“ Sufrimiento[1]
“

El sufrimiento es un tema por demás escabroso y de difícil
abordaje, pues es algo que aparentemente está en contra de la propia naturaleza
humana, se piensa que es producto de “deficiencias” que pueden suceder tanto en
el terreno puramente material (enfermedad, deterioro, pasibilidad, muerte), en
el terreno moral (ser capaz de recibir injurias, agresiones, injusticias, todo
sufrimiento causado en el terreno de nuestros sentimientos, sobre todo en el
amor etc.), y por último, en el terreno espiritual (todo sufrimiento causado
por el alejamiento con nuestro Creador)
Hasta aquí llega nuestra concepción de dolor y sufrimiento, y
esta es la causa principal de nuestro desconcierto, pues siempre lo hemos
valorado como algo negativo, que una vez que ha llegado a nuestras vidas nos
quita la paz, la tranquilidad, la felicidad, la salud, y en algunas ocasiones
hasta la propia vida, que puede ser la vida material y, Dios no lo quiera,
hasta la vida del alma. Este dolor y
sufrimiento es el originado por el pecado, y por consiguiente es un acto que
nos quita la parte mejor del ser humano, o sea los dones que gratuitamente Dios
había dado a nuestro primer padre Adán, y que al perderlos nos condujo
“naturalmente” a todo lo anterior, pues la vida feliz, sin penurias, sin dolor,
sin muerte, y con la presencia de Dios en nuestras vidas, no eran atributos de
la naturaleza humana, sino que eran dones sobrenaturales y preternaturales que
le habían sido concedidos, pero no «gratuitamente» como siempre lo hemos
pensado, no, sino que se le condicionó, se le puso una prueba, una renuncia,
pequeña..., tal vez, pero al fin y al cabo una renuncia, y no hay renuncia, no
hay desapego sin dolor y sufrimiento. Así que Dios nos pone algunas exigencias
para admitirnos en su unión, y de acuerdo a la S. E. esta exigencia es la
renuncia a comer de un árbol.
Tenemos ya dos clases de sufrimiento:
Ø
Sufrimiento querido por Dios, impuesto por Él
a su criatura y que tenía una finalidad excelsa, conservar los dones que nos
había dado para mantenernos en su unión, para aceptarnos como hijos, como
hermanos de Nuestro Señor Jesucristo, o sea hermanos del Hombre-Dios, por lo
tanto, para ser hermanos, debemos tener la misma naturaleza que Él, y la misma
naturaleza de nuestro Padre, o sea la Naturaleza Divina. [2] Para esto debería servir este sufrimiento, y
debería de haber sido sufrimiento continuo, como continua debe ser nuestra
unión con Él para darle Vida continua
en nosotros.
Ø
Sufrimiento ocasionado por la desobediencia, por el pecado, y que no
era querido por Dios, y que Nuestro Señor Jesucristo asumió para redimirnos,
este es el sufrimiento conocido por todos, este es el sufrimiento NO querido
por Dios.
Siempre
que intentamos abordar el sufrimiento desde el punto de vista religioso, surgen
infinidad de sentimientos contradictorios, pues no concebimos a un Dios “todo
bondad”, “todo amor”, “todo benignidad”, “todo misericordia”, que pueda permitir
estas situaciones, inmediatamente pensamos que va en contra de su naturaleza de
Padre amoroso. Todo esto es porque únicamente valoramos el sufrimiento
ocasionado por el pecado, y si nos atrevemos a pensar que Dios lo quiso, sería
tanto como pensar que Dios quiso el pecado, y esto choca inmediatamente con
nuestra idea de Dios, así que lo separamos totalmente de esta situación. Pero
el sufrimiento nunca lo hemos vislumbrado como un acto comunicado por Dios
mismo, querido y deseado por Él, por medio del cual, como ya dijimos, Él
comunica a sus criaturas la parte más íntima de su esencia, y nos comunica su
“Imagen y semejanza.” [3]
Nos quiere hacer partícipes de su naturaleza Divina, [4]
a la cual sólo podemos aspirar por medio del sufrimiento.
¿Blasfemia? ¡...No! ¿Error?
¡...Tampoco! Se trata, ni más ni
menos, que de la locura de la predicación de un Jesús crucificado, [5]
un Jesús que viene al mundo a sufrir, a padecer no sólo en los tres niveles del
hombre para redimirnos y dar nuevamente a Dios el amor, la correspondencia, el
honor, el agradecimiento, las reparaciones y el pago que el hombre debería
haber dado, pero que no podía dar, por haber dado muerte a tantas Vidas Divinas
que Dios quería desenvolver en sus criaturas; sino la predicación de un Jesús
crucificado en su voluntad humana para dar vida continua a la Voluntad Divina
en Él, [6]
y así darnos el ejemplo de cómo hacerlo y dejar a nuestra disposición sus actos
de renuncia a la naturaleza humana (voluntad humana obrante) para poder tomarlo
nosotros de ese banco inmenso de la Divina Voluntad.
En esta meditación trataremos de abordar el sufrimiento de
renuncia. Lo que respecta a la Pasión
externa de Nuestro Señor y a los sufrimientos de valor redentor, han sido
suficientemente tratados en muchas ocasiones, por eso nos proponemos ahondar en
este sufrimiento querido por Dios y que el hombre no aceptó, pero que es tan
grande su significado, su trascendencia, que Dios mismo acepta someterse en la
Humanidad de Jesús al sufrimiento provocado por el pecado, no para salvarnos,
sino por amor a Sí mismo, a su obra, a su finalidad. [7]¿Qué
debería llamarnos más la atención, la finalidad o el medio, la causa o la
consecuencia? Lógicamente la finalidad, la causa, por lo tanto iremos
directamente a éstas.
Aunque aparentemente nos vamos a desviar hablando de la creación
del hombre, pero es sumamente importante entender perfectamente esto, para
entender cuál sufrimiento era el querido por Dios y su causa, pues esto es lo
más grande que Dios ha querido comunicarnos.
Empecemos:
La Sagrada Escritura nos dice que el hombre fue creado por Dios
en el paraíso terrenal, donde toda la naturaleza le estaba sometida y toda ella
se ponía a servicio del hombre, el cual ocupaba el puesto de rey; paraíso donde
Dios se complacía en habitar con su criatura y donde se paseaba y hablaba con
ella.[8] Así que intuimos que era un lugar donde no
se conocía el sufrimiento, el dolor, la infelicidad, la carestía, etc., pues
estando con Dios, ¿qué podía faltarle al hombre? Así que todo nos lleva a pensar que la finalidad del hombre era
el ser feliz en su unión con Dios, teniendo a toda la naturaleza a su
servicio. Pero debemos preguntarnos lo
siguiente: Si la finalidad del hombre
era el ser feliz, ¿cuál debía ser el medio para lograrlo? Sabemos, según Sto. Tomás, [9]
que la felicidad se logra a través de la obtención del bien mayor, bien que
incluye a todos los demás bienes, el que una vez conseguido, no queda nada más
que desear y por lo tanto apaga las ansias del hombre, pues lo tiene todo. Ahora tratemos de investigar cuál es este
bien mayor:
Si creo en
Dios, creo que soy un ser creado, o sea, que nada tengo por mí mismo, sino que
todo me fue dado por mi Creador con una finalidad específica, y que todo el
conjunto de mi ser tiene a su vez una finalidad fijada por Dios. Ahora bien, si Dios es Amor, si todo lo hace
para bien de sus criaturas, eso quiere decir que, tanto los dones que me dio,
como la finalidad que me puso, son para mi bien, no para mi mal. Así que debo buscar mi finalidad en Dios, no
en mí mismo, mucho menos en los demás, aunque sean lo más cercano que se pueda,
como podrían ser los hijos, la pareja, los padres etc.; qué decir de aquellos
que buscan su finalidad en las cosas creadas, animadas o inanimadas... ¡Locura extrema! Queda claro entonces que la finalidad de nuestras vidas no puede
estar en ninguna parte sino solamente en Él, y que mientras no lo vea de esta
manera, todos los esfuerzos que haga para ser feliz serán vanos, pues será
felicidad pasajera y sin sustancia para poder transformar mi ser en esta
verdadera felicidad, pues todo bien que no se posee por dentro y por fuera no
es un verdadero bien y no puede hacer feliz al hombre. Dios es Padre amoroso y quiere solamente lo
mejor para sus hijos, entonces, ¿qué les dará?
¿Cuál será el bien mayor que puede darles para hacerlos felices y que
esté de acuerdo a sus planes y a su dignidad de Dios Creador? Este bien mayor solamente puede ser Dios
mismo, pues ¿qué hay que sea más que Él?
Nada. Si Dios no se hubiera dado
Él mismo a nosotros, nos hubiera dado las cosas menores y no la mayor, por lo
tanto el hombre siempre quedaría insatisfecho, pues no tendría lo más. Si Dios hubiera dado al hombre como
finalidad algo inferior al mismo hombre, habría sido supeditar su obra maestra
a algo inferior a ella misma, pues lo más tendería a lo menos, cosa por de más
absurda. Así las cosas, tenemos que el
bien mayor que Dios nos ha dado es Él mismo, y que por lo tanto, todas las
cosas creadas son medios, ayudas para llegar a Él, no fines en sí mismas, he
aquí el absurdo de tratar a las cosas como finalidad. Ahora, ¿qué finalidad habrá tenido Dios para crearnos? Si esta finalidad de Dios la ponemos en nosotros
mismos, estaremos supeditando el actuar de Dios a algo inferior a Él, o sea a
nosotros, cosa que raya en la blasfemia, por lo tanto la finalidad de Dios al
crearnos forzosamente tiene que ser Él mismo, su gloria, así que la finalidad
de nuestra creación es Dios. Fuimos
creados por Dios para ser felices, y nuestra felicidad la obtenemos cuando nos
apegamos a nuestra finalidad, pues esta finalidad es la obtención de este mismo
Dios que nos creo para Él, para vivir juntos, compartiendo una sola Vida, la de
Él.
Hemos dicho que el plan de Dios era compartir con nosotros sus
dones, y sobre todo su Vida, pero, ¿cómo se lograría esto? ¿Tal vez Adán gozaba de esta prerrogativa
antes de pecar? ¿Le habría sido dada
gratuitamente? Para resolver estas
cuestiones, debemos mirar nuevamente el relato de la creación del hombre. Dice la S. E. que Dios puso una prueba a
nuestro padre Adán, no a Eva, Adán era la cabeza de la familia humana, y de
alguna manera él tenía bajo su responsabilidad el confirmar a todos sus
descendientes en el orden querido por Dios, y su primer descendiente era Eva, pues
Eva no fue creada, sino que fue ‘formada’ de Adán, o sea que Dios tomó de él
las características que Él mismo había depositado en Adán, ¿será por eso que en
Gn 127 dice que los crió macho y hembra? Para esclarecer un poco más este punto, la indignación de Dios y
todo lo que siguió no sucede cuando Eva come del fruto, sino hasta que Adán es
inducido por Eva a comerlo, no antes, así que la prueba había sido puesta a
Adán y sólo él debía haber confirmado a todos sus descendientes, y si en lugar de
haber comido hubiera resistido, habría sido el primer acto heroico ante los
ojos de Dios, y él mismo hubiera llevado a Eva ante Dios y ésta habría sido
justificada.
Ahora, ¿cuál fue la
prueba? La prueba que Dios le dio para
poderlo confirmar en la posesión de sus dones fue el abstenerse de comer del
árbol del conocimiento del Bien y del mal, el cual estaba plantado en medio del
jardín. ¿Qué cosa es el Bien? Podemos responder con una sola palabra: DIOS.
¿Existe el mal? NO. El mal no existe por sí mismo, pues si así
fuera estaríamos ante una dualidad preexistente, eterna, donde uno tendría unas
cualidades y el otro tendría cualidades diferentes, opuestas, y podrían
coexistir los dos al mismo tiempo; o si el mal existiera, pero no fuera eterno,
entonces tendría que haber sido creado, ¿por quién? ¿Por Dios? Absurdo. El mal no existe mas que en función de la
ausencia del Bien, al igual que las tinieblas existen en función de la ausencia
de luz, o está una o la otra, pero las dos no pueden coexistir, la luz es la
presencia real, las tinieblas se quitan por la presencia de luz, la cual puede
hacer su aparición dentro de las tinieblas, lo que no pueden hacer las
tinieblas, éstas no pueden hacer su aparición cuando está la luz, se requiere
que la luz se quite para que ellas aparezcan.
Pues de la misma manera es el Bien y el mal: Para que exista el mal se requiere forzosamente la ausencia del
Bien. Ahora, ¿qué se necesita para
quitar el Bien (Dios) de mi alma?
Libertad. Recordemos que Dios
nos dotó de esta característica que le pertenece a Él, debemos ser libres para
ser semejantes a Él, el Ser Supremo que no está sujeto a nada. Esta libertad la podemos usar en función de
nuestra voluntad, lo que nos lleva a entender que lo único que nos puede alejar
del Bien es un acto libre de oposición a dicho Bien, o sea, a Dios.[10]
Si como hemos dicho, el Bien
es Dios, ¿quién podría dar el conocimiento de este Bien? Solamente Dios mismo. ¿Quién podría dar el conocimiento del mal? ¿Satanás?
¡...Claro que no! [11] Solamente la voluntad humana usando el don
de la libertad podría hacer un acto de oposición a Dios, igual que hizo la
voluntad angélica, y así conocer el lado oscuro, el lado sin Dios; tenemos que
admitir que esta voluntad estuvo inducida por Satanás, pero la decisión fue del
hombre libre, usando esa libertad para desobedecer a Dios.
Entonces, ¿de qué árbol
estaremos hablando? De un solo árbol
donde estaban unidas la Voluntad Divina dada al hombre como don y la voluntad
humana cooperante y sometida a la Divina, este era el árbol del que no debería
de comer, pues el Bien le venía connaturalmente por la presencia de Dios en su
interior, el fruto del que tenía que abstenerse era el fruto de la voluntad
humana, o sea, el acto humano SIN la participación de la Voluntad Divina. Aquí está la mayor desgracia que le ha
sucedido al género humano, perder la posesión de esta Voluntad de Dios, la cual
lo elevaba a la imagen y semejanza con su Creador.
El Catecismo de la Iglesia
Católica, en el N° 475 dice: Cristo
posee dos voluntades y dos operaciones naturales, divinas y humanas, no
opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia
al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el
Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación. La voluntad humana de Cristo sigue a su Voluntad Divina sin
hacerle resistencia ni oposición, sino todo lo contrario estando subordinada a
esta Voluntad Omnipotente. Así debemos
ser nosotros para poder decir que somos hermanos de Cristo, que formamos parte
de la misma Familia, pues su Familia es la Divina. ¿Qué se necesita para lograrlo?
Se necesita una Voluntad Divina ACTUANTE que habite en nosotros y
nuestra voluntad humana cooperante y subordinada a Ésta, para dejar que Ella
sea la que actúe y así nuestros actos sean actos de Dios, no sólo nuestros, y
Él pueda habitar realmente en nosotros para formar una sola cosa (Vida), según
las palabras de Jesús, y que así el Padre pudiera decir al igual que dijo en el
Jordán acerca de su Hijo. [12]
Ahora, ¿por cuánto tiempo debía
ser la prueba? Y una vez habiéndola
pasado, ¿habría podido comer de dicho árbol?
O sea, ¿habría podido hacer uso de su voluntad humana para hacer aunque
fuera un solo acto sin la unión con la Voluntad Divina? Francamente suena como un absurdo, pues
nunca, nunca debería de haber hecho uso de esta su voluntad, pues en el mismo
instante en que lo hiciera, en ese instante le habría dado la muerte a la Vida
de la Divina Voluntad en ese acto, y a eso se refiere el ‘irremediablemente
morirás’[13] no tanto a
la muerte material, la cual viene como consecuencia lógica de haber perdido los
dones tanto sobrenaturales como preternaturales, sino también al morir a la
Vida Divina comunicada por el acto de la Voluntad Divina en el acto de la criatura,
sin la participación activa de la voluntad humana, sino sólo en el aspecto de
haber generado el acto, pero sin poner su vida y sus frutos en aquel acto,
dejando que esa Vida y frutos fuesen de la Divina Voluntad, para poder así
formar Vida Divina en la criatura. A
esto se refería Jesús cuando dijo: «Si alguno
quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y
sígame. Porque quien quiera salvar su
vida, la perderá; pero quien pierda su vida por Mí, ése la salvará». [14] Así las cosas, debemos negarnos a nosotros
mismos para seguir a Jesús, pero con la cruz a cuestas, y la cruz significa
dolor, sufrimiento, muerte; debemos perder nuestra vida para salvarla,
claro..., salvar la Vida Divina comunicada a nosotros por Dios mismo, la cual
crecería en nosotros a través de la acción de su Voluntad en nuestras acciones
diarias, crucificando nuestra vida humana, y así hacernos semejantes a Jesús,
en el cual su voluntad humana se sometía libremente a su Voluntad Divina.
Este era el sufrimiento querido
por Dios, sufrimiento continuo a través de toda nuestra vida, para podernos
comunicar su Vida y naturaleza Divinas, pues Él es Rey de reyes, no Rey de
súbditos, Él quería ser Padre de hijos semejantes a su Hijo, y Jesús es Dios
verdadero por naturaleza, y hombre verdadero por haberse hermanado con nosotros
tomando su Humanidad de María Santísima, su Madre, entonces, ¿cómo es posible
que pensemos que el sufrimiento es contra nuestra naturaleza? Claro, es contra nuestra naturaleza humana,
pero la finalidad es elevar a ésta a la categoría de naturaleza divina por
participación, debemos reproducir en nuestra vida los misterios de Jesús. San Pablo nos dice: “Yo completo en mí lo que falta a la Pasión
de Cristo” [15] y así como
nos dice que él completa este misterio, nos podía también haber dicho que
completa el misterio de la Resurrección, el de la Ascensión, todos los
misterios, porque esos misterios no están completos mientras no se reproduzcan
y se extiendan a nosotros. De manera
que no en vano participamos de la Vida de Jesús, esa Vida tiene que reproducir
en nosotros todos los misterios que produjo en Él, por consiguiente tenemos que
nacer, y que crecer, y que manifestarnos, como Él nació y creció y se
manifestó, y tenemos que participar de su Vida íntima, de su sacrificio, de su
Resurrección. Y si somos una
prolongación de Jesús, ¿no debemos participar de la Santidad de Jesús para
poder verdaderamente reproducir sus misterios?
¿Y cómo hacer esto sin morir a nuestra vida? Sería imposible, sería un querer tener dos naturalezas actuantes
al mismo tiempo, sería pensar que Dios se sometería al querer humano. ¿Podrá ser?
Por lo anterior, debemos pensar
que el sufrimiento de no comer de ese árbol plantado en el centro del jardín
del edén, o sea en el centro del hombre, pues éste era el edén donde Dios se
paseaba y encontraba todas sus complacencias [16]
era comunicado por Dios mismo. Este sufrimiento debería de haberlo pasado
igualmente Jesús[17] pues de otra manera no tendríamos de quien
tomar este acto para semejarnos a Él, y en caso de que Él no lo hubiese pasado,
nosotros seríamos superiores a Él, cosa que sería una verdadera aberración el
sólo pensarlo, así que Nuestro Señor Jesucristo tenía que venir al mundo para
hacer que la Voluntad Divina tuviese su primer acto conquistante sobre la
tierra, su primer parto, y después se propagara al resto de la familia humana,
siendo el primero en tomarlo nuestro primer padre Adán, y después lo pudiera
extender a todos sus descendientes. Con
respecto al tiempo, o sea, que Adán apareció antes que la Humanidad de Jesús,
no tiene ninguna importancia, pues, ¿qué no fue lo mismo en el caso de nuestra
Madre Santísima? ¿Acaso no fue
concebida sin mancha original gracias a los méritos que consiguió su Hijo
Santísimo? Claro, estos méritos fueron
previstos de antemano y le fueron aplicados, así habría pasado con Adán. ¿Será por ello que en el Génesis se dice que
Dios pone un custodio con espada flamigera para custodiar la entrada al paraíso,
«no sea que coma del árbol de la vida y viva para siempre»? Ahora,
después del pecado se transforma en un sufrimiento comunicado por el castigo
inflingido por Dios, y por nuestra naturaleza influenciada por la concupiscencia, y este sacrificio lógicamente no puede ser
ni querido ni comunicado por Dios, pero Él es el primero en asumirlo por amor a
su Vida en nosotros [18] y quiere venir a redimirnos aun a costa de
sacrificio y dolor sin límite, tomando sobre de Él nuestras culpas y haciéndose
pecado sin pecar. Este sufrimiento no
lleva la comunicación de la Vida Divina, es un sufrimiento inútil, hasta el
momento en que nuestro Redentor, nuestro Señor Jesucristo viene y le da un
significado de Redención, y así podemos semejarnos a Él también en estos
sufrimientos, y no sólo eso, sino que es requisito indispensable el asociarnos
a estos sufrimientos no queridos por Dios, para poder lograr nuestra
salvación. Así que tenemos dos clases
de sufrimiento: un sufrimiento santo,
divino, comunicado por Dios para comunicarnos su Vida, y otro que es producto
del pecado, alimentado por nuestra concupiscencia y que nosotros nos provocamos
a nosotros mismos, y que se lo comunicamos a Jesús, queriendo darle muerte, y
Él, aceptándolo, quiere restituirnos la Vida, para que después, cuando el
Espíritu Santo nos guíe hasta la verdad plena, podamos asumir nuevamente el
sufrimiento de la renuncia a nuestra propia vida, pero voluntariamente,
libremente. Por eso, al joven rico,
cuando éste le pregunta qué cosa le es necesaria para alcanzar la vida eterna,
Jesús le responde que cumpla la ley, o sea los mandamientos, pero al replicar
éste que ya los cumplía desde pequeño, Jesús, viéndolo con amor le dice, «Ve,
vende todo lo que tienes, luego toma tu cruz y sígueme» Nuevamente, hay dos planes diferentes:
La salvación en sí misma, que es compatible con una vida humana
más o menos placentera, aceptando lo que Dios nos mande, con resignación, lo
cual nos alcanza para salvarnos, pero tendremos que ir al fuego del purgatorio
a adquirir lo que nos falte para ser semejantes a Jesús, pues al Cielo sólo
entran aquellos que se hacen semejantes a Él.
Y la perfección (si quieres ser perfecto) lo cual implica aceptar
el plan de Dios, el plan original, que es el sufrimiento continuo durante toda
nuestra existencia de no «comer del árbol del conocimiento del Bien y del mal»
o sea no obrar con nuestra voluntad y dejar que sea la Voluntad Divina la que
obre en nosotros. Pero esto lo debe
realizar Dios mismo, no está a nuestro alcance el poderlo hacer, sólo el
renunciar para que sea Él el que lo haga.
«Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en Él y que Él lo
viva en nosotros». «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto
modo con todo hombre» Estamos llamados a no ser más que una sola cosa con Él;
nos hace comulgar en cuanto miembros de su Cuerpo en lo que Él vivió en su
carne por nosotros y como modelo nuestro:
Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y Misterios
de Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en
nosotros y en toda su Iglesia... Porque el Hijo de Dios tiene el designio de
hacer participar y de extender y continuar sus Misterios en nosotros y en toda
su Iglesia por las gracias que Él quiere comunicarnos y por los efectos que
quiere obrar en nosotros gracias a estos Misterios. Y por este medio quiere
cumplirlos en nosotros [19]
Cuando sufrimos, y este sufrimiento
lleva una finalidad, (y por lo tanto nos sometemos voluntariamente al
sufrimiento), quisiéramos que fuera productivo, que se realizara esta
finalidad. Ahora, si esto es por amor a
una criatura, entonces quisiéramos que ella aceptara lo que nosotros por amor
le estamos ofreciendo con nuestro sufrimiento.
Por eso es que para darle a Nuestro Señor un verdadero alivio a sus sufrimientos,
no debemos sólo condolernos, sólo pensar en el dolor pasado por Él, no sólo el
querer quitarle este sufrimiento, que dicho sea de paso, no quiere que se le
quite, quiere que nos asociemos a Él para estar juntos en la cruz, la cruz de
los sufrimientos ocasionados por el pecado, pero sobre todo, en el sufrimiento
de renuncia de nuestra voluntad (no comas del árbol) lo cual nos llevará a la
ansiada meta que Dios se puso, “Divinizar a sus criaturas” Todos los demás
sufrimientos son alivios, como dice Jesús a Luisa. Así que los invitamos a reflexionar en ello y a tratar de
esforzarnos en hacerlo, teniendo en cuenta que no lo lograremos por nosotros
mismos, sino a través de la Divina Voluntad obrante en nosotros. Y este conocimiento está a nuestro alcance
en las verdades acerca de la Divina Voluntad que Jesús dicta a Luisa, y que
ponemos a su disposición en esta página web.
Abril 7, 1901
“Tanta gloria le vino a mi Humanidad
por medio de la perfecta obediencia, que destruyendo del todo la naturaleza antigua me dio la nueva
naturaleza gloriosa e inmortal. Así el alma por medio de la obediencia puede
formar en sí la perfecta resurrección a las virtudes, como por ejemplo: Si el alma está afligida, la obediencia la
hará resurgir a la alegría; si está agitada, la obediencia la hará resurgir a
la paz; si tentada, la obediencia le suministrará la cadena más fuerte para
atar al enemigo y la hará resurgir victoriosa de las insidias diabólicas; si
asediada por pasiones y vicios, la obediencia matándolos la hará resurgir a las
virtudes. Esto al alma, y a su tiempo
formará también la resurrección del cuerpo.”
Marzo 26, 1933
Le dice Jesús a Luisa:
Tú debes saber que la
pequeñez de la criatura nos sirve como espacio donde poder formar nuestras
obras, nos sirve como nos sirvió la nada en la Creación, donde llamamos a vida
a nuestras obras más bellas. Queremos
que esta pequeñez esté vacía de todo lo que no nos pertenece, pero viva, a fin
de que sienta cuánto la amamos y sienta la vida de las obras que nuestra
Voluntad desarrolla en ella, por eso, debes contentarte con quedar viva sin que
tú seas la dueña de tu vida. Porque éste es el gran sacrificio y heroísmo de quien vive de
Voluntad Divina: ‘Sentirse viva para experimentar el dominio divino, a fin de
que haga lo que quiere, como quiere, cuanto quiere, este es el sacrificio de
los sacrificios, el heroísmo de los heroísmos.’ ¿Te parece poco sentir la vida del
propio querer para que sirva no a sí mismo, como si no tuviese derecho, perder
la propia libertad voluntariamente para servir a mi Voluntad dándole sus justos
derechos?”
Que Dios los bendiga
Fiat
Salvador Thomassiny
[1] Desde el punto de vista de
la vida en la Divina Voluntad.
[2] 2 Pe 14
[3] Cf. Gn 126
[4] 2 Pe, 14
[5] Cf. I Cor 121-23
[6] Yo he bajado del
Cielo no para hacer mi voluntad, sino la Voluntad del que me envió.” Jn 638, Jn 519, .Jn 517, Jn 828
[7] Cf. Is. 4325
[8] Cf. Gn 38
[9] Cf. Sto. Tomás
I-II,5,3
[10] Esto fue lo que hizo
Satanás, que es el ser que más “Bien” se quitó y por eso se puede llamar el
“mal mayor”, aunque sería mejor llamarlo “el malo mayor”, pues lo único que no
se pudo quitar fue el acto creador de Dios.
[11] Él solamente puede
sugerirlo, pero la aceptación, y por lo tanto el conocimiento, es por el uso de
la libertad de nuestra voluntad.
Satanás jamás podrá hacerme pecar, pues por el solo hecho de “hacerme”
ya no sería pecado, pues lo haría forzado.
[12]
Mt 317 Y se
oyó una voz del cielo que decía: Este es mi hijo amado, en quien he puesto toda
mi complacencia. Y Mt 175
Una nube resplandeciente vino a cubrirlos; y al mismo instante resonó desde la
nube una voz que decía: Este es mi querido Hijo, en quien tengo todas mis
complacencias. A él habéis de escuchar. Y Mt 317 Y se oyó una voz
del cielo que decía: Este es mi hijo amado, en quien he puesto toda mi
complacencia.
[13] Gn 217
[14] Cf. Lc 923-24
[15] Cf. Col. 124
[16] Cf. Mc 111
[17] Cierto que aunque era Hijo
de Dios, aprendió como hombre, por las cosas que padeció, a obedecer, y llegado
a la perfección vino a ser causa de salvación eterna para todos los que
obedecen. Hb 58-9
[18] Cf. Is. 4325
[19] Cf. Catecismo nº 521