
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua,
tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Muerto Jesús mío, toda la naturaleza ha dado un grito de
dolor al verte expirar y ha llorado tu dolorosa muerte, reconociéndote como su
Creador. Miles de ángeles se ponen
alrededor de tu cruz y lloran tu muerte; te adoran y te rinden homenajes de reconocimiento,
confesándote como nuestro verdadero Dios y te acompañan al Limbo, a donde vas a
beatificar a tantas almas que desde siglos y siglos yacen en aquella cárcel
oscura y te suspiran ardientemente. Y
yo, muerto Jesús mío, no puedo separarme de esta cruz, ni me sacio de besar y
volver a besar tus santísimas llagas, señales todas ellas de cuánto me has
amado, pero al ver las horribles laceraciones, la profundidad de tus llagas,
tanto que descubren tus huesos, ay, me siento morir. Quiero llorar tanto sobre estas llagas para lavarlas con el agua
de mis lágrimas, quiero amarte tanto para curarte todo con mi amor y restituir
a tu irreconocible Humanidad su natural belleza, quiero abrir mis venas para
llenar las tuyas con mi sangre y llamarte nuevamente a vida.
Vida mía, mi Jesús, ¿qué no puede el amor? El amor es vida y yo con mi amor quiero
darte vida, y si no basta con el mío, dame tu amor y con él todo podré, sí,
podré dar vida a tu santísima Humanidad.
Pero, oh mi Jesús, aún después de muerto quieres decirnos que nos amas,
atestiguarnos tu amor y darnos un refugio, un albergue en tu propio corazón,
por eso, un soldado empujado por una fuerza suprema, para asegurarse de tu
muerte, con una lanza te desgarra el corazón, abriéndote una llaga profunda, y Tú,
amor mío, derramas las últimas gotas de sangre y agua que contiene tu ardiente
corazón.
Ah, cuántas cosas me dice esta llaga, producida no por el
dolor sino por el amor, y si tu boca está muda, me habla tu corazón y oigo que
dice:
“Hija mía, después de haber dado todo, con esta he
querido hacerme abrir un refugio para todas las almas en este mi corazón; este
corazón abierto gritará continuamente a todos:
“Vengan a Mí si queréis ser salvos, en este mi corazón encontraréis la
santidad y os haréis santos, encontraréis el consuelo en las aflicciones, la
fuerza en la debilidad, la paz en las dudas, la compañía en los abandonos. Oh almas que me amáis, si queréis amarme de
verdad, vengan a morar siempre en este corazón, aquí encontraréis el verdadero
amor para amarme y llamas ardientes para quemaros y consumiros todas de
amor. Todo está concentrado en este
corazón, aquí están contenidos los sacramentos, mi Iglesia, la vida de Ella y
la vida de todas las almas. En este mi
corazón siento las profanaciones que se hacen a mi Iglesia, las insidias de los
enemigos, los ataques que le lanzan, a mis hijos conculcados, porque no hay
ofensa que este mi corazón no sienta, por eso hija mía, tu vida sea en este mi
corazón, defiéndeme, repárame, condúceme a todos hacia él.”
Amor mío, si una lanza ha herido tu corazón por amor mío,
te ruego que con tus manos hieras mi corazón, mis afectos, mis deseos, toda yo
misma, y que no haya parte en mí que no quede herida por tu amor. Unida con nuestra traspasada Mamá, que cae
desmayada por el inmenso dolor al ver que te traspasan el corazón, y como
paloma vuela a tu corazón para tomar el primer lugar para ser la primera
reparadora, la reina de tu mismo corazón, intermediaria entre Tú y las
criaturas. También yo junto con Mi Mamá
quiero volar a tu corazón para oír cómo te repara y repetir sus reparaciones en
todas las ofensas que recibes. Oh mi
Jesús, después de tu muerte desgarradora y dolorosísima, parece que yo no
debería tener más vida propia, pero en este tu corazón herido yo reencontraré
mi vida, así que cualquier cosa que esté por hacer, la tomaré siempre de
él. No daré más vida a los
pensamientos, pero si quisieran vida, la tomaré de tus pensamientos; no tendrá
más vida mi querer, pero si vida quiere, tomaré tu Santísima Voluntad; no
tendrá más vida mi amor, pero si querrá vida la tomaré de tu amor. Oh mi Jesús, toda tu Vida es mía, esta es tu
Voluntad, este es mi querer.
Muerto Jesús mío, veo que se apresuran a bajarte de la
cruz; y tus discípulos José y Nicodemo, que hasta ahora habían permanecido
ocultos, ahora con valor y sin temer nada quieren darte honorable sepultura, y
por eso toman martillo y pinzas para cumplir el sagrado y triste descendimiento
de la cruz, mientras que tu traspasada Mamá extiende sus brazos maternos para
recibirte en su regazo.
Mi Jesús, mientras te desclavan, también yo quiero ayudar
a tus discípulos a sostener tu santísimo cuerpo y con los clavos que te quitan,
clávame toda a Ti, y junto con nuestra Santa Madre quiero adorarte y besarte, y
después enciérrame en tu corazón para no salir más de él.
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De las 4 a las 5
de la tarde
VIGÉSIMA CUARTA HORA
La sepultura de Jesús
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la
unión contigo por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu lengua, tu
corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, extiendo mis brazos
para abrazarte y apoyando mi cabeza sobre tu corazón empiezo:
Doliente Mamá mía, veo que te dispones al último
sacrificio, el de tener que dar sepultura a tu muerto Hijo Jesús, y
resignadísima al Querer de Dios lo acompañas y con tus mismas manos lo pones en
el sepulcro, y mientras recompones aquellos miembros tratas de darle el último
adiós y el último beso, y por el dolor te sientes arrancar el corazón del
pecho. El amor te clava sobre esos
miembros, y por la fuerza del amor y del dolor tu Vida está a punto de quedar
apagada junto con tu extinto Hijo.
Pobre Mamá, ¿cómo harás sin Jesús?
Él es tu vida, tu todo, y sin
embargo es el Querer del Eterno que así lo quiere. Tendrás que combatir con dos potencias insuperables: El amor y el Querer Divino. El amor te tiene clavada, de modo que no
puedes separarte; el Querer Divino se impone y quiere este sacrificio. Pobre Mamá, ¿cómo harás? ¡Cuánto te compadezco! ¡Ah, ángeles del Cielo, venid a levantarla
de encima de los inmóviles miembros de Jesús, de otra manera morirá!
Pero, oh portento, mientras parecía extinta junto con
Jesús, escucho su voz temblorosa e interrumpida por sollozos que dice: “Hijo amado, Hijo, éste era el único
consuelo que me quedaba y que mitigaba mis penas: Tu Santísima Humanidad, desahogarme sobre estas llagas,
adorarlas, besarlas, pero ahora también esto me viene quitado, el Querer Divino
así lo quiere y Yo me resigno; pero debes saber, oh Hijo, que lo quiero y no lo
puedo, al solo pensamiento de hacerlo me faltan las fuerzas y la vida me
abandona. Ah, permíteme, oh Hijo, para
poder recibir fuerza y vida para hacer esta amarga separación, que me deje toda
sepultada en Ti, y que tome para Mí tu Vida, tus penas, tus reparaciones y todo
lo que eres Tú. Ah, sólo un intercambio
de vida entre Tú y Yo puede darme fuerza para cumplir el sacrificio de
separarme de Ti.”
Afligida Mamá mía, así decidida, veo que de nuevo
recorres esos miembros, y poniendo tu cabeza sobre la de Jesús, la besas y en
ella encierras tus pensamientos, tomando para ti sus espinas, los afligidos y
ofendidos pensamientos de Jesús, y todo lo que ha sufrido en su sacratísima
cabeza. ¡Oh, cómo quisieras animar la
inteligencia de Jesús con la tuya, para poder dar vida por vida! Y ya sientes que empiezas a revivir, con
haber tomado en tu mente los pensamientos y las espinas de Jesús.
Adolorida Mamá, te veo besar los ojos apagados de Jesús,
y quedas traspasada al ver que Él ya no te mira más. ¡Cuántas veces esas miradas divinas, mirándote, te extasiaban en
el Paraíso y te hacían resurgir de la muerte a la vida! Pero ahora, al ver que ya no te miran te
sientes morir, por eso veo que dejas tus ojos en los de Jesús y tomas para Ti
los suyos, sus lágrimas, la amargura de esa mirada que tanto ha sufrido al ver
las ofensas de las criaturas y tantos insultos y desprecios.
Pero veo traspasada Mamá que besas sus santísimos oídos,
lo llamas y lo vuelves a llamar y le dices:
“Hijo mío, ¿será posible que no me escuches más? Tú que aún en cada pequeño ademán me
escuchabas, y ahora lloro, te llamo, ¿y no me escuchas? ¡Ah, el amor amoroso es el más cruel tirano! Tú eras para Mí más que mi misma Vida, ¿y
ahora deberé sobrevivir a tanto dolor?
Por eso, oh Hijo, dejo mi oído en el tuyo y tomo para Mí lo que ha
sufrido tu santísimo oído, el eco de todas las ofensas que se repercutían en el
tuyo, sólo esto me puede dar vida, tus penas, tus dolores.”
Mientras esto dices, es tanto el dolor, las congojas del
corazón, que pierdes la voz y te quedas sin movimiento. ¡Pobre mamá mía, pobre Mamá mía, cuánto te
compadezco, cuántas muertes crueles no sufres!
Pero doliente Mamá, el Querer Divino se impone y te da el
movimiento, y Tú miras el rostro santísimo de Jesús, lo besas y exclamas: “Adorado Hijo, cómo estás desfigurado, si el
amor no me dijera que eres mi Hijo, mi Vida, mi todo, no te reconocería más,
tanto has quedado irreconocible. Tu natural
belleza se ha transformado en deformidad, tus mejillas se han cambiado a violáceas;
la luz, la gracia que irradiaba tu hermoso rostro –que mirarte y quedar
beatificada era lo mismo–, se ha convertido en palidez de muerte, oh Hijo
amado, Hijo, cómo has quedado reducido, qué feo trabajo ha hecho el pecado en
tus santísimos miembros, oh, cómo tu inseparable Mamá quisiera restituirte tu
primitiva belleza. Quiero fundir mi
rostro en el tuyo y tomar para Mí el tuyo, tus bofetadas, los salivazos, los
desprecios y todo lo que has sufrido en tu rostro santísimo. ¡Ah! Hijo, si me quieres viva dame tus
penas, de otra manera Yo muero.” Y es
tanto el dolor, que te sofoca, te corta las palabras y quedas como extinta
sobre el rostro de Jesús. ¡Pobre Mamá,
cuánto te compadezco! Ángeles míos,
vengan a sostener a mi Mamá, su dolor es inmenso, la inunda, la ahoga y ya no
le queda más vida ni fuerzas. Pero el
Querer Divino rompiendo estas olas de dolor que la ahogan, le restituye la
vida.
Estás ya sobre la boca, y al besarla te sientes amargar
tus labios por la amargura de la hiel que ha amargado tanto la boca de Jesús, y
sollozando continúas: “Hijo mío, dile
una última palabra a tu Mamá, ¿será posible que no deba escuchar más tu
voz? Todas tus palabras que en vida me
dijiste, como tantas flechas me hieren el corazón de dolor y de amor; y ahora
viéndote mudo, estas flechas se remueven en mi lacerado corazón y me dan
innumerables muertes, y a viva fuerza parece que quieran arrancarte una última
palabra, y no obteniéndola me desgarran y me dicen: “Así que no lo escucharás más; no volverás a oír más su dulce
acento, la melodía de su palabra creadora que en Ti creaba tantos paraísos por
cuantas palabras decía.” Ah, mi paraíso
ha terminado y no tendré otra cosa que amarguras, ah Hijo, quiero darte mi
lengua para animar la tuya, dame lo que has sufrido en tu santísima boca, la
amargura de la hiel, tu sed ardiente, tus reparaciones y plegarias, y así,
oyendo por medio de éstas tu voz, mi dolor será más soportable, y tu Mamá podrá
seguir viviendo en medio de tus penas.”
Mamá destrozada, veo que te apresuras porque los que
están a tu alrededor quieren cerrar el sepulcro, y casi como volando pasas
sobre las manos de Jesús, las tomas entre las tuyas, las besas, te las
estrechas al corazón, y dejando tus manos en las suyas tomas para Ti los
dolores y las perforaciones de aquellas manos santísimas. Y llegando a los pies de Jesús y mirando el
desgarro cruel que los clavos han hecho en aquellos pies, pones en ellos los
tuyos y tomas para Ti aquellas llagas y te pones en lugar de Jesús a correr al
lado de los pecadores para arrancarlos del infierno.
Angustiada Mamá, ya veo que le das el último adiós al
corazón traspasado de Jesús. Aquí te
detienes, es el último asalto a tu corazón materno, te lo sientes arrancar del
pecho por la vehemencia del amor y del dolor, y por sí mismo se te escapa para
ir a encerrarse en el corazón santísimo de Jesús; y Tú viéndote sin corazón te
apresuras a tomar el corazón Sacratísimo de Jesús en el tuyo, su amor rechazado
por tantas criaturas, tantos deseos suyos ardientes no realizados por la ingratitud
de ellas, los dolores las heridas que traspasan ese corazón santísimo y que te
tendrán crucificada durante toda tu Vida.
Y mirando esa ancha herida la besas y tomas en tus labios su sangre, y
sintiéndote la Vida de Jesús, sientes la fuerza para hacer la amarga
separación, por eso lo abrazas y permites que la piedra sepulcral lo encierre.
Doliente Mamá mía, llorando te suplico que no permitas
que por ahora Jesús nos sea quitado de nuestra mirada, espera que primero me
encierre en Jesús para tomar su Vida en mí, si Tú no puedes vivir sin Jesús,
que eres la sin mancha, la santa, la llena de Gracia, mucho menos yo que soy la
debilidad, la miseria, la llena de pecados, ¿cómo puedo vivir sin Jesús? Ah Mamá dolorosa, no me dejes sola, llévame contigo;
pero antes deposítame toda en Jesús, vacíame de todo para poder poner a todo
Jesús en mí, así como lo has puesto en Ti.
Comienza conmigo el oficio materno que Jesús te dio estando en la cruz,
y abriendo mi pobreza extrema una brecha en tu corazón materno, con tus mismas
manos maternas enciérrame toda, toda en Jesús; encierra en mi mente los
pensamientos de Jesús, a fin de que ningún otro pensamiento entre en mí;
encierra los ojos de Jesús en los míos, a fin de que jamás pueda huir de mi
mirada; pon su oído en el mío, para que siempre lo escuche y cumpla en todo su
Santísimo Querer; su rostro ponlo en el mío, a fin de que mirando aquel rostro
tan desfigurado por amor mío, lo ame, lo compadezca y repare; pon su lengua en
la mía para que hable, rece y enseñe con la lengua de Jesús; sus manos en las
mías para que cada movimiento que yo haga y cada obra que realice tomen vida de
las obras y movimientos de Jesús; pon sus pies en los míos, a fin de que cada
paso que yo dé sea vida para las otras criaturas, vida de salvación, de fuerza,
de celo para todas las criaturas.
Y ahora, afligida Mamá mía, permíteme que bese su corazón
y que beba su preciosísima sangre, y Tú, encerrando su corazón en el mío haz
que pueda vivir de su amor, de sus deseos y de sus penas. Y ahora toma la mano derecha de Jesús,
rígida ya, para que me des con ella su última bendición.
Y ahora permite que la piedra cierre el sepulcro, y Tú,
destrozada besas este sepulcro y llorando le dices tu último adiós y partes,
pero es tanto tu dolor, que ahora quedas petrificada, ahora helada. Traspasada Mamá mía, junto contigo doy el
adiós a Jesús, y llorando, quiero compadecerte y hacerte compañía en tu amarga
desolación, quiero ponerme a tu lado, para darte a cada suspiro tuyo, a cada
congoja y dolor, una palabra de consuelo, una mirada de compasión. Recogeré tus lágrimas, y si te veo
desfallecer te sostendré en mis brazos.
Pero veo que estás obligada a regresar a Jerusalén por el
camino por donde viniste. Unos cuantos
pasos y te encuentras ante la cruz sobre la cual Jesús ha sufrido tanto y ha
muerto, y Tú corres, la abrazas, y viéndola teñida de sangre, uno por uno se
renuevan en tu corazón los dolores que Jesús ha sufrido sobre ella, y no
pudiendo contener el dolor, sollozando exclamas:
“¡Oh! cruz, ¿tan cruel debías ser con mi Hijo? ¡Ah, en nada los has perdonado! ¿Qué mal te había hecho? No me has permitido a Mí, su dolorosa Mamá,
darle ni siquiera un sorbo de agua cuando la pedía, y a su boca abrasada le has
dado hiel y vinagre; mi corazón traspasado me lo sentía licuar y habría querido
dar a aquellos labios mi licuado corazón para quitarle la sed, pero tuve el
dolor de verme rechazada. Oh cruz
cruel, sí, pero santa, porque has sido divinizada y santificada por el contacto
de mi Hijo. Aquella crueldad que usaste
con Él, cámbiala en compasión hacia los miserables mortales, y por las penas
que Él ha sufrido sobre ti, obtén gracia y fuerza a las almas sufrientes, para
que ninguna se pierda por causa de tribulaciones y cruces. Demasiado me cuestan las almas, me cuestan
la Vida de un Hijo Dios; y Yo, como Corredentora y Madre las confío a ti, oh
cruz.”
Y besándola y volviéndola a besar te alejas. Pobre Mamá, cuánto te compadezco, a cada
paso y encuentro surgen nuevos dolores, que haciendo más grande su inmensidad y
volviéndose más amargas sus oleadas, te inundan, te ahogan, y a cada instante
te sientes morir.
Otros pasos más y llegas al punto donde esta mañana lo
encontraste bajo el peso enorme de la cruz, agotado, chorreando sangre, con un
manojo de espinas en la cabeza, las cuales, golpeando en la cruz penetraban más
adentro y en cada golpe le daban dolores de muerte. La mirada de Jesús, cruzándose con la tuya buscaba piedad, y los
soldados para quitar este alivio a Jesús y a Ti, lo empujaron y lo hicieron
caer, haciéndole derramar nueva sangre; ahora Tú ves el terreno empapado con
ella, y arrojándote a tierra te oigo decir mientras besas aquella sangre: “Ángeles míos, venid a hacer guardia a esta
sangre, a fin de que ninguna gota sea pisoteada y profanada.”
Mamá doliente, déjame que te de la mano para levantarte y
sostenerte, porque te veo agonizar sobre la sangre de Jesús. Pero nuevos dolores encuentras conforme
caminas, por todas partes ves huellas de sangre y recuerdos del dolor de
Jesús. Por eso apresuras el paso y te encierras
en el cenáculo. También yo me encierro
en el cenáculo, pero mi cenáculo es el corazón santísimo de Jesús; y de dentro
de su corazón quiero venir sobre tus rodillas maternas para hacerte compañía en
esta hora de amarga desolación. No
resiste mi corazón dejarte sola en tanto dolor. Desolada Mamá, mira a la pequeña hija tuya, soy demasiado
pequeña, y por mi sola ni puedo ni quiero vivir; ponme sobre tus rodillas y
estréchame entre tus brazos maternos, hazme de Mamá, tengo necesidad de guía,
de ayuda, de sostén, mira mi pobreza y sobre mis llagas derrama una lágrima
tuya, y cuando me veas distraída estréchame a tu corazón materno, y vuelve a
llamar en mí la Vida de Jesús. Pero
mientras te ruego me veo obligada a detenerme para poner atención a tus acerbos
dolores, y me siento traspasar al ver que conforme mueves la cabeza sientes que
te penetran más adentro las espinas que has tomado de Jesús, con los pinchazos
de todos nuestros pecados de pensamiento, que penetrándote hasta en los ojos te
hacen derramar lágrimas mezcladas con sangre, y mientras lloras, teniendo en
tus ojos la vista de Jesús pasan ante tu vista todas las ofensas de las
criaturas. Cómo quedas amargada por
esto, cómo comprendes lo que Jesús ha sufrido, teniendo en Ti sus mismas
penas. Pero un dolor no espera al otro,
y poniendo atención en tus oídos te sientes aturdir por el eco de las voces de
las criaturas, y según cada especie de voces ofensivas de criaturas, penetrando
por los oídos al corazón, te lo traspasan, y repites el estribillo: “¡Hijo, cuánto has sufrido!”
Desolada Mamá, cuánto te compadezco, permíteme que te
limpie el rostro bañado en lágrimas y sangre, pero me siento retroceder al
verlo amoratado, irreconocible y pálido, con una palidez mortal, ah, comprendo,
son los malos tratos dados a Jesús que has tomado sobre Ti y que te hacen tanto
sufrir, tanto, que moviendo tus labios para rezar o para dejar escapar suspiros
de tu inflamado pecho, siento tu aliento amargo y tus labios quemados por la
sed de Jesús.
Pobre Mamá mía, cuánto te compadezco, tus dolores van
creciendo siempre más, y parece que se den la mano entre ellos, y tomando tus
manos en las mías, las veo traspasadas por clavos, y es en estas mismas manos
que sientes el dolor al ver los homicidios, las traiciones, los sacrilegios y
todas las obras malas, que repiten los golpes, agrandando las llagas y
exacerbándolas cada vez más. Cuánto te
compadezco, Tú eres la verdadera Mamá crucificada, tanto, que ni siquiera los
pies quedan sin clavos; es más, no sólo te los sientes clavar, sino también
arrancar por tantos pasos inicuos y por las almas que se van al infierno, y Tú
corres a su lado a fin de que no caigan en las llamas infernales, pero aún no
es todo, crucificada Mamá, todas tus penas, reuniéndose juntas, hacen eco en el
corazón y te lo traspasan, no con siete espadas sino con miles y miles de
espadas; mucho más que teniendo en Ti el corazón divino de Jesús, que contiene
todos los corazones y envuelve en su latido a los latidos de todos, y ese
latido divino conforme late así va diciendo:
“Almas, Amor.” Y Tú, al latido
que dice almas, te sientes correr en tus latidos todos los pecados y te sientes
dar muerte, y en el latido que dice amor, te sientes dar vida; así que Tú estás
en continua actitud de muerte y de vida.
Mamá crucificada, cuanto compadezco tus dolores, son inenarrables;
quisiera cambiar mi ser en lenguas, en voz, para compadecerte, pero ante tantos
dolores son nada mis compadecimientos; por eso llamo a los ángeles, a la Trinidad
Sacrosanta, y les ruego que pongan en torno a Ti sus armonías, sus contentos,
su belleza, para endulzar y compadecer tus intensos dolores, que te sostengan
entre sus brazos y que te cambien en amor todas tus penas.
Y ahora desolada Mamá, un gracias a nombre de todos por
todo lo que has sufrido, y te ruego por esta tu amarga desolación, que me
vengas a asistir en el punto de mi muerte, cuando mi pobre alma se encuentre
sola, abandonada por todos, en medio de mil angustias y temores; ven Tú
entonces a devolverme la compañía que tantas veces te he hecho en mi vida, ven
a asistirme, ponte a mi lado y ahuyenta al enemigo, lava mi alma con tus
lágrimas, cúbreme con la sangre de Jesús, vísteme con sus méritos, embelléceme
con tus dolores y con todas las penas y las obras de Jesús; y en virtud de las
penas de Jesús y de tus dolores, haz desaparecer todos mis pecados, dándome el
total perdón, y expirando mi alma recíbeme entre tus brazos, ponme bajo tu
manto, escóndeme de la mirada del enemigo y llévame al Cielo y ponme en los
brazos de Jesús. ¡Quedamos en esto,
amada Mamá mía!
Y ahora te ruego que des a todos los moribundos la
compañía que te he hecho hoy, a todos hazles de Mamá, son momentos extremos y
se necesitan grandes ayudas, por eso no niegues a ninguno tu oficio
materno. Una última palabra: “Mientras te dejo, te ruego que me encierres
en el corazón santísimo de Jesús, y Tú doliente Mamá mía, hazme de centinela a
fin de que Jesús no me ponga fuera de su corazón, y que yo, aunque lo quisiera,
no me pueda salir. Por eso te beso tu
mano materna y bendíceme.
AMEN
[1] Desde aquí hasta el final de esta hora no forma parte del escrito
original de Luisa, fue escrita entre el año de 1916 y 1917, después de la
primera edición (1915), y a petición expresa de ella se agregó. Por tanto, la frase “estos tiempos tan
tristes” corresponde a los sucesos de la primera guerra mundial.